El Islam en la Historia y la profecía
Por Guillermo Bowmer
El Islam, fe que cuenta más
de mil millones de adeptos y fuerza impulsora del conflicto en el Medio
Oriente, es un misterio para muchos. ¿Cómo surgió esta religión que ahora
registra tan grande auge? ¿Cómo influirá en los acontecimientos proféticos del
tiempo del fin? ¿Y cuál será el destino de sus seguidores? Al acercarse el fin
de la era y al acelerarse los acontecimientos profetizados, ¡es necesario que
conozcamos la verdad acerca del Islam!
En la ribera occidental del Jordán, se reúnen manifestantes musulmanes
repitiendo Allah Akbar, que significa
en árabe “Alá es el más grande” y piden a gritos la destrucción de la nación
judía. En el Monte del Templo en Jerusalén, lugar que es objeto de reverencia
para musulmanes y judíos, los fieles que vienen a adorar mueren violentamente,
víctimas del conflicto palestino-israelí. En el nombre del Islam, militantes
como Osama bin-laden traman atentados terroristas contra la vida y propiedad de
quienes no sean musulmanes.
Salaam es la palabra
árabe que significa “paz”. De salaam
se deriva islam, el nombre de una religión
que dice provenir de Abraham y que cuenta con más de mil millones de seguidores
en el mundo. Sin embargo, dados los hechos de los últimos años en el Medio
Oriente, el Islam se asocia en la mente de muchos, no con la paz sino con la
violencia. Aun así, el Islam, la religión musulmana, sigue ganando adeptos en
muchos países de tradición cristiana.
El crecimiento de esta religión es un fenómeno mundial. De los seis mil
millones de habitantes del mundo, mil millones son partidarios del Islam. ¿Cuál
será el destino de estas personas? Si son piadosas, ¿irán después de la muerte
a un paraíso celestial, tal como lo enseñan sus doctrinas? ¿Arderán eternamente
en un infierno de llamas, como es el pensar de muchos que no son musulmanes? ¿O
bien, tendrá Dios otro destino reservado para ellos? Esta religión, nacida en
los desiertos de Arabia y difundida a los lejanos rincones de la tierra
¿cumplirá algún papel dentro
de los hechos profetizados para el tiempo del fin?
Mahoma nació en la ciudad árabe de La Meca en el año 570 d.C. Perdió a
su madre a los seis años de edad y se crió con su tío, un próspero comerciante.
Con él viajo a Siria por primera vez a la edad de doce años. Antes de cumplir
los veinte, Mahoma había visitado Damasco, Jerusalén, Aleppo y otras ciudades
de la región. A los 25 ya estaba casado con una viuda adinerada 15 años mayor
que él, llamada Kadidja.
Mientras el comercio de La Meca estaba dominado por los judíos ricos, la
vida religiosa giraba en torno a un templo politeísta, la Kaaba, en el cual
había una piedra negra que Abraham habría recibido de manos del ángel Gabriel,
según la tradición local. En la tribu
Quraishi, a la cual pertenecía Mahoma, unos creían que Adán y Eva habían
construido la Kaaba, mientras que otros lo atribuían a Abraham e Israel. Por
sus contactos con mercaderes judíos, Mahoma pudo entender que el culto
politeísta en la Kaaba sería inaceptable para Adán y Eva lo mismo que para
Abraham e Israel.
Luego de pasar seis meses en el monte Hira, meditando en una cueva,
Mahoma anunció en el año 610 d.C. que había recibido una revelación divina por
intermedio del ángel Gabriel. Poco después, comenzó a proclamar una religión
nueva llamada Islam (que en árabe
significa “sumisión”). Pero Mahoma debió enfrentar la hostilidad de los idólatras de La Meca y de su propia
tribu. En el año 622 huyó con sus seguidores a Yatrib, la conquistó y a partir
de entonces se denominó Medina, o sea la
ciudad del profeta. Entonces Mahoma se preparó para conquistar La Meca. En
el año 630 entró en esa ciudad junto con gran cantidad de seguidores y la
dominó. Durante todo este tiempo, Mahoma difundió su doctrina, una serie de
revelaciones especiales que decía haber recibido del ángel Gabriel. Luego de su
muerte en el año 632 esas revelaciones se recopilaron en el libro que hoy se
llama Corán. Los musulmanes
consideran que este libro es la palabra infalible de Dios.
