El imperio Romano

¿Antiguo y futuro amo del mundo?

 

Los carteles para turistas exhiben una Roma fascinante: ciudad de siete colinas, depositaria de espléndida arquitectura del pasado y el presente. Roma es una ciudad de contrastes. Edificios de siglos y ruinas antiguas conviven dentro de una pujante urbe moderna. Desde su fundación legendaria por Rómulo y Remo, han transcurrido 27 siglos. En ese largo tiempo, la extraordinaria ciudad ha cumplido un papel único en la historia de la civilización occidental. Roma, ¡ciudad eterna de intriga y poder!

Dentro de ella se acomoda el territorio soberano más pequeño del mundo: la Ciudad del Vaticano. La minúscula ciudad-estado gobernada por el pontífice romano mantiene relaciones diplomáticas con todas las grandes potencias y participa plenamente en los asuntos internacionales. Ciudad dentro de la ciudad, el Vaticano ejerce gran influencia internacional como sede de una iglesia con casi mil millones de adeptos.

Como importante capital europea, Roma ha sido sede de muchas reuniones importantes. Allí se aprobó hace casi 40 años el Tratado de Roma, documento histórico que dio comienzo a lo que vino a ser la poderosa Unión Europea. Y muchos ven la influencia de Roma extendiéndose a todo el mundo.

Malachi Martin, experto en asuntos del Vaticano, especula: “Hay una alianza tácita entre los poderes del vaticano y dirigentes de importantes entidades humanistas internacionales que desean convertir a la Iglesia Católica Romana de una institución sagrada en una cuya función principal sería servir de fuerza social estabilizadora en el mundo. Ven la iglesia como la única estructura global capaz de hacerlo” (U.S. News and Wold Report, 10 de junio de 1996). La imagen de una Roma que encabeza, estabiliza y domina al mundo ¡no es nueva!  Antiguamente, la presencia romana influyó profundamente en el carácter de todo el mundo occidental.

Hace más de 15 siglos, el Imperio Romano se derrumbó. Recibió su herida mortal cuando los bárbaros invasores asesinaron al último emperador en el año 476 de nuestra era. Sus primeros tres sucesores; vándalos, hérulos y ostrogodos, fueron desarraigados de Italia a instancias del pontífice romano. El ejército del Emperador Romano de Oriente les cortó su poder y los “arrancó”.

Desde entonces, ha habido seis intentos importantes por revivir el imperio de la antigua Roma. Según la Biblia, falta aún la séptima y última restauración. ¿Qué dicen las Sagradas Escrituras sobre las repercusiones históricas y futuras de Roma en el escenario mundial? Lo que ocurra en la “Ciudad Eterna” ¿acaso tendrá algún efecto profundo en la vida nuestra?

 

La herida mortal sanada

 

Terminadas las guerras góticas en el año 553, Italia estaba reducida a la pobreza y el caos. Roma había sido saqueada repetidamente. Los ejércitos invasores del emperador oriental Justiniano habían logrado sacar a los bárbaros. Aunque la autoridad secular en el Occidente se había derrumbado, “la supervivencia de la organización eclesiástica (bajo el obispo de Roma) se presentaba, incluso a ojos de los emperadores, como la salvación del Estado. En el año 554, Justiniano promulgó un decreto según el cual los obispos y príncipes de cada provincia debían escoger individuos aptos e idóneos, capaces de administrar el gobierno local, como gobernadores de las provincias” (Will Durant, Historia de la civilización).

Esta restauración imperial fue la primera de las siete restauraciones. Los emperadores en Bizancio siguieron como gobernantes nominales de un Imperium Romanum renacido en Occidente desde el año 554 hasta el 800. Pero según el decreto de Justiniano, los obispos de Roma constituirían una poderosa influencia sobre el imperio en el Occidente (Apocalipsis 13).

En los decenios que siguieron a la restauración, los emperadores del Oriente se concentraron más en el Asia Menor que en Italia. Descuidaron la protección y seguridad de Roma. En el año 800, se tomó una medida con miras a corregir tal descuido. “El día de la Navidad, mientras Carlomagno (rey de los francos), ataviado con la clámide y sandalias de un patricius romanus, oraba de rodillas ante el altar de San Pedro, (el papa) Leo tomó súbitamente una corona con piedras preciosas y la colocó sobre la cabeza del Rey. La congregación, que tal vez tenía instrucciones de obrar según el rito antiguo como el senatus popolusque Romanus, al confirmar una coronación, exclamó tres veces: “Salve Carlos Augusto, coronado por Dios como emperador grande y pacificador de los romanos!” La cabeza real fue ungida con óleo santo y el papa saludó a Carlomagno como emperador y Augusto” (Durant). Esta fue la segunda restauración del Imperio en Occidente, con espaldarazo papal.

