Por John H. Ogwyn
Es de suma importancia
conocer la manera en que llegó a nuestras manos el Antiguo Testamento. La forma
como fueron canonizados los diferentes libros y quiénes recibieron la autoridad
para decidir cuáles libros realmente eran de inspiración divina y cuáles no.
Los más connotados
comentaristas todavía no se ponen de acuerdo sobre el verdadero autor de varios
libros del Antiguo Testamento. Durante años muchos críticos han insistido en
que los libros que se atribuyen a Moisés no podrían haber sido realmente
escritos por él, en vista de que el alfabeto aún no había sido inventado; y
afirman entonces que esos libros fueron escritos en forma paulatina, conforme
se desarrollaba la religión hebrea y sitúan los textos o partes de ellos de
acuerdo a la cronología de los hechos narrados según el criterio que consideran
acertado. Con este convencimiento, aseguran que muchos libros pertenecen a
diferentes autores y les asignan fechas muy disímiles hasta por siglos después
de aquellas en que fueron escritos.
Ante estos conceptos es
evidente que se ha intentado negar el valor de la Biblia como un documento
histórico. Y como dan por un hecho que muchos libros fueron compilados con base
en narraciones orales muchos años después de los sucesos a que hacen
referencia, pretenden negar la veracidad de las narraciones sobre los hechos de
los patriarcas, de los jueces y de los primeros reyes.
Hay detalles que generan
dudas sobre la legitimidad de TODOS los libros que componen el Antiguo
Testamento tal como normalmente lo aceptamos. Uno de ellos es el hecho de que
las Biblias editadas por la Iglesia Católica Romana contienen los libros conocidos
como apócrifos y que los editores protestantes no aceptan como inspirados.
Otro detalle es el que se
refiere a los libros de Enoc, Jaser y Jubileos; que algunos consideran como los
libros perdidos de la Biblia. Sin embargo, sí es posible demostrar la autoridad
del Antiguo Testamento tal como lo conocemos, su origen y la forma en que llegó
a ser escrito. Para esto nos podemos servir aun de pruebas extraídas de la
historia secular.
Durante los siglos 18 y 19
algunos eruditos afirmaron que en el siglo 15 AC, época en que la Biblia sitúa
a Moisés, todavía no se había desarrollado la escritura o el alfabeto. De esta
forma negaron que los primeros cinco libros del Antiguo Testamento, conocidos
como los libros de Moisés, fueran escritos por él. Pero la arqueología moderna
ha demostrado la equivocación de esas afirmaciones. Donald Wiseman, Director de
la Escuela Británica de Arqueología en Irak, dice: “Durante el tiempo de la
llegada de los hebreos a Canaán... descubrieron, si es que aún no les
resultaban conocidos, al menos cinco sistemas de escritura que utilizaban ocho
o más idiomas... “ (The Expositor’s Bible Commentary, vol. 1, pág. 319).
En el Medio Oriente también
se han encontrado documentos escritos
cerca de 2000 años antes de
la época de Moisés.
En todo caso, Moisés era un
hombre extraordinariamente instruido, se había criado como príncipe en Egipto:
“Fue enseñado Moisés en toda la sabiduría de los egipcios; y era poderoso en
sus palabras y obras” (Hch. 7:22). Y no solamente debe haber dominado Moisés la
escritura egipcia, sino también los sistemas alfabéticos de sus vecinos, con
quienes tenía que relacionarse y comerciar. Están muy equivocados los eruditos
que han considerado a Moisés como un analfabeto.
La Biblia afirma que hacia
el final de su vida, “escribió Moisés esta ley, y la dio a los sacerdotes hijos
de Leví...” (Dt. 31:9). Luego les dijo: “Tomad este libro de la ley, y ponedlo
al lado del arca del pacto del Eterno vuestro Dios” (v. 26). Estos fueron los
rollos originales que dieron origen al canon de la Biblia, y sirvieron de base
para que los sacerdotes hicieran las copias necesarias para la enseñanza. Estos
cinco libros de Moisés, considerados juntos como “la ley”, o “la Torá”, nunca
estuvieron lejos del pueblo de Israel, es más, cada siete años, durante la
Fiesta de los Tabernáculos, debían leerse en su totalidad al pueblo.
