Cómo tener una familia feliz
Por John H. Ogwyn
La familia de Rafael y Laura parecía ideal. Sus amistades en la iglesia
los veían como una pareja joven y agradable con cuatro hijos simpáticos: él,
pequeño comerciante y ella, ama de casa. Tenían una bonita casa en un buen
barrio. Para sus amigos y allegados, esta pareja representaba todo lo que una
familia joven podía desear.
Había, sin embargo, un lado más sombrío. Buena parte de lo que sus
amigos creían saber de ellos era simple apariencia. Aunque la pareja logró
guardar las apariencias durante años, con el tiempo la fachada perfecta comenzó
a revelar algunas grietas. Rafael era alcohólico—y la situación iba de mal en
peor. Este era el gran secreto familiar.
Cuanto más bebía Rafael, más se desesperaba su esposa y los disgustos
entre ellos se hacían más frecuentes e intensos. Cuando él finalmente reconoció
que tenía un problema y buscó ayuda, Laura estaba tan vencida de la amargura,
el dolor y el resentimiento, que ya no le importaba. En los años siguientes,
esta familia “ideal” se desbarató, con resultados trágicos para todos. La vida
pasó de ser un sueño a ser una verdadera pesadilla.
El anterior no es un caso aislado. Encuestas realizadas en muchos países
demuestran que millones y millones de adultos tienen problemas de consumo
excesivo de bebidas alcohólicas. Y el problema no solamente afecta al que bebe
sino que repercute, como en el caso de Rafael, sobre la vida de sus allegados,
especialmente los niños que se crían en semejante ambiente.
En la etapa de la niñez, se forman los patrones de conducta que
determinarán nuestro comportamiento en la vida. Los conceptos más importantes
que tenemos de nosotros mismos y del mundo que nos rodea nacen de las
experiencias que adquirimos en el hogar. Millones de adultos se han criado en
hogares alcohólicos. Otros millones han crecido llevando en sí otras cicatrices
de la vida. Las estadísticas de mujeres víctimas de incesto son alarmantes.
Mirando el sufrimiento que nos rodea, debemos reconocer que nadie
proviene de un hogar perfecto. Pero millones de personas han crecido en
circunstancias que dejaron huellas especialmente
dolorosas. Si éstas no se atienden y se sanan, entonces los pecados de los
padres vienen a recaer sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación
(ver Números 14:18).
Con tantas personas que crecieron en el seno de familias perturbadas,
cabe preguntar si ellas tienen alguna posibilidad de alcanzar la felicidad.
¿Está usted destinado a repetir los
problemas de la familia en la cual se crió? O por el contrario, ¿es posible
romper el ciclo y reconstituir una familia sana y unida?
No es que la gente se proponga ser desdichada, pero sencillamente ¡no
sabe qué hacer para producir resultados felices! Muchos jóvenes criados en un ambiente familiar muy perturbado se
proponen que en el futuro ellos no someterán a sus propios hijos a semejantes
traumas. Sin embargo, lo hacen sin desearlo, y el problema se perpetúa. ¿Por
qué?
La explicación, en gran parte, se halla en las lecciones y estrategias
de supervivencia que aprendimos en la niñez. Las heridas, los temores y los
resentimientos acumulados en la infancia y juventud persisten a lo largo de la
vida. Y con frecuencia, estos sentimientos se trasladan a las nuevas relaciones
que forjamos en la edad adulta. El que nunca aprendió en la niñez a confiar en
otros, carece de la capacidad, como adulto, de formar una buena relación de
intimidad. Sus padres jamás le enseñaron cómo relacionarse con otras personas
(Proverbios 22:6).
Aunque nadie puede escoger su pasado, sí podemos tomar decisiones acerca
de nuestro futuro. Si queremos producir un cambio, tenemos primero que
contemplar el pasado con sinceridad, mirando en el espejo de la ley de Dios
(Santiago 1:23-25). Esta ley es la verdad que nos puede hacer realmente
libres. Por tanto, antes de pretender
seguir adelante, afrontemos la realidad, viendo dónde nos encontramos en la
vida y cómo llegamos allí. Al entender la dinámica de nuestro sistema familiar,
tendremos una visión más clara de nosotros mismos y de por qué pensamos y
sentimos de cierta manera.
Si en los años formativos un niño piensa que, por mucho que se esfuerce,
jamás logrará hacer las cosas bien, o si cree que necesita luchar para merecer
el amor, o que es responsable por la felicidad de otros, entonces le será muy
difícil desarrollar relaciones sanas y estables en la edad adulta.