El Islam se divide en varias ramas. Las dos más destacadas son la
sunnita y la shiita, que se distanciaron a raíz de una disputa sobre el
liderazgo, poco después de la muerte de su fundador. Las dos coinciden, sin
embargo, en defender los “cinco preceptos esenciales” del Islam, a saber: la
oración, la limosna, el ayuno, la peregrinación a La Meca y la profesión de fe
musulmana: “no hay Dios diferente de Alá y Mahoma es su profeta”.
Los musulmanes no beben alcohol. Tienen sus propias normas sobre las
carnes limpias y no limpias. No comen carne de cerdo y de animales carnívoros.
Tampoco carne sacrificada a los ídolos. Sin embargo, la ley islámica considera
“limpios” varios alimentos que la Biblia proscribe, como el camello. Los
musulmanes guardan lo que ellos llaman un “día de reposo”, pero el suyo no es
el día que indica la Biblia sino el viernes.
La mayor parte de los musulmanes pertenecen a la corriente sunnita, que
toma como fuente orientadora del Islam las palabras del Corán suplementadas por
los Hadices (dichos de Mahoma) y la Sharia (ley islámica). En cambio, la
escuela shiita mira también hacia la persona del Imán como cabeza espiritual de
la fe. Con el correr de los años, sunnitas y shiitas han desarrollado formas de
práctica y jurisprudencia islámica ligeramente distintas. Empero, sus
diferencias son menos marcadas que las divergencias entre católicos y
protestantes, y estas dos tradiciones musulmanas no se consideran como sectas
diferentes.
Sin embargo, la historia reciente nos señala que los altercados entre
estos grupos pueden ser feroces. Pese a tales choques intrarreligiosos, las
Sagradas Escrituras hablan de una confederación árabe-musulmana en el futuro.
El Salmo 83 señala como los adversarios de Israel alcanzarán al menos cierto
grado de unidad en un futuro no muy lejano. En los versículos 6 y 7 del salmo
se cita por sus nombres antiguos a los pueblos que se juntarán en una
confederación contra Israel—las naciones árabes y musulmanes del Medio Oriente
apoyadas por elementos simpatizantes en Europa—¡confederación que pretenderá
borrar a Israel de la faz de la tierra!
Desde hace tiempo hay en el Medio Oriente quienes claman por un “frente
unido” contra Israel. “Los musulmanes se están uniendo contra Israel”, expresó
un alto funcionario de Hamas, grupo radical musulmán que hoy gobierna en
Palestina. “Nuestro pueblo no se dará por vencido ante la agresión
israelí”, había declarado el extinto
fundador de Hamas, Jeque Ahmed Yassim, en una entrevista. El triunfo electoral
de este grupo extremista como autoridad palestina y el nuevo presidente de Irán
se inscriben en esta línea de pensamiento.
La Meca y Medina en tiempos de Mahoma eran ciudades cosmopolitas,
frecuentadas por mercaderes de distintas culturas y de lugares diversos.
Viajando con su familia comerciante, Mahoma tuvo contacto con judíos y con
personas que se decían cristianas. Estos encuentros fueron importantes en el
desarrollo del Islam.
Mahoma enseñó que el islamismo fue la religión de Abraham y que los
judíos practicaban una forma corrupta de la religión verdadera. En un
principio, enseñaba que se debía orar mirando hacia Jerusalén; pero después que
los judíos rechazaron su mensaje, Mahoma cambió la dirección para que oraran
mirando hacia La Meca.
Muchos relatos en el Corán son similares a los de la Biblia pero con
importantes detalles diferentes. La mayoría de los judíos y cristianos
recuerdan que Dios le pidió a Abraham el sacrificio de su hijo Isaac (ver
Génesis 22), pero lo detuvo al último instante cuando Abraham demostró su
obediencia. En el Corán se encuentra el mismo relato (Sura 37:90-122) pero en
una versión diferente. Los musulmanes creen que el joven ofrecido como
sacrificio no fue Isaac sino Ismael.
