La Reforma
Protestante
y el engaño religioso
Por
Douglas S. Winnail
La Reforma Protestante del siglo XVI fue un hito crucial en la historia de
la civilización occidental. Dicho suceso histórico transformó de modo
fundamental todo el panorama social, político, religioso e intelectual que
había persistido en Europa durado mil años. La Reforma dejó una huella que perdura
en nuestro mundo moderno. Sin embargo, pocos entienden lo que realmente ocurrió en aquel período
turbulento y lo que ello significa para
nosotros hoy.
La Iglesia Católica ha visto en la Reforma Protestante
una rebeldía injustificada que produjo una trágica división en la cristiandad. Los
protestantes la han visto como la mano de Dios que obraba para purgar a una
iglesia de la corrupción y el paganismo que se venían acumulando durante
siglos. Lamentablemente, una y otra opinión, ambas muy difundidas por el mundo,
no solamente están equivocadas sino que oscurecen lo que realmente sucedió.
La profecía bíblica revela que antes del regreso
de Jesucristo, el mundo occidental verá otro
gran movimiento religioso que pretenderá unificar a las diversas facciones
del cristianismo y amalgamar al mundo religioso en un solo cuerpo. Este
movimiento ecuménico engañará a millones. Usted y yo necesitamos entender
por qué ocurrió la
Reforma Protestante y qué
fue lo que realmente pasó. ¿Por qué? Porque aquel fenómeno encierra datos
cruciales y lecciones históricas importantes que se han olvidado y ocultado—y
que van a facilitar el engaño futuro.
Las causas
¡La Reforma Protestante
no ocurrió “porque sí"! Al
contrario, se debe a fuertes elementos causales.
Una razón fundamental fue la corrupción del papado y del clero católico,
fenómeno muy extendido y bien
documentado. Los papas hacia finales de la Edad Media tenían sus
amantes, se inmiscuían en política, contrataban ejércitos y libraban guerras.
Muchos miembros del clero vivían en palacios con todo lujo, explotando al
pueblo en lo monetario y en lo espiritual. Los altos cargos eclesiásticos solían
repartirse al mejor postor o como jugadas políticas. Los miembros de las
Cruzadas se reclutaban con la promesa de que matar a los infieles era recibir
el perdón de los pecados. Para recaudar dineros para la iglesia, se vendían
indulgencias (perdones espirituales). En los años 1500, ya había muchos
reformistas que comprendían la corrupción de la iglesia y su resistencia a una reforma
interna.
Otro factor importante fue el invento de la
imprenta en Maguncia, Alemania en el decenio de 1440. La imprenta facilitó la
circulación amplia de libros, panfletos y tractos a precios que estaban al
alcance de casi cualquiera. El acceso al conocimiento y a las ideas ya no se
limitaba a las elites. Con la traducción de la Biblia latina (idioma que pocos
comprendían) a los idiomas populares (alemán, francés e inglés), el pueblo pudo
leer este libro por su cuenta. Los lectores de la Biblia descubrieron que
muchas creencias y prácticas católicas ¡eran contrarias a las Sagradas
Escrituras! Por ejemplo, la
Biblia muestra claramente que María no fue virgen perpetuamente (Mateo
13:55–56), que Jesús es nuestro único Mediador (1 Timoteo 2:5) y que el apóstol
Pedro, considerado por los católicos como el primer pontífice, era casado
(Marcos 1:30; 1 Corintios 9:5).
