El yugo de
la pobreza:
¿Cuándo se
acabará?
Por Douglas S. Winnail
¿Hay soluciones bíblicas para este
problema mundial?
Las cifras son alarmantes, y el alcance del sufrimiento humano casi inimaginable
para los habitantes de las zonas más prósperas del mundo. Hoy, ya entrado el
siglo 21, casi la mitad de los seis
mil millones de seres humanos que habitan la tierra se hallan bajo el
aplastante yugo de la miseria. Casi mil millones subsisten con menos de un
dólar diario, mientras otros dos mil millones tienen que sobrevivir con menos
de dos dólares diarios (Documento de
trabajo de investigación sobre políticas 3341 del Banco Mundial, Chen y
Ravallion, junio 2004).
Desde otra perspectiva, las inequidades y disparidades entre el tercio más rico que vive con abundancia
(principalmente en el hemisferio norte) y los dos tercios más pobres que luchan por subsistir (sobre todo en el
hemisferio sur) no solamente son inquietantes sino que se hacen cada vez más
intolerables moralmente (La religión y
las ambigüedades del capitalismo, Preston, pág. 150). El 20 por ciento más
próspero recibe el 72 por ciento de la ganancia interna bruta, conduce en el 78
por ciento de las carreteras del mundo, consume el 73 por ciento de los
productos forestales del planeta y consume la mitad de la energía en el mundo (El desorden global, Harvey, pág. 198).
Peor aún, esta trágica brecha entre los ricos y los pobres del mundo ¡sigue
ampliándose cada año! En 1960 los ingresos del 20 por ciento más rico fueron 30
veces superiores a los del 20 por ciento más pobre. En el decenio de los
noventa, el ingreso promedio de aquellos llegó a ser 74 veces superior al de estos (Cumbre
de la Tierra 2002, Dodds, págs. 135-136). El 20 por ciento más rico desembolsa el 85
por ciento del dinero en el mundo, mientras que el 20 por ciento más pobre
representa sólo el 1,3 por ciento de los desembolsos totales.
Este impresionante contraste representa mucho más que simples cifras.
Las disparidades crecientes en materia de ingresos y oportunidades son una
amenaza para la estabilidad misma del mundo y un obstáculo enorme para la paz
mundial. Hace 25 años, ya se advirtió que “la fuerza con mayor potencial
explosivo en el mundo hoy es el anhelo frustrado de los pobres de alcanzar un
nivel de vida decente” (Cristianos ricos
en una era de hambre, Sider, pág. 29). La división norte-sur entre países
ricos y pobres ha sido señalada como “una de las divisiones más peligrosas en
el mundo de hoy” (op. cit. pág.31). Análisis recientes han señalado que “al no
suplir las necesidades de los ciudadanos más pobres del mundo… se contribuye a
la inestabilidad mundial que toma forma de terrorismo, guerra y enfermedades
contagiosas… Un mundo inestable no solamente perpetúa la miseria sino que acabará por hacer peligrar la
prosperidad disfrutada por las minorías ricas” (Signos vitales 2003, Instituto de observación mundial, págs.
163-165). El presidente brasileño Luis “Lula” da Silva ha dicho que la pobreza
es “la peor arma de destrucción masiva en el mundo”. Robert Harvey, autor y
antiguo parlamentario británico señaló que “la
pobreza mundial sigue siendo el gran flagelo de la humanidad” y que la pobreza global, con “sus cuatro
servidoras, a saber: la migración masiva, el hambre, la enfermedad y la deuda [externa], representa uno de los grandes desafíos a la
paz en el mundo de hoy” (Desorden global,
pág. 197). No es coincidencia que las Naciones Unidas hayan señalado la
erradicación de la pobreza extrema como la
prioridad número uno entre las metas de desarrollo para el milenio (El estado del mundo 2005, págs.
164-165).
¿Es capaz de comprender la
enorme gravedad de esta trágica situación?
¿Sabe usted qué causa la pobreza a escala mundial?
¿Sabe por qué persiste? ¿O si
hay soluciones reales?
¿Tiene la religión, y
especialmente el cristianismo, algo que decir sobre este tema mundial de tanta
actualidad? ¿Debería importarle a usted?
