¿Un cuarto Reich?
Por Douglas Winnail
¿Qué le depara el futuro a Alemania?
La profecía bíblica y la
historia germana ofrecen importantes claves.
Alemania es una tierra de misterios ¡y de milagros! Uno de los aspectos
más sorprendentes del pueblo alemán es su increíble recuperación y
transformación social después de finalizada la segunda guerra mundial. En 1945
la nación entera, que sólo 12 años antes se había propuesto dominar a Europa y
al mundo, yacía postrada y derrotada. Las ciudades alemanas estaban reducidas a
escombros. La industria y la economía estaban destruidas. Pero así como los
alemanes habían sido muy capaces de destrucción y auto-destrucción, se mostraron
igualmente hábiles en la labor de recuperarse
de las cenizas. Hoy las ciudades alemanas reconstruidas vibran de actividad. La
economía germana es una de las más grandes y poderosas del mundo. Los sueldos y
los niveles de vida se cuentan entre los más elevados del mundo. La Alemania
militarizada de los nazis se ha transformado en una pacífica democracia. Hace 55
años, esto parecía impensable.
Otro fenómeno increíble
fue la repentina e inesperada reunificación de Alemania Oriental y Occidental
hacia finales de 1989. Este acontecimiento tan sorprendente unificó a 80
millones de alemanes en el corazón de Europa. Aunque los escépticos lo duden, incluso
en los diarios alemanes se reconoció que este hecho fue una “obra de Dios” y no
la obra de ningún político. Cuando el siglo 20 tocaba a su fin, Alemania ya se
revelaba como la nación más poderosa de Europa: ¡la misma posición que ocupó a comienzos de ese siglo! “No debe
sorprendernos”, comentó un especialista, “que los alemanes contemporáneos
sientan, como sintieron sus antecesores en 1900, que el nuevo siglo les
pertenece” (La comedia alemana, Schneider).
¿Quién es este pueblo
extraordinario; el pueblo alemán? ¿Qué hay detrás de su recuperación milagrosa
y su increíble progreso? La mayor parte de los eruditos reconocen que “Alemania
es uno de los grandes centros culturales de Europa y que los logros alemanes en
arquitectura, música, literatura y filosofía se cuentan entre los hitos de la
civilización” (Los nuevos alemanes, Radice).
Los grandes compositores, Bach, Beethoven y Ricardo Strauss fueron alemanes. Juan
Gutenberg imprimió el primer libro con letras de tipo móvil en Maguncia
alrededor del año 1456. Las ideas de Martín Lutero dieron origen a la Reforma
Protestante. Los filósofos y teólogos alemanes han sido una influencia
determinante en el clima intelectual del Occidente. En el ámbito académico,
“desde la astronomía hasta la zoología, los alemanes no solamente han promovido
sino que prácticamente han definido las ciencias naturales” (La cuestión
alemana y otras preguntas alemanas, Schoenbaum). Los productos de ingeniería
alemana son sinónimo de precisión y calidad en todo el mundo. El aporte de
Alemania al desarrollo de la civilización occidental ¡ha sido algo casi sin
igual!
¿Qué
rumbo seguirá Alemania?
¿Qué papel cumplirá
Alemania en este siglo 21? ¿Veremos una Alemania que se amolda al resto de
Europa, integrándose dentro de la trama de un continente unido? O bien, ¿hará
un nuevo intento por apoderarse de Europa? Una Alemania más poderosa y más
imponente ¿será amiga de los demás países occidentales, incluidos los Estados
Unidos? El regreso de Alemania a una condición de potencia en Europa ha vuelto
a plantear el problema alemán.
¿Quiénes son los alemanes? ¿Cómo adquirieron sus notables características? ¿Qué
le depara el futuro a Alemania?
Tales preguntas quizá
parezcan innecesarias para las generaciones nacidas después de 1945. Al fin y
al cabo, Alemania ha sido una democracia estable, buena vecina y no ha generado
inconvenientes al mundo por más de 55 años. Basados en lo que Alemania ha
alcanzado en el último medio siglo, hay quienes aseguran que las perspectivas
de una Alemania poderosa y en paz son
prometedoras. Supuestamente, los alemanes ya no albergan grandes ambiciones
de poder porque “las lecciones de dos guerras mundiales fueron bien
comprendidas” (La nueva posición de
Alemania en Europa, Baring).