Afrontar el pasado no es culpar a los padres de lo que haya sucedido,
sino aprender a ser sincero consigo mismo. Si no vemos el problema o si no
estamos dispuestos a reconocer que existe, jamás vamos a superarlo. Debemos
hacer un inventario de nuestra vida, analizando nuestros sentimientos y las
convicciones sobre las cuales se basa. Si queremos que el futuro sea diferente
del pasado, es preciso que identifiquemos específicamente aquello que deseamos
cambiar. Las buenas intenciones de “cambiar las cosas” no bastan para resolver
los problemas. ¿Qué es, concretamente,
lo que vamos a hacer? Nadie puede cambiar lo general. ¡Los cambios
tienen que hacerse en cosas específicas!
Tampoco es productivo hacer de cuenta que no pasa nada. Creer que todo
marcha bien no va a hacer que marche
bien. No nos engañemos (Jeremías 17:9; Santiago 1:22). Si miramos el problema
de frente, con sinceridad y honradez, podremos verlo tal cual es y entonces sí
tomar decisiones. Este es un primer paso para sanar las heridas que se remontan
a la niñez.
Hay hechos terribles que dejan huellas profundas. Para quien ha sido
víctima de un trato lastimoso e injusto, es sumamente difícil dejarlo atrás.
Muchas veces nos sentimos justificados en aferrarnos al resentimiento porque la
vida ha sido injusta con nosotros. Pero a la larga, el resentimiento acaba por
perjudicar a la misma persona que lo conserva.
La Biblia es el mejor libro de psicología del mundo. Su autor es el
Creador, el mismo que diseñó el corazón y la mente de los seres humanos. En sus
páginas encontramos historias de hombres y mujeres de la vida real, con las
decisiones que tomaron y las consecuencias que éstas trajeron.
Uno de los episodios más trágicos relatados en las Sagradas Escrituras
es la serie de incidentes que culminaron con la rebelión de Absalón, hijo del
rey David. La historia no comenzó con la rebeldía de Absalón sino casi diez
años antes, con la violación carnal de su hermana Tamar, víctima de Amnón, su
medio hermano. Después del doloroso incidente, Absalón duró dos años atormentado
por sus sentimientos de ira (2 Samuel 13).
Al cabo de ese tiempo, Absalón hizo una reunión en su casa a la cual
invitó a todos sus hermanos, entre ellos a Amnón. Aprovechando que su hermano
había salido de Jerusalén, le dio muerte y luego huyó del país. El rey David
quedó desconsolado. Había perdido dos hijos: uno muerto y el otro exiliado.
Durante tres años no hubo contacto alguno entre el rey David y su hijo ausente,
Absalón. Entonces Joab, que era sobrino y ayudante muy cercano al rey, armó una
treta para persuadir a David de que hiciera llamar a Absalón. Lo hizo, y
Absalón regresó a Jerusalén, pero aun así, el Rey se negó a verle la cara.
Tanta era su congoja por lo ocurrido, que no lograba reconciliarse enteramente
con su hijo. Transcurrieron varios años más y ahora fue Absalón quien sintió un
rencor cada vez mayor hacia su padre.
Por fin, Joab logró romper el alejamiento y el rey invitó a Absalón a
visitarlo (2 Samuel 14:21). Hubo una aparente reconciliación, pero el
resentimiento de Absalón se había exacerbado a tal punto que lo llevó a tramar
una revolución para apoderarse del trono de su padre. Cuando creyó que el
momento había llegado, Absalón atacó. Parecía que tendría éxito, pero al final
su ejército cayó derrotado. Antes del choque entre los ejércitos, el rey David
había dado instrucciones a sus guerreros en el sentido de no herir a Absalón. “Tratad benignamente por amor de mí al joven Absalón”,
les dijo. Pero la orden no fue obedecida y Absalón fue muerto. David clamó
inconsolable: “¡Hijo mío Absalón, hijo mío, hijo mío Absalón! ¡Quién me diera
que muriera yo en lugar de ti, Absalón, hijo mío, hijo mío!” (2 Samuel 18:33).
Éste es un relato trágico, de
heridas profundas y rencores amargos que los protagonistas no pudieron superar.
¿Eran heridas reales? Sí. ¿Eran
comprensibles? Desde luego. Pero el
punto es que tuvieron un efecto demoledor sobre quienes se aferraron a ellas.
