La bestia del Apocalipsis

¿Mito, metáfora o realidad inminente?

 

Napoleón, Hitler y Sadam Huséin tienen algo en común. Lo mismo Mijail Gorbachov, Benito Mussolini, Franklin Roosevelt y varios papas. Cada uno de ellos, lo mismo que incontables figuras más, unas conocidas, otras no, han sido señalados por algunos de sus contemporáneos como la misteriosa “bestia” del libro del Apocalipsis. Como si fuera poco, hasta la Sociedad de Naciones, las Naciones Unidas, el comunismo internacional y el gobierno de los Estados Unidos han recibido el mismo título en diferentes momentos del siglo 20.

Por otro lado, algunos comentaristas bíblicos aseguran que el libro del Apocalipsis y sus símbolos son simples metáforas de la batalla entre el bien y el mal. Para esos críticos, las bestia se identificaría no como una figura histórica ni un caudillo mundial futuro, sino como la personificación del mal.

 

¿Cuál es la verdad?

¿Vale tanto la opinión del uno como del otro?

¿Valdrá la pena tratar de identificar individuos o instituciones específicos que darían cumplimiento a esta profecía?

 

Algunos preguntan si el autor del Apocalipsis no estaría simplemente consignando mitos o alucinaciones.

Pero el Dios Creador no nos dio la profecía bíblica para que fuera interpretada según el capricho de la imaginación humana. Tampoco vamos a entender la profecía si miramos los hechos de actualidad y tratamos de encontrarlos descritos en la Biblia. No, la profecía de las Sagradas Escrituras no es de interpretación privada (2 P. 1:20). Cuando la Biblia usa un lenguaje simbólico, el texto mismo trae las claves necesarias para comprender esos símbolos.

Algo que les ha impedido a muchos comprender la profecía, es que comienzan al revés. Empiezan con el mundo contemporáneo y tratan de encontrar en la Biblia a las personas y sucesos que están observando. Como hemos visto en muchos artículos, nuestro esfuerzo por dilucidar la identidad de la bestia profética no debe comenzar en el libro del Apocalipsis, sino en el libro de Daniel.

Daniel 2 identifica una serie de cuatro imperios que van desde tiempos de Nabucodonosor rey de Babilonia hasta una época futura en que Jesucristo regresará como Rey de reyes. Daniel 7 describe esos mismos reinos o imperios pero emplea el simbolismo de animales salvajes. Hay que entender el simbolismo de Daniel antes de pasar al Apocalipsis.

 

¿Por qué?

 

Porque Daniel nos da el contexto histórico necesario para entender los símbolos. El apóstol Juan, quien escribió el Apocalipsis, describe las mismas fieras que Daniel pero da más información detallada sobre los hechos del tiempo del fin.

 

¿Qué tienen que ver los imperios y profetas de la antigüedad con nuestro mundo moderno del siglo 21?

 

¡Los libros escritos por aquellos profetas son de más actualidad que el periódico de esta mañana!

 

¿Cómo es posible?

 

El diario, así como las noticias de la televisión e incluso las noticias que llegan por la Internet, solamente pueden decirnos lo que ya ha ocurrido. En cambio, la profecía bíblica informa hoy sobre las noticias de mañana.

 

La visión que subió del mar

 

Un hombre de edad avanzada, de pie sobre las arenas de la isla de Patmos en el Mediterráneo, miraba fijamente al mar. Ante sus ojos, la escena parecía estar cambiando. Descendieron nubes oscuras y el mar parecía revolverse. De pronto, un extrañísimo ser empezó a salir de las olas agitadas: una fiera horripilante que rugía y crujía los dientes. Tenía cuerpo de leopardo, boca de león y patas de oso. Entonces se desvaneció como neblina.

 

¿Qué era?

 

El animal reunía las características de las tres primeras fieras que Daniel había visto en su visión (Dn. 7).

Esta bestia que vio el apóstol Juan también tenía siete cabezas y diez cuernos, y el apóstol dice que “el dragón” le da su poder y autoridad. Las Escrituras revelan además que una de las cabezas recibió una herida mortal pero sanó. Después de sanar, la fiera vivió cuarenta y dos meses (Ap. 13:1-5).