Posteriormente los reyes obtenían sus propios manuscritos copiados textualmente
de los rollos del santuario.
Desde un principio entonces,
Dios tuvo cuidado de que su Palabra fuera fielmente conservada y que siempre
estuviera disponible para su pueblo.
Los críticos que han
afirmado que los primeros cinco libros de la Biblia fueron escritos mucho
tiempo después de Moisés, no tienen ninguna base fehaciente más que su propio
razonamiento. Aunque durante años negaron la historia de las ciudades de Sodoma
y Gomorra por no contar con más referencias que la narración del Génesis, el
reciente descubrimiento de las tablas de arcilla de la antigua ciudad de Ebla
demostró la equivocación; pues en estas tablas de escritura cuneiforme de la
época de los patriarcas se encuentran en forma clara nombradas esas ciudades
del Génesis y otras más. Lo cierto es que aunque mucho de lo escrito en la
antigüedad se ha perdido, lo poco que ha sido encontrado confirma la veracidad
de la Biblia.
Unos 400 años después de
Moisés, al principio del reinado de David sobre las doce tribus de Israel, fue
reorganizada la forma de adoración a Dios. David conquistó la fortaleza de los
jebuseos en Jerusalén y allí estableció su capital. Posteriormente trajo el
arca del pacto a Jerusalén aunque el tabernáculo de Moisés iría a permanecer
muchos años más en Gabaón.
Ya hacia el final de su
reinado, David inició los planes para la edificación de un esplendoroso templo
en Jerusalén. Y aunque Dios no le iba a permitir a David construirlo, sí le
habría de permitir supervisar los preparativos. Con este fin, organizó a los
sacerdotes y levitas en 24 turnos que en forma rotativa deberían prestar el
servicio en el templo (1 Cr. 24 y 25).
Además organizó grupos
especiales de músicos que estarían encargados de cantar los 72 Salmos de David.
El último versículo del Salmo 72 dice textual-mente que “Aquí terminan las
oraciones de David”; lo que demuestra que David, como el “salmista de Israel”,
compiló un número de Salmos que es múltiplo de 24 (24 x 3 = 72), dejando de
esta manera tres Salmos para que fueran empleados en cada turno de adoración.
Una vez rey, Salomón hijo de
David, se hizo cargo de la construcción del templo que su padre había ideado.
Además compuso muchos cantares y proverbios y por su sabiduría fue encargado de
transmitir al pueblo normas para la vida y la conducta (Ec. 12:9). Es muy
interesante que así como David compuso 72 Salmos (24 x 3) para que los levitas
entonaran en el templo, Salomón escribiera 24 capítulos de Proverbios para que
los levitas enseñaran sabiduría al pueblo.
Durante esta época también
fueron aceptados los libros de Josué y Samuel. Y la Escritura nos dice que
“Samuel recitó luego al pueblo las leyes del reino, y las escribió en un libro,
el cual guardó delante del Eterno” (1 S. 10:25). Estos grandes cambios en el
curso de la nación de Israel, como la institución de la monarquía y la
construcción del templo, fueron supervisados por los profetas Samuel y Natán,
elegidos de Dios. Esta parte de la ampliación del canon de la Biblia estuvo al
cuidado de los reyes David y Salomón, con la guía y la ayuda de estos profetas
de Dios.
Como trescientos años
después de la muerte de Salomón, ascendió al trono de Jerusalén su descendiente
Ezequías, quien se hizo cargo de reabrir el templo que había estado cerrado durante
muchos años. Ezequías promovió un resurgimiento religioso y guiado por el
profeta Isaías se hizo cargo de ampliar el canonde la Escritura. Fue entonces
cuando se agregaron los últimos siete capítulos del libro de Proverbios (Pr.