Es posible, sin
embargo, que ideas tan optimistas como estas resulten miopes e inexactas. Hay
otros agudos observadores, que tienen más
memoria y manifiestan motivos de inquietud. ¿Podría una Alemania
reunificada convertirse en “un gigante desenjaulado, un Cuarto Reich, un
Imperio Alemán?” (Alemania y Europa,
Marsh). Un antiguo corresponsal en Bonn y Berlin ve a Alemania como “el país
más perturbado, poderoso, prometedor y peligroso
de Europa” (Después del muro,
Fischer, sobrecubierta). El periodista italiano Luigi Barzini ha señalado la
tendencia germana a efectuar cambios repentinos e inesperados. Advirtió que es
“importante mantener el ojo puesto en el Proteus alemán [Proteus era un dios
griego del mar que tomaba forma diferentes] en un intento por sondear la forma
probable de lo que vendrá… Sus decisiones podrían abrumar de nuevo a Europa y el mundo” (Los europeos, Barzini).
Muchos suponen que es
imposible predecir el futuro dentro del complejo ámbito de las relaciones
internacionales, ¡pero se equivocan! La Biblia traza los lineamientos de la
historia universal futura prediciendo
las acciones de naciones específicas. Una clave para comprender la profecía
bíblica es poder identificar a las naciones en cuestión. Las características nacionales que se mantienen a lo largo de los
siglos ofrecen importantes claves. Alemania se puede identificar en las
profecías de la Biblia y es posible conocer su curso de acción futuro. Dicha
identidad es sorprendente e indicativa de cosas graves a corto plazo. Pero el
desenlace final, como parte del plan divino para la humanidad, será verdaderamente
extraordinario.
Lo que inquieta a
muchos observadores avezados es que aquel país tan dotado y tan excepcional tiene
a la vez otras inclinaciones singulares
y ominosas. Se ha descrito a Alemania
como un “país de comienzos prometedores, cambios
dramáticos y crisis abruptas” y como “un país con una serie interminable de
principios sorprendentes y finales igualmente sorprendentes” (Baring). Muchos
alemanes temen que una crisis en ciernes pudiera dar a su país unificado un
impulso hacia atrás, haciéndolo retroceder a la continuidad de la historia alemana. Aquella historia, vista desde
la perspectiva de los siglos, revela una marcada tendencia a sufrir periódicas y dramáticas transformaciones de
su carácter nacional. Los visitantes a Alemania en cierta época histórica
la han descrito como un país de poetas, filósofos y paisajes de postal, pero en
otra época se convierte súbitamente en una “nación de guerreros” (Schoenbaum) y
de conquistadores de brutal eficiencia.
Más de un autor ha mencionado
este preocupante fenómeno de “las
mutaciones de los alemanes”. Cuando Barzini visitó a Berlín a principios de
los años treintas como corresponsal de guerra, vio una ciudad que era la
“capital artística de Europa”, colmada de exhibiciones de arte de vanguardia,
cine puntero en el mundo y toda suerte de experimentos”. Varios años después,
cuando los nazis habían ascendido al poder, se encontró con una Berlín muy
diferente, llena de “hombres tiesos de uniforme inmaculado”, hombres de
negocios adustos, mujeres y familias muy chic”. Barzini comenta: “Vi un país extrañamente maleable que recibió
una forma nueva en manos de los nazis”. Prosigue así: “Lo que más causaba
temor eran los rostros jóvenes, saludables, bien lavados de los soldados, los
ojos deslumbrantes de fe fanática al marchar cantando himnos marciales”, entre
ellos uno titulado “Hoy tenemos a Alemania, mañana al mundo” (op.cit).
Esta tendencia hacia la
transformación militarista es el
aspecto más inquietante del pueblo alemán. Los soldados germanos han salido
marchando de Alemania y a través de Europa como “una máquina de guerra
inexorable, imparable” varias veces
en la historia. La segunda guerra mundial, “la más germana de todas las
guerras” (op.cit), costó 50 millones de vidas. Comenzó en 1939 cuando Hitler
rompió abiertamente sus acuerdos con países vecinos. Unidades elite de tanques Panzer encabezaron la blitzkrieg (guerra relámpago) alemana.
