Por Douglas Winnail
¿Porque es irreal para tantas
personas el Dios del Universo?
¿Existe Dios en verdad?
¿Puede usted comprobarlo?
¿Hay un solo Dios, o hay muchos
dioses?
O bien, ¿es la idea de Dios un simple producto de la
imaginación humana?
Usted
necesita saber las respuestas correctas
a estas preguntas acerca de Dios. No puede darse el lujo de andar a tientas en
lo que respecta a temas tan importantes. Al enterarse de las respuestas correctas
es muy posible que usted, como tantos otros, ¡se quede estupefacto!
La
mayoría de las personas creen en Dios según las encuestas, sin embargo se
comportan en la vida como si en realidad Dios no existiera. Más del 80 por
ciento de los que se dicen cristianos no van a la iglesia con regularidad y
menos aún leen la Biblia. La mayoría se rigen por su conciencia sin considerar
que la Palabra de Dios, es decir la Biblia, debe ser la máxima autoridad en su
vida. En los países europeos los que practican alguna religión e incluso los
que creen en Dios, son aún menos. Nuestras sociedades se han vuelto seculares y
materialistas. George Gallup, de la firma de encuestas que lleva su nombre,
revela que las naciones que se consideran cristianas, son en realidad
“analfabetos bíblicos” donde menos de la mitad de los adultos pueden nombrar
los cuatro evangelios del Nuevo Testamento.
Muchas
personas practican un cristianismo superficial, lo que se ha descrito como un
“cristianismo de consumidor” o “cristianismo de cafetería”. Es decir que
escogen aquellos principios que desean creer y rechazan las doctrinas que no
les interesan o no les convienen. Para muchos, las creencias religiosas son
algo general, que puede cambiar y depende de opiniones personales. El nivel de
confianza y convicción en las creencias religiosas es muy bajo. Los detalles
específicos de la doctrina son vagos. Cada persona hace lo que bien le parece.
Un comentario de cierta joven entrevistada por un periodista refleja el sentir
de muchos. Ante la pregunta de qué pensaba de Dios, dijo: “Dios está en todas
partes. Dios está en mí. Yo soy Dios”.
En esta
época de religión adulterada y “blandengue”, los conceptos de Dios son
borrosos, y pocas personas tienen conciencia
del poder y los propósitos de su Creador.
El
continente americano ha heredado su cultura de Europa. El conocimiento del Dios
de la Biblia llegó a Europa, llevado de Jerusalén por los discípulos de
Jesucristo, los apóstoles. En el libro de Hechos vemos cómo, estando en Atenas,
el apóstol Pablo describió al único Dios verdadero para los griegos
supersticiosos y paganos Observando una inscripción que decía “AL DIOS NO
CONOCIDO”, dijo: “Al que vosotros adoráis, pues, sin conocerle, es a quien yo os anuncio. El Dios que hizo el mundo
y todas las cosas que en él hay, siendo Señor del cielo y de la tierra, no
habita en templos hechos por manos humanas” (Hechos 17:23-24). Lo que muchas
personas no comprenden hoy es que el conocimiento del Dios verdadero y las
enseñanzas del cristianismo verdadero que Pablo llevó a Grecia, a Roma y a
España (Romanos 15:24, 28) pronto se mezclaron con ideas religiosas paganas y
se corrompieron. Como bien lo dice el historiador católico Will Durant, “El
cristianismo no destruyó al paganismo sino que lo adoptó”. La forma de
cristianismo que se desarrolló en Europa y más tarde pasó a América y el resto
del mundo fue “la última gran creación del mundo pagano antiguo” (César y Cristo, Durant, 1944, p.595).
Durant y otros historiadores explican cómo, por influencia de la filosofía
pagana, el único Dios verdadero se
convirtió en una “Trinidad” como resultado de la influencia de la filosofía
pagana. Las ideas gnósticas “oscurecieron el credo cristiano” y los teólogos
formados dentro de la filosofía pagana pretendieron explicar la naturaleza de
Dios mediante la especulación en vez de enseñar lo que Dios ha revelado sobre
sí mismo en las Sagradas Escrituras. Luego de siglos de tal debate, el Dios del
cristianismo moderno, a menudo reducido a un concepto abstracto, guarda escaso
parecido con el Dios verdadero de las Sagradas Escrituras.
