¿Es
necesario el bautismo?
Por
Roderick C. Meredith
¿Qué viene a su mente cuando se observa a usted
mismo?
¿Qué importancia le merece el perdón de Dios?
¿Siente realmente la necesidad de un Salvador?
Usted posiblemente fue bautizado cuando era niño o recién
nacido.
Tal vez ni lo recuerde.
¿Cree que ese bautismo sea válido y aceptable a los
ojos de Dios?
¡Esta es una pregunta de vida o muerte, porque su
propia salvación depende de la respuesta!
¡Este folleto no es para la venta!
Es un servicio educativo gratuito que se ofrece en
beneficio del público.
Reservados todos los derechos
Título original en inglés:
Should You Be Baptized?
Primera edición 2001
©2001 LIVING CHURCH OF GOD
Salvo indicación contraria, los pasajes bíblicos que se citan en esta publicación han
sido tomados de la versión Reina Valera, revisión de
1960.
¿Es
necesario el bautismo?
Me dijo un veterano de la
segunda guerra mundial: “He
transgredido todos los mandamientos de Dios”.
Y alzando la voz exclamó:
“Necesito bautizarme”. Estaba
muy consciente de que era pecador y que necesitaba la salvación. Para entonces, yo era un estudiante de 22
años de edad y estaba participando en una gira de bautismos. La sinceridad de este hombre y su actitud
de genuino arrepentimiento me impresionaron en gran manera. Se vio tal cual era ¡y reconoció su urgente
necesidad de un Salvador!
Siguiendo este ejemplo, mírese usted mismo. ¿Qué opina de lo que ve? ¿Cuán importante es para usted el perdón de
Dios? Si usted se ha dado buena vida,
¿considera que el bautismo sea algo necesario? ¿Se ha detenido a pensar en la necesidad de un Salvador?
Usted posiblemente fue bautizado cuando era niño o recién
nacido. Tal vez ni lo recuerde. o
quizá de adolescente o adulto decidió “entregar su corazón a Cristo”. ¿Cree que ese bautismo sea válido y
aceptable a los ojos de Dios? ¡Esta es
una pregunta de vida o muerte; ¡su propia salvación depende de la respuesta!
Millones de ENGAÑADOS
Es fundamental reconocer que
la gran mayoría de los habitantes del mundo, incluso los muy religiosos, han
sido ENGAÑADOS. El apóstol Juan habla
de “la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual ENGAÑA al
mundo entero” (Ap. 12:9). Pero es muy
difícil para la gente reconocer que ha sido engañada, que ha estado siguiendo
doctrinas y prácticas equivocadas.
Si comparamos los ejemplos y
claras enseñanzas de Jesucristo con lo que se entiende en la actualidad como
“cristianismo”, encontraremos una gran diferencia. Como afirma con franqueza el doctor Rufus Jones: “Si los seguidores de Jesucristo lo
hubieran puesto como modelo o ejemplo de un nuevo camino, y si realmente hubieran
intentado poner su vida y enseñanzas como normas de la Iglesia, el cristianismo
habría sido algo TOTALMENTE DIFERENTE de lo que vino a ser. No habría existido la gran herejía actual,
una desviación de sus caminos, de sus enseñanzas, de su mística, de su Reino” (The Church's Debt to Heretics, pág. 15).
Por no seguir precisamente las
normas de Jesús y de los primeros apóstoles, la cristiandad se encuentra en un
mar de confusiones y divagaciones.
Recordemos que el mismo Jesucristo nos advirtió sobre los falsos líderes
religiosos cuando dijo: “Dejadlos; son
ciegos guías de ciegos; y si el ciego guiare al ciego, ambos caerán en el hoyo”
(Mt. 15:14).
Con franqueza debo reconocer
que yo también era CIEGO ante las verdades básicas de la Biblia. Pertenecí a una iglesia protestante y fui
presidente de mi escuela dominical. Mis
padres eran graduados de un colegio patrocinado por esa misma iglesia a la que
toda la familia asistía con regularidad.
Aun así, yo no tenía NI IDEA del propósito final de la existencia
humana, ignoraba por completo las grandes profecías bíblicas para el tiempo del
fin y jamás se me enseñó acerca del PODER del Espíritu Santo para cambiar mi
vida y hacer posible que Jesucristo viviera su vida en mí (Gá. 2:20). Increíblemente tenía fama entre mis amigos
como el más versado en la Biblia y en asuntos religiosos. A menudo me preguntaban sobre el propósito
de la existencia humana y por supuesto que recibían una respuesta confusa.