Los nuevos submarinos alemanes acechaban bajo el mar en una táctica de manadas de lobo, y los novedosos cohetes
U-2 derramaban muerte y destrucción sobre Inglaterra. Millones de judíos,
checos y poloneses fueron deportados
a Alemania, donde los obligaban a laborar como esclavos en las fábricas y a morir
víctimas del genocidio.
La máquina de guerra
alemana de la segunda guerra mundial no ha
tenido par en le civilización occidental moderna en cuanto a eficiencia,
capacidad destructora y brutalidad. Desde una perspectiva histórica, “el Tercer
Reich se convirtió en la personificación
de la barbarie del hombre” (Los neonazis
y la reunificación alemana), y ello plantea una importante pregunta: ¿Por
qué se deterioró así Alemania, hasta caer en la tiranía? ¿De dónde vienen estas
tendencias? ¿Podría repetirse esta historia?
Los vecinos de Alemania
y los encargados de la seguridad nacional no son los únicos que se hacen estas
preguntas. Muchos alemanes, en un esfuerzo por comprender el turbulento pasado
de su nación, se hacen “preguntas fundamentales acerca de su identidad… ¿quiénes somos?” (Fisher). Cierto experto
en ciencias políticas dijo: “No sabemos
quiénes somos, esa es la gran incógnita alemana” (Baring). Pero la verdad
es que sí hay respuestas… escritas en los anales de la historia, enterradas
dentro de leyendas que se han transmitido desde tiempos inmemoriales, entretejidas
dentro de profecías bíblicas que se refieren a nuestros días.
El historiador alemán
Hagen Schulze escribe: “Nuestra
identidad queda suficientemente explicada solamente cuando se conoce nuestra
historia” ” (El pasado indomable,
Maier). Lamentablemente, la historia alemana ha sido manipulada para ocultar a los ojos de los alemanes y del resto del
mundo datos cruciales sobre los orígenes y los rasgos nacionales de ese pueblo.
Cierto historiador comenta: “En tiempos modernos, los cambios en el sentir político han definido en gran medida las
maneras cómo se aborda el problema de los orígenes alemanes” (Los antiguos germanos, Todd). Cuando la
falsa idea de la pureza racial alcanzó gran auge, ciertos escritores disimularon y encubrieron ciertas influencias externas
significativas sobre la formación de la cultura alemana. Ello fue especialmente
cierto hacia finales del siglo 19 cuando surgía el nacionalismo alemán y bien
entrada la era nazi. No obstante, la historia ofrece algunos elementos notables
que ayudan a dilucidar el origen y los rasgos del carácter nacional germano.
Unidos a la profecía bíblica, estos elementos nos dan una ventana de revelación divina sobre el futuro de
Alemania.
Las fuentes históricas
indican que las tribus germanas descendieron de pueblos indoeuropeos que emigraron
desde tierras alrededor del mar Negro o el mar Caspio, donde habían sido
“vecinos de los hebreos” (Historia
Natural, Plinio, Lb. 4, 12; Alemania:
el pueblo y su historia). Julio César (60 antes de J.C.) llamó Germani a ciertas tribus que habitaban
las riberas del Rin (Enciclopedia
Británica, Edición 11, Todd).
Tácito declara que los varones germanos no “valoraban la paz” y se la pasaban
en actividades belicosas. Según referencias antiguas, “la sociedad germánica
era una sociedad guerrera, una sociedad dispuesta para la guerra” y planteaba
una seria amenaza al ejército romano.
La historia revela
claramente que las tribus germanas absorbieron
las costumbres romanas (imperialismo, totalitarismo y la religión de un imperio
“cristianizado”) y que se convirtieron en los “herederos de Roma” con el auge
del Sacro Imperio Romano bajo Carlomagno y los reyes germanos. No debe
sorprendernos ver a Alemania hoy dirigiendo la unificación de Europa. Tal idea
ha formado parte del legado cultural germano ¡desde hace más de mil años!
¿A qué se debe la tendencia
alemana a transformar drásticamente su carácter nacional? ¿Qué llevó a tantos
alemanes a aceptar el concepto de la “raza superior” y las políticas
destructoras del Tercer Reich hitleriano? La respuesta se encuentra, en parte,
en la historia cultural de Alemania.
