Las siete leyes del éxito
Todos conocemos personas de aspiraciones, dinámicas, que quieren el éxito a toda costa.
También conocemos a otros que se sienten fracasados, que han perdido la esperanza y están convencidos de que jamás tendrán éxito.
Ahora bien, ¿cuál es el verdadero éxito?
En las Escrituras se encuentran las normas del éxito que proviene de Dios, y también principios que nos ayudarán a alcanzar ese éxito.
El señor Herbert W. Armstrong llamó a esos principios “las siete leyes del éxito”.
Leyes que aplicadas apropiadamente, pueden ayudar a los cristianos a encontrar el verdadero éxito en la vida.
La Biblia habla sobre la ambición humana por
el dinero y la abundancia.
El Rey Salomón, un hombre a quien Dios le
concedió gran sabiduría, escribió la mayoría de los Proverbios. Salomón llegó a tener todo lo que un ser
humano pudiera desear; aun así nos dejó la siguiente advertencia: “No te afanes por hacerte rico; sé
prudente, y desiste.
¿Has de poner tus ojos en las riquezas, siendo ningunas?
Porque se harán alas como alas de águila, y volarán al cielo” (Pr. 23:4-5).
Salomón hizo
lo posible por “vivir al máximo”, pero mantuvo la sabiduría y analizaba los
resultados de sus experiencias.
¿Cuáles fueron sus conclusiones?
“No negué a
mis ojos ninguna cosa que desearan, ni aparté mi corazón de placer alguno,
porque mi corazón gozó de todo mi trabajo; y esta fue mi parte en toda mi faena. Miré yo luego todas las obras que habían
hecho mis manos, y el trabajo que tomé para hacerlas; y he aquí, todo era
vanidad y aflicción de espíritu, y sin provecho debajo del sol” (Ec. 2:10-11). En otras palabras, todas sus posesiones y
placeres no significaban nada, porque no producían nada de valor duradero.
Algunos buscan el éxito no en las riquezas sino en la posición o el poder.
¿Será acaso este el verdadero éxito?
La madre de Santiago y de Juan, dos de los discípulos de Jesús, se le acercó y le pidió: “Ordena que en tu reino se sienten estos dos hijos míos, el uno a tu derecha, y el otro a tu izquierda. Entonces Jesús respondiendo, dijo: No sabéis lo que pedís” (Mt. 20:21-22).
Les explicó entonces que esas posiciones eran para aquellos a “quienes está preparado por mi Padre” (v. 23).
Continuó Jesús
y expuso la mejor fórmula para el verdadero éxito, opuesta por completo a la
vanidad de los gobernantes que se enseñorean de los demás: “Sabéis que los gobernantes de las naciones
se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas
potestad. Mas entre vosotros no será
así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro
servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo;
como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar
su vida en rescate por muchos” (Mt. 20:25-28).
El mayor es
aquel que es un verdadero servidor, ¡el que cuida y ayuda a los demás! Observemos que fue el Hijo de Dios, Jesús
de Nazaret, quien tomó a los niños en sus brazos y se inclinó para lavar los
pies de sus discípulos; como lo leemos en la ceremonia descrita en Juan
13. ¡Fue Jesús quien entregó su vida
en sacrificio por todos nosotros! “Mas
Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo
murió por nosotros” (Ro. 5:8).
El ejemplo de
Jesucristo fue de servicio, sacrificio y amor: “Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la
muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su
vida” (v. 10).
En cualquier
posición que alcancemos en esta vida, no encontraremos el verdadero éxito a
menos que tengamos la actitud de servir con amor a los demás.
Una de las
medidas para determinar el verdadero éxito es el grado de servicio que estemos
dispuestos a dar. El éxito falso se
basa en el principio de obtener, una actitud carnal o defecto de la naturaleza
humana. El verdadero éxito se basa en
el principio de dar.
¿Podemos alcanzar el éxito utilizando el
conocimiento?
Desde luego Dios quiere que usemos la
mente para aprender sus valores y el verdadero conocimiento. Pero si no somos humildes, el conocimiento
material puede generar vanidad intelectual; un sentimiento de superioridad y arrogancia. ¡El conocimiento
envanece!
