Por: Douglas S. Winnail
Uno de los conceptos más
fascinantes que han descubierto los que se han asociado con la Iglesia de Dios,
está relacionado con el futuro Reino de Dios. Siempre ha sido muy importante
celebrar los Días Santos porque así aprendemos más acerca del plan de Dios. La
promesa en las Escrituras de que la recompensa de los verdaderos cristianos es
gobernar con Cristo, es maravillosa.
La oportunidad de restaurar
este planeta doliente al camino de Dios, es algo inspirador. La vida, que
parecía sin sentido para muchos, cobra entonces nuevo valor y significado.
Ahora existe un propósito para nuestra lucha, para el crecimiento, para nuestra
victoria. Sin embargo, los acontecimientos que han sacudido a la iglesia
durante los últimos diez años han afectado la perspectiva de muchas personas.
Muchos no han vuelto a celebrar los Días de Fiesta, ni siquiera los sábados
semanales. Han regresado a los días de fiesta paganos. Otros están siguiendo
evangelios diferentes, de amor, gracia, y buenas obras.
Algunos han redescubierto
los rituales del Antiguo Testamento. Para algunos el Reino de Dios ya está
aquí, otros creen que es tan sólo una metáfora.
La tendencia principal es
que cada uno interpreta la Biblia como le parece. Abundan la confusión, el
desacuerdo y la incredulidad.
Algunos están desilusionados
completamente con cualquier forma de religión organizada.
¿Qué sucede con usted?
¿Acaso los problemas en la iglesia, la división en el
ministerio y la confusión en las congregaciones han debilitado o destruido sus
creencias básicas?
¿Todavía sigue creyendo en el evangelio?
¿Piensa que Dios sigue obrando por medio de su
iglesia?
¿Todavía quiere estar en el Reino de Dios, o ya ha
perdido el interés y ha cambiado su perspectiva?
Si es así
¿Es posible que usted mismo
se esté descalificando de las promesas que Dios le ha hecho a todas las
personas que Él ha llamado para que sean parte de las primicias de su familia?
Si usted se ha vuelto
escéptico y vacila en sus creencias, es necesario que recuerde que los
problemas en la iglesia no cambian el evangelio.
Jesucristo vino a “predicar
el evangelio del Reino de Dios”.
El meollo de su mensaje era
que debíamos “arrepentirnos y creer en el evangelio” (Marcos 1:14-15).
Los apóstoles llevaron el
mismo mensaje (Hechos 2:38; 8:12-13).
La verdadera iglesia de Dios
debe estar predicando el mismo evangelio en la actualidad.
Cuando un joven intérprete
de la ley le preguntó a Jesús qué debía hacer para tener la vida eterna en el
Reino de Dios, Jesús le respondió: “guarda los mandamientos” (Mateo 19:16-22;
Lucas 10:25-37).
En la referencia que Jesús
hizo a los 10 mandamientos están incluidos los sábados anuales y los semanales,
y también el del amor al prójimo.
La Biblia nos revela
claramente que Dios está llamando a unos pocos en este tiempo, para que sean
los primeros frutos en Su reino (1 Corintios 1:26-29).
Ser llamado ahora y poder
entender el evangelio es un privilegio único y especial (Juan 6:44, 65-66; 1
Pedro 2:9-10).
Pedro nos exhorta a
“procurar hacer firme vuestra vocación y elección” (2 Pedro 1:10).
La pregunta fundamental es
¿Cómo podemos hacerlo?
¿Cómo evitar volvernos cínicos y escépticos?
¿Dónde podemos encontrar la respuesta?
Hay quienes creen que el
Antiguo Testamento ya no tiene ninguna validez para el cristianismo del Nuevo Testamento.
¡Esto es un concepto erróneo!
Veamos la exhortación que
Pablo le dirige a la iglesia primitiva para advertirle que debe aprender del
ejemplo de Israel para no volver a cometer los mismos errores. Para entender la
advertencia de Pablo es necesario que conozcamos la historia. Dios escogió a
Israel para un propósito especial (Exodo 19:5-6).
Vieron cómo Dios los liberó
de una manera milagrosa de su esclavitud en Egipto (Exodo 4-14). Ellos sabían
que Dios había prometido darles la tierra de Canaán (Génesis 12:1; Exodo 3:8;
Josué 1:2). Dios les había prometido estar con ellos. Sin embargo, en el
recuento que Pablo hace de la historia de los israelitas muestra cómo
provocaron a Dios porque lo abandonaron y desobedecieron sus instrucciones.