Desde fines del siglo 18, los
reformadores sociales se han imaginado un mundo donde la miseria y el
sufrimiento humano quedarían eliminados gracias al “progreso científico y
económico… [la difusión] del
conocimiento, la razón y la libertad, y la educación secular gratuita y obligatoria”
(¿El fin de la pobreza? Jones, págs.
1, 26, 203). Los pensadores del Siglo de las Luces creían que el avance
tecnológico unido al imperio de la razón y a una distribución más equitativa de
los ingresos pondría fin no solamente a la pobreza sino al azote de la guerra.
Rindieron culto ante el altar de la razón humana, mirando la religión
(inclusive la cristiana) con suspicacia y aun hostilidad (La civilización pasada y presente, sexta edición WallBank, pág.
507). El destacado economista Dr. Jeffrey Sachs, uno de los principales exponentes
de la tradición del Siglo de las Luces, ve la eliminación de la pobreza como el
gran desafío de nuestra era, un desafío en el cual se puede tener éxito, como
propone en su libro El fin de la pobreza:
posibilidades económicas de nuestros tiempos. Sachs, como los filósofos que
le precedieron, deja escaso lugar para Dios y la religión en esta magna tarea
de borrar la miseria, sanar al mundo y dar comienzo a una nueva era de paz (op.
cit., págs. 360, 364). A pesar de ello podemos ver que siglos de esfuerzos
humanos no han podido resolver estos problemas.
A la luz de los hechos
históricos, no debería sorprendernos que pocas personas hoy conozcan la valiosa
información expuesta en la Biblia para hacer frente al problema de la pobreza
mundial. La Biblia revela perspectivas importantes sobre las causas de la
pobreza y muestra cómo Dios ve la aflicción de los pobres. Las Sagradas
Escrituras también puntualizan las responsabilidades que Dios exige a quienes
disfrutan una vida más holgada. Más aun, Dios les dio a los redactores de la
Biblia ciertos principios concretos para eliminar y prevenir la pobreza. Lamentablemente, la mayoría de las personas ni siquiera han oído cómo se va a
eliminar el azote de la miseria en un futuro no muy lejano. Muchos ignoran por completo que Cristo está
preparando a los cristianos para borrar el flagelo de la pobreza. Es un mensaje
extraordinario ¡que está revelado claramente en la Biblia! Fue parte de
las buenas noticias proclamadas por
los antiguos profetas. Fue parte del evangelio predicado por Jesucristo. Y es
parte del mensaje que la Iglesia de Dios ha de proclamar hoy. Es un mensaje de esperanza pero a la vez una advertencia que el mundo necesita
escuchar ¡y entender!
Para erradicar la pobreza, es necesario conocer sus raíces y atacarlas
con soluciones viables. Podemos definir la pobreza como la incapacidad para satisfacer las necesidades fundamentales de la vida en
la sociedad humana. La pobreza es hambre, carencia de techo, vivienda
inadecuada, falta de higiene, acceso escaso o nulo al agua potable, falta de
acceso a la atención médica o de recursos para pagarla, desempleo,
analfabetismo, ausencia de posibilidades de progreso y falta de acceso a la
educación. ¿Cómo es la vida del pobre? Quien lleve una existencia holgada tiene
que hacer un gran esfuerzo por comprender. ¿Puede usted imaginar lo que sería
mudarse de su casa a una casucha de una o dos piezas hecha de barro y palos o
de trozos de latón corrugado, madera, cartón o plástico recogidos de la calle?
Si fuera un poquito menor su penuria, tendría una habitación en algún edificio
viejo, hacinado y desbaratado, sin vidrio en las ventanas, sin calefacción, sin
agua corriente ni estufa, sin refrigerador, sin ducha ni excusado. Tendría unos
pocos muebles (y desde luego, ningún aparato eléctrico como radio, computadora
o televisor). Quizá tuviese como posesión un traje viejo y un par de camisas, o
tal vez un par de vestidos. Posiblemente tendría un par de zapatos. No habría
cartero para traerle el correo, ni bomberos ni ambulancia para casos de
emergencia. No habría teléfono para llamar a nadie. Los caminos de su aldea y
los callejones que llevarían a su casucha carecen de pavimento y son casi
intransitables cuando llueve. La escuela u hospital más cercano queda a varios
kilómetros, y como usted carece de automóvil y bicicleta, tiene que ir allá a
pie—siempre y cuando la salud le permita caminar.