Fui bautizado siendo niño,
incapaz de discernir entre mi mano izquierda y la derecha. Aun menos capaz de comprender la gravedad
del pecado y la necesidad de un profundo ARREPENTIMIENTO para aceptar a
Jesucristo como mi Salvador. ¿Era yo
un verdadero Cristiano?
¡Definitivamente NO!
Mi búsqueda personal
En aquella iglesia
protestante yo era uno más entre los MILLONES de seres engañados que JAMÁS se
preguntan si están en la verdadera Iglesia de Dios y si reciben las auténticas
enseñanzas de Dios o, por el contrario ideas o invenciones de hombres
engañados. Por fin, en los últimos
años de mi adolescencia, Dios comenzó a abrir mi mente para comprender lo que
significaba la verdadera religión. En
lugar de limitarme a leer los Evangelios o los Salmos para recibir
“inspiración”, empecé un ESTUDIO formal de la Biblia, como quien estudia un
libro de historia o de ciencias. Pedí
a Dios entendimiento, y proseguí durante meses leyendo y tomando apuntes,
releyendo y meditando sobre el Nuevo Testamento; hice luego lo mismo con el
Antiguo Testamento, procurando entender lo que Jesucristo realmente enseñó.
Durante mi estudio personal
comencé a darme cuenta de que el verdadero cristianismo no es solo creer en la
persona de Cristo, sino creer en su MENSAJE y actuar conforme a éste. Entendí que un verdadero cristiano debe
entregarse por completo a Cristo para que Cristo viva dentro de él por medio
del Espíritu Santo. Como escribió el
apóstol Pablo: “Todos los que son
guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios” (Ro. 8:14). Más adelante afirmó: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y
ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo
en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gá.
2:20).
Empecé a entender las
advertencias de Jesús de no aceptar ni utilizar su nombre en vano: “¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no
hacéis lo que yo digo?” (Lc. 6:46).
Y: “No todo el que me dice:
Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad
de mi Padre que está en los cielos” (Mt. 7:21).
Ahora, amigo lector, ¿en qué estado se considera
usted?
¿Habrá abierto Dios su mente hasta el punto de
comprender que Él es el Gobernante del universo?
¿Que es un verdadero Creador y Gobernante de todas
las cosas?
¿Se da usted cuenta de que Jesucristo no solo vino al
mundo para morir por nuestros pecados sino que ahora está VIVO a la diestra del
Padre en los cielos y que es nuestro Sumo Sacerdote?
¿Comprende usted que Cristo VIVIRÁ SU VIDA en
nosotros mediante el Espíritu Santo que nos fue prometido siempre y cuando nos
arrepintamos y nos bauticemos?
¿Y que su vida en nosotros será la MISMA vida
obediente que manifestó durante su existencia en la carne?
Porque “Jesucristo es el
mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (Heb. 13:8).
Todos necesitamos ayuda --
mucha ayuda. Nuestra fuerza propia no
basta para vencer debilidades y pasiones, vencer al mundo y al mismo
Satanás. El Dios que nos formó
prometió darnos la ayuda y fuerza espiritual que necesitamos. Jesús dijo: “El Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en
mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he
dicho” (Jn. 14:26). Luego afirmó: “Cuando venga el Espíritu de verdad, él os
guiará a toda verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará
todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir” (Jn. 16:13).
CREAMOS lo que Jesús enseñó
El principal MENSAJE que
Jesucristo vino a predicar fue el venidero Reino de Dios. Leámoslo en el Evangelio según Marcos: “Después que Juan fue encarcelado, Jesús
vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de
Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio” (Mr. 1:14-15).
Para recibir el Espíritu
Santo y ser verdadero discípulo de Jesucristo, es necesario ARREPENTIRSE de los
pecados y CREER en su evangelio. Si
aceptamos el mensaje evangélico sobre el Reino de Dios, debemos poner nuestra
buena voluntad para obedecer las LEYES de ese reino: Los diez mandamientos.
Cuando un joven le preguntó a Jesús:
“¿Qué bien haré para tener la vida eterna?” (Mt. 19:16), Jesús le
respondió: “Si quieres entrar en la
vida, GUARDA LOS MANDAMIENTOS. Le
dijo:
¿Cuáles? Y Jesús dijo: No matarás. No
adulterarás. No hurtarás. No dirás falso testimonio. Honra a tu padre y a tu madre; y, amarás a
tu prójimo como a ti mismo” (vs. 17-19).
En su respuesta Jesús hizo una clarísima referencia a los diez
mandamientos como CAMINO de vida para quienes deseen alcanzar el Reino de Dios.
Posteriormente, ya como
nuestro Sumo Sacerdote y Cabeza viviente de la Iglesia, Jesús inspiró al
apóstol Santiago para que explicara que el cristiano debe guardar TODOS los
puntos de la ley de Dios. En realidad,
debemos vivir como quienes serán juzgados por los diez mandamientos, ya que
esta es la ley que establece las normas de conducta de un verdadero cristiano.