En palabras del historiador Will Durant, “de esta íntima cooperación de iglesia y estado surgió una de las ideas más brillantes en la historia de la política estatal: la transformación del reino de Carlomagno en un Sacro Imperio Romano respaldado por todo el prestigio, santidad y estabilidad de la Roma tanto imperial como papal”.

En los 150 años que siguieron a la coronación de Carlomagno, su imperio se desintegró paulatinamente bajo una serie de sucesores débiles. Para el año 936, el grupo más fuerte de Europa Central eran los sajones germánicos. En el año 955 el rey germánico Otón derrotó a los magiares que pretendían invadir a Europa occidental. Años más tarde, Otón entró en Italia por solicitud del papa Juan XII para que le devolviera el poder, y más tarde recibió la corona imperial en Pavia en el año 962. “Fue así como se invocó nuevamente al fantasma del Imperio Romano para confirmar la edificación del Estado por parte de un rey semibárbaro” (Guillermo McNeil, Manual de la civilización occidental). La coronación de Otón señala el tercer renacimiento del Imperio Romano en el Occidente a partir de la restauración imperial de Justiniano.

La restauración del Imperio bajo Otón ¿qué importancia reviste para sus contemporáneos y sucesores? El historiador Roberto Hertztein escribe: “El Imperio no se entendía como una simple expresión sino como un regente cristiano universal para Dios en la tierra, que existiría hasta la venida del Anticristo. Otón, como Carlomagno, recibió el trono porque los papas reclamaban para la Iglesia Romana el derecho de ser el único elector imperial desde comienzos del siglo cuarto… El Sacro Imperio Romano, pues, fue germánico en gran parte de su base étnica y política, cristiano en su justificación moral y romano en su pretensión de legitimidad universal” (El Sacro Imperio Romano en la Edad Media).

“La función del Imperio era ser el representante de Dios en la tierra, cumplir aquí sus propósitos, proteger al cristianismo y la Iglesia, y preservar la justicia de Dios y el orden divino del universo en la tierra. El imperio terrenal era reflejo pasajero de la Ciudad de Dios eterna… los símbolos imperiales exhibían esta pretensión ante todo el mundo; con la manzana imperial, llena de tierra de los cuatro rincones del mundo, el emperador sostiene al mundo entero en su mano… (el emperador) llamó la corona imperial la corona urbis et orbi (corona de la ciudad y el globo); se veía a sí mismo como dominator orbis et urbis (soberano del globo y de la ciudad de Roma)” (op. cit).

La dinastía de Otón se mantuvo hasta 1254, cuando el Imperio, desgarrado por facciones opuestas, dio paso a 19 años de interreino. En 1273 fue elegido emperador Rodolfo I, el primero de la familia de los Habsburgo. El momento culminante del reinado de los Habsburgo en esta cuarta restauración del Imperio Romano, fue la coronación de Carlos V por mano del papa Clemente VII en 1530.  Carlos rigió un vasto imperio que abarcaba todas las posesiones españolas del Viejo y del Nuevo Mundo así como los extensos dominios de los Habsburgo en Alemania, Italia y Europa Central.

Los dos siglos siguientes vieron decaer el poderío de los Habsburgo, y el título de Sacro Emperador Romano quedo reducido a una fachada. En el último decenio del siglo 18, toda Europa fue sacudida por la Revolución Francesa. En Francia subió al poder un individuo de dotes excepcionales y de ambición sin límites.

Napoleón Bonaparte aspiraba a mucho más que la presidencia de una República Francesa o el trono de Francia. Su ambición no era otra que la restauración del Imperio Romano bajo su mando como emperador. El historiador Will Durant observa que “soñaba con emular a Carlomagno y unificar a Europa Occidental”.

Napoleón hizo que el senado lo proclamara emperador el 18 de mayo de 1804. En seguida, comenzó negociaciones con el papa Pío VII para que este fuera a París a consagrarlo emperador. Cumplidas las negociaciones, la coronación se efectuó el 2 de diciembre.