Un tercer elemento que contribuyó a la Reforma Protestante
fue el Renacimiento: el renacer de la docencia, el avance la ciencia y el
énfasis en lo práctico y en el individuo. El auge de una clase media próspera y
el aumento en el número de universidades dieron origen a un espíritu de investigación
científica que chocaba con la modalidad autoritaria y tradicionalista de la Iglesia Romana. Los
reformistas protestantes estaban mucho más a tono con estas tendencias que sus
semejantes católicos. Los reformistas veían, con razón, que el pontífice y su
clero habían ocupado un lugar de intermediarios entre Dios y el pueblo, cosa
que no contaba con ningún respaldo en las Sagradas Escrituras. Pese a los
intentos de Roma por suprimir tales ideas, la represa acabó por romperse. La
estructura católica se fraccionó porque, en
cuanto a ciertas arrolladoras tendencias de la historia, su jerarquía se
había situado del lado equivocado.
Suposiciones engañosas
¿Acaso la Reforma Protestante
destruyó realmente la unidad del
mundo llamado cristiano? La historia ofrece respuestas interesantes. Esa
reforma no fue el primer desacuerdo ni el primer desafío a la autoridad
detentada por la iglesia de Roma. Las iglesias Católica y Ortodoxa se habían
separado en 1054 después de Cristo, con un Papa y un Patriarca que se
excomulgaron recíprocamente. En los 1.500 años que siguieron al ministerio de
Jesucristo se habían producido muchos conflictos
por doctrina y múltiples rupturas en
el llamado cuerpo de Cristo. Incluso, la historia nos habla de la existencia
ininterrumpida de cristianos que jamás aceptaron
doctrinas emanadas de Roma.
La Iglesia de Jerusalén, no la de Roma, fue el modelo
para los cristianos en los tiempos apostólicos (Hechos 15:2; 1 Tesalonicenses
2:14; Gálatas 2:1–2). En el siglo segundo surgió una controversia sobre la
fecha y el modo de guardar la Pascua, y si debería reemplazarse con el llamado
Domingo de Resurrección. Roma promovió la observancia de esta fiesta el día
domingo pero las iglesias de Asia se negaron a respaldar tal doctrina.
Siguieron guardando la Pascua el día 14 de nisán (según el calendario hebreo),
declarando que así lo habían aprendido de Juan, el último sobreviviente entre
los apóstoles. Al principio, esta declaración resolvió la validez de su argumento,
pero 50 años más tarde, los que insistían en guardar la Pascua el 14 de nisán
fueron excomulgados por un obispo romano por aferrarse a tal práctica. Esta
"controversia cuartodecimana" siguió causando divisiones en la
iglesia durante siglos.
La jerarquía romana logró el control sobre la
mayor parte de la cristiandad en el cuarto siglo, en tiempos de Constantino,
control que se extendió y se mantuvo por más de 1.000 años. Es instructivo
recordar el uso que se hizo de tal poder. Durante este lapso, quien estuviera
en desacuerdo con las decisiones de los pontífices o de los concilios
eclesiásticos eran objeto de censura o excomunión. En la cúspide de su poder
entre el año 1000 y 1300 después de Cristo, la Iglesia Romana
lanzó las Cruzadas contra los infieles y la Inquisición contra los herejes. La
Inquisición la dirigían (generalmente en secreto) sacerdotes que actuaban de
abogado, juez y jurado. Los que se hallaban reos de creer o enseñar algo contrario
a la doctrina romana—fueran judíos, musulmanes o cristianos disidentes—quedaban
tildados de herejes. Se confiscaban propiedades y los “culpables” sufrían
destierro, cárcel, tortura o la hoguera. La
Inquisición se instituyó porque la
"Cristiandad" no estaba unificada. Su estado era de dinámica ebullición, ¡el
mismo que imperó desde el primer siglo!
Un punto mucho más crucial es que la propia
jerarquía romana estaba gravemente dividida. En el siglo XIV, los obispos
franceses e italianos estaban trabados en una lucha por el poder y el control
de la iglesia. En
un momento dado, había dos papas
rivales. Un papa francés regía desde Aviñón en Francia. Otro papa, italiano,
regía desde Roma. Uno y otro aseguraban ser la cabeza universal de la iglesia
con derecho de recaudar los ingresos provenientes del mundo “cristiano”.