Juan, “el discípulo a quien
amaba Jesús”, hizo una severa advertencia a quien menospreciara las claras
enseñanzas bíblicas de obedecer los diez mandamientos: “El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es
mentiroso, y la verdad no está en él” (1 Jn. 2:4). Muchos llamados cristianos y aun famosos predicadores podrán
saber mucho acerca de Dios, pero no conocen realmente a Dios, y no lo conocerán
si no se entregan por completo y dejan que Jesucristo VIVA SU VIDA OBEDIENTE en
ellos mediante el Espíritu Santo. Así
podrían sentir cómo se vive con el carácter de Dios y verdaderamente llegarían
a conocerle.
Pero, ¿acaso los verdaderos
cristianos guardan perfectamente los diez mandamientos todo el tiempo? ¡Por supuesto que no! El apóstol Juan, refiriéndose a los
cristianos, dijo: “Si decimos que no
tenemos pecado, nos engañamos a NOSOTROS mismos, y la verdad no está en
nosotros. Si confesamos nuestros pecados,
él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”
(1 Jn. 1:8-9).
Este limpiarse del pecado es
una acción continua, ya que el cristiano es llamado a CRECER “en la gracia y el
conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 P. 3:18).
Todo nuevo converso cometerá
errores; de hecho todos los cristianos cometemos errores, pero nos corregimos y
lo intentamos de nuevo. Ocasionalmente
nos saldremos del camino, pero nos ARREPENTIMOS con la ayuda del Espíritu Santo
y volvemos al sendero de la obediencia a los mandamientos. Porque la ley espiritual de Dios,
representada por los diez mandamientos, es el verdadero camino de vida. El rey David, varón conforme al corazón de
Dios, exclamó: “¡Oh, cuánto amo yo tu
ley! Todo el día es ella mi
meditación. Me has hecho más sabio que
mis enemigos con tus mandamientos” (Salmos 119:97-98).
¿Qué hará usted?
Si Dios lo está llamando y
usted desea llegar a ser un verdadero cristiano, ¿qué hará? La respuesta la dio el apóstol Pedro en el
primer día de Pentecostés del Nuevo Testamento, cuando muchos judíos,
conscientes de sus pecados, preguntaron:
“Varones hermanos, ¿qué haremos?
Pedro les dijo: Arrepentios, y
bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los
pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y
para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare”
(Hch. 2:37-39).
Piense detenidamente en esta
instrucción básica de la Palabra de Dios:
Debemos ser bautizados “para perdón de los pecados”. Evidentemente es fundamental ARREPENTIRNOS
del pecado.
Ahora bien,
sabe usted ¿qué ES pecado?
La definición más clara y
directa que nos da la Biblia se encuentra en 1 Juan 3:4: “pecado es infracción de la ley”;
“quebrantamiento de la ley”, dice la Biblia de Jerusalén. De manera que debemos ¡arrepentirnos de
quebrantar la ley espiritual de Dios, los diez mandamientos! También debemos estar plenamente conscientes
de que Jesucristo vino a “magnificar la ley y engrandecerla” (Is. 42:21). Recordemos que en el sermón del monte,
Jesucristo fue muy claro al decir que el sexto mandamiento no solo prohíbe
matar, sino abrigar en el corazón odio o amargura, porque son actitudes
equivalentes al HOMICIDIO (MT. 5:21-22).
El cristiano no solo NO
comete adulterio sino que ni siquiera permite que tenga lugar en su mente (vs.
27-28).
Jesucristo, lejos de
menospreciar o abolir la ley de Dios, hizo que los diez mandamientos fueran aún
más estrictos. De manera que la ÚNICA
forma en que lograremos vivir cada día con más apego a la ley de Dios es
permitiendo que Jesucristo viva su vida en nosotros. Como ya dijimos, es realmente necesario que vivamos siempre
CRECIENDO en gracia y conocimiento.
Mediante el Espíritu Santo
recibimos el AMOR de Dios que nos capacita para guardar su ley espiritual. “La esperanza no avergüenza; porque el amor
de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue
dado” (Ro. 5:5). Ahora bien, ¿cuál es
ese amor de Dios que recibimos los verdaderos cristianos y cómo nos
capacita? Veamos la explicación del
apóstol Juan: “Este es el amor a Dios,
que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos” (1 Jn.
5:3).