De
Europa emanaron también otras ideas que alteraron y socavaron el conocimiento
del Dios verdadero. La ideas del siglo 18, el llamado “Siglo de las Luces”, así
como los descubrimientos de la ciencia que contradecían las interpretaciones
tradicionales de la Biblia, llevaron a muchos a creer que la Biblia y el Dios
que ella revela eran solamente mitos. Las especulaciones darwinistas acerca de
la evolución parecían eliminar la necesidad de un Dios Creador. El concepto de
Dios comenzó a basarse, no en determinadas convicciones, sino en la experiencia religiosa. En otras
palabras, Dios pasó a ser un sentimiento cálido en el corazón y no un Ser
Supremo que interviene en la historia y cuya existencia se puede demostrar.
Basta creer—no hay necesidad de comprobar nada. El apóstol Pablo les dijo a sus
oyentes griegos: “Probadlo todo; retened lo bueno” (1 Tesalonicenses 5:21). Por
su parte, el profeta Malaquías transmite la exhortación de Dios: “Probadme”
(Malaquías 3:10). Una prueba exige razones sólidas y convincentes, ¡no
solamente cálidos sentimientos en el corazón!
En los
últimos dos siglos, la creencia en Dios ha sido objeto de ataques directos por
parte de muchos intelectuales. Nietzche dijo: “Dios es un pensamiento”. Freud
consideró que creer en Dios era un tipo de alteración mental que la humanidad
acabaría por superar. Carlos Marx tildó a las creencias religiosas de “opio del
pueblo”. El ateo H.L. Mencken aseveró que “Dios es el refugio inmemorial de los
incompetentes, los imposibilitados, los desgraciados”. Un autor teatral
describió a Dios como un “delincuente senil”. En los años sesentas, algunos
teólogos destacados llegaron al colmo de proclamar: “Dios ha muerto”. A la luz
de semejantes ataques directos contra la fe, unidos a la ausencia casi total de
instrucción seria y contundente sobre las verdades bíblicas por parte del
clero, no es extraño que el verdadero
Dios del universo siga siendo casi desconocido para la gente de hoy. Pero
debemos preguntarnos si acaso los críticos tienen razón, o si más bien han
caído en el engaño. ¿Será posible que los vociferantes desatinos de los
intelectuales ateos hayan dado a la sociedad una idea trágicamente equivocada de lo que es Dios? Veamos
algunas lecciones importantes que podemos aprender de la Biblia y del pasado
reciente.
Hace
más de 3000 años el rey David escribió en los Salmos: “Dice el necio en su corazón: No hay Dios” (Salmo
14:1). Salomón dijo que “la boca de los necios escupe necedades” (Proverbios
15:2, NVI). Si miramos los últimos 500 años, vemos como obvio que muchos de los
intelectuales “ilustrados” que dieron forma al mundo moderno ¡sencillamente
estaban equivocados! Eran, en una
palabra, ciegos guías de ciegos. El comunismo imaginado por Marx y que se
impuso a millones de seres resultó ser un triste fracaso. Las teorías
psicológicas de Freud ya han sido ampliamente desacreditadas. Mientras Freud
proclamó que la religión era una neurosis, uno de sus discípulos (Carl Jung,
quien más tarde rechazó las ideas de su maestro) halló que la religión era
altamente benéfica en el tratamiento de personas con trastornos psicológicos (Dios: la evidencia, Glynn, 1997, p. 69).
Hoy sigue aumentando el volumen de publicaciones científicas que documentan los
efectos positivos de ciertas creencias religiosas sobre la salud. Sigmund
Freud, cuyas ideas contribuyeron mucho a secularizar a nuestra sociedad socavando
sus fundamentos religiosos y morales, estaba completamente equivocado en muchas cosas.
Las
teorías sobre la evolución de Darwin, que supuestamente eliminaban la necesidad
de Dios, también han sido blanco de críticas crecientes en los últimos
decenios. Si bien las alteraciones al azar y la selección natural pueden
explicar la aparición de ciertas variaciones (esencialmente, dentro de una
misma especie), la teoría de Darwin no era, y no es, adecuada para explicar el
origen de especies nuevas. Darwin veía variaciones en los pajaritos pinzones
así como en tortugas y perros y llegó a la conclusión de que, dado un lapso de
tiempo suficiente, la naturaleza sola podría crear especies enteramente nuevas.
El problema es que la naturaleza no funciona así. Las nuevas especies aparecen
en los anales geológicos de repente y totalmente desarrolladas. Es decir, no
hay indicios de que evolucionaron sino de que fueron creadas. La profusión de
formas intermedias, que es postulado de la teoría evolucionista, sencillamente
no está. La información real recabada de fósiles en el último siglo no apoya
las ideas de Darwin. La teoría de la evolución, que se ha descrito como “el más
potente motor del ateísmo”, no tiene la
capacidad para negar la existencia de Dios.