Reformas eclesiásticas
La Reforma Protestante
pretendía regresar a la pureza de la Iglesia apostólica. Muchos dan por sentado que logró tal cometido,
pero la historia revela lo contrario. En su empeño por purificar a la iglesia,
los reformistas aseveraron que la Biblia era la única y final autoridad en
materia de doctrina, tal como lo dicen las Escrituras (Isaías 8:20). Rechazaron
la idea romana de que los concilios y las tradiciones de la iglesia estaban a
la par con la Escritura como fuentes de doctrina. Rechazaron igualmente el
papel y la autoridad del pontífice por falta de fundamento bíblico e histórico.
La historia muestra que en la Iglesia apostólica no había cargo de pontífice. Los obispos de Roma asumieron esa posición “elevándose a cabeza
de la iglesia occidental” a lo largo de varios siglos (Historia de
Europa Occidental, James y colaboradores, 1903, p. 49). Mientras los
católicos aseguraban que Jesús nombró a Pedro como el primer papa (Mateo
16:18–19), los protestantes y ortodoxos orientales rechazaban esta teoría sobre
el papado de Pedro. La función del apóstol en el primer concilio eclesiástico
en Jerusalén (Hechos 15) en nada se parece a la de un pontífice (Hechos
15:13–21).
Los reformistas discrepaban con Roma en cuanto a
la doctrina de la transubstanciación, o sea la idea de que en la misa el
sacerdote transforma pan y vino en el cuerpo y sangre de Jesús. La mayoría de
los reformistas entendían que aquellos eran símbolos
pero no la carne ni la sangre reales de Cristo. Los reformistas también
rechazaban, por su falta de fundamento bíblico, las ideas del purgatorio, el
celibato y las oraciones por los muertos. Consideraban que el culto a las
reliquias y las estatuas era idolatría y violación del segundo mandamiento
(Éxodo 20:4). La misa, la adoración a la "Virgen María"
y a la cruz, así como la práctica de orar a los “santos” fallecidos también
fueron objeto de rechazo como prácticas tomadas del paganismo y ajenas a las
Sagradas Escrituras. Muchos que profesan el cristianismo se sorprenderán al
saber que el culto a una Madona y su hijo se remonta a la antigua sociedad
pagana de Babilonia (Las dos Babilonias, Hyslop, pp. 19–23).
Bagaje espiritual
La Reforma Protestante
eliminó buena parte de la pompa y el ritual, así como muchas de las doctrinas
que la Iglesia
Católica había absorbido del paganismo. No obstante, los
reformistas conservaron muchas doctrinas ajenas a las enseñanzas de Jesús y los
apóstoles. Las Sagradas Escrituras revelan que Jesús y los apóstoles guardaban
el día sábado (Lucas 4:16; Hechos 17:2) cumpliendo así el cuarto mandamiento
(Éxodo 20:8–11). La Biblia no manda jamás que los cristianos guarden el
domingo. En sus escritos, la Iglesia Católica reconoce la ausencia de bases
bíblicas para cambiar el sábado por el domingo. De este modo, demuestra que los
protestantes que guardan el domingo lo hacen sometiéndose a la tradición
católica. El Concilio de Laodicea (364 después de Cristo) prohibió guardar el
sábado a causa del sentimiento anti-judío entre los que profesaban el
cristianismo. Los que insistían en observar el sábado, o séptimo día, eran
apartados como anatema por la
Iglesia Romana y perseguidos por el Imperio Romano.
Jesús, los apóstoles y la Iglesia primitiva
guardaban los días santos bíblicos (Lucas 2:41–42; 22:7–16; Juan 7; Hechos
18:21; 1 Corintios 5:7–8), pero los reformistas no restablecieron la
observancia de estos días. Las fiestas celebradas igualmente por protestantes y
católicos (p. ej. La Navidad y el llamado Domingo de Resurrección) fueron
festivales paganos en su origen, hasta que Roma las “cristianizó” en el cuarto
siglo. Como resultado, protestantes y católicos por igual siguieron sin conocer el plan de Dios y el propósito de
la vida (Solicite nuestra publicación gratuita
Las Fiestas santas, plan maestro de Dios).
