¿Cómo se va
a restaurar la tierra?
Por Douglas S. Winnail
Una crisis ambiental de proporciones mundiales amenaza poner fin a toda
vida en la Tierra. El problema no se va a resolver con nuevas leyes, más
tecnologías ni tratados internacionales. Mientras los gobiernos vacilan, a la
humanidad se le agota el tiempo para
hacer los cambios necesarios. Los
peritos calculan que si persisten las tendencias actuales, ¡en tan sólo 30 o 50
años importantes extensiones de la Tierra quedarán inhabitables!
Es triste ver cómo la verdadera causa
de la crisis ambiental se ignora o se desconoce y se pasan por alto las
soluciones acertadas. Debemos comprender a qué
se debe esta crisis ambiental mundial, cómo
va a resolverse y qué papel podemos cumplir nosotros en la restauración de la
Tierra.
¡Una
crisis alarmante!
Los clamores sobre la crisis ambiental han reververado desde hace 50
años… y sin embargo, la vida prosigue. Los escépticos prefieren pensar que las
advertencias sobre una crisis ecológica mundial son producto de fanáticos
alarmistas y ambientalistas radicales, pero se equivocan. El deterioro
ecológico continúa su marcha inexorable hacia un desenlace dramático. La
situación se ha agravado constantemente en los últimos 50 años, y ahora, en el
futuro cercano, se perfilan serias perturbaciones en nuestro modo de vivir.
La población mundial sigue en aumento explosivo. En 1940 el mundo
alcanzó, por primera vez en su historia, dos mil millones de habitantes.
Solamente 35 años más tarde, se sumaron otros dos mil millones ¡y apenas 25
años después se agregararon otros dos mil millones! Si continúa el ritmo de
duplicación actual (40 años), puede haber 12.000 millones de seres humanos en
el mundo para el año 2040: ¡el doble de hoy! Teniendo en cuenta que la mayor
parte del crecimiento se produciría en los países en vía de desarrollo, que ya
padecen los efectos de la degradación ambiental, nuestro mundo de los próximos
decenios será “carente de comida
suficiente, sin agua potable, sin vivienda adecuada, sin higiene, sin
educación, sin los elementos indispensables para la vida” (La redención de la creación, van Dyke, 1996). Según otro
especialista “el crecimiento rampante de la población es una amenaza más
concreta para la humanidad que cualquier catástrofe soportada por el mundo
hasta ahora”.
El aumento demográfico tendrá un impacto devastador sobre el medio
ambiente ya que a medida que aumenta la población, aumenta proporcionalmente el
ritmo de consumo de los recursos naturales. La realidad del problema se ve al
revisar informes ecológicos que demuestran que en la actualidad “la tercera
parte de las extensiones agrícolas del mundo están perdiendo su capa
superficial de tierra fértil a una velocidad tal, que perjudica su
productividad a largo plazo… El 50 por ciento de las praderas del mundo están
sometidos a pastoreo excesivo… dos tercios de las zonas pesqueras del mundo se
están explotando más allá de su capacidad” (The
Ecologist, noviembre de 2001). Por otra parte, las fuentes de agua dulce en
el mundo están disminuyendo, y “para 2050, es posible que dos tercios de la
población mundial esté habitando regiones aquejadas por la escasez de agua
crónica y extendida. Las guerras por el
agua, predichas hace más de un decenio se están convirtiendo en un peligro
inminente”.
Esto debería hacernos
reflexionar seriamente.
Durante los últimos siglos, hemos utilizado combustibles fósiles:
carbón, petróleo y gasolina, para suplir las necesidades energéticas de
nuestras sociedades industriales profundamente dependientes del automóvil. Esta
combustión despide gases de invernadero (bióxido de carbono y metano) a la
atmósfera. Este fenómeno contribuye al calentamiento global y a los cambios
violentos en el clima. Los glaciares del mundo se están derritiendo y los casquetes
polares se adelgazan y encogen. En los últimos 40 años, la tierra ha perdido el
10 por ciento de su capa de nieve. Los científicos predicen que con el aumento en el nivel de los mares, se
inundarán grandes extensiones de las tierras costeras sobre el mar Atlántico y
el golfo de México, así como zonas costeras del Mediterráneo y grandes partes
de Holanda, Dinamarca y el oriente británico. Desaparecerán muchas islas. Se
perderán tierras agrícolas de primera calidad y se verán desplazamientos
masivos de poblaciones, pues las dos terceras parte de las ciudades más grandes
del mundo se encuentran en lugares costeros vulnerables.