Como resultado, ellos “no pudieron entrar (a la tierra prometida) a causa de su
incredulidad” (Hebreos 3: 7-19).
Los israelitas perdieron su
recompensa porque “pecaron” (versículo 17). Escogieron no creerle a Dios. Toda
una generación pereció en el desierto porque perdieron la confianza en Dios y
en sus promesas.
Pablo nos ruega
encarecidamente: “Procuremos, pues, entrar en aquel reposo, para que ninguno
caiga en semejante ejemplo de desobediencia” (Hebreos 4:11).
Es fundamental que
entendamos todo lo que abarca el pecado de la incredulidad.
¿Qué hicieron los israelitas
que provocó la ira de Dios de manera que perdieron la recompensa prometida?
¿Por qué fue tan grave lo
que hicieron?
Pablo no da muchos detalles,
pero el Antiguo Testamento sí, y estos detalles nos instruyen y se aplican a
nosotros en la actualidad.
Podemos aprender muchas
lecciones importantes de los errores desastrosos de los israelitas, si
reconocemos que tenemos también esas mismas tendencias.
¿Cuáles son los síntomas y las señales de la incredulidad?
En los capítulos 13 y 14 de
Números encontramos una descripción detallada de las acciones desafiantes de
Israel. Vale la pena leerlos. Moisés envió a varios hombres a explorar la
tierra prometida. Cuando regresaron, dieron un informe de lo que habían visto.
La mayoría coincidió en afirmar que la tierra era hermosa, pero dijeron que era
imposible intentar siquiera conquistarla, porque la gente que habitaba allí era
demasiado grande y poderosa. Estos informes negativos y pesimistas desanimaron
al pueblo. Toda la nación de Israel se levantó y se sublevó. Josué y Caleb
trataron de recordarle al pueblo las promesas que Dios había hecho, pero nadie
les prestó atención. Se volvieron cínicos, sarcásticos y empezaron a murmurar y
a quejarse de Moisés y de su liderazgo.
Dijeron que por causa de su
liderazgo era que estaban al borde del desastre y de la muerte en el desierto.
Propusieron elegir otros jefes que los condujeran de regreso a Egipto en donde
al menos podían comer. Querían apedrear a Josué y a Caleb porque les recordaron
las instrucciones de Dios.
Estos actos de incredulidad
fueron los que desagradaron y enfurecieron a Dios.
Israel
había visto el poder de Dios.
Ellos sabían que eran un
pueblo escogido. Entendían cuáes eran las promesas que habían recibido, pero
por no creerle a Dios, fueron desheredados y no pudieron entrar a la tierra prometida.
No confiaron en que Dios podía guiarlos por medio de los líderes escogidos por
Él y cumplir lo prometido.
¡Cuando rechazaron el
liderazgo de Moisés, Dios les dijo que lo habían rechazado a EL! (Números
14:11). Esa actitud cínica, que continuamente dudaba de Dios y lo probaba, fue
lo que hizo que toda una generación anduviera 40 años por el desierto y quedara
postrada allí, sin recibir lo prometido.
¿Sólo Israel tuvo esta actitud de incredulidad?
Por supuesto que no. Este es
un problema que todos los seres humano tienen que enfrentar y superar. Las
personas incrédulas critican a los demás, son pesimistas, escépticas,
quejumbrosas, siempre buscan lo malo de los demás, son desconfiadas, se
desaniman fácilmente y no creen. Siempre dudan, no confían, no son optimistas,
no tienen seguridad ni ánimo, no son amables ni animadoras.
Las profecías de la Biblia
revelan que éstas serían características predominantes en los tiempos del fin.
El apóstol Pedro nos señala: “…En los postreros días vendrán burladores,
andando según sus propias concupiscencias (sus propias ideas)”…(2 Pedro 3:3-5).
Según lo que dice, estas personas promoverán “herejías destructoras” y usarán
“palabras engañosas” que van a “engañar” a muchos y los “extraviarán” de la
verdad (2 Pedro 2:1-3). Los describe como “Atrevidas y obstinadas, que no temen
decir mal de las potestades superiores” (versículo 10). Debilitarán la fe de
los que escuchen sus ideas y opiniones.
Pablo también escribió algo
semejante: “…en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá
hombres amadores de sí mismos (sus propias ideas y opiniones), avaros,
vanagloriosos, soberbios, blasfemos…amadores de los deleites más que de Dios,
que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos
evita” (2 Timoteo 3:1-5). También afirma: “Porque vendrá tiempo cuando no
sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán
maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el
oído y se volverán a las fábulas (2 Timoteo 4:1-5). En esencia, lo que Pablo y
Pedro están diciendo es que esas mismas actitudes de incredulidad y de cinismo
que abundaron en Israel, volverían a causar problemas y dificultades en los
tiempos del fin. ¡Si no reconocemos este hecho, también nosotros podremos
perder nuestra recompensa!