Los Habsburgo de Austria, presionados por Napoleón, renunciaron a su derecho dinástico sobre el Sacro Imperio Romano el 6 de agosto de 1806. El imperio revivido por Napoleón se extendía del Atlántico al río Elba y comprendía España, Francia, los Países Bajos, Bélgica, Alemania occidental y finalmente toda Italia. Esta fue la quinta restauración del Imperium occidental desde los días de Justiniano.

Pero esta restauración no duraría mucho. Una coalición encabezada por Gran Bretaña ocasionó la derrota y abdicación de Napoleón en 1814, poniendo fin a un período de 1260 años desde la restauración imperial bajo Justiniano en el año 554. Fue así como se cumplieron las profecías bíblicas de la “bestia” que tenía una herida mortal (Apocalipsis 13:3), de la herida sanada (ver el mismo versículo) y de la continuación de la “bestia” por “cuarenta y dos meses” (Apocalipsis 13:5). La abdicación de Napoleón señaló el fin de una época. Pero las Escrituras decían que aún habría dos intentos por revivir la gloria y grandeza de la Roma antigua.

 

Las dos últimas restauraciones: una pasada, otra reciente

 

Derrotado Napoleón en 1814, Alemania e Italia permanecieron divididas e impotentes por medio siglo. Ambas estaban fraccionadas en estados pequeños y desgarradas por riñas internas. Para 1871, Bismark había logrado unir a toda la Alemania no habsburga bajo el rey prusiano, mientras Garibaldi unificaba a toda Italia bajo el rey norteño de Piamonte-Cerdeña.

La unión forjada por Garibaldi llevaba 50 años cuando llegó al poder en Italia un hombre fuerte con la aspiración de restaurar una vez más la grandeza y la gloria de la Roma antigua. Benito Mussolini encabezó el partido fascista, que llegó al poder en 1922. Los fascistas toman su nombre de la fasces de la Roma imperial: un hacha envuelta en un haz de varillas que significa unidad y autoridad. La portaban los cónsules romanos como símbolo de su cargo.

En 1870, el ejército italiano del rey Victor Manuel había derrotado a los ejércitos papales y capturado a Roma, y desde entonces reinaba la tensión entre los pontífices y los gobernantes de la Italia recién unificada. Finalmente en 1929, Mussolini firmó con el pontífice el Tratado de Letrán que estableció la soberanía papal sobre la Ciudad del Vaticano. El papa dio su reconocimiento oficial al gobierno de Mussolini.

Ambicioso de gloria, Mussolini envió su ejército a la conquista de Etiopía y Somalía. En 1936 proclamó “después de 15 siglos, la reaparición del Imperio en las colinas predestinadas de Roma”. Luego procedió a celebrar alianza con Adolfo Hitler, líder de Alemania desde 1933, creando el eje Roma-Berlín de la segunda guerra mundial. Este sexto intento por unir a Europa con un renacer del concepto de la Roma Imperial se derrumbó en llamas e ignominia en 1945.

Terminada esa guerra, muchos dijeron que para Europa ya no había esperanza. El continente, especialmente Alemania, estaba asolada. El comunismo parecía ser la ola del futuro en Europa. Stalin había impuesto la bota del Ejército Rojo sobre gran parte de Europa central y oriental. La mayoría de los observadores aseguraban que jamás volvería a verse una Europa encabezada por Alemania como protagonista importante en los asuntos mundiales.

Pero 1957 vio inaugurarse el Mercado Común formada por Francia, Alemania Occidental, Italia, Bélgica, Luxemburgo y Holanda. Hoy su poderosa sucesora, la Unión Europea, cumple un papel cada vez más grande en el acontecer mundial, y está a punto de arrebatar el dominio económico que desde la posguerra ha correspondido a los Estados Unidos.

 

Profecías para hoy y después

 

¿Qué traerá el futuro? ¿Será la Unión Europea escenario del séptimo y último intento por resucitar el poderío y esplendor de la Roma Imperial?

Comparando Daniel 7 y Apocalipsis 13, se ve que los “diez cuernos” (reinos) surgen del Imperio Romano, que es la séptima cabeza de la “bestia”. Los tres primeros cuernos (los vándalos, los hérulos y los ostrogodos) fueron “arrancados” como se mencionó anteriormente (próximamente publicaremos un articulo sobre este tema). Así se cumplió la profecía de Daniel 7:7-8, 23-25. Quedaban, pues, siete “cuernos”.