Se ha dicho que el carácter de individuos y naciones determina su destino. El
carácter de una nación se forma según las ideas
religiosas y filosóficas de su gente.
Las ideas e ideologías han influido en los hechos culturales y políticos
en Alemania “quizá más que en cualquier otra nación de Europa”.
En la mitología germana
los dioses principales, Tor y Odin/Wodin, exhiben características particulares.
Tor es el dios pacífico de las
estaciones y praderas pero a la vez es un
dios de guerra. Tor reúne en sí dos
personalidades distintas, los “elementos contrastantes de la protección
amistosa y de una irracionalidad oscura y peligrosa”. Odin es un dios de muerte,
tormentas y campos de batalla pero también lo es de la sabiduría y la
hechicería, y exhibe aquella misma irracionalidad “incalculable e insondable.
Destruye a los héroes y protege a los cobardes; siembra discordia entre amigos…
cambia sus afectos y predilecciones, abandonando
a sus amigos cuando más lo necesitan”. En el transcurso de los siglos,
Alemania ha manifestado la misma propensión hacia cambios dramáticos e
irracionales en su carácter nacional. También es interesante señalar que la
mitología germana no ofrece ningún propósito ni sentido para la vida, con lo
cual deja a la gente indagando por una
causa.
Analizando la
orientación filosófica de los antiguos germanos, encontramos “ansia de aventura
y amor por la guerra [que] con frecuencia los hacía inconscientes de las inhibiciones y las consideraciones compasivas.
Torturaban a los criminales… y faltaban sin escrúpulos a tratados celebrados
con juramento solemne” (op. cit). El sentido germano del honor exaltaba la
venganza. En la tradición germánica la lealtad, el honor y el heroísmo eran más
importantes que la humildad, la compasión y la caridad, acentuadas por el
cristianismo. El conflicto fundamental entre las influencias culturales
tradicionales y los principios judeocristianos explica por qué las fuerzas prusiano-teutónicas
han seguido rumbos completamente diferentes de los que tomaron otros pueblos
occidentales.
Esta potente mezcla de
ideas, tradiciones y oportunidades parece converger en la vida de individuos que
han moldeado la historia alemana. Las tierras germanas formaban parte de los
territorios conquistados por Carlomagno en su empeño por configurar de nuevo el
Imperio Romano. Carlomagno fue un poderoso guerrero con una idea poderosa.
Aquella misma idea de unir a Europa bajo el estandarte del cristianismo ardía
en el corazón de los primeros emperadores germanos de Sacro Imperio Romano:
Otón el Grande y Federico Barbarossa (Frederico I de Hohenstauffen, proclamado
“amo del mundo”). Bajo estos recios guerreros, los germanos llegaron a ser el
reino más poderoso de Europa (960-1150 d.C.). Sin embargo, la prometedora
dinastía de los Hohenstauffen zozobró (“uno de los fracasos más grandes de la
Edad Media”) al emprender la conquista de Italia, y la tierra germana quedó en
poder de príncipes beligerantes durante varios siglos (Historia Básica de Alemania Moderna, Snyder).
A comienzos del siglo
18, Federico Guillermo I de Prusia revivió
el curso militarista de la moderna Alemania. Fiel a la tradición de su familia,
los Hohenzollern, de que la tierra y el poderío militar eran elementos
determinantes del poderío nacional, se propuso formar el ejército más fuerte y
mejor entrenado de Europa. Cuando murió, Prusia fue reconocida como la potencia más militarizada de Europa y
una de las más autosuficientes y prósperas. Su hijo, Federico el Grande,
convirtió a Prusia en el “campo de entrenamiento” de Europa y en una potencia
de primera categoría. Federico fue un administrador de enorme visión, que
estableció un gobierno centralizado y un servicio civil profesional para
gobernar a su reino en expansión.
Federico el Grande era
oportunista y sabía aprender de sus errores. Como rey, “no le servían las
formas del derecho internacional” (op. cit), invadía sin declarar la guerra y luego se inventaba un pretexto
para su aventura. La guerra, para Federico, era asunto muy importante, que
debía despacharse con la máxima rapidez y eficiencia. Para atacar a un enemigo
más fuerte, prefería las tácticas que encerraban sorpresa, astucia y audacia.