Podríamos decir que el amor
de Dios fluye como un río por el cauce de los diez mandamientos. Los mandamientos nos enseñan la forma de
amar a Dios y a nuestro prójimo. Si obedecemos
los diez mandamientos, estos se convierten en la “ley de la libertad”, como la
llama el apóstol Santiago en su Epístola (Stg. 1:25; 2:12). Si la humanidad obedeciera los
mandamientos, se LIBERARÍA de tanto sufrimiento causado por el crimen, las
guerras y el adulterio; no habría hogares destrozados ni un sinnúmero de
problemas.
En el venidero Reino de Dios
la humanidad entera obedecerá los diez mandamientos. Estos serán el sistema de vida que traerá PAZ, PROSPERIDAD y
FELICIDAD en el reinado milenario de Jesucristo. “Acontecerá en los postreros tiempos que el monte de la casa del
Eterno será establecido por cabecera de montes, y más alto que los collados, y
correrán a él los pueblos. Vendrán
muchas naciones, y dirán: Venid, y
subamos al monte del Eterno, y a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará en sus
caminos, y andaremos por sus veredas; porque de Sion saldrá la ley, y de
Jerusalén la palabra del Eterno. Y él
juzgará entre muchos pueblos, y corregirá a naciones poderosas hasta muy lejos;
y martillarán sus espadas para azadones, y sus lanzas para hoces; no alzará
espada nación contra nación, ni se ensayarán más para la guerra” (Mi. 4:1-3).
La importancia de calcular “los gastos”
Volviendo al discurso de
Pedro en el primer día de Pentecostés del Nuevo Testamento, recordemos que en
él exhortó a aquellos judíos a ARREPENTIRSE.
Arrepentirse del pecado no es simplemente sentir remordimiento. El verdadero arrepentimiento incluye la
convicción de que hemos sido PECADORES y que sistemáticamente hemos
transgredido y pisoteado la ley de Dios tanto en el espíritu como en la
letra. Significa también reconocer que
no solamente hemos hecho el mal, sino que somos malos. El apóstol Pablo lo explica así: “Yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no
mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo” (Ro.
7:18). Luego agrega: “¡Miserable de mí! ¿quién me librará de
este cuerpo de muerte? Gracias doy a
Dios, por Jesucristo Señor nuestro.
Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne
a la ley del pecado” (vs. 24-25).
Si Dios lo ha guiado a usted
a un arrepentimiento genuino; ¡ha llegado el momento de su bautismo! Pero antes necesita calcular “los gastos”,
como dijo Jesús: “Si alguno viene a
mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y
hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo. Y el que no lleva su cruz y viene en pos de
mí, no puede ser mi discípulo. Porque
¿quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y
calcula los gastos, a ver si tiene lo que necesita para acabarla?” (Lc.
14:26-28).
Pregúntese, con la ayuda de
Dios, si usted realmente está dispuesto a poner a Dios antes que a su familia,
amigos, trabajo, dinero o posición social; o si su corazón será como el de
aquellos fariseos en tiempos de Jesús que “amaban más la gloria de los hombres
que la gloria de Dios” (Jn. 12:43).
¿Se ha hecho Dios REAL para usted?
¿Será Él lo primero en su vida?
O quizá, ¿tiene usted todavía algún “ídolo” secreto
más importante que Dios entre sus actitudes, hábitos o preferencias?
Un ídolo así impide tener una buena relación con Jesucristo.
Recordemos que arrepentimiento significa CAMBIO.
¿Está usted dispuesto a aceptar con fe el sacrificio
de Jesucristo por sus pecados?
¿Está dispuesto a someterse totalmente a Él y dejar
que se haga cargo de CAMBIAR por completo su vida?
¿Ha alcanzado usted a comprender plenamente que
Jesucristo, el Hijo de Dios, se despojó de su gloria y poder y vino en carne
para MORIR por nuestros pecados (ver Filipenses 2:5-8)?
¿Se da cuenta de que Jesús, habiendo estado con el
Padre por toda una eternidad, estuvo dispuesto a renunciar a toda su grandeza
para SERVIRNOS a usted y a mí, dándonos así la oportunidad de recibir la vida
eterna y de estar con Él y con el Padre en su Reino como verdaderos hijos de
Dios?
(ver Juan 1:1-12).
Ahora que se prepara para el bautismo,
¿está decidido, con la ayuda de Dios, a demostrar absoluta LEALTAD y amor a Jesucristo su Salvador, su Señor y Maestro, su Sumo Sacerdote y Rey venidero?
Estas son preguntas de
fundamental importancia; y es necesario responderlas con sinceridad. Porque cuando usted sea bautizado, estará
haciendo un PACTO sagrado con su Creador para amarle, obedecerle y servirle desde
ese momento y para siempre.
Dios hizo todas las cosas
por medio de Jesucristo (Jn. 1:1-3; Ef. 3:9).
