Por Dexter B. Wakefield
Ni
los teólogos ni los filósofos lo pueden explicar.
Si
Dios es misericordioso y bueno, además de omnipotente,
¿Por
qué hay terribles sufrimientos?
El
columnista y comentarista Walter Lippman escribió:
“La mayor de todas las confusiones en teología ha
sido reconciliar la infinita bondad de Dios con su omnipotencia. Nada produce mayor incertidumbre en la fe
del hombre común que la existencia del sufrimiento irracional en el Universo”.
Otro escritor, Walter Kaufmann, lo dice de esta
manera: “Fe en la inmortalidad, como
creer en Satanás, nos deja sin respuesta a la antigua pregunta:
¿Es
Dios incapaz de evitar el sufrimiento y por eso no es omnipotente?
O,
¿es capaz, pero no quiere evitarlo y por eso no es misericordioso?
Y,
¿acaso es justo?”
El siglo pasado fue de indescriptible
sufrimiento. Dos guerras mundiales
dejaron Europa y Asia devastadas, con decenas de millones de muertos y
heridos. Durante todo el siglo pasado
hubo déspotas que se dedicaron al genocidio y al asesinato masivo de inocentes. Los males de la guerra, la opresión, el
racismo, las epidemias y los desastres naturales (para nombrar unos pocos);
siguen ocurriendo aun cuando la humanidad se esmera en acabar con ellos.
Si
Dios es misericordioso, ¿cómo pueden suceder esas cosas?
Algunas veces, cuando las personas se enfrentan a
los grandes sufrimientos del mundo, se desaniman. Llegan a la conclusión de que no puede haber un Dios, o que es
indiferente; de otra manera jamás permitiría que tales sufrimientos
ocurrieran.
¿Cómo podría usted explicarlo?
Muchos “teólogos” son esencialmente filósofos que
razonan acerca de Dios y de las cosas espirituales. La palabra teología significa “estudio de Dios”, y fue inventada
en la antigüedad por los politeístas griegos quienes creían que el conocimiento
espiritual se podía obtener mediante el razonamiento. Mas el único Dios verdadero, el Dios de Abraham, de Isaac, de
Jacob, de Moisés, de los profetas y de los apóstoles; dijo que Él se revela a
Sí mismo por medio de su Palabra. Hay
muchas cosas que solo podemos saber por medio de su revelación, como lo bueno y
lo malo, y su plan para la humanidad.
Lo que Dios revela acerca del sufrimiento humano es
esclarecedor y nos llena de ánimo.
La respuesta corta es la siguiente: La humanidad no puede tener libertad de
elección y al mismo tiempo ser libre del sufrimiento. Dios le dio a la humanidad libre albedrío. Por esta razón, Dios puede ser bueno,
misericordioso y omnipotente y no siempre interviene para librarnos de las
consecuencias de nuestras decisiones; particularmente cuando esas decisiones
violan sus enseñanzas sobre lo bueno y lo malo. Dios nos permite tomar nuestras decisiones durante esta era en
que el mal no solo existe sino que abunda.
Pero, ¿por qué nuestro mundo se ha vuelto así? En la Biblia encontramos la explicación.
En el tercer capítulo del Génesis leemos el relato
sobre la rebelión de Adán y Eva contra Dios:
“La serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que el
Eterno Dios había hecho; la cual dijo a la mujer: ¿Conque Dios os ha dicho:
No comáis de todo árbol del huerto?
Y la mujer respondió a la serpiente:
Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del
árbol que está en medio del huerto dijo Dios:
No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis. Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis; sino que sabe Dios que el día
que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el
bien y el mal” (Gn. 3:1-5).
Por otras escrituras (Ap. 12:9; 20:2) sabemos que la
serpiente es Satanás, un ángel que se rebeló y que anteriormente se llamó
Lucifer. No fue por falta de
inteligencia de Eva que Satanás la logró engañar. Fue porque ella deseaba el fruto: “Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era
agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de
su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella” (v.
6).
Decidir qué es realmente lo bueno y lo malo es
potestad de Dios, que sabe todas las cosas.