Daniel describe una escena casi idéntica. Allí vio cuatro fieras: un león, un oso, un leopardo de cuatro cabezas y un cuarto ser horripilante con diez cuernos. Todas surgieron de una mar oscuro y tormentoso (Dn 7:1-7).

Estos seres se identifican claramente como la sucesión de imperios que empieza con la Babilonia de Nabucodonosor, seguida del Imperio Medopersa, luego el Griego de Alejandro que se dividió en cuatro a su fallecimiento; y por último el Imperio Romano. De esta última fiera, el Imperio Romano, surgieron los “diez cuernos”.

Observemos la similitud entre las dos versiones. En cada caso hay siete cabezas. En Apocalipsis 13 Juan no vio cuatro bestias sino una, pero las características son las mismas: siete cabezas y diez cuernos. En cada caso, los profetas emplearon el simbolismo de un león, un oso y un leopardo.

 

¿Por qué hay algunas diferencias entre las visiones?

 

Cuando Daniel vio la suya, prácticamente toda se refería a hechos futuros. Babilonia, representada por el león, ya existía pero no así los otros imperios. En cambio, Juan escribió 600 años más tarde, cuando los imperios babilónico, persa y griego ya habían pasado a la historia. Juan no se concentró en las cabezas que surgirían sino en los detalles de la séptima cabeza, la que existía en su época y cuya historia consignó por adelantado. Mientras Daniel reveló que habría una serie de cuatro imperios, Juan se concentró en el sistema político común que tuvo su origen en Babilonia pero que todos los demás adoptaron y refinaron. Vio los diferentes imperios como cabezas de un mismo ser.

 

¿Y todo el simbolismo?

 

Recordemos que la Biblia interpreta sus propios símbolos. Daniel 7:23 aclara que las cuatro bestias (que suman siete cabezas) representan reinos. Apocalipsis 17:9-10 identifica las siete cabezas de la bestia como “siete montes” o “siete reyes”. Según Daniel 7:24 y Apocalipsis 17:12, los cuernos son símbolos de reyes o reinos. En cuanto al dragón, que es la fuente de poderío de este sistema, Apocalipsis 12:9 explica: “El gran dragón [es] la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás”.

 

¿Qué es la cabeza “herida de muerte”?

 

Recordemos que el Imperio Romano, que dominaba al mundo conocido en tiempos de apóstol Juan, corresponde solamente a la séptima y última cabeza.

 

¿Muestra la historia que el Imperio Romano recibió una herida mortal y que luego recobró la vida y siguió otros cuarenta y dos meses?

 

Antes de seguir adelante, analicemos este período de tiempo, los cuarenta y dos meses de Apocalipsis 13:5.

 

¿Se trata de un período simbólico? ¿Cómo podemos saberlo?

 

En Apocalipsis 11:2, la ciudad santa, Jerusalén, es pisoteada cuarenta y dos meses. En el versículo 3, dos testigos profetizan allí 1.260 días. Un período de 1.260 días corresponde exactamente a 43 meses de 30 días.

En otras partes de las Escrituras, vemos profecías que se refieren a “un día” como símbolo de un año. En Ezequiel 4 el profeta tenía que mostrar simbólicamente lo que le pasaría a Israel acostándose sobre un lado 390 días y lo que le pasaría a Judá acostándose sobre el otro lado 40 días. Dios le explicó a Ezequiel que esos días simbolizaban años: “día por año te lo he dado” (v. 6, ver también Nm. 14:34).

El contexto de Apocalipsis 13 muestra claramente que este plazo de 42 meses (1.260 días) tiene que referirse a días proféticos: 1.260 años de cumplimiento histórico.

Volvamos a Apocalipsis 13. La espantosa fiera muestra los mismos componentes proféticos que había visto Daniel 600 años atrás. Daniel identificó lo visto por él como algo que comenzaba en su época y seguía hasta la venida de Cristo cuando los santos tomarían posesión del Reino (Dn. 7:18). El Imperio Romano en tiempos de Juan era simplemente una continuación del espíritu o la filosofía política de Babilonia.