Agréguese a esto el adelgazamiento de la capa de ozono que protege la
tierra contra la peligrosa irradiación ultravioleta, el daño causado a los
bosques y sistemas de agua dulce por el agua ácida, la contaminación del aire y
al agua, las montañas de desechos sólidos generados por nuestras sociedades
derrochadoras y el creciente ritmo de desaparición de las especies de fauna y
flora, y resulta obvio, aun para el observador más desprevenido, que estamos al
borde de una verdadera eco-crisis de
proporciones mundiales. El primer ministro británico Tony Blair declaró hace
poco que “seríamos irresponsables si tratáramos estas predicciones como
tácticas de intimidación. Son las opiniones sopesadas de algunos de los mejores
científicos del mundo. No podemos darnos el lujo de desatenderlas” (The Futurist, julio-agosto de 1002, p.
7).
Para resolver cualquier problema, tenemos que identificar la causa y
ocuparnos de ella. El exceso de población, el pastoreo excesivo, la pesca
excesiva, la erosión del suelo, la deforestación, la contaminación, la
destrucción de hábitats y la extinción de especies son factores que influyen en
la crisis ecológica. Pero la verdadera causa es mucho más profunda y tiene que
ver con nuestro sistema de valores y nuestras actitudes hacia el mundo natural:
la creación. Las actitudes y acciones se desprenden de nuestros valores y
principios. Y éstos están determinados en gran parte por nuestra religión y nuestra filosofía de la vida.
El historiador Lynn White, Jr. planteó esta idea en 1966 en una
importante conferencia, cuando aseveró que “la ecología humana está
profundamente condicionada por las creencias
acerca de nuestra naturaleza y destino, es decir por la religión… más ciencia y tecnología no nos sacará de la actual
crisis ecológica a menos que encontremos una nueva religión o repensemos la
antigua”(El cuidado de la creación,
Berry, 2000). Según este respetado historiador, “nuestra ciencia y tecnología
han surgido de las actitudes cristianas hacia la relación del hombre con la
naturaleza” y en consecuencia, “la cristiandad lleva una carga de culpa
enorme”. White se equivocaba al
culpar el mandato divino que dice: “llenad la tierra, y sojuzgadla; y
señoread…” (Génesis 1:28) como una prerrogativa concedida al hombre para abusar
de los recursos de la tierra. Luego razonó que “tendremos un empeoramiento de
la crisis ecológica hasta que rechacemos el axioma cristiano de que la
naturaleza no tiene otra razón de existir que la de servir al hombre” (op. cit.
p. 42).
Este erudito se equivocó en su comprensión de las Sagradas Escrituras
pero acertó en su conclusión (si bien no en el sentido que él creía) al decir que
“siendo la raíz de nuestros problemas en gran parte religiosa, el remedio también tiene que ser
esencialmente religioso… tenemos que reflexionar y volver a definir nuestra
naturaleza y destino”. En esencia, lo que precisamos hoy es un sistema de
convicciones, una ética ambientalista que ofrezca a las sociedades humanas
directrices para preservar la tierra y sus recursos. Dicha ética debe promover
las actividades humanas que obren en armonía con las leyes ecológicas
sustentadoras de la vida en la Tierra.
Lamentablemente, y debido a la amplia circulación del trabajo de White,
muchos han buscado en religiones paganas y filosofías orientales directrices
para erigir una sociedad ecológicamente sustentable, aunque tales creencias no
han evitado las destrucción masiva del medio ambiente en sus propias tierras de
origen. Estas personas niegan los
prejuicios que les impiden buscar en la Biblia las indicaciones que el
Creador ha revelado y que le indican a la humanidad cómo relacionarse con su
medio. ¡Y son directrices que llevan allí miles de años!