Según dijo
Pablo en 1 Corintios 8:1. Sin Dios, la
educación y el saber no son más que vanidad:
“Nadie se engañe a sí mismo; si alguno entre vosotros se cree sabio en
este siglo, hágase ignorante, para que llegue a ser sabio. Porque la sabiduría de este mundo es
insensatez para con Dios; pues escrito está:
Él prende a los sabios en la astucia de ellos. Y otra vez: El Señor
conoce los pensamientos de los sabios, que son vanos” (1 Co. 3:18-20).
¿Cuántas veces hemos visto en la televisión a los
llamados expertos en historia o teología utilizando sus “habilidades” para
torcer o desvirtuar la verdad de las Escrituras?
¿Cuántas veces hemos visto en la televisión y el cine
cómo se subestiman las leyes de Dios y el sacrificio de Jesucristo?
En verdad “la sabiduría de este mundo es insensatez para con Dios”.
¿Se puede encontrar el éxito en la
búsqueda de los placeres materiales?
El Rey Salomón, un hombre que “lo tuvo
todo”, dijo en su corazón:
“Ven ahora, te probaré con alegría, y gozarás de bienes. Mas he aquí esto también era vanidad” (Ec. 2:1).
Actualmente la
sociedad busca los placeres en el libertinaje sexual, en las drogas, el alcohol
y en casi toda forma imaginable de estimulación. El apóstol Juan lo resumió de esta manera: “No améis al mundo, ni las cosas que están
en el mundo. Si alguno ama al mundo,
el amor del Padre no está en él.
Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos
de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que
hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1 Jn. 2:15-17).
Miles de
millones han sido engañados por las tentaciones sexuales; han sembrado para su
carne, y han segado corrupción (Gá. 6:8).
El deseo de Dios es que los seres humanos disfrutemos del placer sexual
dentro del matrimonio; desea que disfrutemos al máximo de la vida, pero dentro
de sus leyes y preceptos.
Después de
todas las experiencias del Rey Salomón, llegó a una conclusión final:
“Ahora, hijo
mío, a más de esto, sé amonestado. No
hay fin de hacer muchos libros; y el mucho estudio es fatiga de la carne. El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos;
porque esto es el todo del hombre.
Porque Dios traerá
toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala”
(Ec. 12:12-14).
Una vez que
hemos comprendido lo que significa el éxito, necesitamos idear un plan para
alcanzarlo. El señor Herbert W. Armstrong
definió lo que llegó a llamar “las siete leyes del éxito”.
Una serie de
pasos o principios para alcanzar el éxito con base en la Biblia y desde el
punto de vista cristiano. Veamos
cuáles son esas leyes.
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Primera
ley:
Las personas
de éxito saben que, para lograr algo que sea valioso, es necesario fijar
metas. Si no sabemos adónde vamos,
jamás llegaremos.
Tal vez tengamos
en mente cierta profesión. Es
necesario entonces aprender todo lo que se relacione con ella, y pedir la guía
de Dios. Recordemos la maravillosa
promesa de Jesucristo: “Pedid, y se os
dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al
que llama, se le abrirá” (Mt. 7:7-8).
Cualesquiera
que sean las metas a corto plazo, siempre debemos ponerlas en el contexto de la
meta final. Jesús les dijo a sus
seguidores que no debían preocuparse por alimentos o vestido; porque si Dios
proveía alimento para las aves del cielo, con mucha más razón proveerá para sus
hijos. Se refería aquí a que todas las
necesidades de la vida que nos preocupan, son secundarias ante la meta más
importante: “Buscad primeramente el
reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mt. 6:33).
El destino
final de los cristianos es el Reino de Dios.
Para tener éxito, debemos fijar metas.
Y para tener el verdadero éxito en esta vida y en la eternidad, debemos
establecer ¡la meta correcta!
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Segunda
ley:
¿Qué debemos aprender para alcanzar la meta?
¿En qué nos debemos preparar?