En casa, usted tiene solamente unos pocos comestibles, aunque gasta el
70 por ciento de sus escasos ingresos en alimentar a su familia. Vive enfermo,
cansado y con hambre, y ha visto a varios de sus hijos morir de hambre o
infecciones que serían fáciles de tratar si usted tuviera acceso a ciertos
medicamentos, los cuales son sencillos y baratos pero aun así están fuera de su
alcance.
Usted sufre porque no tiene los medios para dar educación a todos sus
hijos. No tiene manera de mejorar su propio nivel educativo y le falta dinero
para emprender algún pequeño negocio que pudiera sacarlo de la pobreza. En su
país abunda el dinero, pero lo tienen acaparado los funcionarios de un gobierno
irremediablemente corrupto.
Usted y los suyos intentaron mudarse a una ciudad en busca de trabajo
pero allí se encontró con más desempleo, más barrios pobres y hacinados y una
espantosa situación de delincuencia y drogas. Ni pensar en ir y venir del
trabajo. El costo, el estado de las calles y los medios de transporte
esporádicos lo hacen muy difícil. Usted anhela algo mejor para sí mismo y para
su familia pero no tiene recursos para irse a otro lugar en busca de una vida
mejor. Como resultado, el futuro se presenta sombrío y sin esperanzas.
Esta es la vida real, de todos los días, para miles de millones de seres
humanos atrapados en el yugo de la miseria.
Los gobiernos, los filántropos y entidades caritativas se han esforzado
desde hace siglos por eliminar la maldición de la pobreza. Han tenido muy poco
éxito. A pesar de sus intentos, la nación más rica de la tierra, Estados
Unidos, aún cuenta con 35 millones de personas que viven en lo que se considera
pobreza. Los programas de asistencia social brindan ayuda pasajera a algunos
menesterosos, pero a la vez suelen promover una mentalidad mendicante que
enseña a los beneficiaros a esperar que el gobierno supla todas sus
necesidades. Los activistas sociales y muchos religiosos denuncian que se gasta
más dinero en armas que en atender a los pobres pero pocos plantean soluciones
prácticas más allá de las exhortaciones a “amar al prójimo” y ser más
generosos.
La mayor parte de los esfuerzos humanos por quitar el yugo de la miseria
han fracasado porque no llegan a las raíces
del problema. La redistribución del ingreso, o sea quitarles dinero a los ricos
y dárselo a los pobres, no va a resolver el problema. Es una estrategia que
acentúa el estado de dependencia de las mayorías pobres. Además, para
perpetuarse tendrá que seguir quitando más y más a la minoría próspera (y con
el correr del tiempo, a personas cada vez menos holgadas) para seguir dando
asistencia a los menesterosos (ver La
creación de la riqueza: argumento de un cristiano a favor del capitalismo,
Griffith, págs. 12-13). Las economías de planificación centralizada tampoco han
resuelto el problema, y las grandes reglamentaciones oficiales encaminadas a
distribuir los ingresos tributarios, como se ve en la Unión Europea, han
llevado al estancamiento económico. Las economías de libre mercado pueden
generar mucha riqueza, pero un mercado libre que no se base en principios
morales fuertes simplemente premia a los codiciosos inmisericordes y conduce a
un “capitalismo salvaje”, cuyo resultado es acentuar más la brecha entre ricos
y pobres (La religión y las ambigüedades
del capitalismo, Preston, pags. 145-146). La legislación económica que fija
salarios mínimos y provee acceso igualitario al empleo, así como subsidios de
alquiler para los necesitados, cupones de alimentos para los hambreados y
servicios médicos para los enfermos, alivian algo del padecimiento causado por
la indigencia pero tampoco llegan a las causas fundamentales del problema.
La Biblia plantea el asunto de un modo diferente, dándole importancia a
las actitudes básicas que determinan
lo que el hombre hace. Es interesante el siguiente comentario de un profesor de
negocios: “Salir de la pobreza… no requiere la formación de capital a gran
escala sino un cambio de actitud”.