25:1) y los Salmos 73 al 83 compuestos por Asaf (2 Cr. 29:30). También se
agregaron los quince Salmos graduales, del 120 al 134, que fueron preparados
con ocasión del milagro de sanidad y los quince años más de vida que el Eterno
le concedió a Ezequías (Is. 38:20). Así como el libro profético que lleva su
nombre, durante esta época Isaías, probablemente, se hizo cargo de compilar la
mayor parte de los dos libros de Reyes (2 Cr. 32:32).
Unos cien años después de
ascender Ezequías al trono, su bisnieto Josías llegó a ser rey sobre Judá.
Josías se distinguió por su
propósito de obediencia a Dios y con el apoyo y ayuda del profeta Jeremías
llegó a realizar la mayor restauración espiritual de la nación antes del
cautiverio. Manasés, hijo de Ezequías, había clausurado el templo y debido al
abandono estaba a punto de desmoronarse. Josías recaudó suficiente dinero para
la limpieza y restauración del templo y dirigió este ambicioso proyecto bajo la
supervisión del sacerdocio.
Durante el proceso de
limpieza del templo se encontraron rollos de las Escrituras que posiblemente
habían sido escondidos por los sacerdotes fieles para protegerlos de las malas
intenciones de Manasés y de inmediato fueron presentados ante el rey (2 Cr.
34:14-18). Nuestro Padre siempre ha tenido el cuidado de preservar fielmente su
Palabra, a pesar del deseo de sus enemigos por destruirla y en este caso
preciso, las Escrituras vuelven a ver la luz en un momento muy apropiado.
Además de estas Escrituras que se encontraron, se canonizaron los libros de
Jeremías, incluyendo el de Lamentaciones (2 Cr. 35:25), que por esta época
fueron escritos. Las Sagradas Escrituras, conocidas hasta ese momento,
permanecieron custodiadas en el templo y sin ninguna duda fueron llevadas a
Babilonia, junto al resto de los tesoros cuando Nabucodonosor destruyó
Jerusalén.
Con el propósito de
asegurarse la preservación de su Palabra revelada, Dios puso a Daniel y sus
tres amigos en una importante posición en Babilonia; a tal grado que llegó a
ser el “jefe supremo de todos los sabios de Babilonia” (Dn. 2:48). Y por esta
razón Daniel tenía acceso a las Sagradas Escrituras como lo podemos ver en
Daniel 9:2, 13. De manera que la Biblia no solamente iba a ser preservada hasta
que Dios ordenara la restauración del templo en Jerusalén, sino que iba a
servir para que Daniel estudiara y enseñara la Palabra de Dios.
El Rey Artajerjes, poniendo
fin al cautiverio en Babilonia, envió al sacerdote Esdras con todos los tesoros
del templo y los rollos de la Biblia a Jerusalén (Esd. 7:13-16). Esdras volvió
a enseñar al pueblo las Sagradas Escrituras (v. 10) e inició otra reforma
religiosa puesto que la gente estaba a punto de perder su identidad y de
abrazar las religiones paganas de sus vecinos. Pocos años después llegó
Nehemías como gobernador y aprovechando su autoridad ordenó que las reformas de
Esdras fueran puestas en práctica. Fue durante esta época que se terminó de
compilar el canon del Antiguo Testamento tal y como lo conocemos ahora.
Durante tantos años en
Babilonia, los judíos adoptaron una nueva forma de escribir las letras de su
alfabeto, tomaron los nombres babilonios de los meses para su calendario y se
acostumbraron a hablar en arameo, idioma usual en Babilonia, muy similar al
hebreo. Esdras hizo que los rollos del templo fueran copiados en caracteres
cuadrados al estilo babilónico, que es la forma como conocemos actualmente la
escritura hebrea, y además organizó los libros de la manera que han sido
preservados fielmente por los judíos hasta el día de hoy.