Si queremos
realizar el oficio de artesano, primero debemos trabajar como aprendices antes
de ser operarios. Muchas profesiones
se aprenden en un colegio técnico y otras en una universidad. Para alcanzar nuestras metas, hoy, más que
nunca, tenemos que aumentar los conocimientos. En relación con el tiempo del fin, Dios le dijo al profeta
Daniel: “Pero tú, Daniel, cierra las
palabras y sella el libro hasta el tiempo del fin. Muchos correrán de aquí para allá, y la ciencia [el
conocimiento] se aumentará” (Dn. 12:4).
Nunca debemos
dejar de aprender, pero debemos verificar que lo que aprendemos es el verdadero
conocimiento, y no la falsa educación.
La Biblia nos enseña que el verdadero conocimiento comienza con el temor
de Dios, y con la convicción de que Él es la fuente de la sabiduría.
“El principio
de la sabiduría es el temor del Eterno; los insensatos desprecian la sabiduría
y la enseñanza” (Pr. 1:7).
En Proverbios 9:10
encontramos una instrucción similar:
“El temor del Eterno es el principio de la sabiduría, y el conocimiento
del Santísimo es la inteligencia.”
Los verdaderos
cristianos aplican esta segunda ley del éxito en su preparación para el
venidero Reino de Dios.
¿Se está usted preparando?
¿Está creciendo en la gracia y el conocimiento de
Jesucristo?(2 P. 3:18).
Para alcanzar la meta, debemos educarnos
y prepararnos tanto física como espiritualmente.
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Tercera
ley:
¿Cuán saludables estamos?
¿Tenemos suficiente energía y vigor para trabajar
duro?
¿Estamos en condiciones de realizar el esfuerzo necesario?
El medio en
que vivimos puede ser dañino para nuestra salud. En el siglo 21 hemos llegado a sufrir mucha contaminación.
Se ha
contaminado el aire, el agua y los alimentos.
Puede ser muy difícil conseguir alimentos verdaderamente orgánicos y
agua potable; con todo, debemos hacer lo que esté a nuestro alcance. Podríamos sembrar nuestra propia
huerta. Las comidas rápidas, cargadas
de grasa y azúcar, no es la clase de régimen alimenticio que Dios diseñó para
los seres humanos.
Además de una
buena dieta es necesario el ejercicio regular. El apóstol Pablo le dijo al evangelista Timoteo:
“El ejercicio
corporal para poco es provechoso [Nota:
El sentido de la frase en el texto griego es: “aprovecha un poco”], pero
la piedad para todo aprovecha, pues tiene promesa de esta vida presente, y de
la venidera” (1 Ti. 4:8). Una vez más
la Biblia demuestra que el aspecto espiritual en nuestra vida tiene
prioridad.
Pero tenemos
el deber de honrar a Dios tanto en nuestro cuerpo como en el espíritu (1 Co.
6:20). Otras leyes de la salud
consisten en mantener una mente tranquila y positiva, y evitar los
accidentes. Si tenemos buena salud
física seremos más productivos y eficientes.
Pero debemos estar conscientes de nuestras limitaciones y hacer lo mejor posible tomándolas en cuenta.
Porque según nuestras limitaciones
físicas no siempre tendremos las mismas oportunidades de servir a los demás
como otros con diferentes habilidades y limitaciones. Con todo, cualesquiera que sean nuestras limitaciones, Dios
siempre proveerá los medios para que le sirvamos con eficiencia a Él y al
prójimo.
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Cuarta
ley:
Tener empuje
El señor Herbert Armstrong la
llamó: “La importantísima cuarta
ley”. Y escribió:
“Siempre se
verá que el jefe ejecutivo de una organización próspera y pujante, despliega
brío. Constantemente se está
aguijoneando, no solamente a sí mismo sino también a aquellos bajo sus órdenes,
pues de otra manera podrían rezagarse, relajarse y acabar por estancarse” (Las
siete leyes del éxito, 1982, pág. 23-24).