Las Sagradas Escrituras señalan como una causa de la pobreza, la actitud
negligente e irresponsable, que carece de iniciativa y no traza planes para el
futuro (Proverbios 6:6-11; 21:13; 24:30-34). Otra causa son las decisiones
impulsivas e imprudentes (Proverbios 21:5). Pero fundamentalmente, las
Escrituras indican que la pobreza se debe en gran parte al trato injusto y a la opresión de los pobres por parte de personas ricas, codiciosas y a
menudo desalmadas en el gobierno, los negocios, la religión y otros ámbitos.
Los profetas de Dios han advertido que la injusticia social, la opresión de los
pobres y el llevar una vida de lujos desatendiendo las necesidades de los
pobres son cosas que despiertan la ira divina (Jeremías 7:5-7; Amós 4:1-3;
5:11-13; Malaquías 3:5). Muchos olvidan que Dios destruyó la pecadora ciudad de
Sodoma no solamente por sus perversiones sexuales (Génesis 19:4-7) sino también
por otras razones importantes. Leemos que “esta fue la maldad de Sodoma tu hermana: soberbia, saciedad de pan, y abundancia de
ociosidad tuvieron ella y sus hijas; y no fortaleció la mano del afligido y del
menesteroso” (Ezequiel 16:49).
Tanto la Biblia como la historia indican que el egoísmo, la inequidad y
los actos de opresión económica se extendieron en la antigua Israel cuando los
israelitas se olvidaron de Dios y dejaron de lado las leyes e instrucciones que
él había dado a Moisés. Entre esas instrucciones había pautas específicas para
proteger a los pobres y necesitados. Dios le dijo a Moisés: “Cuando prestares
dinero… al pobre que está contigo, no te portarás con él como logrero, ni le
impondrás usura. Si tomares en prenda el vestido de tu prójimo, a la puesta del
sol se lo devolverás” (Éxodo 22:25-26). También le dijo a Moisés: “Y cuando tu
hermano empobreciere… tú lo ampararás… No le darás tu dinero a usura, ni tus
víveres a ganancia” (Levítico 25:35-37). Y más aún, Dios dijo: “Cuando haya en
medio de ti menesteroso… no endurecerás tu corazón, ni cerrarás tu mano contra
tu hermano pobre, sino abrirás a él tu mano liberalmente, y en efecto le
prestarás lo que necesite” (Deuteronomio 15:7-8). Estas instrucciones prohíben
explotar a los pobres y a los trabajadores bajo contrato y advierte a los más
prósperos que deben tratar con generosidad a los menos afortunados.
Es interesante notar que los teólogos medievales, basados en ideas del
filósofo pagano Sócrates, debatieron estos versículos largamente y llegaron a
la conclusión errónea de que estaba prohibido cobrar intereses sobre los
préstamos. En realidad, el término usura
se refiere al cobro de intereses
excesivos (Preston, págs. 135-142).
El Comentario bíblico del
expositor aclara que estos versículos no tenían por objeto prohibir los
préstamos comerciales sino cobrar interés a los pobres de modo que se obtuviera ganancia explotando a los
necesitados. (Véanse los comentarios sobre Nehemías 5:7, Levítico 25:35-37.) Lo
anterior tiene implicaciones importantes para el buen funcionamiento de los sistemas
económicos.
Las
instrucciones bíblicas sobre la protección de los pobres reflejan el pensar de Dios. Muchos pasajes de las Escrituras
muestran que Dios tiene muy en cuenta a quienes Él creó a su propia imagen y
que dará su merecido a quienes opriman,
exploten o desatiendan a los pobres. El rey David escribió: “Excelso sobre
todas las naciones es el Eterno… Él levanta del polvo al pobre, y al
menesteroso alza del muladar… Juzgará a los afligidos del pueblo, salvará a los
hijos del menesteroso, y aplastará al opresor” (Salmo 113:4-7; 71:1-4). Más
tarde su hijo Salomón reiteró esa misma advertencia: “No robes al pobre, porque
es pobre, ni quebrantes en la puerta al afligido; Porque el Eterno juzgará la
causa de ellos, y despojará el alma de aquellos que los despojaren” (Proverbios
22:22-23).