Pero Satanás sedujo a Adán y a Eva con la gran mentira de que ellos
podían llegar a tener el poder de Dios para decidir por ellos mismos sobre lo
bueno y lo malo; sin consecuencias desastrosas. Les dijo, de hecho, que la humanidad podía “construir
socialmente” sus propias leyes morales sin llegar a sufrir por ellas. Adán y Eva descubrieron rápidamente la
magnitud del engaño de Satanás.
En Génesis 3:14-19 Dios explica la dureza y el
sufrimiento que se habían acarreado por su desobediencia. Básicamente esta es la situación que ha
persistido en la humanidad desde entonces.
La humanidad sigue reservándose el conocimiento del
bien y del mal. Ha construido sus
instituciones y sistemas morales sobre las arenas movedizas del razonamiento
humano; y en tanto que esos sistemas reconozcan que Dios reveló lo que es bueno
y lo que es malo, pueden producir buenos frutos. Pero si violan las divinas leyes morales de Dios, lo que se
llama pecado, fallan y producen grandes sufrimientos a la humanidad (1 Jn.
3:4). ¿Por qué le permite Dios sufrir
a la humanidad? La razón más
importante, es que el mundo sufre porque insiste en hacerlo. Los “desastres naturales” ayudan al
sufrimiento de la humanidad, pero la mayor parte del sufrimiento humano tiene
su origen en sus fallas espirituales.
En el relato de Génesis 3 que mencionamos antes,
Satanás engañó a Eva, pero el relato deja muy claro que Eva aceptó el engaño
porque le permitió hacer lo que ella había querido hacer. La Biblia dice que Satanás “engaña al mundo
entero” (Ap. 12:9), y la mayoría de los pecados se originan de esa manera. Para ilustrar el problema, imaginemos un cuento
sobre una extraña tienda administrada por Satanás.
En una ocasión Satanás decidió abrir una tienda a la
que llamó “Pequeña tienda de engaños de Satanás”, y la ubicó en una concurrida
calle cerca de una importante universidad.
Un día se encontraba apoyado a la puerta de entrada cuando se aproximó
por la acera un hombre instruido que se veía muy preocupado y frustrado.
“¡Hey,
profesor!”, le dijo Satanás, “¿Cuál es tu problema?”
El profesor venía concentrado en sus pensamientos,
pero se detuvo, y decidió explicarle lo que le acongojaba. Satanás permaneció apoyado a la puerta
mientras su potencial cliente se acercaba.
“He
aprendido muchísimo sobre el mundo”, le explicó el profesor, “y hay cantidad de
cosas muy tentadoras que quisiera hacer, mas el sistema moral judeo-cristiano
es un total impedimento para mí. Es
demasiado restrictivo para un hombre de mi talla, pero no he sido capaz de
imaginar un camino aparte de ese”.
Satanás se irguió y dijo: “¡Muchacho!, has llegado al lugar correcto, ¡Pasa adelante! Tengo aquí un pequeño gran engaño que te
permitirá hacer todo lo que quieras y aún así mantener tu autoridad moral. ¡Simplemente lo vas a desear!” Parándose detrás del mostrador de su
tienda, Satanás siguió con la explicación:
“Lo que tengo hoy para ti es la versión moderna y actualizada de un
engaño clásico que vendí hace más de dos milenios a un antiguo grupo de griegos
llamados los sofistas. Te voy a
recordar cómo ocurrió entonces,” dijo; y comenzó a leer de un hermoso libro
sobre historia intelectual.
“De acuerdo
con sofistas como Protágoras, el hombre es la medida de todas las cosas y sus
juicios personales relacionados con la vida diaria deberían constituir la base
de sus creencias y conducta, no la ingenua conformidad con la religión
tradicional… Supone, por el contrario, que las religiones filosóficas no pueden
soportar el argumento crítico. El
valor ulterior de cualquier creencia u opinión, puede juzgarse por su utilidad
práctica al servicio de las necesidades humanas en la vida”.