En claro contraste con las religiones del mundo, la Biblia contiene el
esquema de una amplia ética ambiental que le permitiría al hombre conservar una
sociedad ecológicamente sustentable. Las Sagradas Escrituras revelan que la
tierra le pertenece a Dios (Salmo 24:1), y lo que Él creó, lo consideró muy bueno (ver Génesis 1). Las
instrucciones de Dios en Génesis 1:28 no le conceden al hombre el derecho de
explorar sin misericordia el medio natural. La palabra hebrea traducida como sojuzgar en realidad significa “pisar” e
implica tener “soberanía, control y dirección sobre la naturaleza”. La palabra
hebrea traducida como “señoread” significa “regir, manejar, hacer útil,
desarrollar o embellecer”. Ahora bien, ¿cómo
espera Dios que manejemos la tierra?
Dios le dijo a la humanidad que “labrara y cuidara” el medio natural que
la rodeaba (Génesis 2:15, Reina-Valera 1995). Estas palabras indican claramente
que se debe trabajar, cultivar y al mismo tiempo atender y cuidar el entorno.
Los humanos tenemos la muy seria responsabilidad de ser administradores prudentes de la obra creada por Dios. Debemos
manejarla como la manejaría Dios, conforme a sus instrucciones. Moisés advirtió
a los reyes de Israel que en vez de estar amasando posesiones para sí con
codicia, dedicaran tiempo a estudiar y aprender cómo se aplican las leyes de
Dios (Deuteronomio 17:14-20). Jesús les dijo a sus discípulos que todo el que
aspira a un cargo de liderazgo tiene que aprender primero a servir a otros
(Mateo 20: 25-28). ¿Qué pautas nos da el Creador en su palabra que ayudarían a
los gobernantes humanos a atender y desarrollar la creación con sabiduría y
prudencia?
La primera tarea que Dios le dio a Adán, dentro del contexto de labrar y
cuidar el huerto, fue poner nombre a los animales (Génesis 2:19). Para ser un
buen administrador, Adán tenía que hacer un inventario ambiental de sus
dominios. Hablando con Dios de los diferentes animales y plantas, Adán
aprendería que Dios creó diferentes habitats para cada criatura (Salmo
104:5-26) y que diseño la tierra para que funcionara conforme a ciertas leyes y
ciclos (ver Proverbios 3:19, Eclesiastés 1:5-7). Para manejar bien la tierra,
tenemos que comprender y vivir en armonía con las leyes físicas que Dios
dispuso para asegurar la permanencia de la vida en la tierra.
Las Sagradas Escrituras dan las pautas básicas y revelan cómo debemos
manejar los recursos de la Tierra y funcionar en armonía con sus leyes
ecológicas. La Biblia promueve el uso prudente de los recursos forestales y su
conservación (Deuteronomio 20:19-20). Las instrucciones divinas sobre el manejo
de la fauna nos permiten aprovechar las poblaciones de animales pero no
explotar este recurso renovable hasta el punto de arruinarlo (Deuteronomio
22:6-7). Los animales encomendados al cuidado de hombre debían tratarse en
forma humanitaria (Deuteronomio 22:4; 25:4; Lucas 14:5), no hacinándolos
cruelmente en jaulas como es la práctica común en muchas granjas industriales
hoy en día. Los residuos biodegradables debían desecharse de un modo sanitario,
acorde con los ciclos naturales de descomposición (Deuteronomio 23:12-14). Esto
impediría la contaminación del medio y la propagación de enfermedades. La
sobreexplotación forestal, la pesca y la caza indiscriminada, y agotar todos
los recursos no renovables privando de los mismos a las generaciones futuras,
son violaciones al mandamiento que dice: “No robes” (Éxodo 20:15, Versión Dios
Habla Hoy). Cada siete años, había que dejar descansar las tierras agrícolas
para restaurar su fertilidad (Levítico 25:1-4). Los asentamientos humanos no
debían ser hacinados ni malsanos (Isaías 5:8) sino que debían dejar espacio
para jardines (Miqueas 4:4) y para el contacto con el mundo natural (Génesis
2:15) a fin de dar gozo e inspiración (Salmo 23:1-2). Los padres no debían
tener más hijos de los que podían mantener (1 Timoteo 5:8) y educar (Proverbios
22:6).