Es muy peligroso pensar que
los únicos que pueden caer en el cinismo y la incredulidad son los débiles o
los que no han sido llamados. Las escrituras nos advierten sobre esta
suposición. La mayoría de los hombres de Dios tuvieron que luchar contra esta
debilidad. Abraham se rió cuando Dios le prometió que le daría un hijo. Dios lo
llamó Isaac, porque Isaac significa risa, recordándole a Abraham ese momento de
escepticismo y de incredulidad. Moisés le dio a Dios toda clase de excusas
cuando le dijo que tenía que sacar a Israel de la esclavitud de Egipto, hasta
el punto de que Dios señaló a Aarón como el vocero (Éxodo 4).
El salmista tuvo la
tentación de la incredulidad y del cinismo (Salmo 73).
Jesús tuvo que enfrentarse
con el escepticismo, aún de aquellos que había escogido como sus apóstoles. Por
la incredulidad de los de la ciudad en donde Jesús se crió, no realizó muchos
milagros allí. Nunca dejaron de verlo como el hijo del carpintero, el niño que
habían visto jugando en las calles. Nunca creyeron que era el Mesías prometido
en las escrituras (Mateo 13:53-58). Jesús les dijo a sus discípulos que debido
a su incredulidad, no habían podido sanar al muchacho endemoniado (Mateo
17:14-21). Cuando Jesús se le apareció a María Magdalena, los discípulos no
creyeron su testimonio (Marcos 16:9-14). Muy conocidas son las dudas de Tomás (Juan
20:24-29). Sin embargo, a medida que fueron superando todas sus dudas y su
cinismo, Dios utilizó a todas estas personas como sus instrumentos.
¿Cómo podemos desterrar las dudas?
¿Cómo podemos vencer el cinismo?
¿Cómo sobreponernos a la duda y al escepticismo?
La solución radica en
mantener la perspectiva correcta. El salmista aprendió esta lección
fundamental: “Porque tuve envidia de los arrogantes, viendo la prosperidad de
los impíos…Cuando pensé para saber esto, fue duro trabajo para mí, hasta que
entrando en el santuario de Dios, comprendí el fin de ellos” (Salmo 73:3,
16-17). Cuando Asaf buscó a Dios, y buscó en su palabra sabiduría y
entendimiento, recuperó la perspectiva correcta. Entendió que: “La suma de tu
palabra es verdad” (Salmo 119:160). “Lámpara es a mis pies tu palabra, y
lumbrera a mi camino (Salmo 119:105).
A medida que aprendemos a
confiar en Dios y en sus instrucciones, la incredulidad y cinismo desaparecen.
Jesús les enseñó a sus
discípulos que la Palabra de Dios es “la verdad” y nos hace libres, nos libra
de la duda y el temor (Juan 17:17; 8:32).
Nosotros también podemos
experimentar lo mismo, si estudiamos y creemos lo que Dios ha inspirado en la
Biblia.
Muchos se han desanimado y
desilusionado por los problemas en la Iglesia.
Sin embargo Jesús prometió:
“Edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella”
(Mateo 16:18). Aunque la iglesia habría de ser pequeña (Lucas 12:32), dispersa
(Juan 16:32) y perseguida (Mateo 24:9), siempre iba a existir. Los cristianos
deben perseverar y resistir hasta el fin para poder recibir su recompensa
(Mateo 24:13; Apocalipsis 3:10-11). Si no quieren perder su corona, deben
retener fielmente lo que les ha sido enseñado (Tito 1:9).
Los cristianos no pueden
convertirse en personas que todo lo critican, son escépticos y cínicos. Deben
creer en Dios y actuar conforme a esta creencia.
Las pruebas personales son
muy difíciles. Es fácil llenarnos de pesimismo.
En estas circunstancias es un
desafío creer todo lo que Dios nos ha prometido. Pablo nos escribe en Romanos
8:28: “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien,
esto es, a los que conforme a su propósito son llamados”.
¿Confiaremos en Dios, y en estas palabras?
¿Hemos visto esto en nuestra vida?
Pablo le dijo a los miembros
de la iglesia en Corinto: “…Pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados
más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la
tentación la salida, para que podáis soportar” (1 Corintios 10:13).
¿Le creeremos a Dios, o le echaremos la culpa de nuestras pruebas (así como Satanás quería que Job hiciera (Job 2:9)?