Algunas
de las pruebas más contundentes de la existencia de un poderoso Dios Creador
han surgido en los últimos decenios en los ámbitos de la astronomía, la
cosmología, la física y la bioquímica. Durante la mayor parte del siglo 20
prevaleció la idea de que el universo y la vida en la tierra se desarrollaron
gradualmente a lo largo de miles de millones de años y como resultado de
fenómenos accidentales, impensados, al azar. Los científicos actuales expresan
todo lo contrario. La teoría del “Big Bang” indica que el universo comenzó de repente. Los científicos han
comenzado a entender que las condiciones para que hubiera vida en la tierra
requieren un equilibrio tal que tuvieron que “planificarse con anticipación”.
Como dice un autor, “lejos de ser accidental, la vida parece ser la meta hacia la cual se ha dirigido y
refinado todo el universo desde el primer momento de su existencia”. Esto es lo
que se conoce como el “principio antrópico” (griego anthropos = hombre).
Los
hallazgos modernos indican con firmeza que el universo tuvo que obedecer a un diseño. Si hay un diseño, tiene que
haber un diseñador inteligente. Esta
ha sido una de las pruebas tradicionales de la existencia de un Dios que diseñó
el universo… y que lo hizo con un propósito. La Biblia dice con mucha claridad
que “en el principio creó Dios los
cielos y la tierra” (Génesis 1:1). Esto es precisamente lo que le dijo el
apóstol Pablo a los atenienses al hablarles del único Dios verdadero (Hechos
17:24). La idea secular de que la vida, tanto de los animales como del hombre,
es simplemente el resultado de accidentes bioquímicos al azar no encuentra apoyo en las pruebas que se
vienen acumulando. La evidencia señala en dirección contraria: hacia un Dios verdadero que es diseñador y creador a
la vez que sustentador.
David exclamó:
“Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras” (Salmos 139:14). Y
Salomón escribió: “El Eterno con sabiduría fundó la tierra; afirmó los cielos
con inteligencia” (Proverbios 3:19). Abraham Lincoln comentó una vez: “Entiendo
que una persona, al contemplar la tierra [las actividades humanas], pueda ser
ateo, pero no me cabe en la mente que pueda contemplar los cielos y decir que
no hay Dios”. Hasta Albert Einstein comprendió que “Dios no juega a los dados
con el universo”. El hecho de que haya una obra creada implica que tiene que
haber un Creador real. El hecho de que haya un diseño exige un diseñador. Como
explicación del origen de la vida y el universo, resulta totalmente insuficiente invocar una serie de hechos casuales,
impensados, que tuvieron lugar a lo largo de miles de millones de años.
El
apóstol Pablo les dijo a sus oyentes en Roma que las pruebas de la existencia
de Dios y su modo de obrar saltan a la vista si observamos lo que Él ha creado.
También les advirtió que si ignoramos lo
obvio para seguir nuestras propias teorías contrarias a lo que se ve en la
naturaleza, nos convertimos en necios
(Romanos 1:18-22). En estos versículos el apóstol predijo, incluso, que la
verdad acerca de Dios se suprimiría. Esto es precisamente lo que ha ocurrido en
el último siglo.
En los
últimos 55 años se han realizado varios experimentos que pretenden apoyar la
teoría de la evolución, según la cual la vida surgió por accidente en una
mezcla primitiva de sustancias químicas. Pero ninguno de esos experimentos ha tenido éxito. Stanley Miller,
profesor de química que efectuó uno de los primeros, reconoció que “el problema
del origen de la vida ha resultado ser mucho más difícil de lo que yo, y la
mayoría de las personas, nos imaginábamos” (La hipótesis de la creación,
Moreland, 1994, p. 15). Esto no es sorprendente. Desde hace años, los textos de
biología han descrito la ley de la biogénesis, según la cual la vida procede
únicamente de vida, jamás de lo que no es vida. Si bien esta ley ha recibido
escasa atención en los libros de texto en años recientes debido a la influencia
de la teoría de la evolución, tampoco se ha podido refutar. Las Sagradas
Escrituras aseguran que Dios es quien imparte la vida (Génesis 1:11-24). Dios
hizo el cuerpo de Adán con elementos de la tierra y luego “sopló en su nariz
aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente” (Génesis 2:7). Todos los intentos del hombre por crear vida
a partir de materia no viviente han fracasado. ¿Será porque estamos neciamente
empeñados en lograr algo que no es posible? ¿Estamos tratando de asumir una
prerrogativa que corresponde solamente al Dios Creador?