Para la mayoría de los protestantes y
católicos, el evangelio tiene que ver con la persona de Cristo, con seguir al Señor, recibir el perdón e ir al cielo.
En cambio, la predicación de Cristo giraba en torno al arrepentimiento por los pecados, la obediencia a los mandamientos y
la esperanza de un reino de Dios venidero (Marcos 1:14–15) que se establecería
en la Tierra (Daniel 7:27) y donde los santos gobernarían con Cristo por mil
años (Apocalipsis 5:10; 20:4–6). La Biblia afirma que ningún ser humano—ni
siquiera David—ha subido al cielo (ver Juan 3:13; Hechos 2:29–34: 13:36). Al
comparar el evangelio bíblico con el mensaje proclamado en los templos
católicos y protestantes, salta a la vista que se trata de un evangelio totalmente distinto (Gálatas
1:6–9). Si bien los reformistas pretendían regresar a la pureza original, lo
que hicieron en realidad fue crear una versión
protestante de las enseñanzas católicas, la cual difería en muchos puntos doctrinales de la Biblia y el cristianismo
primitivo. Es irónico señalar que los reformistas calvinistas llegaron al punto
de alcanzar su meta, que era formar una “Roma protestante" en Ginebra.
La Contrarreforma
El catolicismo no tomó a
la ligera el desafío protestante a su autoridad. Sus líderes lanzaron una
Contrarreforma. En escenas que recuerdan la persecución de los cristianos por
parte del Imperio Romano, los reformistas sufrieron cárcel, tortura y la hoguera. Durante
la Edad Media, “cristianos” asesinaban a “cristianos” pese al mandamiento que
dice “No matarás”. Allí donde los protestantes lograban llevar la delantera,
solían tratar a los católicos con la misma crueldad. Las luchas sangrientas,
avivadas por la Reforma y la Contrarreforma, se prolongaron más de un siglo.
De esos siglos turbulentos surgen lecciones
importantes. En la Edad
Media (aprox. 500–1500 después de Cristo), el catolicismo
brindó un marco de estabilidad social mientras el Imperio Romano se
desmoronaba. Pero los primeros 500 años de la Edad Media se conocen
también como la “Edad
del Oscurantismo” porque bajo el dominio romano, prevalecía la ignorancia
(especialmente de las Sagradas Escrituras), la superstición era rampante y el
progreso intelectual quedó inmóvil en el tiempo por causa de la tradición. La Iglesia
Católica prohibió traducir la Biblia a los idiomas populares, impidiendo de
hecho que la gente la
leyera. La amplia difusión de las Escrituras que hoy tenemos
fue un resultado de la Reforma.
La persecución por parte de la Iglesia Católica
frenó el avance de la
Reforma Protestante y restableció la supremacía de Roma,
especialmente en el sur de Europa: Italia, España, Portugal, partes de Francia,
Bélgica, Holanda y Alemania. En consecuencia, muchos huyeron a Norteamérica en
busca de libertad religiosa. No es por accidente histórico que los fundadores
de los Estados Unidos fueran en gran parte protestantes convencidos de que la
libertad religiosa era un derecho fundamental del hombre. Muchos colonizadores
de Norteamérica habían aprendido por experiencia propia que el poder corrompe y
el poder absoluto corrompe de modo absoluto. Las zonas del mundo donde
predominó el catolicismo romano se estancaron mientras que los países
protestantes como Inglaterra, Holanda y los Estados Unidos se convirtieron en
fuerzas impulsoras del progreso, que dieron su forma al mundo moderno. Este es
un hecho histórico que conviene no olvidar.
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¿Herejes en la Edad Media?