Por tanto, estamos en deuda con el Padre y su Hijo por habernos creado y
por mantener la tierra en que vivimos, el aire que respiramos, el agua que bebemos,
el alimento que comemos y TODO lo que existe.
Dios el Padre, mediante Jesucristo, creó nuestra MENTE; ¡y esa misma
mente la usa el hombre para razonar acerca de un ser superior conforme a su
propia imaginación; y para justificar sus robos, mentiras y demás
desafueros! Como lo explicó el apóstol
Pablo en Romanos 8:7-8, “los designios de la carne son enemistad contra Dios;
porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; y los que viven según
la carne no pueden agradar a Dios.”
Por todo lo anterior debemos
comprender que necesitamos el perdón de Dios.
Que urgentemente necesitamos un Salvador, un Sumo Sacerdote que nos
ayude a salir de nuestros pecados. Que
nos de la fuerza espiritual para VENCER y desarrollar el carácter de Dios. Pero nosotros debemos aportar una gran
dosis de buena voluntad para ARREPENTIRNOS de nuestra hostilidad natural hacia
Dios y aceptar sinceramente la sangre derramada de Jesucristo, la VIDA misma
del Hijo de Dios, como pago por nuestros pecados.
¿Ha llegado usted a este punto en su vida?
Cómo cambiar su vida
En la Biblia encontramos relatos sobre cambios
sorprendentes en la vida de muchas personas.
¿Cómo fueron capaces de realizar esos cambios
radicales?
¿Le será posible a usted hacer cambios semejantes en
su propia vida?
Hay dos claves esenciales para lograrlo.
En el capítulo 2 del libro
de los Hechos leemos sobre muchas cosas que ocurrieron en los inicios de la
Iglesia del Nuevo Testamento. El
apóstol Pedro predicó un poderoso sermón ante varios miles reunidos para observar
la Fiesta de Pentecostés. Muchos de
los que le escuchaban habían estado entre la multitud reunida frente a la sala
de juicio de Pilato hacía poco más siete semanas. En esa ocasión habían gritado:
“¡Crucifícale, crucifícale!”
Mientras Pilato ofrecía la libertad de Jesús de Nazaret. Ahora, ACEPTANDO la verdad predicada por
Pedro, captaron la magnitud de lo que habían hecho. Sintiéndose profundamente culpables y avergonzados preguntaron: ¿“Qué haremos?” (Hch. 2:36-39). Pedro les respondió llamándolos al ARREPENTIMIENTO. Fe y arrepentimiento son claves esenciales
sin las cuales un verdadero cambio es imposible.
La fe a la que me refiero es
real, es viviente y fundamental para el arrepentimiento y nos pone en un estado
mental que nos impulsa hacia Dios.
Esta fe es una confianza absoluta en el Dios VERDADERO y en sus promesas
y nos mueve a actuar porque “la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma”
(Stg. 2:17). Además, es necesario
rendirnos incondicionalmente a Dios para que podamos creer y confiar plenamente.
En Hebreos 11, llamado el
capítulo de la fe, leemos sobre lo que hicieron aquellos hombres y mujeres que
tenían fe. Si comprendemos su actitud
veremos más claramente cuál es aquella fe que puede cambiar nuestra vida: “Conforme a la fe murieron todos éstos sin
haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, Y CREYÉNDOLO, y
saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra”
(v. 13).
Primero, debemos conocer y
comprender las promesas de Dios, su valor y su veracidad. Luego debemos incorporarlas en nuestra vida, o sea desearlas y
apreciarlas permanentemente. Porque de
no apreciarlas y valorarlas, no podremos permanecer firmes ante los altibajos
de la vida. Los héroes y heroínas de
la fe mencionados en Hebreos 11 amaron las promesas de Dios y demostraron con
sus palabras y acciones que se mantenían alejados de este mundo.
NO ES POSIBLE anhelar al
mismo tiempo el favor de este mundo y el de Dios (Stg. 4:4). Para recibir aprobación y ser aceptado en
el mundo, hay que aceptar los valores de esta época, opuestos a los valores de
Dios: “No améis al mundo, ni las cosas
que están en el mundo.
Si alguno ama al mundo, el
amor del Padre no está en él. Porque
todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y
la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo” (1 Jn.
2:15-16).
Este mundo con su sistema de
valores corrupto y decadente está por terminar, y pronto será reemplazado por
un mundo nuevo basado en los principios eternos de Dios. Ese nuevo mundo, el mundo de mañana,
permanecerá para siempre.