El historiador y sacerdote
judío Flavio Josefo del siglo primero, quien escribió la historia de las
Escrituras hebreas, señalando una diferencia con los escritos griegos de su
época dijo: “Nosotros no tenemos una gran cantidad de libros que se contradicen
y desacreditan unos a otros [como los tienen los griegos], sino únicamente 22
libros... que son considerados divinos...” (Contra Apión, I, 8).
Josefo agrega que las
Escrituras judías habían sido compiladas en forma definitiva durante los días
de Artajerjes, quien reinó en la época de Esdras y Nehemías. También hizo
énfasis en que después de esa época se escribieron muchos libros entre los
judíos, pero que ninguno podría ser considerado como de inspiración divina,
debido a que la sucesión de profetas había terminado con Malaquías, el último
de los contemporáneos de Esdras y Nehemías.
Para los judíos es de mucha
importancia que las Escrituras hebreas estén formadas por 22 libros, que
corresponden a las 22 letras de su alfabeto.
Un ejemplo interesante lo
encontramos en el Salmo 119, que está formado por 22 segmentos de ocho
versículos cada uno. En la mayoría de las Biblias, cada segmento está precedido
por el nombre de una de las letras del alfabeto hebreo; pero en la Biblia
hebrea, cada versículo del primer segmento empieza por la letra “alef”, en el
segundo segmento empiezan con la letra “bet” y así sucesivamente. La idea fue
que al haber sido utilizadas todas las letras, el tema había sido tratado en
forma completa, sin dejar nada por decir. Bajo este mismo criterio, la revelación
de Dios en hebreo era considerada completa; después que todo el alfabeto se
había utilizado.
En las traducciones actuales
de la Biblia el Antiguo Testamento se compone de 39 libros, que corresponden a
los 22 de la organización hebrea.
La diferencia se debe a la
forma de contar los libros. Por ejemplo, los 12 Profetas Menores están
consignados en un solo rollo en hebreo, y se contaron como un solo libro, a
diferencia de las Biblias actuales que suman 12. Por la misma razón los dos
libros de Samuel y los dos de Reyes se contaron como un solo libro. Lo mismo
sucedió con los dos libros de Crónicas, y se tomaron por uno Josué y Jueces y
también Esdras y Nehemías.
En la actualidad siempre hay
críticos que insisten en buscar la forma de negar la veracidad y precisión de
las Escrituras del Antiguo Testamento.
Uno de estos intentos es
poner en duda al profeta Daniel, utilizando como argumento las mismas profecías
que su libro contiene.
Daniel en su narrativa describe
la historia desde sus días, pasando por los imperios persa, helénico y romano;
que dominarían el mundo conocido siglos después. Además se refirió claramente a
los seléucidas, a los ptolomeos [reyes de la dinastía Lagida] y a los macabeos;
líderes que llegarían al poder trescientos o más años después de escrito su
libro.
Daniel también adelanta con
precisión profética el tiempo de la primera venida del Mesías. Esto resulta
inconcebible para los críticos, que no son otra cosa que “eruditos” que no
pueden aceptar a un Dios verdadero capaz de anunciar el final desde el
principio.
Consideremos brevemente la
clase de argumentos de algunos críticos famosos, pero veamos también la
realidad de los hechos. Por ejemplo, el connotado erudito bíblico danés Peter
Lemche ha sorprendido a grupos de alto nivel cultural afirmando en un libro
reciente que resulta imposible ubicar a Israel históricamente. Insiste,
secundado por muchos más, que Israel en el Antiguo Testamento no es otra cosa
que el producto de la imaginación de algunos escritores de fines de los
imperios persa y helénico.