La saga de los valdenses
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Los valdenses se
han descrito como "la más antigua y la más evangélica de las sectas
medievales" (Enciclopedia Británica, ed. No. 11.). Partiendo de
su refugio en los valles alpinos del norte de Italia, sus ministros (llamados
barba) recorrieron toda Europa.
Según la mayoría de las versiones históricas, el origen de este grupo se
remonta a la predicación de Pedro de Waldo, un mercader de Lyon, en el siglo
XII. Dicen que Waldo quiso reformar la Iglesia Católica
desde adentro y que sus reparos a la doctrina eran pocos. Él y sus seguidores
(valdenses) fueron tildados de herejes y excomulgados por predicar sin
permiso.
Otras fuentes históricas antiguas dicen que el
nombre de valdenses: vaudois, valdes, vallenses, wallenses (o sea vallunos, gente
de los valles) provino de los valles del norte de Italia, lugar adonde
huyeron los cristianos durante las persecuciones de Diocleciano (300 EC).
Muchos autores aseguran que la pretensión de vincular a los waldenses con
Waldo fue un fraude perpetrado por sus perseguidores para ocultar
deliberadamente el origen antiguo de las creencias de ese grupo (ver Some
Remarks upon the Ecclesiastical History of the Ancient Churches of the
Piedmont, Allix, 1689, cap. 7).
La dificultad para reconstruir la historia y
doctrinas de los “herejes” se agrava porque la mayoría de las versiones que
quedan son de sus perseguidores católicos. Rainero,
un inquisidor del siglo XII, afirma que una herejía de los vaudois "es de gran antigüedad… algunos dicen que ha durado desde los tiempos del Papa Silvestre
(314-335 después de Cristo), otros, desde el tiempo de los apóstoles" (Allix, pp. 176–178). Según Rainero, los valdenses tenían diferencias de fondo con el
catolicismo romano. Cita 33 creencias que él consideraba "errores",
entre ellas la aseveración de que eran la verdadera Iglesia
de Cristo y los sucesores de los apóstoles, su convicción de que la Iglesia Romana es
la ramera de Apocalipsis y su rechazo a los días de fiesta católicos, el
purgatorio, la transubstanciación y las oraciones por los muertos (Allix, p.
188). Algunas fuentes del siglo XII afirman que los valdenses (vaudois)
tenían las mismas convicciones de los albigenses y los cátaros. Un informe
sobre el credo de los cátaros afirma que observaban la Ley de Moisés, el
sábado y la circuncisión y rechazaban la Trinidad y la Iglesia Católica Romana en su totalidad (Allix,
p. 154). Para despertar el repudio contra ellos, sus opositores atribuían a
los cátaros toda una serie de doctrinas descabelladas.
Un reciente estudio integral de los valdenses
describe varias facciones dentro del movimiento (ver Waldenses—Rejection
of the Holy Church in Medieval Europe, Cameron, 2000). Durante la
Inquisición, los que simpatizaban con el catolicismo (o que buscaban salvar
la vida) desertaron del grupo
valdense "atraídos por la oportunidad de alcanzar la
rehabilitación y el reconocimiento papal" (op. cit., p. 68). La
tradición dice que en el siglo XVI los valdenses de los Alpes se reunieron
con los protestantes de Ginebra y se amalgamaron, basados en sus convicciones
comunes. Sin embargo, otras versiones contemporáneas aseguran que eso ocurrió
sólo después de "mucha discusión". Una investigación reciente
sugiere que la "fusión" pudo ser más bien una "absorción, una
supresión de los viejos modos por otros nuevos y de los viejos predicadores
por ministros nuevos" (op. cit., p. 7). Hoy la Iglesia Valdense
es parte de la comunidad protestante, unida con los metodistas en Italia y
con los presbiterianos en Carolina del Norte (Estados Unidos).
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La Iglesia verdadera
Las dos aseveraciones
contrarias—que