Si realmente creemos todas
estas cosas, desearemos volvernos hacia Dios de todo corazón y aprenderemos a
vivir en armonía con Él. La fe
viviente nos hace actuar, y la primera obra que produce es un genuino
arrepentimiento. Así lo demostraron
aquellos que escuchaban a Pedro cuando preguntaron: “¿Qué haremos?” Ellos
no ofrecieron excusas ni intentaron justificar sus acciones. No empezaron a culpar a otros. Antes bien, con humildad, aceptaron las
enseñanzas y se rindieron de corazón.
Pedro había predicado el evangelio y ellos creyeron su mensaje. Manifestaron su fe al decidirse a actuar de
corazón conforme a esa fe. Ese día
hicieron la pregunta que deben hacerse todos cuantos deseen un cambio profundo
en su vida: “¿Qué haremos?”
Obediencia y salvación
La ley de Dios nos enseña a
ser como Él (1 P. 1:15-16). Sin
embargo, ninguno de nosotros se ha aproximado siquiera a ser como Dios.
¿Qué podemos hacer?
Ninguna cantidad de buenas
obras que hagamos ahora podrá borrar lo hecho en el pasado. Es algo tan obvio que lo vemos aun en las
leyes humanas. Si alguien está
detenido por homicidio, ¿podrá la promesa de no volverlo a hacer ganarle la
absolución? ¡Por supuesto que no! Si en el futuro guardamos las leyes,
estaremos haciendo lo que debemos hacer, pero no será suficiente para pagar por
los delitos del pasado.
Todos hemos pecado (Ro.
3:23) y “la paga del pecado es muerte” (Ro. 6:23). Dios hizo posible que se conmutara nuestra pena de muerte
entregando a Jesucristo, su único Hijo, para que muriera por nosotros. Es así como somos “reconciliados con Dios
por la muerte de su Hijo” (Ro. 5:10).
Dios mismo tomó la
iniciativa de reconciliarnos con Él.
Nos demostró su gran amor al realizar el mayor de los sacrificios,
entregar la vida de su propio Hijo pagando así la pena que merecemos por
nuestros hechos, actitudes y pensamientos (Jn. 3:16). Pero es necesario que correspondamos a la gracia de Dios mediante
la fe y el arrepentimiento.
El propósito de Dios es
salvarnos DE nuestros pecados, NO EN nuestros pecados. “¿Perseveraremos en el pecado para que la
gracia abunde?”, se pregunta Pablo.
“En ninguna manera. Porque los
que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?” (Ro. 6:1-2). Si estamos aceptando la vida eterna como un
verdadero regalo de Dios, el cual jamás podríamos merecer ni en un millón de
vidas, debemos entonces responder apartándonos de nuestros caminos y tomando
los de Dios (Hch. 2:38).
El verdadero arrepentimiento
es una actitud de rendición incondicional de nuestra vida y nuestra
voluntad. Si realmente alcanzamos a
ver el glorioso futuro que Dios nos ofrece y verdaderamente creemos en su
Palabra, desearemos de todo corazón volvernos hacia Dios y seguir sus
caminos. Esos son los caminos que
cambiaron la vida de los hombres y mujeres de Hebreos 11. Como vemos, la fe viviente SIEMPRE lleva a
la acción, y el arrepentimiento es una consecuencia de la fe viviente. Una vez que la fe nace en nuestro interior,
empieza a reflejarse en los cambios exteriores. Si realmente llegamos a odiar nuestra antigua manera de vivir,
tendremos hambre y sed de obedecer a Dios.
¿Cree usted que ha sido guiado por Dios para
comprender sus muchos errores?
¿Sinceramente ha llegado usted al punto de querer
deshacerse de su propia naturaleza humana, mala y egoísta?
¿Está listo para arrepentirse, no solo de lo que ha
hecho, sino también de lo que usted es?
El rey David sabiendo muy
bien lo que Dios pedía, dijo: “Los
sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y
humillado no despreciarás tú, oh Dios” (Salmos 51:17). Antes de que sea realidad la conversión, es
preciso, en todos los casos, que el individuo sea reducido a la humildad, que
Dios le quebrante el orgullo y lo haga consciente de su propia pequeñez.
Debe transcurrir un período
de tiempo en que la persona se odia, reconociendo sus pecados ante Dios y
arrepintiéndose de ellos; cambiando en su corazón, mente y voluntad y proponiéndose
seguir otra clase de vida.
Cuando este momento llega,
la persona dejará de poner en duda las enseñanzas de Dios y de los ministros
que están haciendo su obra. Tampoco
insistirá en sus falsos conceptos de Dios.