Sí, tenemos
que aguijonearnos para avanzar. Las
Escrituras nos dan un ejemplo muy gráfico:
“Ve a la
hormiga, oh perezoso, mira sus caminos, y sé sabio; la cual no teniendo
capitán, ni gobernador, ni señor, prepara en el verano su comida, y recoge en
el tiempo de la siega su mantenimiento.
¿Cuándo te levantarás de tu sueño?
Un poco de
sueño, un poco de dormitar, y cruzar por un poco las manos para reposo; así
vendrá tu necesidad como caminante, y tu pobreza como hombre armando” (Pr.
6:6-11).
El descanso apropiado es esencial, pero
Dios nos advierte contra la pereza y la vagancia. La hormiga carga un solo grano de alimento o de arena en cada
viaje, pero a la larga es mucho lo que logra.
Todos necesitamos energía y propósito, y disciplina para trabajar
eficientemente.
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Quinta
ley:
Tener ingenio
El señor Armstrong la llamó ley “para emergencias”.
Es posible que el camino para alcanzar nuestra meta o
carrera se vea muy claro y despejado.
Pero en la vida con frecuencia se nos presentan
obstáculos inesperados.
Repentinamente se nos puede presentar un problema
económico o una emergencia de salud.
¿Qué vamos a hacer?
Siempre hay que considerar las opciones.
¿Cuáles son los recursos disponibles?
¿Cuál institución o persona nos puede ayudar?
Por supuesto
que el primer paso que debemos tomar en cualquier emergencia es pedir la ayuda
de Dios.
Recordemos
aquella ocasión cuando Jesús se acercaba a sus discípulos caminando sobre el
agua.
Pedro quiso
hacer lo mismo y Jesús le dijo:
“Ven. Y descendiendo Pedro de
la barca, andaba sobre las aguas para ir a Jesús. Pero al ver el fuerte viento, tuvo miedo; y comenzando a
hundirse, dio voces, diciendo: ¡Señor,
sálvame!” (Mt. 14:29-30).
Con frecuencia
pasamos por alto lo evidente cuando estamos en problemas.
En este caso,
Pedro rápidamente clamó pidiendo ayuda.
Y, ¿qué hizo Jesús?: “Al momento Jesús, extendiendo la mano, asió
de él, y le dijo:
¡Hombre de
poca fe! ¿Por qué dudaste?” (v. 31).
Pidamos a Dios
que nos libre en nuestras congojas.
Mas procuremos hacer nuestra parte y buscar los recursos
disponibles.
Jamás perdamos
la esperanza. Pidamos el consejo sabio.
“Los pensamientos son frustrados donde
no hay consejo; mas en la multitud de consejeros se afirman” (Pr. 15:22).
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Sexta ley:
Tener perseverancia
Siempre
tengamos perseverancia, tenacidad.
Durante la segunda guerra mundial, cuando el futuro de Inglaterra se
veía lúgubre, el Primer Ministro Winston Churchill habló en la Escuela Harrow
el 29 de octubre de 1941. Inspiró a su
audiencia a perseverar y afirmó: “La
lección que podemos aprender de estos últimos diez meses es: nunca nos rindamos, nunca nos rindamos,
nunca, nunca, nunca... ante nada por grande o pequeño, ... nunca nos rindamos
excepto ante las convicciones del honor y el sentido común. Jamás cedamos ante la fuerza, jamás cedamos
ante la aparente superioridad del enemigo.
Estábamos solos hace un año, y muchos países pensaron que nuestra cuenta
estaba cerrada, que estábamos acabados.”
Quienes hemos
respondido al llamado de Dios estamos en un camino espiritual de perseverancia. Hebreos 11 es conocido como el “capítulo de
la fe”. En este se mencionan exitosos
hombres y mujeres de fe. El capítulo
12 nos estimula a recordar su ejemplo y a mirar hacia la meta final. “Por tanto, nosotros también, teniendo en
derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del
pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por
delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por
el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se
sentó a la diestra del trono de Dios” (Heb. 12:1-2).
Apliquemos la
sexta ley del éxito. Corramos con
paciencia, o “perseverancia” como dice la NVI. ¡Jamás nos demos por vencidos!
Corramos la carrera de la vida con
perseverancia.