Dejaba asombrados a sus adversarios con su “capacidad para recuperarse
constantemente y surgir de nuevo”. Federico empezó su reinado como hombre
humanitario pero terminó transformado en un despiadado “mazo del mundo” a la
manera de otros, portadores del mismo nombre, que lo precedieron.
La tradición
militarista prusiana comenzada por los Hohenzollern acabó difundiéndose por
toda Alemania. Luego de la derrota de Prusia por Napoleón, el ejército prusiano
se reorganizó. Un brillante teórico y organizador, Gerhard von Scharnhorst, fundó
academias militares, organizó un nuevo tipo de ejército y sentó las bases de lo
que llegó a ser el gran estado mayor de Alemania. Este grupo de soldados
profesionales se preparaba para la guerra aun en tiempos de paz y formaba a las
generaciones futuras de oficiales. Esta idea luego fue copiada por los países
de todo el mundo. Bajo el mando de Scharnhorst, a toda la población de Prusia se le inculcó el aprecio por la gloria
de la guerra. Mas fue Karl von Clausewitz quien exaltó al máximo la profesión militar”
y preparó a Prusia y Alemania para la guerra total.
Según Clausewitz, la
guerra era simplemente continuación de la política por otros medios y no podía
haber victoria verdadera sin derramamiento de sangre. Estas ideas tuvieron
amplia aceptación en Alemania y se reflejan en la política de Bismarck, para
quien “las grandes cuestiones del día no se van a decidir por consenso ni por
votaciones sino por sangre y hierro” (op.
cit). El objetivo del nuevo ejército creado por Scharnhorst, Clausewitz y otros
era destruir totalmente al ejército enemigo
con mucha velocidad y eficiencia mediante tropas con impresionante adiestramiento
y disciplina que luchaban por su destino
nacional.
Fue la tradición prusiana,
autoritaria, antidemocrática, militarista
y expansionista, la que allanó el camino para el auge de la Alemania
imperialista, los nazis, las aventuras militares, las atrocidades y desastres
del Tercer Reich. Si bien la depresión económica mundial facilitó el ascenso de
Hitler al poder, sus ideas las tomó de conceptos y tradiciones muy antiguas en Alemania. La conducta guerrera
y la glorificación de las batallas, propias de los romanos reaparecen constantemente en la historia alemana. Cabe, pues,
preguntar por qué los alemanes tienen esta fijación por la precisión y la
conducta marcial que tanto distingue su carácter nacional. ¿Quiénes fueron los
antepasados de las tribus germánicas que emigraron de las costas de los mares
Negro y Caspio?
Si miramos un mapa de
la zona del mar Negro y el mar Caspio, y si consultamos varios libros de
historia para indagar qué naciones habitaron esta región en los milenios primero
y segundo de nuestra era manifestando rasgos militaristas similares a los
alemanes, pronto descubrimos algunos datos muy interesantes. Aquella región
estuvo dominada por Asiria y por el
reino vecino de los heteos. Es interesante leer lo que han aprendido
historiadores y arqueólogos sobre estas naciones antiguas. Notemos sus
características nacionales distintivas. Comparemos dichos rasgos con los que
han manifestado los alemanes desde hace casi 2000 años. No tardaremos en
comprender ¡que aquí hay algo más que curioso!
La característica más
sobresaliente de Asiria y los heteos (al igual que de Prusia y periódicamente
de Alemania) era la estructura totalmente
militarizada de sus sociedades. Los historiadores dicen: “El rasgo singular
del estado asirio, en contraste con sus contemporáneos, fue el militarismo, el cual fue fundamental en
la creación y administración de su imperio. El ejército asirio era el más poderoso que el mundo antiguo
hubiese conocido jamás y ningún otro pueblo podía resistirlo, al menos por mucho
tiempo” (Civilizaciones del antiguo Cercano Oriente, Sasson). El poderío heteo
dependía también de la habilidad militar. Asiria, al igual que Prusia y
Alemania, se ha descrito como una nación de guerreros y el gobierno asirio era
ante todo un instrumento de guerra. Los asirios desarrollaron un gobierno
centralizado y fuerte, bajo el mando de un gobernante absoluto, el “rey del
mundo”. Inicialmente, las conquistas asirias tenían por objeto controlar y
proteger las rutas comerciales más importantes. La meta era transformar la naciente
unidad económica del Cercano Oriente
en unidad política (¡lo mismo que
está sucediendo en Europa hoy!)