Ya hemos visto seis intentos por restaurar la gloria de la Roma antigua que ahora son historia. Apocalipsis 17 narra en símbolo la historia de las siete restauraciones. Vemos una bestia con siete cabezas y diez cuernos, pero es diferente de las bestias en Daniel 7 y Apocalipsis 13.

Es claro que la bestia de siete cabezas en Apocalipsis17 es el Sacro Imperio Romano, pues “las siete cabezas son siete montes, sobre los cuales se sienta la mujer” (v.9). El versículo 10 identifica los siete montes como siete reyes o reinos. Las bestias presentadas en Daniel 7 y Apocalipsis13 no llevaban encima a una mujer, ¡pero la de Apocalipsis17 sí! Y esta bestia, como la anterior, tiene 10 cuernos.

En Apocalipsis 17, los 10 cuernos representan 10 futuros gobernantes que entregarán colectivamente su poder y autoridad a la bestia, restauración final del antiguo Sacro Imperio Romano. Esto será en el futuro, pues la Biblia nos dice que esos diez pelearán contra Cristo a su regreso (versículos 12-14, 17).

Esto nos trae de nuevo a la primera visión interpretada por Daniel: la imagen de Daniel 2. Las dos piernas de hierro terminaban en pies de hierro mezclado con barro. Los diez dedos, cinco en cada pie, serán destruidos por Cristo a su regreso para establecer el reino de Dios en la tierra (versículos 34-35, 42-44). Los diez dedos de Daniel 2 y los diez cuernos de Apocalipsis 17 son obviamente sinónimos. Representan diez gobernantes que darán su respaldo y lealtad colectiva a la séptima y última restauración del Imperio Romano.

Las piernas de la imagen que vemos en Daniel 2 representan el Imperio Romano, dividido en oriental y occidental por el Emperador Diocleciano en el año 286 de nuestra era. La profecía bíblica se concentra en la prolongación del Imperio Occidental, sobre la cual cabalga la “mujer”. Pero Daniel 2 muestra que la pierna occidental también cumple un papel en la restauración final. El Imperio Romano Oriental siguió en pie con sus emperadores en Constantinopla hasta 1453, cuando los turcos otomanos se apoderaron de la ciudad y mataron al último emperador, Constantino XI.

Pero esto no marcó el final de la “pierna” oriental. Transcurridos 19 años desde la caída de Constantinopla en 1472, el papa celebró la boda de Iván el Grande, Duque de Moscovia, con Zoé, nieta y heredera del último emperador oriental. “La boda fue importante en el establecimiento de la pretensión de los gobernantes rusos como sucesores de los emperadores griegos y protectores del cristianismo ortodoxo... Iván tomó el título de Tzar (o Zar), es decir “Cesar” (Guillermo L. Langer, Enciclopedia de historia mundial). La historia del Imperio Romano, pues, se extendió por la historia como dos ramas o piernas. Había dos pretendientes a la sucesión de Cesar. En el área latina, germana, católica del occidente el título tomo la forma de Kaiser. En la parte griega, eslava, ortodoxa, el título era Tzar.

Aquel que declara “el fin desde el principio” revela que un día los diez reyes (o gobernantes) sucesores de “ambas piernas”, se unirán, formarán la última resurrección del Imperio Romano, personificación final de Babilonia.

Aquellos diez gobernantes darán su apoyo a una futura unión de iglesia y estado en Europa, aspirante al dominio mundial. En palabras de Johannes Haller, conocido historiador alemán fallecido en 1947, “el antiguo Imperio (el Sacro Imperio Romano) perdura en el recuerdo del pueblo alemán como una época de grandeza y esplendor que algún día tendrá que revivir”.

Luego de un breve interludio de paz y prosperidad aparentes, este sistema va a arrastrar al mundo entero a una pesadilla infernal. Si Dios no interviniere mandando a Jesucristo de regreso a la tierra, el resultado sería la destrucción total de toda vida en el planeta (Mateo 24:21-22, 29-30).

Pero más allá de las malas noticias, hay buenas noticias. Realmente son las mejores que puede haber. Porque en los días de aquella unión final de gobernantes europeos, “el Dios del cielo levantará un reino que no será jamás destruido... permanecerá para siempre” (Daniel 2:44).

 

 

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