“Los
sofistas reconocían que cada persona tenía su propia experiencia, y por esto su
propia realidad. Finalmente,
argumentaron, todo conocimiento es una opinión subjetiva. La objetividad verdadera es imposible. Todo lo que una persona puede legítimamente
suponer que sabe son probabilidades, no la verdad absoluta… Por lo tanto, los
sofistas se inclinaron a favor del ateísmo flexible o agnosticismo, tanto en la
metafísica como en la moralidad circunstancial de la ética. Desde que las creencias religiosas, las
estructuras políticas y las reglas de la conducta moral empezaron a ser
consideradas como convenciones de creación humana, todo ha quedado abierto
básicamente a la duda y al cambio” (The Passion of the Western Mind [La pasión
de la mentalidad occidental], Richard Tarnas, pág. 27-29).
Satanás continuó:
Esa es la forma como lo vendí allá por los buenos y viejos tiempos de la
antigua Grecia, pero mi versión moderna corregida y aumentada es como
sigue: “Desde que no hay Dios, todos
los sistemas morales son construidos socialmente; entonces, son igualmente
válidos”. Satanás sonrió y
agregó: “Simplemente amo esa palabra,
‘válido’. Siempre los confunde”. Continuó:
“Si puedes convencerte y convencer a los demás de este principio,
¡podrás hacer tus propias reglas y aun así mantener tu autoridad moral! Tu principal preocupación será tu propio
poder personal y serás un dios para ti mismo, ¡conociendo el bien y el mal!”
El profesor estaba contentísimo. “Gracias Satanás”, dijo jubiloso. “Lo pondré en práctica de inmediato”.
¿Cuál sería una manera lógica de afrontar ese
engaño? Es muy fácil. El asunto no es si todos los sistemas
morales tienen igual validez; el asunto es si todos los sistemas morales tienen
iguales consecuencias. Obviamente no,
como fácilmente lo podemos observar en la historia y en la vida diaria. Nosotros, tanto individualmente como
colectivamente en sociedad, tenemos libertad de escoger o libre albedrío, pero
dependiendo de cuáles sean las decisiones, las consecuencias pueden ser buenas
o malas; tanto para los demás como para nosotros mismos.
¿Puede acaso la humanidad tener libertad de elección
y al mismo tiempo ser libre del sufrimiento?
Por supuesto que no. Podemos
observar cómo las decisiones morales equivocadas hechas por individuos o por
sociedades influyen en los resultados y producen sufrimiento. Aunque la intención de construir
socialmente un sistema moral es que tenga buenos resultados, no quiere decir
que los tendrá. Las decisiones morales
equivocadas traerán malos resultados, lo creamos o no. Sin importar lo que los antiguos sofistas y
sus actuales “sofisticados” descendientes crean, las leyes divinas no necesitan
nuestro consentimiento para existir y funcionar. De hecho existen. Y si
las verdaderas leyes morales no han sido construidas por la sociedad, la
humanidad debe considera que tienen un Autor.
El completo entendimiento de esto debe ser
revelador. La buena noticia es que
contamos con una fuente del conocimiento que revela lo que es correcto y lo que
es equivocado. Mas la mala noticia es
que, como Adán y Eva, muy pocos quieren obedecer.
¿Qué es lo que Dios revela sobre este tema?
Que su conocimiento es mucho mayor que el
nuestro: “Porque mis pensamientos no
son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo el
Eterno. Como son más altos los Cielos
que la Tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis
pensamientos más que vuestros pensamientos” (Is. 55:8-9).
Dios revela que “su entendimiento no hay quien lo
alcance” (Is. 40:28). “Porque recta es
la Palabra del Eterno, y toda su obra es hecha con fidelidad. Él ama justicia y juicio; de la
misericordia del Eterno está llena la Tierra” (Sal. 33:4-5). “Mi justicia no perecerá” (Is. 51:6). “Y tu justicia, oh Dios, hasta lo
excelso. Tú has hecho grandes cosas;
oh Dios, ¿quién como Tú?” (Sal. 71:19).
Esa última pregunta va directa al punto. En relación con ser justo (el que tiene la
cualidad de la justicia), ¿quién es como Dios? Nadie, por supuesto, porque los seres humanos no somos ni
omnisapientes ni todopoderosos. Con
todo, la humanidad insiste en adoptar el conocimiento del bien y del mal por sí
misma, y durante miles de años, los resultados han sido desastrosos; tanto para
los individuos como para las sociedades.
