¿Quién decide lo que está bien y lo que está mal?
Por Gerald
Weston
Hacer el bien y rechazar el mal siempre ha sido un reto. Para la juventud de hoy, el gran desafío es distinguir la diferencia entre los dos. Lamentablemente, este problema no se limita a los jóvenes. Si los adultos no son capaces de dar una defensa satisfactoria de la verdad moral, ¿es de extrañar que sus hijos queden relegados a una “tierra de nadie” moral, un resbaloso y borroso terreno entre el bien y el mal? Un estudio reciente evaluó diez comportamientos y la conclusión fue que la mayoría de los encuestados creía que tres eran moralmente aceptables. Entre estas se incluían los juegos de azar (61por ciento), la cohabitación [vivir juntos antes de casarse] (60 por ciento) y las fantasías sexuales (59 por ciento). Casi la mitad de la población adulta consideraba que otras dos conductas eran moralmente aceptables: tener un aborto [matar a un hijo antes de nacer] (45 por ciento) y tener una relación sexual con alguien del sexo opuesto distinto del cónyuge [adulterio] (42 por ciento).
El estudio informaba que el 49 por ciento—casi la mitad—de los que se dicen “cristianos nacidos de nuevo” consideran que la cohabitación es aceptable. Esta es una clara indicación de que existe una amplia acogida del relativismo moral, que está reemplazando a Dios como árbitro del bien y del mal. La mayoría de las personas ya no creen que Dios defina una verdad objetiva y absoluta para todos. Al contrario, la mayoría piensan que los individuos definen sus propias verdades, que son de índole subjetiva y pueden variar según la situación.
¿Cuál es el concepto correcto? ¿Cómo puede usted saberlo? ¿Están en lo cierto los filósofos sociales al asegurar que la verdad es diferente para cada persona, que no hay absolutos y que no existe una verdad objetiva? ¿O bien hay una verdad moral objetiva, revelada por un Dios Creador absoluto y aplicable para todos los pueblos y todas las generaciones?
Pocos se
percatan de que
Pero estos “liberadores” tienen un problema, como bien lo explicó el apóstol Pedro: “Pues hablando palabras infladas y vanas, seducen con concupiscencias de la carne y disoluciones a los que verdaderamente habían huido de los que viven en error. Les prometen libertad, y son ellos mismos esclavos de corrupción. Porque el que es vencido por alguno es hecho esclavo del que lo venció” (2 Pedro 2:18–19).
Jesucristo nos enseñó a reconocer la diferencia entre un falso profeta y uno que proclama la verdad: “Por sus frutos los conoceréis” (vea Mateo 7:15–20). En nuestra era científica, si un experimento produjera fracaso tras fracaso, se tomaría nota de ello y se abandonaría el experimento. Siendo así, ¿por qué se niegan los ingenieros sociales a reconocer el fracaso de tantos de sus experimentos sociales—y de hecho siguen promocionando sus ideas fracasadas? Muchos pensadores y sociólogos han predicado un mensaje de liberación sexual. Sus discípulos llevan decenios filosofando, experimentando, razonando, ridiculizando y predicando contra las leyes divinas de pureza sexual. Si es como dicen, que no seremos libres hasta desechar la moderación del todo, ¿por qué vemos tanto dolor, tantas penas, sufrimiento y muerte como resultado de seguir aquella amoralidad desorientada? Si aplicamos el método científico y evaluamos los resultados de sus experimentos, ¿cuál tiene que ser la conclusión lógica?
Todo observador sincero y objetivo puede ver por la experiencia que cuando una sociedad se entrega a la conducta licenciosa, produce los siguientes resultados: enfermedades de transmisión sexual, hijos indeseados, organización familiar confusa y desordenada e hijos disfuncionales… amén de muerte por suicidio, enfermedades y los mal llamados triángulos “amorosos”.
¿Puede un hombre
considerarse “liberado” si lleva en su cuerpo una enfermedad incurable de
transmisión sexual? ¿Sabe una mujer lo que es ser “libre” mientras carga con la
culpa de haber matado a su propio hijo antes de nacer? ¿Y dónde está la
libertad para los niños inocentes afectados por la “libertad” de sus padres?
Unos padecen ceguera u otros defectos congénitos causados por enfermedades de
transmisión sexual. Otros crecen conociendo a uno solo de los padres—o quizá
tres o cuatro—porque sus padres no son capaces de mantener una unión sana y
amorosa. Comparadas con la ley de Dios, las definiciones personales de la
verdad son inadecuadas. Como lo dice el autor Josh McDowell,
“En la mente de nuestros jóvenes, la sexualidad está ‘bien’ si hay amor. Creen
que el amor verdadero convierte la relación sexual en algo perfectamente moral,
¡y aun hermoso! Pues bien, pienso que tienen razón. El amor sí es la base para
una relación sexual, según
En la sociedad de hoy, viejos y jóvenes suelen considerar por igual que el amor es una emoción o un sentimiento que se tiene, y no un interés sincero y generoso que se practica en bien del otro. A partir de una definición errada del “amor”, hay un paso muy corto a otros errores. El “amor” sin fronteras borra la definición y el propósito del matrimonio. “Más de la mitad de nuestros jóvenes definen el matrimonio y la familia en términos nebulosos y cambiantes… siete de cada diez (69 por ciento) definen la familia como ‘personas que viven juntas’ o ‘personas que tienen las mismas metas y valores’, definiciones que no exigen compromiso ni riesgo” (op. cit., p. 187, el énfasis es nuestro).
Sorprende ver cómo muchos líderes religiosos fomentan este modo errado de pensar y promueven el amor sin ley, al aseverar que los mandamientos de Dios se “abolieron”, y fueron supuestamente reemplazados por la “ley del amor”. Cuando la gente define el “amor” en sus propios términos y no conforme a la ley de Dios, los parámetros bíblicos para la sexualidad— y para la verdad misma—pronto se pierden. ¿Es de extrañar, pues, que tantos niños acaben convertidos en víctimas de un mundo que no sabe dónde buscar las respuestas a las preguntas más importantes de la vida?
Dios no es ningún mojigato. Él creó la sexualidad como un don maravilloso para que lo disfrutaran, dentro del matrimonio, un hombre y una mujer que se han comprometido públicamente a entregar su vida el uno al otro. Dios sabe que el amor es más maravilloso cuando se ha guardado para “aquella” persona especial. Desde el principio declaró que antes de ser una carne, hay que ser marido y mujer (Génesis 2:24), y mandó que “honroso sea en todos el matrimonio, y el lecho sin mancilla; pero a los fornicarios y a los adúlteros los juzgará Dios” (Hebreos 13:4).
Más y más jóvenes reconocen ahora que la sociedad de hoy lo ha hecho mal, y buscan otra manera mejor. Han visto las consecuencias de la inmoralidad y dicen: “¡No, gracias!” Buscan a otros que también deseen vivir conforme a las normas de Dios. Buscan en las Escrituras verdades sólidas y comprobables. Y están poniendo en práctica hoy los caminos del Reino de Dios.