Las tácticas militares
de los asirios y los heteos, igual que las de los germanos y prusianos, se
valían de rápidos movimientos de tropas y del elemento sorpresa. Estas naciones
ganaron fama por desarrollar avanzada tecnología de guerra: carros, caballería,
tanques, submarinos y cohetes. Los heteos fueron los primeros en trabajar el
hierro y los asirios fueron “el primer gran ejército que empleó armas de
hierro”. Carlomagno se destacó por llevar armadura y armas de hierro y una
corona del mismo material. Los alemanes otorgan la Cruz de Hierro por servicios
meritorios en la guerra.
Los asirios, igual que
los alemanes en diversos momentos de su historia, fueron tristemente célebres
por sus actos de violencia extrema; sacar los ojos a sus enemigos, mutilación,
pilas de cabezas y cadáveres, que tenían por fin intimidar y controlar a los
pueblos conquistados. Ambas naciones deportaban
a los pueblos vencidos a escala masiva para someterlos a trabajo forzado y
quebrantar el espíritu de los conquistados. El genocidio fue práctica común de
ambos pueblos. El arte y la literatura asirios glorifican el poder destructor y
el carácter salvaje de la guerra. De los escritos de von Clausewitz y otros
autores prusianos y alemanes se puede decir prácticamente lo mismo.
Asiria fue un “imperio sin
paralelo en poderío militar… escribió un capítulo sangriento en la historia de
la humanidad, más horrible aún si consideramos que incluía el terror y
atrocidades deliberadas como instrumentos de política exterior” (Mareas bárbaras, p. 17). Al final, “la
conducta atroz de Asiria la hizo objeto de odios irreprimibles”. Finalmente,
las naciones vecinas se unieron y derrotaron a los asirios, tal como lo han
hecho naciones aliadas contra Alemania dos veces en este siglo. Para Asiria,
“el fin vino rápidamente y fue tan completo que se saben pocos detalles” (op.
cit).
Este colapso repentino
plantea dificultades para los historiadores. Nos dicen que los asirios parecen desaparecer en la bruma de la historia, en
las cercanías del mar Negro. También nos indican que los antepasados de los
alemanes surgen en la misma región.
Si bien la mayoría de los historiadores se muestran renuentes o no establecen
una conexión entre la desaparición de los asirios y la aparición de las tribus
germánicas, el hecho es que no hay otra
nación cuyos antecedentes y carácter nacional se parezcan más a los de Alemania.
Asiria y Alemania se destacan singularmente en la historia exactamente por las
mismas razones: sociedades totalmente militarizadas, glorificación de la
guerra, brutales y ejércitos brutalmente eficientes, actos de extrema crueldad deliberadamente
calculados, deportaciones masivas, campamentos de trabajo forzado y genocidio…
todo ello con una administración centralizada y eficiencia increíble. La
historia de ambas naciones revela períodos cíclicos de gran resurgimiento
militar después de períodos de decaimiento. ¡Este paralelismo es llamativo y único en la historia de la
civilización humana!
El Imperio Asirio
surgió de la ciudad-estado de Asur (que toma su nombre de Asur, hijo de Sem,
uno de los tres hijos de Noé (ver Génesis 10:1, 22). Asur era hermano de Arfaxad,
antepasado de Abraham, quien fue a su vez el padre de los hebreos (Génesis
11:10-26). Así, los verdaderos asirios y los descendientes de Abraham (los
israelitas) son pueblos emparentados. El nombre Asur significa “líder” o
“triunfador”. Flavio Josefo, historiador del primer siglo, dice que los asirios
“llegaron a ser la más exitosa de las naciones, más que las otras” (Antigüedades judías, 1:6:6). Habida
cuenta de sus aptitudes y sus aportes a la civilización occidental, lo mismo
puede decirse de los alemanes.