Por otra
parte el apóstol Pablo recalcó la importancia de la responsabilidad personal:
“Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma.” (2 Tesalonicenses 3:10).
La Biblia
da consejos específicos a los líderes porque los actos de los dirigentes
repercuten enormemente sobre los dirigidos “El príncipe falto de entendimiento
multiplicará la extorsión; mas el que aborrece la avaricia prolongará sus días… Cuando los
justos dominan, el pueblo se alegra; mas cuando domina el impío, el pueblo
gime… Conoce el justo la causa de los pobres; mas el impío no entiende
sabiduría” (Proverbios 28:16; 29:2, 7). Miles de millones de seres humanos viven
hoy en el dolor de la indigencia porque sus líderes no cumplen estas
instrucciones tan sencillas pero tan profundas que Dios consignó hace muchos
siglos en la Biblia.
Principios
eficaces
El
estudio del tema de la pobreza desde una perspectiva bíblica revela cosas muy
interesantes. Las leyes del Antiguo Testamento, que el cristianismo tradicional
ha desechado, son principios eficaces
encaminados a prevenir algunos de los problemas más grandes que hoy aquejan al
mundo, entre ellos la explotación de mano de obra barata, la brecha creciente
entre ricos y pobres, los problemas del hambre y el sostenimiento de economías
que tambalean bajo el peso de deudas externas insoportables contraídas con los
países ricos.
En su
sabiduría, Dios mandó que se guardara el sábado, el séptimo días (Éxodo
16:23-30). El sábado no era solamente un día de culto sino de reposo, día en que los trabajadores descansarían de las fatigas
de ganarse la vida (Éxodo 20:8-11). Bien guardado, el sábado impediría la
explotación de los trabajadores contratados. Nadie estaría obligado a laborar
siete días a la semana. Hasta los más pobres tendrían un día de descanso. La
intención de Dios era que Israel, su nación modelo, se destacara como ejemplo para el mundo siguiendo esta práctica de
origen divino y a la vez tan humanitaria (Éxodo 31:12-18).
Dios fijó
también un “año sabático” cada siete años (Éxodo 23:10-13). Durante el séptimo año, los campos debían
quedar sin labrar, con lo cual se observaba un “descanso sabático de la tierra”
para reponer el suelo. En ese año los pobres podían comer todo lo que
espontáneamente se produjera en los campos (Levítico 25:2-7). El séptimo año
era considerado un año de libertad porque se
cancelaban todas las deudas y todos los siervos quedaban libres, con
recursos suficientes para comenzar de nuevo en la vida (Deuteronomio 15:1-15).
Si hoy se cumpliera este principio, se levantaría el yugo abrumador de la deuda
que recae sobre miles de millones de personas en todo el mundo, ¡dándoles una
nueva oportunidad en la vida!
Cada 50
años se declaraba un año de jubileo (Levítico 25:8-17). En el año de jubileo,
todas las tierras que se hubiesen vendido regresaban a sus propietarios
originales. Este principio hacía imposible la concentración de la tierra en
manos de unos pocos ricos (ver Isaías 5:8). Hoy, sin este principio, millones y
millones de personas viven como campesinos sin tierra a merced de los caprichos
de los terratenientes ricos. El profesor Ronald Sider habló de las razones por
las cuales se devolvían las tierras en el año de jubileo. “En una sociedad
agrícola, la tierra es capital. La tierra era el medio básico para producir
riqueza… al principio [cuando Dios estableció la nación de Israel] la tierra se repartió en partes más o menos iguales
entre las tribus y familias (Números 26:52-56). Dios quiso que esta igualdad fundamental se prolongara, y de
allí su orden de devolver todas las tierras a sus propietarios originales cada
50 años. No se eliminó la propiedad privada, pero los medios de producción de la riqueza debían volver periódicamente a
condiciones de igualdad” (Cristianos
en una era de hambre, Sider, pág. 80). Sider prosigue: “Los impedimentos
físicos, la muerte del individuo que mantiene a la familia o la carencia de
aptitudes naturales pueden llevar a algunas personas a empobrecerse más que
otras. Pero Dios no desea que esas desventajas amplíen la brecha entre ricos y
pobres. Por tanto, dio a su pueblo una ley que tendría por efecto igualar la tenencia de la tierra cada 50
años… El concepto bíblico del jubileo subraya la importancia de contar con
mecanismos y estructura institucionalizadas para promover la justicia (op. cit.).