Jesucristo reiteró la importancia de perdonar: de superar aquellos
sentimientos de enfado y resentimiento. A punto de morir crucificado, Él mismo
demostró el perdón unilateral. Hablando de los soldados encargados de su
ejecución, dijo: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lucas
23:34). Una de las decisiones más importantes que puede tomar el que ha
padecido una situación dañina y penosa es desprenderse de las heridas y el
rencor. No es fácil, pues generalmente consideramos que nuestros sentimientos
tienen justificación, dado lo que sucedió. Pero el resentimiento es fuente de
muchos males espirituales, y cuando persiste, se convierte en una raíz de donde
brota la amargura.
Haga frente a su pasado con sinceridad. Reconozca el daño que usted
sufrió y aquello que perdió. Es perfectamente normal sentir pena por lo
ocurrido. Pero luego, hay que dejarlo atrás. La decisión de aferrarse a las
heridas del pasado o, por el contrario, desligarse de ellas, es decisión suya. Opte por perdonar y seguir
adelante en la vida.
La confianza y el respeto son ingredientes esenciales de una sana
relación humana. Las experiencias lastimosas sufridas en un ambiente familiar
enfermizo socavan el respeto y reducen la capacidad de confiar en los demás.
¿Por qué son tan esenciales el respeto y la confianza y qué se puede hacer para
recuperarlos?
En una familia donde las relaciones son saludables, generalmente hay
buenos hábitos de comunicación. Si cada miembro de la familia conoce los
pensamientos, las ideas y las emociones de los demás, entonces se hace posible
tratar los problemas en familia y resolverlos. En cambio, cuando hay palabras
negativas y punzantes, o si los unos se niegan a escuchar atentamente a los
otros, entonces los intentos de comunicación acaban por fracasar. “Pero desecha las cuestiones necias e insensatas,
sabiendo que engendran contiendas (2 Timoteo 2:23). Si no mostramos respeto por
los demás miembros de la familia, ellos no van a sentirse motivados a expresar
lo que realmente piensan y sienten.
Nadie desea sentirse menospreciado ni ridiculizado. Para abrir el corazón, es
necesario que la persona sienta confianza en su interlocutor. Una familia
disfuncional no es un medio tranquilo ni emocionalmente propicio. En un
ambiente así los miembros de la familia no adquieren buenas destrezas de
comunicación.
Si usted creció en un medio así, deberá
adquirir destrezas nuevas y diferentes para que su familia ahora tenga un
ambiente diferente. Para ello, lo fundamental es crear un clima de respeto y
confianza (1 Pedro 2:17; Hebreos 12:14). Para que los demás confíen en
nosotros, tenemos que mostrarnos dignos de confianza, cumpliendo lo que nos
corresponde en muchos aspectos de la vida. En cuanto al respeto, las personas
se sienten respetadas cuando se les presta atención y se les trata con
cortesía.
Nuestro cónyuge no va a abrir el corazón mientras no se sienta tranquilo
y seguro para hacerlo. ¿Cómo creamos este ambiente de tranquilidad y
confianza? Primero, hay que asegurar
que los comentarios hechos en privados jamás se repitan de un modo que moleste
a la persona que los hizo (Proverbios 25:9). Cuando nuestro esposo o esposa
confiese algún temor o inseguridad, esta confesión jamás debe guardarse como
munición para echársela en cara la próxima vez que haya un desacuerdo.
Donde hay seres humanos, inevitablemente habrá roces. Pero si reina en
el hogar un clima de respeto y confianza, los desacuerdos pueden resolverse de
alguna manera positiva. Dedíquese a crear un ambiente de confianza y
tranquilidad y a mostrar respeto tanto en sus acciones como en sus palabras,
aun en momentos de choque (Filipenses 2:3). Los resultados se harán sentir con
el tiempo. Ninguno de nosotros puede obligar a otro a cambiar, pero sí podemos
hacer cambios en nuestra propia vida.
Se ha dicho que conservar el equilibrio es como balancearse en el filo
de una navaja. Todos conocemos la tendencia humana de pasar de un extremo al
otro. Pero la suma de los extremos no produce equilibrio. Hay hogares tan
rígidos y controlados que ahogan a los miembros de la familia. Otros son tan
flojos y permisivos que generan una sensación de caos. Ni lo uno ni lo otro
constituye un equilibrio sano. Si uno de los padres es demasiado estricto, un
exceso de libertad de parte del otro no produce un equilibrio. En cambio, un
ambiente de hogar bien estructurado sí permite alcanzar un estado de equilibro
donde cada miembro de la familia puede expresar libremente su propia
individualidad.