Desde
hace años, los textos de biología también han citado otra ley conocida como la
ley de la fijeza de las especies. Esta dice que hay un límite genético al grado
de variedad que puede ocurrir dentro de una especie. Los criadores de plantas y
animales conocen estos límites. La Biblia afirma clara y reiteradamente que
Dios creó a los seres para que se reprodujeran “según su especie” (Génesis
1:24-25). Como ya hemos señalado, Darwin vio que podía haber variación dentro
de una misma especie (por ejemplo aves, tortugas, perros, caballos y bovinos)
pero especuló que dado suficiente tiempo
y ocasión, este fenómeno podía conducir a la producción de especies nuevas.
Pero no ocurre así. Los científicos lo han intentado, pero sin éxito. En esto
también se ignora lo que la Biblia revela y las pruebas naturales que respaldan
las afirmaciones de Dios. Hoy, muchos simplemente hacen de lado o suprimen
estas pruebas, estas leyes básicas de la biología que apuntan hacia la
presencia de un legislador sobrenatural.
Las
leyes físicas de la biología no son las únicas leyes que han caído en desuso en
el último siglo. Las leyes morales y espirituales de Dios, sus diez
mandamientos, también han sido tema de burla y desprecio. Los humanistas
seculares han dado por supuesto que los mandamientos son simples ideas de
hombres y que se pueden desatender sin que ello traiga ninguna consecuencia.
Esta actitud está llevando a una catástrofe social. La idolatría de nuestra
sociedad materialista deja las vidas vacías. La fornicación, no solamente
produce insatisfacción sino que se ha convertido en algo peligroso, como bien
lo saben las muchas víctimas del SIDA. El adulterio está destruyendo a la
familia, elemento fundamental para la formación de una sociedad estable. En una
cultura donde los medios de comunicación derrochan violencia a diario, la vida
humana pierde su valor. El asesinato es algo común y corriente, tanto en las
calles de la ciudad como en las salas de obstetricia de los hospitales o en los
centros donde se practica el aborto. La delincuencia ha alcanzado proporciones
de epidemia en el mundo. Nos quieren hacer creer que Dios no existe, que la
vida humana no tiene propósito y que las leyes de Dios se pueden ignorar. La
descomposición moral que nos rodea es el resultado de esta ignorancia. La
verdad es que las leyes físicas y morales son sustentadas por un Dios verdadero
y se aplican independientemente de que nosotros creamos o no creamos en Él. No
se pueden desatender sin consecuencias. La existencia de leyes inmutables
señala la existencia de un Dios verdadero.
Muchas
profecías que se remontan a tiempos de Abraham (2000 AC) revelan, con detalles
impresionantes, el rumbo futuro de ciertas naciones modernas. Gracias a la
obediencia de Abraham, Dios profetizó que sus descendientes serían prósperos,
heredarían bendiciones y serían a su vez una bendición para la humanidad
(Génesis 12:1-2). En su ascenso a la grandeza lograrían apoderarse de las
puertas de sus enemigos tales como el estrecho de Gibraltar, el Canal de
Panamá, etc (Génesis 22:17). Con el tiempo se convertirían en una gran nación y
un grupo de naciones (Génesis 35:11; 48:19) las cuales extenderían sus colonias
por todo el mundo (Génesis 49:22). En los Estados Unidos y en la Mancomunidad
Británica se han cumplido estas promesas y otras igualmente extraordinarias.
Ahora bien, otras profecías indican que por su desobediencia a las leyes de
Dios Todopoderoso, tales naciones van a perder las bendiciones y los
privilegios que recibieron gratuitamente. Lo que es más, indican también que
con ello Dios le va a enseñar al mundo unas lecciones muy importantes (para más
información sobre este tema, solicite nuestra publicación gratuita titulada EEUU y Gran Bretaña en profecía).
