La abominación desoladora

Por John H. Ogwyn

 

En Mateo 24:15, Jesucristo se refirió a “la abominación desoladora de que habló el profeta Daniel” como a la señal que indicaría el comienzo de una serie de acontecimientos del tiempo del fin.   Lucas 21:20 relaciona este suceso con los ejércitos que vienen a sitiar a Jerusalén.

Cuando Jesús trató este tema con sus discípulos, en el siglo primero, había un hecho histórico que había sucedido 200 años antes, al que los judíos llamaban la abominación desoladora.

Daniel profetizó sobre una “abominación” en tres capítulos:   Daniel 8, 11 y 12.   Hay pruebas históricas que relacionan el contexto de los capítulos 8 y 11 con los sucesos que ocurrieron dos siglos antes del ministerio de Cristo.   Pero Daniel 12 relaciona la abominación con los sucesos que precederán inmediatamente al retorno glorioso del Mesías.

En los capítulos 8 y 11 Daniel se refiere a la historia que se inicia con el Imperio Persa en sus días y la continuación hacia el futuro.   Recibió la revelación de que un rey griego conquistaría a Persia, pero que poco después moriría y su imperio sería dividido entre sus cuatro generales (Daniel 8:2-8, 20-22, 11:1-4).   Históricamente esto se cumplió cuando Alejandro Magno conquistó el Imperio Persa en el año 331ac, y al morir prematuramente en 323ac.

Aunque el imperio de Alejandro se dividió en cuatro reinos, los relatos bíblicos siguientes solo se refieren al reino de Seleuco, al norte de Jerusalén y al de Ptolomeo, al sur.   Solamente estos dos continúan en alguna relación con Jerusalén y el pueblo de Dios.

En Daniel 8:8, “cuatro cuernos” representan a los cuatro reinos que sucedieron al imperio de Alejandro. El versículo 9 habla de “un cuerno pequeño” que sale de uno de esos reinos y que habría de quitar “el continuo sacrificio” en el templo (v. 11).   Daniel 11 habla de “un hombre despreciable” que tomará el trono de Seleuco [del norte] con engaños y luego entrará en la tierra de Palestina y quitará el sacrificio diario (vs. 21, 31).   Conjuntamente con la interrupción del sacrificio diario, la profecía habla del establecimiento de la abominación desoladora.

Históricamente el cumplimiento de estos sucesos tuvo lugar 150 años antes del nacimiento de Cristo.   El libro primero de los Macabeos, aunque no es parte del canon de la Biblia, relata los sucesos que testifican el cumplimiento de lo profetizado por Daniel con 370 años de anticipación.

 “Murió Alejandro después de reinar doce años, y sus servidores [generales] entraron en posesión del poder, cada uno en su región... De ellos brotó un renuevo pecador, Antíoco Epífanes... El rey publicó un edicto en todo su reino ordenando que todos formaran un único pueblo y abandonaran para ellos sus peculiares costumbres [sus leyes]... También a Jerusalén y a las ciudades de Judá hizo el rey llegar, por medio de mensajeros, el edicto que ordenaba seguir costumbres [leyes] extrañas al país.   Debían suprimir en el santuario holocaustos, sacrificios y libaciones; profanar sábados y fiestas... El día quince del mes de Kisléu del año ciento cuarenta y cinco [167ac] levantaron sobre el altar la Abominación de la desolación.   También construyeron altares por todas las ciudades de Judá” (1 Macabeos 1:7-8, 10, 41-42, 44-45, 54; Biblia de Jerusalén).

Antíoco Epífanes se presenta claramente como un modelo histórico de la bestia del tiempo del fin del Apocalipsis.   Con astucia tomó la corona que le correspondía a su sobrino como legítimo heredero.   Daniel lo llama “un hombre despreciable”, que prosiguió el sueño de Alejandro de crear “un solo mundo”.   Vio en los judíos el principal obstáculo para sus planes de unidad mundial, porque quienes estuvieran observando la ley mantendrían firme su identidad; aunque no faltarían los que estuvieran dispuestos a abandonar al Dios de Israel para ser aceptados en la sociedad.

Muy cerca de las Fiestas de otoño del año 167ac, Antíoco emitió un decreto que prohibía los sacrificios a Dios en el templo de Jerusalén.   A principios de diciembre erigió una estatua de Júpiter Olimpus en el templo para que fuese adorado.   Esta situación generó la rebelión macabea que culminó tres años después, en 164ac, con la derrota de los sirios y la limpieza del templo.   Se construyó un nuevo altar y el templo fue dedicado nuevamente al Dios de Israel.   Esta epopeya la conmemoran los judíos con un feriado nacional, llamado la fiesta de la dedicación o Hanukkah en hebreo.   Que también se menciona en Juan 10:22.

Históricamente, los judíos de la época de Jesús consideraban la abominación desoladora lo establecido por Antíoco Epífanes doscientos años antes.   Consistió en la interrupción de los sacrificios diarios y en levantar un ídolo en el lugar santo como objeto de adoración, además de la proscripción de la práctica de la ley de Dios y la prohibición de tener copias de las Escrituras.

Jesús les dejó muy claro a sus discípulos que la abominación de la que habló Daniel no era simplemente un asunto de historia.   La abominación establecida por Antíoco en realidad era una predicción de un acontecimiento del tiempo del fin, que precedería al regreso de Cristo para establecer el Reino de Dios sobre la tierra.

 

 

www.mundomanana.org