En las familias desequilibradas, el jefe del hogar, o bien abandona su
responsabilidad de guiar, o se va al otro extremo de querer controlar a los
demás. ¿Cuál es el liderazgo apropiado? La iglesia primitiva ofrece un ejemplo
interesante de lo que es la vida familiar. Al fin y al cabo, la iglesia es la
“familia de Dios” (Efesios 2:29).
En Hechos 6:1 leemos que el número de discípulos en Jerusalén se había
multiplicado hasta sumar varios miles. Luego surgieron problemas cuando algunos
sintieron que no se estaba brindando la atención debida a los necesitados.
¿Cómo reaccionaron los líderes? Habrían podido reunir a todos y reprenderlos
por quejarse. Habrían podido adoptar una actitud defensiva, diciendo que
estaban haciendo todo lo posible y haciendo quedar mal a los quejumbrosos. No
hicieron ni lo uno ni lo otro.
Lo que hicieron fue escuchar las quejas. Después de escuchar, reunieron
a todos y trazaron los lineamientos de una solución. Luego encomendaron los
detalles a quienes estaban más enterados de la situación. En este caso, el
problema se resolvió haciendo una lista de individuos que reunían ciertas
cualidades citadas por los apóstoles. La solución fue bien acogida y la iglesia
siguió creciendo (v. 7).
Los apóstoles habían evitado aquellos errores que más suelen causar
disgusto contra los líderes. No sofocaron la comunicación enojándose por las
noticias poco gratas. No causaron sentimiento de frustración en la iglesia
yéndose al extremo de micromanejar y controlar cada aspecto de la situación.
Tampoco se fueron al otro extremo de no responder ni ejercer liderazgo.
El anterior es un ejemplo claro de cómo funciona el buen liderazgo. Y el
buen liderazgo se aplica tanto en el hogar como en la iglesia y en otros
contextos. Escuchar, fijar directrices y luego dejar margen para que los demás
resuelvan los puntos específicos: estas son claves importantísimas para un
liderazgo equilibrado.
Una familia con un mal funcionamiento es un medio desequilibrado. Para
reconstituir una familia sana y funcional, hay que restablecer el equilibrio.
Los hijos deben recibir directrices que señalen el comportamiento aceptable,
pero dentro de esos límites hay que permitir que desarrollen sus propios gustos
e intereses.
Los miembros de la familia no deben andar desconectados y ajenos a la
vida de los otros miembros, pero tampoco deben enredarse en la vida de los
demás. Hay que procurar un sano equilibrio en el cual se mantenga la unidad
familiar a la vez que se otorga a cada uno la libertad de resolver sus
problemas y obrar como individuo. En Génesis 2:24 el Dios Creador dijo: “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y
se unirá a su mujer, y serán una sola carne”. Dios dispuso así que al casarse
los hijos, ellos forman una nueva unidad familiar. Claro está que deben seguir
amando y respetando a sus padres, y éstos amarán siempre a sus hijos
manteniéndose siempre profundamente interesados en su bienestar y en el de sus
nuevas familias.
Las familias malsanas y disfuncionales se perpetúan, pero no porque sus
miembros lo hagan conscientemente. Se perpetúan porque a la gente le faltan el
conocimiento, las destrezas y la voluntad de forjar algo mejor. ¿Cómo puede
garantizar usted que su futuro sea diferente de su pasado?
Primero, debe decidir que va a reconocer sinceramente los hechos del
pasado, y luego dejarlos atrás. Usted sí puede tomar la decisión de desechar las
heridas del pasado y reemplazarlas con el perdón. ¡El perdón es algo que se
elige! En vez de dejarse controlar por los temores y las inseguridades
acumuladas a lo largo de la vida, podemos comenzar a forjar una relación
personal y profunda con nuestro Creador. Cuando decidimos confiar en Dios y
dejarnos guiar por Él en vez de dejarnos dominar por las circunstancias y el
temor a los demás, encontramos que se abren ante nosotros nuevos horizontes.
Procure introducir la confianza y el respeto en todas sus relaciones mostrando
respeto por el prójimo y haciéndose digno de confianza. Por último, busque el
equilibrio aprendiendo a convivir pero sin meterse en enredos con los demás.
Vivimos en un mundo de relaciones familiares lastimadas y quebrantadas. Pero cualesquiera
que sean los antecedentes familiares de usted, sepa que es posible reconstituir
una familia sana. Su Creador ha provisto el libro de instrucciones. Ahora le
toca a usted poner en práctica esas instrucciones a fin de adquirir
conocimientos y destrezas nuevas. Busque ayuda y siga adelante. Quizá sea
grande el esfuerzo, ¡pero el resultado valdrá la pena!*
Por John H.
Ogwyn
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