Hablando
de los “últimos días”, el Dios de la Biblia describió un imperio que pasaría
por una serie de resurgimientos y que surgiría por última vez justamente antes
del regreso de Jesucristo a la tierra (ver Daniel 2:28, 40-45; 7:7-8, 19-28:
Apocalipsis 13, 17, 18). Este gran sistema que comenzó como el Imperio Romano
está resurgiendo de nuevo en Europa. Inicialmente, dará la impresión de ser
algo conveniente, pero esta unión de países europeos acabará por convertirse en
una potencia guerrera que, en el breve lapso de tres años y medio, blasfemará
contra el Dios verdadero y perseguirá a los verdaderos creyentes (Apocalipsis
13:19). El Dios de las Sagradas Escrituras predijo hace más de 2500 años que
este período de tres años y medio sería “tiempo de angustia para Jacob” (Jeremías 3:1-7). Dios se valdrá de este
Imperio Romano resucitado para corregir a las naciones rebeldes de origen
israelita, que se olvidaron del Dios verdadero. Por extraño que parezca, el
Dios de la Biblia predijo a Moisés
que los mismos pueblos que Él escogería para ser un ejemplo al mundo
(Deuteronomio 4:1-10) se olvidarían del Dios verdadero y caerían en
tribulaciones muy grandes en los “últimos días” (Deuteronomio 4:23-30;
31:27-19). El Dios verdadero va a
intervenir dramática y decisivamente en los asuntos humanos en un futuro no muy
lejano. Pero al final, la humanidad va a ver y a entender que sí hay un Dios
verdadero. Estos sucesos sacudirán al mundo ¡y repercutirán sobre la vida de
usted!
El Dios
presentado por la religión cristiana tradicional es amoroso, perdonador e
interminablemente paciente; al mismo tiempo, poco confiable y probablemente se
vale de la evolución para cumplir su propósito. En cambio, el Dios verdadero de la Biblia es alguien muy
diferente. El Dios que se revela en las Sagradas Escrituras es un creador
poderoso, un diseñador inteligente que sustenta lo que Él mismo creó y las
leyes que puso en marcha. Ciertamente, es amoroso y lleno de misericordia, pero
también es un Dios de justicia y de juicio que nos premia conforma a nuestras
obras (ver Apocalipsis 22:12). Él permite que cosechemos los frutos de lo que
sembramos. El Dios de la Biblia no predica “cosas halagueñas” (Isaías 30:9-10)
que seducen y engañan a la gente, sino que ordena así a sus siervos: “Clama a
voz en cuello, no te detengas; alza tu voz como trompeta, y anuncia a mi pueblo
su rebelión, y a la casa de Jacob su pecado” Isaías 58:1). El Dios verdadero
nos perdona cuando comprendemos lo que es el pecado a sus ojos y nos
arrepentimos (ver 1 Juan 3:4); cuando empezamos a cambiar nuestro modo de vida
y comenzamos a vivir por cada palabra de Dios (Mateo 4:4).
La
Biblia revela que el Dios verdadero
va a enviar a Jesucristo nuevamente para juzgar a la tierra con justicia (Salmo
96:13; Apocalipsis 19:11). Va poner fin al desgobierno y al sufrimiento de la
humanidad, encaminándola en la dirección correcta, es decir hacia la paz, la
justicia y la verdad (Isaías: 6-79; Apocalipsis 11:15-18). El profeta Miqueas
dice: “Y él juzgará entre muchos pueblos, y corregirá a naciones poderosas
hasta muy lejos; y martillarán sus espadas para azadones, y sus lanzas para
hoces; no alzará espada nación contra nación, ni se ensayarán más para la
guerra” (Miqueas 4:3). Igualmente inspirado por el Dios viviente, el profeta Ezequiel escribió: “Haré notorio mi santo
nombre en medio de mi pueblo Israel, y nunca más dejaré profanar mi santo
nombre; y sabrán las naciones que yo
soy el Eterno, el Santo en Israel. He aquí viene, y se cumplirá, dice el Eterno el Señor; este es el día del cual he
hablado” (Ezequiel 39:7-8).
El Dios
de la Biblia es real. El creador, diseñador y sustentador del universo es un
ser vivo, que está cumpliendo lo que
Él profetizó en su Palabra. Este Dios poderoso se dispone a intervenir de modo
dramático en los asuntos del mundo. Jesucristo va a regresar a la tierra para
establecer el Reino de Dios, el cual regirá a todas las naciones. Nuestro
Padre, el Dios poderoso, amoroso y justo, va a salvarnos de nosotros mismos.
Este es el verdadero tema del evangelio.
Usted
puede ser parte de este glorioso futuro siempre y cuando llegue a conocer al
DIOS VERDADERO. La pregunta es: ¿lo va a
hacer?
Por Douglas Winnail
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