Dejará de discutir sobre la validez de los mandamientos de Dios y
empezará a vivir conforme a toda palabra de la Biblia. No se resentirá ante la exhortación o la
corrección impartida por los siervos escogidos de Dios, sino que ENTREGARÁ su
vida a Dios conforme a las palabras del apóstol Pablo: “Así que, hermanos, os ruego por las
misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en SACRIFICIO VIVO,
santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino
transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento [no os
acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de
vuestra mente; Biblia de Jerusalén], para que comprobéis cuál sea la buena
voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Ro. 12:1-2). Según esta instrucción de Pablo, lo cambia todo la “renovación”
de nuestra mente.
El simbolismo del bautismo
“Por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo”,
escribió Pablo en 1 Corintios 12:13.
Juan el Bautista dijo que el Mesías ofrecería dos bautismos: “Espíritu Santo y fuego” (Mt.
3:11-12). Quienes no lleguen a ser
parte de la Familia de Dios mediante el Espíritu Santo, finalmente serán
sumergidos en un lago de fuego que “no les dejará ni raíz ni rama” (Mal.
4:1). Jesucristo comparó al Espíritu
Santo con “ríos de agua viva” (Jn. 4:14; 7:38-39).
En Colosenses 2:12, Pablo
compara el bautismo con el sepulcro.
El “viejo hombre” muere simbólicamente en la tumba de agua y luego
emerge una nueva criatura. Así pues,
el acto de bautizarnos representa nuestra fe en la resurrección, que es nuestra
única esperanza de llegar a ser esa nueva criatura.
El bautismo no es un simple
ritual sin sentido ni un rito mágico; tiene un simbolismo tan importante que
jamás deberíamos tomarlo a la ligera:
“Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo,
a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así
también nosotros andemos en vida nueva.
Porque si fuimos plantados
juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de
su resurrección” (Ro. 6:4-5).
Basado en la fe y el
arrepentimiento, el bautismo es una señal exterior de la formalización de un
pacto. Además, representa un nuevo
comienzo, en el cual el viejo hombre es simbólicamente enterrado con todos sus
pecados pasados y aparece una nueva criatura.
Las aguas del bautismo también simbolizan nuestro lavamiento interno por
medio del Espíritu Santo. El
sacrificio de Jesucristo pagó la pena por nuestros pecados y ahora aparecemos ante
los ojos de Dios completamente limpios.
¡Ha comenzado el proceso de una verdadera conversión!
La función del Espíritu Santo de Dios
Después del bautismo, viene
la imposición de las manos, práctica que vemos en el ministerio cristiano desde
el primer siglo (Hch. 8:18; Heb. 6:2).
En el libro de los Hechos 19:1-6 leemos que en Efeso Pablo encontró a
muchas personas que habían recibido el bautismo de Juan y que nunca habían
recibido el Espíritu Santo ni habían oído del mismo. Luego, tras aceptar la predicación de Pablo y comprender el
verdadero evangelio, se bautizaron nuevamente en el nombre de Jesús y mediante
la imposición de las manos recibieron el Espíritu Santo. El día de Pentecostés, en forma espectacular
Dios “llenó” a los discípulos con el Espíritu Santo de un modo milagroso y
espectacular. ¿Por qué es necesario
recibir el Espíritu Santo?
En su discurso del día de
Pentecostés Pedro, en respuesta a quienes le escuchaban, dijo que después del
arrepentimiento y el bautismo recibirían “el don del Espíritu Santo” (Hch.
2:38). ¿Cuál es el propósito de la
presencia del Espíritu Santo en nuestra vida?
Pedro explica que es
mediante el Espíritu Santo, el “divino poder” de Dios, que llegamos “a ser
participantes de la naturaleza divina” (2 P. 1:3-4). Es también mediante el Espíritu Santo que Jesucristo mora en
nosotros y así nos ayuda para que vivamos tal como vivió Él siendo humano en la
tierra (Gá. 2:20; Fil. 2:5-8).
Cuando Cristo vive su vida
en nosotros mediante el Espíritu Santo, nuestro cuerpo es considerado como
templo de Dios (1 Co. 3:16) y se nos ordena glorificar a Dios en todos los
aspectos de nuestra vida (1 Co. 6:20).
Tener el Espíritu de Dios es lo que nos convierte en un pueblo santo. Nosotros no podemos santificarnos a
nosotros mismos ni a ninguna otra cosa.
Dios es santo y solamente Él puede santificar. Pero si realmente nos arrepentimos y nos dirigimos a Dios con
fe, no solo pasará por alto nuestro pasado sino que nos dará su Espíritu
Santo. Este Espíritu de Dios que
recibimos como un regalo, tiene como objeto transformar nuestra vida por la
renovación de nuestra mente (Tit. 3:5; Ro. 12:2). Llegamos a ser una nueva creación porque Dios nos convierte o
transforma escribiendo sus leyes en nuestra mente y en nuestro corazón (Heb.