El profesor Ronald Hendel,
de la cátedra de Biblia Hebrea en el Departamento de Estudios del Cercano
Oriente de la Universidad de California en Berkeley, en un reciente estudio
literario demostró la ausencia de bases en la tesis del doctor Lemche:
“Contamos con muchas
inscripciones características hebreas,” dijo, “que se refieren a personas
mencionadas en la Biblia, especialmente entre los siglos ocho y seis AC, que
dan fe de la existencia de ese pueblo en el lugar y tiempo correcto.
¿Cómo podrían los fanáticos religiosos haber conocido tantos pequeños detalles quinientos años después?
Es más, estudios filológicos
de las lenguas del noroeste semítico demuestran la exactitud cronológica de las
Escrituras bíblicas que los eruditos han deducido por otros medios.
¿Cómo habrían podido los judíos, a finales de los imperios persa y helénico, reproducir con precisión las características del hebreo anterior al exilio, cuando esas características habían desaparecido cientos de años atrás?
(Biblical Archaeology Review, nov.-dic. 1999, pág. 60).
Durante muchos años los
críticos han afirmado que el arameo del libro de Daniel no podría haber sido
escrito antes del 167 AC. Pero el descubrimiento reciente y estudio de los
rollos del Mar Muerto han dado nueva luz sobre el idioma arameo del segundo
siglo, demostrando palpables diferencias con el arameo utilizado por Daniel. En
un artículo que escribió para el Expositor’s Bible Commentary, el profesor
Wi-lliam LaSor destacó que el lenguaje del libro de Daniel “... es
lingüísticamente más afín al de los siglos quinto o cuarto AC, que al del
segundo o primero” (vol. 1, pág. 403).
En otro artículo de esa
misma edición del Expositor, el doctor R. K. Harrison, profesor de Antiguo
Testamento en la Universidad de Toronto, dijo:
“El arameo de Daniel era
similar al que utilizaron los círculos gubernamentales desde el siglo séptimo
en adelante, y afín a los papiros de la isla Elefantina del Nilo del siglo
quinto AC; y también al del libro de Esdras” (pág. 247).
Durante muchos años algunos
eruditos han hecho mofa de lo que consideran como imprecisiones históricas de
Daniel, refiriéndose a ciertos hechos como la locura de Nabucodonosor, y los
reinados de Belsasar y Darío de Media. Sin embargo, la investigación de los
hechos ha demostrado que los equivocados son los eruditos y no Daniel. Por
ejemplo, un sacerdote babilónico del siglo tercero AC, conocido como Beroso, en
sus escritos hizo referencia a la locura de Nabucodonosor. Y otro antiguo
escritor babilónico, Abideno, dijo que Nabucodonosor estaba “poseído por alguna
clase de dios u otra cosa” y que después de un sorprendente arrebato profético
desapareció de Babilonia.
Hace varios años, unos
arqueólogos descubrieron escritos que se refieren a Belsasar como corregente
asociado con su padre Nabónides y que estaba gobernando Babilonia en el momento
de su caída. En años recientes, los descubrimientos de las crónicas sobre
Nabónides en Harán, han arrojado luz sobre Dario de Media, quien era un
misterio para los historiadores.
Como podemos notar, cada vez
que hay nuevos descubrimientos arqueológicos, se encuentra mayor concordancia
entre los escritos bíblicos y la realidad histórica. Dejando de lado las dudas
planteadas por los críticos que tratan de desacreditar la Biblia.
El Antiguo Testamento,
conservado por los judíos en sus tres divisiones, la Ley, los Profetas y los
Escritos, ha llegado a nosotros bajo el cuidado y la inspiración de Dios. Es un
compendio absolutamente confiable sobre los orígenes de la humanidad y la
relación del Dios Creador con todos nosotros. El Antiguo Testamento contiene
también muchísimas profecías que pueden verificarse por haber recibido su
cumplimiento, con lo que se nos demuestra, de esta manera, la verdadera
inspiración del libro de los libros, la Santa Biblia.
Por John H. Ogwyn www.mundomanana.org