Asur era objeto de
culto como “el dios principal de Asiria…el
dios de la guerra” y se representaba como una “deidad solar con un disco alado” (Enciclopedia Británica, ed. 11). Los heteos emplearon tanto el
disco alado como la svástica (Enciclopedia Collier, “Heteos”). La
svástica simboliza el sol, la potencia, la energía, el mazo de Thor y el dios del clima y las tormentas (Diccionario de símbolos, Liungman). Los
heteos y los asirios también empleaban un águila bicéfala para simbolizar a los
dioses del cielo: tormenta, trueno y sol. Estos símbolos reaparecen en la
cultura de Alemania, de Prusia y especialmente en el Tercer Reich. Los heteos
(que fueron conquistados y absorbidos por los asirios) presentan claros lazos
lingüísticos y culturales con otras dos tribus germanas: los hesianos y los
prusianos.
Aun más interesantes
son las leyendas según las cuales Tréveris, la ciudad más antigua de Alemania,
fue fundada por Trebeta, hijo de un rey asirio llamado Nino, alrededor del año
2000 antes de Jesucristo (En tierras
alemanas, Bihl). Muchos libros para turistas mencionan la inscripción en una
antigua casa cerca del mercado de Tréveris, según la cual esa colonia asiria
fue fundada 1300 años antes de Roma. Los escritores árabes de la Edad Media
también se refieren a los germanos como asirios. Los nexos entre Alemania y Asiria
se pueden demostrar y no son inverosímiles ni imaginarios.
Visto todo lo anterior,
cabe preguntarse qué importancia
encierra este curioso paralelismo entre la antigua Asiria y Alemania. Sencillamente esta: Que varias profecías bíblicas
indican claramente que al final de esta era, inmediatamente antes del regreso
de Jesucristo, Asiria volverá a cumplir un papel central en los
acontecimientos mundiales (ver Isaías 10; 11). Las Sagradas Escrituras
afirman que el nombre y la identidad de Asiria, o Nínive, desaparecerían (Nahúm 1:1, 14); y así fue, como lo confirman los
anales de la historia. Sin embargo, las muchas referencias proféticas a Asiria
en el contexto del tiempo del fin indican claramente que el legado cultural,
intelectual e ideológico de los asirios sobreviviría. Los anales de la historia
señalan firmemente que los alemanes son los portadores de aquel antiguo legado.
Lo llevan en su carácter nacional, está conectado con sus orígenes. Cuando la Biblia habla de Asiria en el
contexto del tiempo del fin, está hablando de Alemania. Ninguna otra nación
contemporánea se ajusta tan cabalmente a la descripción.
El regreso de Alemania
al poder desde la segunda guerra mundial no es casualidad. Dios profetizó hace
más de 2500 años que Él haría suceder ciertos hechos a fin de cumplir su
propósito (Isaías 46:9-10). Alemania es el principal
protagonista en el esfuerzo por forjar una Unión Europea. Esta unión puede llegar
a convertirse en la potencia de diez naciones llamada la “bestia” en la
profecía bíblica que surgirá nuevamente de las cenizas del Sacro Imperio Romano
(Apocalipsis 17:9-14).
Alemania ha cumplido
este papel muchas veces ya. Dicha configuración emergente se convertirá en una
potencia económica mundial (Apocalipsis 18:2-3, 9-13) y se valdrá de su poderío
para cumplir sus propósitos políticos. Al comienzo, se mostrará pacífica pero
luego se transformará en una bestia
devoradora y guerrera (Daniel 11:21; Apocalipsis 13:2-3; Apocalipsis 17:12-14).
Daniel describe este reino de los tiempos del fin como una bestia fuerte y
feroz con “dientes de hierro” (Daniel
2:40-45; 7:7, 19-23). Sin embargo, por asombroso que parezca, la profecía
bíblica también indica que finalmente, Dios se valdrá del extraordinario pueblo
alemán (Asiria) como una de las naciones que liderará la paz en el Reino de
Dios venidero (Isaías 19:23-25).
Dios aprovechará las sobresalientes
cualidades intelectuales y culturales del pueblo alemán para ayudar a
enriquecer al mundo durante el gobierno milenario de Jesucristo. Como todos los
pueblos de la tierra, los alemanes tienen en su carácter nacional puntos
fuertes y débiles. En el mundo de mañana, Dios se usará las extraordinarias
virtudes del pueblo alemán ¡para servir a la humanidad!
Por Douglas Winnail www.mundomanana.org