Para entender esta variación y otras similares, debemos recordar que los
árabes en tiempos de Mahoma entendían que ellos y los judíos eran pueblos
semitas emparentados, ambos descendientes de Abraham. Los judíos descendían de
Abraham por medio de Isaac, hijo de Sara, y los árabes por medio de Ismael,
hijo de Hagar. Las Sagradas Escrituras explican la relación entre estos dos
hermanos. “Y en cuanto a Ismael, también
te he oído; he aquí que le bendeciré, y le haré fructificar y multiplicar mucho
en gran manera; doce príncipes engendrará, y haré de él una gran nación. Mas yo
estableceré mi pacto con Isaac, el que Sara te dará a luz por este tiempo el
año que viene” (Génesis 17:20-21). Dios hizo su pacto por medio de los descendientes
de Isaac, si bien bendijo también a Ismael. La Biblia describe así el
temperamento de Ismael y su parte dentro de un conflicto sostenido: “Y él será hombre fiero; su mano será contra todos, y
la mano de todos contra él, y delante de todos sus hermanos habitará” (Génesis 16:12).
Los descendientes de Isaac e Ismael son hermanos pero por momentos estos
pueblos han protagonizado una amarga rivalidad.
El Corán llama a los judíos y cristianos “pueblos del Libro”, es decir
pueblos a quienes Dios dio sus Sagradas Escrituras. Esta designación viene
acompañada de cierto respeto. Por ejemplo, el Corán (Sura 29:46) dice: “"No discutáis sino con buenos modales con la gente del Libro”.
Pero al mismo tiempo, asevera (Sura 5:13) que los judíos alteraron el libro
que Dios les dio, conocido como el Antiguo Testamento.
En contraste con lo anterior, el apóstol Pablo escribió: “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para
enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia” (2 Timoteo
3:16). Cuando Pablo escribió estas palabras, las “Escrituras” eran el Antiguo
Testamento, los libros que citaba Jesucristo en sus enseñanzas. Sabemos que la
Escritura no puede ser quebrantada (ver Juan 10:35). Por tanto, rechazar el
Antiguo Testamento como hacen los musulmanes es rechazar a Jesucristo.
Para el siglo séptimo, muchos que se consideraban a sí mismos cristianos
se habían alejado de las enseñanzas de Jesucristo y los apóstoles. Mahoma
conoció a muchos que decían creer en una “Trinidad” y otros que veneraban a la
madre de Jesús, María, como la “madre de Dios”. El Corán ataca estas doctrinas
de un modo curioso, al proclamar un estricto monoteísmo rechaza el concepto de
que María sea miembro de la Trinidad (Sura 5:114-116). Esto es extraño ¡porque
ni siquiera las denominaciones cristianas que veneran a María como la “madre de
Dios” la han incluido dentro de la Trinidad!
Si el Corán fuese un libro de inspiración divina, ¿acaso atacaría una
convicción que nunca existió? Es de sospechar, más bien, que estos pasajes
reflejan el rechazo humano de Mahoma a las devociones marianas excesivas que se
habían infiltrado en el cristianismo y que él conoció en sus encuentros con
mercaderes que pasaban por aquella ciudad cosmopolita donde creció.
Los musulmanes veneran a Jesús como un gran profeta pero no consideran
que sea Dios. Mahoma enseñó que Jesús no fue crucificado sino transportado al
cielo y que apareció un sustituto para morir en su lugar (Sura 4:157). Esta
enseñanza es llamativamente parecida a ciertas enseñanzas gnósticas que Mahoma
también conoció en sus viajes. El Corán afirma que Cristo nació de una virgen,
pero al hacerlo parece confundir las identidades de Miriam, hermana de Moisés,
y de María, madre de Jesús. En Sura 19:28 señala a la madre de Cristo como la
“hermana de Aarón”, frase que en el resto del Corán se refiere a Miriam. En
respuesta, los musulmanes dicen que “hermana de Aarón” es un término genérico
que significa “mujer virtuosa”, pero esa expresión no se usa con este sentido
en ningún otro pasaje del Corán.
Para reconciliar tantas contradicciones, los musulmanes enseñan que
alguna vez existió un relato evangélico llamado el Injil, el cual corroboraba las versiones musulmanas de la vida de
Jesús. Aseguran que este Injil se
perdió o se suprimió. El argumento es difícil de defender a la luz de la
arqueología bíblica, pues se han encontrado manuscritos de los Evangelios más
antiguos (fechados pocos decenios después de la vida de Cristo) que desmienten
las enseñanzas del islamismo. En cuanto al hipotético Injil, jamás se han hecho hallazgos similares.
El jihad y el más allá
En tiempos de Jesucristo, los judíos tenían expectativas variadas
respecto del más allá. Por ejemplo, los saduceos, entendían que el hombre
simplemente deja de existir cuando muere, pero aun en tiempos de Cristo, muchos
judíos ya habían recibido influencias helenistas y orientales, y con ellas los
conceptos del alma inmortal. Creían que todas las almas siguen viviendo en una
forma incorpórea después de la muerte, ya sea en un cielo lleno de placeres, en
la penumbra del Seol o en un infierno ardiente.