 

 

Roma absorbe a sus antecesores

 

 

Tal como Media y Persia habían absorbido a Babilonia y Alejandro Magno había absorbido al imperio de los medos y los persas, también los romanos absorbieron las cuatro cabezas que habían surgido del imperio de Alejandro. Alejandro murió en Babilonia en el año 323 ac. Se intentó mantener el imperio unido proclamando una regencia que gobernara en nombre de su sobrino y de su hijo por nacer. El intento falló. En pocos años el imperio se repartió entre cuatro generales griegos que se proclamaron reyes, tal como lo había previsto Daniel (Dn. 8:21-22). En el año 307 ac. Antígono y su hijo Demetrio “asumieron el título de rey, a lo cual Tolomeo, Seleuco, Casandro y Lisímaco hicieron lo mismo. Así terminó abiertamente la unidad del imperio de Alejandro” (William M. Langer, Encyclopedia of World History, 1968).

Casandro se apoderó de Grecia y Macedonia, y con la ayuda de Lisímaco y Seleuco derrotó a Antígono; muerto en la batalla de Ipso en el año 301 ac. Pero la dinastía de Casandro quedó derrocada a su vez en el año 276 ac por el nieto de Antígono, del mismo nombre. Este Antígono II estableció una dinastía que mantuvo a Grecia y Macedonia hasta la conquista romana en el año 168 ac, cuando la región pasó a ser parte del Imperio Romano.

Lisímaco, quien tomó el Asia Menor y se proclamó rey en el año 305 ac, fue derrotado y muerto en la batalla de Corpedio en el año 281 ac por su antiguo aliado Seleuco. Eumenes I, gobernador seléucida de Pérgamo (en Asia Menor), logró independizarse de los seléucidas en el año 260 ac, y para el 230 ac su sucesor había asumido el título de rey. Muerto Atalo III en el año 133 ac, dejó su reino de Pérgamo y Asia Menor a los romanos por testamento. Así Roma absorbió la segunda cabeza del leopardo de Daniel.

Seleuco estableció su reino que se extendía desde Babilonia en el Oriente hasta Siria en el Occidente. La dinastía seléucida persistió hasta el año 64 ac. Cuando el general romano Pompeyo convirtió a Siria en provincia de un Imperio Romano en expansión.

Tolomeo asumió el título de rey en el año 305 ac, al mismo tiempo que Casandro, Lisímaco y Seleuco. Su dinastía se estableció en Egipto y siguió hasta la muerte de Cleopatra en el año 30 ac. Octaviano, sobrino de Julio César, venció a los ejércitos de Marco Antonio y Cleopatra en la batalla de Accio y absorbió a Egipto dentro del Imperio Romano. “Así tocó a su fin la última de las monarquías de origen griego” (pág. 97). Ahora todas las cabezas del leopardo grecomacedonio habían quedado absorbidas por el Imperio Romano, la cuarta bestia de Daniel 7.

Con estos antecedentes históricos es más fácil ver por qué Juan describió a la bestia, el Imperio Romano de su época, como algo que incluía todo lo sucedido desde los días de Daniel. Cuando dijo que una de las cabezas recibió una “herida de muerte”, tenía que estar refiriéndose a la séptima cabeza del Imperio Romano. Las otras seis ya habían pasado a la historia.

 

¿Cuándo recibió el Imperio Romano esta herida mortal?

 

En el año 476 de nuestra era, el último emperador romano de Occidente, Rómulo Augústulo, fue derrocado y asesinado. Esta es la fecha dada tradicionalmente como la caída del Imperio Romano. Sin embargo, habría un renacer de ese imperio que duraría 1.260 años.

 

La historia de los tres primeros “cuernos”

 

Hay que señalar otro detalle de la bestia, que se encuentra tanto en Daniel 7 como en Apocalipsis 13. En cada caso, salen diez cuernos de la séptima cabeza (el Imperio Romano). Juan vio una diadema en cada cuerno (Ap.13:1) y Daniel explicó que representan reyes o reinos (Dn. 7:24). Daniel también revela que entre los diez cuernos surgió uno pequeño y que delante de este “fueron arrancados” los tres primeros.

 

¿Qué significa esto?

 

Veamos algo más de las historia del Imperio Romano.

 

En el año 286, el emperador Diocleciano dividió el Imperio en Oriente y Occidente para fines administrativos. Esto queda simbolizado por las “dos piernas” de Daniel 2. A la “pierna” occidental le esperaban graves problemas. Ye en el siglo quinto, el Imperio de Occidente estaba moribundo. Las bárbaros, pasando las fronteras, hacían incursiones, y la misma Roma fue saqueada por primera vez en ocho siglos.