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Séptima
ley:
Si vamos a practicar con éxito las primeras seis leyes, necesitamos la indispensable séptima ley. Necesitamos buscar la guía continua de Dios. Humanamente, miles de millones de hombres y mujeres pueden practicar algunas de las primeras seis leyes, pero si no se busca la guía continua de Dios, todos los esfuerzos serán vanidad.
Nos preguntamos:
“¿Cómo conseguir la guía continua de Dios?”
La respuesta
es que si Dios nos está llamando a entender su verdad, debemos contestar a ese
llamado y buscarlo. Cuando leemos la
Biblia, encontramos maravillosas promesas.
Veamos algo al respecto:
“Buscad al Eterno mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está
cercano. Deje el impío su camino, y el
hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase al Eterno, el cual tendrá de él
misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar” (Is. 55:6-7).
Cuando comenzamos
a orar, cuando comenzamos a reemplazar nuestra manera de vivir por el camino
del verdadero éxito; recibiremos el perdón mediante el Salvador del mundo,
Jesucristo. Dios ha prometido que
tendrá misericordia y nos perdonará, si nos arrepentimos y lo buscamos.
Dios nos ha
hecho muchas promesas de su continua y amorosa guía. Por ejemplo: “Fíate del
Eterno de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él
enderezará tus veredas” (Pr. 3:5-6).
Dios promete enderezar nuestras veredas y guiarnos a través de la vida
para alcanzar nuestro potencial humano y el destino final. Cuando nos encontremos en una encrucijada y
tengamos que tomar una decisión, oremos y pidamos a Dios que se haga su
voluntad en nuestra vida. Veamos la
promesa de Jesús: “No te desampararé,
ni te dejaré” (Heb. 13:5).
Finalmente,
¿cuál es la meta correcta de un cristiano exitoso? ¡La meta correcta es el Reino de Dios! De esta manera lo dijo Jesús en Mateo 6:33: “Buscad primeramente el reino de Dios y su
justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.”
¿Podremos realmente alcanzar el
éxito?
El verdadero
éxito tiene su precio, pero no la clase de “precio” que muchos se
imaginan. El señor Armstrong escribió
lo siguiente: “El único camino del
éxito no es aquel que se vende como mercancía, pues no puede comprarse con
dinero. Ese camino se le muestra a
usted gratuitamente, sin dinero y sin precio.
Hay, sin embargo, un costo: su diligente aplicación de estas siete leyes
definitivas. No se garantiza que sea
la forma más fácil, pero sí que es la única que lleva al éxito verdadero” (Las
siete leyes del éxito, 1982, pág. 4).
¿Podremos alcanzar el éxito?
La respuesta
nos la da el apóstol Pablo: “Todo lo puedo
en Cristo que me fortalece” (Fil. 4:13).
La Biblia revela las invisibles e inmutables leyes de la vida. Cuando actuamos conforme a esos principios
e instrucciones, recibimos bendiciones.
De hecho, desde el principio hasta el final de la Biblia, encontraremos
que la obediencia al camino de vida de Dios trae bendiciones; y la
desobediencia a ese camino trae maldiciones.
El concepto del mundo sobre el éxito consiste en posesiones, poder,
posición y placer; que solo traen dolor, sufrimiento, fracaso y muerte. Quienes entienden el éxito como aventajar a
los demás u ocuparse en complacerse a sí mismos, no solo dañarán al prójimo
sino al fin de cuentas a sí mismos. El
verdadero éxito solamente puede venir mediante el Salvador del mundo, quien nos
enseñó a amar a nuestros enemigos, poner la vida por los demás y vivir por toda
palabra de Dios. Cuando logremos hacer
esto mediante el poder del Espíritu Santo; podremos disfrutar de una vida
feliz, productiva y exitosa; porque ayudaremos a otros a llegar a la Familia y
al Reino de Dios.
¡Apliquemos
las siete leyes del éxito! De esta manera encontraremos la verdadera vida
abundante que prometió Jesús: “He venido para que tengan vida, y para que la
tengan en abundancia” (Jn. 10:10).