Las Pruebas nos ayudan a  crecer

Por: Roderick C. Meredith

 

¿Por qué estamos pasando por pruebas?

¿Por qué permite Dios que sus hijos engendrados tengan que pasar por todo esto?

 

Basado en mi experiencia personal y en la de otros, he llegado a entender que las pruebas y dificultades son para nuestro bien, pues nos despiertan y nos obligan a meditar más profunda mente en nosotros mismos, en nuestros problemas y en el significado de la vida.

Muy a menudo nos hacen revisar nuestros valores para saber lo que es verdaderamente importante y lo que no lo es. Nos ayudan a comprender cuán pequeños somos y cuánto necesitamos a DIOS.

Al finalizar su primer viaje de evangelización, el apóstol Pablo hizo un recuento de todo lo que había vivido: había sido encarcelado, azotado, expulsado de la ciudad y apedreado hasta tal punto de que lo dieron por muerto y lo abandonaron. Por eso les dijo a los hermanos en Antioquía:

“Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos al Reino de Dios” (Hechos 14:22).

 

Con toda seguridad, Pablo y Bernabé tuvieron que implorar una y otra vez la ayuda de Dios en todas estas pruebas que afrontaron.

 

Me acuerdo de las giras de bautismo que hacíamos por allá en los años 50, teníamos que orarle a Dios continuamente para que nos protegiera y ayudara con las condiciones climatológicas, los cónyuges enfurecidos, y las dificultades en la carretera. Indudablemente todo esto nos mantuvo alerta, y sobre todo “de rodillas”.

 

El apóstol Santiago escribió por inspiración de Dios: “Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna” (Santiago 1:2-4). Dios desea que aprendamos paciencia.

Generalmente, cuando deseaamos algo, ¡lo queremos YA! Dios está obrando en nosotros, moldeándonos y ayudándonos a entender y a someternos a su voluntad. Así podremos estar en su familia y en su Reino por toda la eternidad. Si aprendemos a pensar como Él piensa y a actuar como Él actúa, seremos capaces de gobernar las ciudades y las naciones bajo el mando del Jesucristo viviente.

El apóstol Pedro afirma que somos “guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero” (1 Pedro 1:5). Y agrega: “En lo cual vosotros os alegráis, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas, para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo” (versículos 6-7).

Cuando vengan las pruebas y dificultades que inevitablemente llegan, es fundamental que aprendamos a reaccionar correctamente ante ellas. Podemos desanimarnos, sentirnos furiosos con los demás, y aún enojarnos con DIOS. Por otra parte, también podemos adoptar una actitud positiva y lograr que todas estas circunstancias nos acerquen a Dios, nos hagan permanecer más tiempo de rodillas orando, meditando y pidiéndole a Dios que nos ayude a entender realmente Su propósito y a rendirnos más completamente a su voluntad en todos los sentidos. Nos pueden motivar a estudiar más diligentemente la Biblia; debemos orar y estudiar con una perspectiva renovada, dispuestos a aceptar realmente la CORRECCIÓN DE DIOS.

Las pruebas nos pueden humillar de tal forma que nuestro yo deje de ser tan preeminente en nuestras acciones y en nuestros pensamientos.

Si por medio de las pruebas y tribulaciones que Dios permite que vengan a nosotros, nos humillamos y crecemos espiritualmente, estaremos más centrados en DIOS que antes.

Aprenderemos a buscar diligentemente en oración, la guía y la dirección de Dios en nuestra vida. Continuamente nos preguntaremos:

 

¿Qué haría Cristo en esta situación?

 

En lugar de imaginarnos cómo actuaría Jesucristo (que es lo que hacen muchos de los que profesan ser cristianos) estudiaremos fervientemente la Palabra de Dios con una mente abierta y dispuesta, para saber qué hicieron Cristo y los siervos de Dios en circunstancias semejantes. Después le pediremos a Dios que nos dé la fe y la humildad necesarias para “ir y hacer lo mismo”.

Aún David, un hombre según el corazón de Dios, aprendió una y otra vez por medio del sufrimiento. David escribió: “Antes que fuera yo humillado, descarriado andaba; mas ahora yo guardo tu palabra. Bueno eres tú, y bienhechor; enséñame tus estatutos. Contra mí forjaron mentira los soberbios, mas yo guardaré de todo corazón tus mandamientos. Se engrosó el corazón de ellos como sebo, mas yo en tu ley me he regocijado. Bueno me es haber sido humillado, para que aprenda tus estatutos” (Salmo 119:67-71).

Lo que Dios permitió que David experimentara le dio una humildad que a Dios le agradaba mucho. Estas pruebas obligaron a David a BUSCAR a Dios con más fuerza que nunca. Por ser un varón conforme al corazón de Dios, David sabía muy bien que todas las pruebas que tenía que afrontar, o bien eran permitidas por Dios o eran causadas directamente por Él, con el propósito de hacerle bien. David también escribió: “Conozco, oh Eterno, que tus juicios son justos, y que conforme a tu fidelidad me afligiste” (versículo 75).

 

¿Somos nosotros tan sensibles a la voluntad de Dios como lo fue David?

 

Le imploramos a Dios constantemente que nos limpie de todos nuestros pecados y de nuestro egoísmo?

¿Meditamos realmente en las lecciones que podemos aprender de todas las pruebas que Dios permite que vengan a nuestra vida?

¿Nos esforzamos por acercarnos más al verdadero Jesucristo que está sentado a la diestra del Padre?

¿Y por reflejarlo más perfectamente en todo lo que pensamos, decimos o hacemos?

 

Tengamos todos esta perspectiva acerca de las pruebas, dificultades y aflicciones que tenemos que afrontar. Entendamos a cabalidad las palabras inspiradas del apóstol Pablo:

“Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados” (Romanos 8:28).

 

Por: Roderick C. Meredith                                           www.mundomanana.org