¿Cómo es posible que nuestro mundo moderno y esclarecido haya perdido de
vista directrices tan importantes, capaces de moldear las actitudes
fundamentales hacia el medio que nos rodea? ¿Por qué los teólogos entienden ni
explican la manera de aplicar estas leyes dictadas por Dios? ¿Por qué la
mayoría de quienes hoy se dicen cristianos no siguen estas directrices tan
prácticas? Los dirigentes civiles y religiosos de la antigua Israel rechazaron
las instrucciones divinas y siguieron en su lugar las costumbres codiciosas,
egocéntricas, abusivas y ruinosas de sus vecinos paganos. Los antiguos griegos
talaron los bosques y destruyeron la capa de suelo fértil en gran parte de su
territorio. El apetito voraz del Imperio Romano acabó por asolar los recursos
de gran parte de África del Norte mientras que ciertas especies de grandes
animales usados como bestias de pelea en los circos se redujeron hasta casi
desaparecer. Otros imperios infligieron daños similares al medio ambiente de la
tierra.
Las ideas de los filósofos griegos como Platón, que ejercían gran
influencia en su época, poco ayudaron a promover la administración sabia de la
tierra. Para Platón, el dios supremo y el punto central para el hombre eran la
mente y el intelecto. Lo físico y material (incluso el mundo natural) eran
puramente secundarios, una abstracción o un mal necesario. De Platón nos llegó el concepto de que el
alma está presa dentro de un cuerpo
físico. Estas ideas ejercieron una poderosa influencia en los intelectuales de
la Iglesia Católica y explican por qué los teólogos medievales se dedicaban a
debatir puntos intelectuales como la naturaleza de Dios, la trinidad y cuántos
ángeles cabían en la cabeza de un alfiler, pero
hacían caso omiso de los aspectos prácticos encerrados en las Sagradas
Escrituras. Por otra parte, el sentimiento anti-judío en los primeros siglos de
la Iglesia Católica condujo al rechazo del Antiguo Testamento y sus importantes
pautas ambientales.
Todo aquel bagaje antibíblico ha tenido una poderosa influencia sobre
los teólogos modernos. Como resultado, lo que hoy suele llamarse “cristianismo”
es más bien un reflejo de la filosofía griega que del pensamiento de Dios. La
religión se ha convertido para muchos en una búsqueda egocéntrica de la
salvación personal y no un camino de vida centrado en el esfuerzo por vivir “de
toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4:4). Además, “mucha gente
tiene la idea errónea de que la Biblia solamente se ocupa de cosa espirituales,
con lo cual quieren decir cosas sentimentales o irreales” (van Dyke). En
palabras de un biólogo, “tanto hemos personalizado la experiencia cristiana…
tanto hemos descrito el compromiso con Cristo como un estado de introspección
mental… tanto hemos definido la fe como una cualidad del intelecto, que hemos
creado cristianos unidimensionales” (op. cit., pp. 36-37).
El mundo moderno ha perdido información de vital importancia, cuyo
origen es la revelación divina. Los teólogos no han aprendido en su formación
religiosa a explicar las dimensiones ambientalistas de las Sagradas Escrituras.
Simplemente ¡no saben lo que realmente dice la Biblia! Ciertos estudios revelan
que “quienes dicen conocer bien al Señor suelen saber poco e interesarse poco
por la obra que Él creó” y según un importante biólogo “los que más van [a la
iglesia]… mostraron el más bajo nivel de interés por el medio ambiente” (van
Dyke, pp. 112, 132. Esto es trágico, considerando que las primeras
instrucciones que Dios le dio al hombre tenían que ver con el cuidado del
entorno. Como los teólogos no han explicado fielmente nuestras obligaciones
como administradores de la creación de Dios, los ambientalistas modernos se ven
sin más recurso que escudriñar las religiones paganas en busca de una ética
ambiental que les apoye en su deseo de salvar la tierra. Las herejías de la
“Nueva Era” y la adoración de la tierra como “nuestra sagrada diosa tierra” han
florecido en “el vacío dejado por la iglesia al no ocuparse del tema de la
creación” (op. cit. p. 133).