Esto lo hicieron Alarico y sus visigodos en el año 409 de nuestra era. Al derrumbarse el Imperio Romano de Occidente, hubo tres grupos de invasores bárbaros: los vándalos, los hérulos y los ostrogodos; que quisieron establecerse como sucesores de los emperadores romanos en Occidente. Cada uno de ellos buscó reconocimiento oficial de los emperadores de Oriente como continuación del legítimo gobierno romano de Occidente. Pero en el Occidente estaba surgiendo otra autoridad que logró derrocarlos a todos.

Este líder era el obispo de Roma. Mientras los emperadores occidentales se debilitaban, este iba fortaleciéndose y acrecentando su poder e influencia. No se trataba solamente de un creciente poder religioso sobre la comunidad llamada cristiana, sino también el poder civil y político. Al Papa le inquietaban los vándalos, los hérulos y los ostrogodos; que profesaban el cristianismo pero en una versión no trinitaria llamada arrianismo. Por no ser “ortodoxos”, el obispo de Roma veía en ellos una amenaza a la unidad religiosa del Imperio.

Los vándalos invadieron el Norte de África en el año 429 y tras varios años de lucha celebraron un tratado en el 435, según el cual los romanos los reconocían como la prolongación legítima del Imperio en el Norte de África (Langer pág. 135). Los vándalos quisieron ampliar su poderío como sucesores de Roma. En el año 455 saquearon y destruyeron la ciudad de Roma (con tanto furor que hoy todavía usamos la palabra “vandalismo” para indicar un espíritu de destrucción que no respeta nada). Pero con el tiempo, también los vándalos fueron derrotados. “En África los vándalos eran odiados como arrianos [por los católicos] y tenían que vérselas con las sublevaciones de los beréberes, pero no se quebrantó su poder hasta el 533-548 con las guerras vandálicas de Justiniano, emperador romano de Oriente” (pág. 159).

En el 476, unos veinte años después del saqueo de Roma por los vándalos, los hérulos bajo Odoacro derrocaron a Rómulo Augústulo, último emperador romano de Occidente. Odoacro, reconocido por el Imperio de Oriente como continuador legítimo del gobierno romano en Italia, era también arriano, cosa que disgustaba enormemente al obispo de Roma. Este apeló a Zenón, emperador de Oriente. Zenón despachó a Teodorico, jefe de los ostrogodos, para sacar a los hérulos en el año 488. “Los obispos ortodoxos de Italia, disgustados por el arrianismo de Odoacro, respaldaron al invasor arriano [Teodorico] a quien vieron como un emperador casi ortodoxo. Con su ayuda, Teodorico quebrantó la tenaz resistencia de Odoacro tras cinco años de guerra y lo convenció de que pactara la paz. Invitó a Odoacro y a su hijo a cenar con él en Ravena, los alimentó con liberalidad y los mató con su propia mano (493)” (Will Durant, The Story of Civilization).

El gobierno de los ostrogodos en Italia, aunque aceptado como un mal necesario para eliminar a los hérulos, siguió molestando al obispo de Roma y a la población católica. El general Belisario, enviado por Justiniano en el año 533 con quinientas naves de transporte y noventa y dos barcos de guerra para librar a África de los vándalos, pasó a Italia en el 536 para echar a los ostrogodos. “Las fuerzas ostrogodas eran pobres y divididas; el pueblo de Roma saludó a Belisario como libertador y el clero lo acogió como trinitario; entró en Roma sin oposición” (pág. 109).

Fue así como el obispo de Roma hizo derrocar a los tres primeros “cuernos”. Estaban preparándose el escenario para el verdadero renacer del Imperio Romano de Occidente. Esta restauración, que se produjo en el 554, y las restauraciones subsiguiente, se han hecho con la bendición del obispo de Roma, convertido así en importante protagonista de las diversas continuaciones del Imperio Romano.

Los sucesos históricos entre la época de Juan y la actual van preparando el escenario. Al precisar dónde estamos dentro de la serie de hechos profetizados, ¡podremos saber lo que queda por cumplirse! Allí está la clave para entender adónde nos llevan realmente los sucesos del mundo actual.

 

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