Job no cayó en esta trampa.
Las pruebas nos ayudan a crecer y a desarrollar carácter y fe, si es que
entendemos el papel que desempeñan en el propósito de Dios y respondemos de una
forma correcta (Santiago 1:2-4).
Si queremos dejar de ser
cínicos e incrédulos es necesario que desarrollemos confianza en Dios y en su
palabra. Sabemos que “sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario
que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que
le buscan” (Hebreos 11:6).
Necesitamos tener valor y
determinación para buscar a Dios y creer en él, especialmente en una época de escepticismo
y de incredulidad. Jesús les dijo a los discípulos que si ellos pedían,
buscaban y clamaban a Dios, Él les iba a oír y les respondería (Mateo 7:7-8).
Según las Escrituras: “…los
ojos del Eterno contemplan toda la tierra, para mostrar su poder a favor de los
que tienen corazón perfecto para con Él” (2 Crónicas 16:9). Dios quiere que
aprendamos a tener fe en Él. El capítulo 11 de Hebreos nos da una lista de
personas que tuvieron esa clase de fe. Vale la pena que la estudiemos.
Los cristianos han sido
llamados a ser gobernantes en el Reino de Dios y a reinar con Jesucristo
(Daniel 7:27; Mateo 19:28; Apocalipsis 5:10).
Parte de la formación del
cristiano es dejar el mundo y las formas negativas de pensar (2 Corintios
6:11-18). Nuestra meta es tener la mente de Cristo (Filipenses 2:5-6). Los
verdaderos cristianos están produciendo los frutos del Espíritu Santo de Dios,
el amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio
propio (Gálatas 5:22-23). Estos frutos deben unirse a otras características
como la virtud (valor, confianza, decisión), el conocimiento y el
discernimiento, de tal forma que podamos funcionar eficazmente como miembros de
la familia gobernante de Dios (2 Pedro 1:5-11). Los individuos que reflejan a
Cristo son positivos, objetivos y optimistas. Inspiran a todos los que están a
su alrededor. Tienen convicciones, tienen una perspectiva correcta, se
preocupan por los demás, solucionan problemas. No son negativos, escépticos,
críticos ni cínicos.
Los verdaderos líderes deben
aprender a rechazar el cinismo. Una autoridad en liderazgo hizo la siguiente
anotación: “Usted no puede darse el lujo de caer en el cinismo y creer que así
puede desarrollar la confianza y el optimismo que se necesitan para inspirar un
cambio en las personas” (Bethel, Making a difference: Twelve Qualities that
make You a Leader, 1990). Este mismo autor nos dice que “El cinismo no necesita
valor… no resuelve los problemas, ni mejora las relaciones, ni nos da ninguna
energía positiva para afrontar las tareas que tenemos por delante”. Todo aquel
que quiera ser un líder que sirve a los demás, necesita desarrollar una actitud
positiva, segura, constructiva, una perspectiva de cooperación en la vida.
El poeta americano Ralph
Waldo Emerson escribió: “Al parecer la gente no se da cuenta de que la opinión
que tiene del mundo que le rodea, habla mucho acerca de su carácter”. El
carácter según Dios no es un carácter crítico, escéptico ni cínico. Es
positivo, seguro y optimista. Esta es la clase de “espíritu distinto” que Dios
vio en Josué y en Caleb (Números 13:30; 14:6-9, 24).
Pablo recalcó la importancia
de esto a los filipenses: “Por lo demás hermanos, todo lo que es verdadero… lo
honesto… lo justo… lo puro… lo amable… lo que es de buen nombre… si hay virtud
alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad” (Filipenses 4:8).
Dios está buscando personas
que estén desarrollando la mente y el carácter de Jesucristo para que sean
dirigentes en el Reino que vendrá. Si dudamos de Dios, nos volvemos escépticos
ante sus promesas, críticos de su Iglesia y de sus líderes, desconfiamos de
nuestros hermanos y nos sentimos pesimistas ante el futuro, estamos en peligro
de perder nuestra recompensa. No nos descalifiquemos a nosotros mismos.
Aprendamos de los israelitas. No cometamos el mismo error que ellos cometieron
al volverse cínicos y pecar por incredulidad. Pidámosle a Dios que nos ayude a
reconocer nuestras debilidades y nuestras fallas, para que podamos cambiar y
crecer y convertirnos en esos líderes que Él pueda usar para reeducar este
mundo. ¡Creámosle a Dios y confiemos en su palabra!
Por: Douglas S. Winnail
www.mundomanana.org