Para el siglo séptimo, Mahoma estaba rodeado de gente que enseñaba la
doctrina del alma inmortal en alguna de sus formas. Fue esta doctrina, y no la
doctrina bíblica correcta, la que se abrió paso dentro del islamismo. Según el
Corán, después de la muerte el alma de los justos disfrutará para siempre todo
aquello que desee (Sura 21:99). Cada una se hallará en “un estado de dicha en
un grandioso jardín con racimos de fruta a su alcance” (Sura 69:20). En cambio,
el alma de los malos será lanzada a un infierno de llamaradas eternas donde su
tormento no cesará jamás. “Los malhechores soportarán para siempre los
tormentos del infierno, que no se mitigarán para ellos; quedaran mudos de
desesperanza” (Sura 43:73). Más aun, “quemaremos en el fuego a quienes nieguen
nuestras revelaciones. No bien se haya consumido su piel, les daremos otra piel
para que prueben de verdad el sufrimiento” (Sura 4:5-6).
La teología islámica también comprende el concepto de jihad, o lucha, y enseña que los que tengan éxito en la jihad y la vida entreguen a ella,
recibirán los premios más excelsos que el cielo ofrece. En la mayoría de las
circunstancias, se entiende por jihad
la lucha por llevar una vida de rectitud. Un buen sinónimo sería
“superación”. Pero en el contexto de la
guerra, jihad encierra implicaciones
más sombrías. Los musulmanes han llegado a creer que si mueren en el campo de
batalla difundiendo el islamismo, se aseguran una salvación gloriosa. Muchos
musulmanes denuncian esta interpretación militarista de la jihad, pero ella sigue siendo una fuerza poderosa en el mundo
islámico, un instrumento aprovechado por los dirigentes para explotar las
pasiones nacionalistas de sus pueblos.
Los musulmanes reconocen que ellos solos no van a crear un mundo de
rectitud y justicia. En especial, dentro de la tradición shiita del Islam se
espera a un “justo” o Mahdí, quien vendrá al fin de los tiempos. Hay quienes
piensan que ese Mahdí será Jesucristo. La mayoría piensa que Jesús descenderá
del cielo después del Mahdí para juzgar a las naciones y poner fin a las
enseñanzas falsas.
¡Sí! ¡Los musulmanes esperan el regreso de Jesús! Pero el Jesús que
ellos esperan no es el verdadero Jesucristo de la Biblia. Un Cristo falso, que
aparezca poco antes del regreso del Jesucristo verdadero, podría valerse de las
profecías islámicas para influir en los musulmanes y ganarse a centenares de
millones de adeptos (ver Mateo 24:4-5).
¿Qué
traerá el futuro para los musulmanes?
En una época en que muchos que se consideran cristianos han abandonado los principios y prácticas enseñadas por Cristo, quizá
parezca que los musulmanes devotos son más piadosos en muchos aspectos de su
conducta que muchos que se dicen cristianos. La oración, el ayuno y la caridad
son partes integrales de la vida musulmana. Los musulmanes piadosos buscan
fervorosamente superar su naturaleza de pecado.
Sin embargo, por muchas que sean sus “buenas obras”, los musulmanes se
hallan en un dilema. Los verdaderos cristianos que aceptan el sacrificio de
Jesucristo y dejan que Él viva su vida en ellos (Gálatas 2:20) pueden producir
buenas obras entregándose a su Salvador viviente. Sin Cristo, los musulmanes
luchan en vano contra las tendencias de la carne. Pero cuando Cristo regrese,
los que hoy son musulmanes tendrán su oportunidad de aceptar como Salvador al
verdadero Jesucristo.
Jesucristo ciertamente va a regresar, pero no como esperan los
musulmanes sino como “Rey de reyes y Señor de señores” (Apocalipsis 19:16).
Entonces los musulmanes verán que los ideales y principios que ellos buscaron
mantener se cumplen a la perfección, no por las leyes islámicas ideadas por
hombres sino en la ley dada por Dios y administrada por Jesucristo. Esto
ocurrirá cuando todos los humanos aprendan a someterse al amor perfecto de Dios
en aquel período de mil años de paz y justicia conocido como el Milenio, y que
también llamamos el Mundo de Mañana.