Además de
los principios del sábado y el jubileo, vemos en Levítico 19:9-10 que había
leyes sobre la cosecha. No se podían segar los bordes de los campos sino que
estos debían dejarse para que los pobres también tuvieran algo que cosechar (no que se les distribuyeran
los alimentos sin ningún esfuerzo de su parte). Además, Dios fijó un sistema de
diezmos para atender a las necesidades espirituales y físicas de su pueblo. El
primer diezmo, diez por ciento de los ingresos, era para mantener a los
sacerdotes y levitas, que eran los dirigentes espirituales, maestros y
administradores civiles de la nación. Un segundo diezmo lo retenía el jefe de
cada hogar para celebrar las fiestas santas anuales (Deuteronomio 14:23-26). Un
tercer diezmo se pagaba en los años tercero y sexto de cada ciclo de siete años
para mantener a las viudas, los huérfanos y los pobres (Deuteronomio 14:28-29).
De esta manera Dios dispuso un sistema organizado para velar por los
necesitados. El máximo que pagaría un individuo anualmente por concepto de
diezmos sería el 20 por ciento (puesto que el segundo diezmo siempre lo retenía
el individuo para usarlo durante los días santos). Comparemos esto con los
regímenes de impuestos actuales. Sería un cambio muy grato para muchos que hoy
pagan sumas mucho mayores a gobiernos despilfarradores.
Un futuro
extraordinario
Muchos
que se dicen cristianos creen que hoy ya no se aplican los principios bíblicos
descritos arriba, cuya finalidad era suplir las necesidades económicas y
sociales. Creen que el destino del cristiano es ir volando al cielo para nunca
más tener que preocuparse de mejorar al mundo. ¡Pero la Biblia dice algo bien
diferente! Jesucristo habló de un Reino
de Dios venidero (Marcos 1:14-15). Cuando Cristo regrese con todos sus santos
para gobernar a las naciones, va a instaurar este reino de mil años en la tierra (Apocalipsis 1:6; 5:10;
11:15-18; Daniel 2:44-45; 7:27).
Cuando
Jesucristo declaró que su misión era “dar buenas nuevas a los pobres… sanar a los quebrantados
de corazón…pregonar libertad a los cautivos”, estaba citando al profeta
Isaías (Lucas 4:18-19; Isaías 61:1-2). A Isaías se le ha llamado el “profeta
mesiánico” por sus muchas profecías que hablan en detalle del venidero Reino de
Dios. Fue él quien escribió que “acontecerá en lo postrero de los tiempos” que el Mesías
volverá y establecerá un gobierno que regirá al mundo desde Jerusalén y
empezará a enseñar a todos los pueblos un camino de vida nuevo y diferente.
“Porque de Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra del Eterno. Y juzgará
entre las naciones” (Isaías 2:2-4).
En aquel
entonces, las leyes y los principios descritos en este artículo van a exponerse
y explicarse a todos los pueblos del mundo. Los principios bíblicos se
convertirán en la plataforma y base estructural de un sistema económico
que transformará al mundo. A medida que se pongan en práctica estas
instrucciones, terminará la explotación de los pobres, empezará a desaparecer
la brecha entre ricos y pobres, y se levantará el yugo de la pobreza. Los
verdaderos cristianos son llamados a prepararse para ese futuro (Isaías
30:20-21) y para cambiar el curso de la historia cuando Jesucristo regrese a la
tierra. Es así como se va a quitar
por fin el yugo de la pobreza, y es entonces
cuando los oprimidos finalmente quedarán libres. Esta es la buena noticia y la verdadera esperanza para el futuro. Si
usted se prepara desde ahora, podrá participar de un futuro ¡que va a dejar la pobreza en la historia!
Por Douglas S. Winnail www.mundomanana.org