¿Acaso importa que sigamos o no las pautas del Antiguo Testamento sobre
el manejo del medio ambiente? Al fin y al cabo, ¿no es el cristianismo una
religión de amor, gracia y alabanzas a Jesús? La Biblia indica claramente que
Jesucristo va a regresar a la tierra (Juan 14:3; Hechos 1:11). Pese a la idea
comúnmente aceptada de que todos los que aman al Señor serán llevados al cielo,
la realidad revelada por la Biblia es que Jesús va a venir a juzgar a las naciones (I Crónicas 16:33;
Mateo 25:31-46). Como parte de ese juicio, la Biblia dice esto del Mesías: “Darás la recompensa a tus siervos
los profetas…y destruirás a los que
destruyen la tierra” (Apocalipsis 11:18, Versión Dios Habla Hoy). Las Sagradas Escrituras indican claramente que
Dios no mira con ligereza los estragos ambientales que los hombres han hecho en
la tierra. Su orden de que seamos administradores prudentes de su creación trae
consigo serias responsabilidades. Nosotros tendremos que rendir cuentas. Las
personas que se verán rechazadas por Cristo cuando regrese son aquellas que no
siguieron las instrucciones dadas por Él (Mateo 7:21-23), entre ellas las de
velar por aquello que Dios creó. De allí la importancia de entender y aprender
a aplicar estas directrices bíblicas.
Y del futuro ¿qué? ¿Será que toda la vida va a terminar por extinguirse?
¿Hay algo que podamos hacer para rectificar la crisis ambiental que se cierne
como una amenaza sobre nuestro planeta? ¿Hay un papel para nosotros en la
restauración de la Tierra?
La profecía bíblica indica que Dios va a intervenir antes que el hombre
acabe por destruir toda la vida del planeta (Mateo 24:22). Cuando regrese
Jesucristo, va a recompensar a los santos dándoles la oportunidad de gobernar
la tierra como reyes y sacerdotes (Apocalipsis 1:6; 5:10; Daniel 7:18, 27).
Como dirigentes civiles y religiosos en el Reino de Dios, los santos van a
explicar las leyes divinas, incluida la dimensión ambientalista de la Biblia, a
toda la humanidad (Isaías 2:2-4). Como resultado, el mundo entero llegará a
entender el camino de vida que Dios ha esbozado en su Palabra (Isaías 11:9).
En el Reino de Dios venidero, las dimensiones fundamentales del
conocimiento van a restaurarse en todos los ámbitos del saber humano: religión,
ciencia, educación y artes. La gente verá a sus maestros, y éstos explicarán
detalladamente el camino de vida de Dios, incluso las pautas bíblicas para la
administración ambiental (Isaías 30:21-22). Las ciudades se van a reedificar de
maneras que armonicen con el medio natural (Isaías 1:6-9, 61:4) y los
ecosistemas del planeta se restablecerán (Isaías 35:1-6). El Nuevo Pacto que
muchos cristianos esperan abarcará a todas las criaturas de la Tierra (Oseas
2:18).
La Biblia se refiere a esta extraordinario futuro cuando Jesucristo
regrese a la Tierra para establecer el Reino de Dios como “tiempos de
restauración de todas las cosas” (Hechos 3:19-21). Cuando consideramos la
destrucción ambiental y la desaparición de las especies a manos del hombre,
quizá comprendamos mejor las palabras del apóstol Pablo en el sentido de que “toda la creación gime a una, y a
una está con dolores de parto hasta ahora…Porque el anhelo ardiente de la
creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios” (Romanos
8:22,19). ¿Qué debemos hacer nosotros? Conocer las causas de los problemas
ambientales que afrontamos. Familiarizarnos con las leyes ecológicas que Dios
dispuso para que la Tierra se rigiera por ellas. Estudiar y aprender a aplicar
las pautas bíblicas que Dios le ha dado a la humanidad para definir nuestra
relación con la Tierra, sus criaturas y sus recursos. Nosotros podemos
convertirnos en hijos e hijas de Dios y tener la oportunidad de reinar en la
tierra como reyes y sacerdotes en el Reino de Dios… siempre y cuando tomemos en
serio lo que está revelado en las Sagradas Escrituras.
Por Douglas S. Winnail www.mundomanana.org