El apóstol Pablo le advirtió a la Iglesia en Galacia: “No se engañen: nadie puede burlarse de
Dios. El hombre cosecha lo que
siembra. El que siembra para agradar a
su naturaleza pecaminosa, de esa misma naturaleza cosechará destrucción” (Gá.
6:7-8, NVI).
Esto no quiere decir que cuando uno de nuestros
seres queridos sufre de alguna enfermedad o de algún otro mal en la vida, la
misma persona es la causante. Lejos de
ello, el sufrimiento puede venir por causa de las acciones de los demás, como
en los accidentes automovilísticos; o simplemente por el momento y la
oportunidad en que ocurre en una época cuando la humanidad como un todo ha
insistido en hacer las cosas a su manera.
Pero Dios realmente se preocupa por nuestros sufrimientos y promete que
lo que ha hecho la humanidad con su confusión actual no será para siempre: “Enjugará el Eterno el Señor toda lágrima
de todos los rostros; y quitará la afrenta de su pueblo de toda la Tierra;
porque el Eterno lo ha dicho” (Is. 25:8).
¿Acaso Dios no interviene?
La Biblia enseña que en esta era Dios deja que la
humanidad siga sus propios caminos, cometa sus propios errores y sufra las
consecuencias. Algunas personas
intencionalmente les hacen daño a otras, mientras que otras los hacen
engañadas. Además, la Biblia enseña
que no tenemos control sobre nada en la vida.
Ocurren desastres naturales y “tiempo y ocasión acontecen a todos” (Ec.
9:11). Pero, ¿es que Dios no
interviene en los asuntos de los hombres?
¡Por el contrario! Dios está
muy involucrado, y la Biblia muestra muchas formas diferentes en que lo
está. Las siguientes son apenas unas
pocas:
La Biblia revela que Dios tiene un plan para la
humanidad. Observemos que Él va a
“llevar muchos hijos a la gloria” (Heb. 2:10), y que Jesús es “el primogénito
entre muchos hermanos” (Ro. 8:29).
Pero en esta era de rebeldía humana, Dios permite que el mundo aprenda
de las consecuencias por rechazar su camino de vida: Sus divinas leyes morales.
Dios ha dicho que cuando tengamos el poder suficiente, nos destruiríamos
a menos que Él intervenga. En la
profecía del Monte de los Olivos Jesús lo afirmó claramente: “Si aquellos días no fuesen acortados,
nadie sería salvo; mas por causa de los escogidos, aquellos días serán
acortados” (Mt. 24:22). Dios ha dicho
que, para llevar a cabo su plan, intervendrá en los asuntos de la
humanidad. Esa promesa es la gran
fuente de esperanza para un mundo atribulado, porque cuando Dios intervenga, lo
hará acompañado de sus promesas.
La intervención de Dios en la vida de los llamados a
su Iglesia es otra manera de involucrarse.
Como ejemplo, veamos lo que dijo Jesús: “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le
trajere” (Jn. 6:44). Cuando el Padre
nos trae, nos llama al arrepentimiento y por el bautismo olvida nuestros
pecados con el perdón inmerecido.
Mediante el sacrificio de Cristo “tenemos redención por su sangre, el
perdón de pecados” (Col. 1:14). El don
y la obra del Espíritu Santo es una intervención milagrosa en la vida de cada
uno de los hijos de Dios. Es el
Espíritu de Dios el que nos capacita para vivir según sus instrucciones y
conforme lo hagamos nos transforma internamente: “Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el
hacer, por su buena voluntad” (Fil. 2:13).
Esa es una importante y bendita intervención. La humanidad está careciendo de la capacidad de entender y de
obedecer que el Espíritu de Dios nos concede, pero no siempre será así: “Después de esto derramaré mi Espíritu
sobre toda carne” (Jl. 2:28). “Os daré
corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra
carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y
haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por
obra” (Ez. 36:26-27).
Dios responde a las oraciones, y es muy cercano a
nosotros de muchas maneras, como cuando nos sana. Santiago nos enseña:
“¿Está alguno enfermo entre vosotros?
Llame a los ancianos de la Iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite
en el nombre del Señor. Y la oración
de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si hubiere cometido
pecados, le serán perdonados.
Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que
seáis sanados. La oración eficaz del
justo puede mucho” (Stg. 5:14-16).
Dios se preocupa de sus hijos, escucha nuestras oraciones y nos ayuda en
nuestras pruebas. “No os ha
sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os
dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también
juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar” (1 Co.
10:13). Dios aún intervendrá para
hacer que nuestras pruebas personales operen en nuestro beneficio si le
obedecemos. “El que escudriña los
corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque conforme a la voluntad
de Dios intercede por los santos. Y
sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es,
a los que conforme a su propósito son llamados” (Ro. 8:27-28).
Dios dice que puede intervenir con cualquier miembro
de la sociedad solamente por su misericordia, bondad y compasión. “¿Qué, pues, diremos? ¿Que hay injusticia en Dios? En ninguna manera. Pues a Moisés dice: Tendré misericordia del que yo tenga
misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca.” (Ro. 9 14-15).
Estos son apenas unos pocos ejemplos de la Biblia en
los que Dios se refiere a su participación activa en la vida de la humanidad,
de la Iglesia de Dios como un todo, de los miembros de la Iglesia y de otros
miembros de la sociedad.
Evidentemente, en esta era Dios desea intervenir en nuestra vida, aun
cuando la humanidad continuamente lo rechace.
Ahora bien, ¿por qué permite Dios que sufra la
humanidad? La respuesta corta es que
la humanidad sufre porque insiste en hacerlo.
Todo el mundo ha estado engañado por largo tiempo creyendo que la
sociedad por sí misma puede decidir lo que es bueno y lo que es malo. Pero no puede. Dios dice que nos falta capacidad. El mundo ha escogido el camino por el que transita, y por mucho
tiempo tendrá que vivir con las consecuencias de su decisión. No puede haber libertad de elección y al mismo
tiempo ser libre de sufrimiento, en tanto el mundo rechace y niegue a
Dios. Hay malas consecuencias y
pésimos resultados, porque los resultados de todos los sistemas morales no son
los mismos. Este es el resultado de
una sola cosa. Las verdaderas leyes
morales existen, lo crea el mundo o no, y las leyes divinas deben ser reveladas
por su Autor. Tristemente, todavía
vivimos en una era de maldad, y aún hay mucho sufrimiento en ella.
Pero si creemos y obedecemos a Dios, podremos tener
acceso a su infinita sabiduría, porque “el testimonio del Eterno es fiel, que
hace sabio al sencillo” (Sal. 19:7).
Ante los ojos de Dios, aun la menos sofisticada de las personas es más
sabia que el instruido profesor. Mas
si no confiamos ni obedecemos, quedaremos como antes, que es donde el mundo se
encuentra actualmente.
Ciertamente, a lo largo de los siglos la Iglesia de
Dios ha sufrido grandes persecuciones.
Como lo explicó Jesús: “Si el
mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo
suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el
mundo os aborrece” (Jn. 15:18-19).
Además de la persecución, la Iglesia debe afrontar con tiempo y ocasión
tentaciones y pruebas “que le son comunes al hombre”. Pero Pablo le aseguró al pueblo de la Iglesia que, aun en esta
era de maldad, “a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien” (Ro.
8:28).
También la Iglesia cuenta con el estímulo de saber
que hay una esperanza segura para el mundo.
“No harán mal ni dañarán en todo mi santo monte; porque la Tierra será
llena del conocimiento del Eterno, como las aguas cubren el mar” (Is.
11:9). Dios ha prometido que vendrá el
día cuando intervendrá “con vara de hierro” (Ap. 12:5; 19:15) para establecer
su Reino y salvar a la humanidad de sí misma.
El apóstol Pablo escribió: “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que
somos hijos de Dios. Y si hijos,
también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que
padecemos juntamente con Él, para que juntamente con Él seamos
glorificados. Pues tengo por cierto
que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria
venidera que en nosotros ha de manifestarse.
Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación
de los hijos de Dios” (Ro. 8:16-19).
Aun cuando el mundo sufre, la Iglesia tiene la
bendición del camino de vida de Dios, ahora, y una promesa segura para el
futuro.