8:10).
Aunque esta conversión
ocurre mediante el poder del Espíritu Santo, es necesario que nosotros hagamos
nuestra parte. Tenemos que dejar que
el Espíritu de Dios nos guíe. En pocas
palabras, debemos caminar con Dios. El
Espíritu de Dios nos guía y fortalece, pero jamás se apodera de nosotros. De manera que Dios debe contar con nuestra
buena voluntad para poder conducir nuestra vida. Sin contar con el poder del Espíritu Santo todo esfuerzo nuestro
resulta inútil, pero sin nuestro esfuerzo el poder de Dios estará incapacitado
para actuar. Podríamos comparar este
poder de Dios con la energía potencial; imaginemos una habitación dotada de
electricidad, pero no tendrá luz mientras el interruptor esté apagado. La luz está allí en potencia, pero no
alumbrará hasta que la participación humana cierre el circuito, permitiendo que
el fluido eléctrico produzca la iluminación.
Es indispensable la presencia del Espíritu Santo dentro de nuestro ser
para que algún día, finalmente, logremos alcanzar la eterna salvación.
Aceptando la sangre
derramada por Jesucristo y mediando la fe y el arrepentimiento, seremos
justificados, o sea, hechos inocentes delante de Dios (Ro. 5:9). En seguida Dios nos santifica poniendo su
Santo Espíritu a morar dentro de nosotros.
Este Espíritu nos permite alcanzar un profundo entendimiento de las
cosas espirituales y nos faculta para vivir a la manera de Dios. Como cristianos, debemos seguir creciendo
en gracia y conocimiento (2 P. 3:18).
Y si andamos conforme al Espíritu Santo, se cumplirá en nosotros la
justicia de Dios basada en sus leyes (Ro. 8:4).
La muerte de Jesucristo nos
justifica, pero al final “seremos salvos por su vida” (Ro. 5:9-10). Si en algún momento nos salimos del camino
y cometemos pecado, tenemos al Cristo VIVIENTE sentado a la diestra del Padre
en los cielos. Él es nuestro Sumo
Sacerdote que intercede activamente en nuestro favor (Heb. 4:14-16), y al mismo
tiempo vive su vida, que venció al pecado en la carne, dentro de nosotros por
la presencia del Espíritu Santo (Gá. 2:20).
Esta íntima relación con Dios mediante su Espíritu, nos refuerza la
esperanza de recibir la vida eterna al regreso de Jesucristo. Y la mejor PRUEBA que tenemos de ello es la
resurrección de nuestro Salvador (1 Co. 15:20-23).
Dios nos coloca dentro de su Iglesia
Mediante el bautismo y la
recepción del Espíritu Santo, automáticamente somos bautizados dentro de la
verdadera Iglesia de Dios. “Por un
solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean
esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu” (1 Co.
12:13), porque la Iglesia de Dios está integrada por todos aquellos que tienen
el Espíritu Santo y son GUIADOS POR Él (Ro. 8:14).
¡Nadie puede simplemente
“afiliarse” a la verdadera Iglesia de Dios”!
Es necesario que Dios nos “lleve” o nos “llame” y luego nos coloque
dentro de su Iglesia dándonos el Espíritu Santo. Recordemos estas palabras de Jesús: “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le
trajere; y yo le resucitaré en el día postrero” (Jn. 6:44).
¡Dios tiene una Iglesia
organizada, y siempre la ha tenido!
Como afirmó Jesucristo:
“Edificaré mi IGLESIA; y las puertas del Hades no prevalecerán contra
ella” (Mt. 16:18). El hecho de que el
Hades o la tumba no prevalecerá sobre la verdadera Iglesia de Dios, debe
tomarse en dos sentidos: En primer
lugar, debemos entender que Dios JAMÁS permitirá que su Iglesia sea
completamente destruida o deje de existir.
Y en segundo lugar, debemos recordar que los verdaderos cristianos
tenemos como principal esperanza la RESURRECCIÓN de la muerte. Y aunque los cristianos mueran, VIVIRÁN de
nuevo a la séptima trompeta, ¡cuando Cristo regrese a la tierra como Rey de
reyes!
“He aquí, os digo un
misterio: No todos dormiremos; pero
todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la
final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados
incorruptibles, y nosotros seremos transformados” (1 Co. 15:51-52).
En 1 Corintios 12:27, el
apóstol Pablo les dice a los miembros de la Iglesia que son el “cuerpo”
espiritual de Jesucristo. Y así como
nuestras manos, pies, ojos, oídos y mente en nuestro cuerpo físico deben trabajar
unidos para que todo el organismo funcione apropiadamente; también el cuerpo
espiritual, la Iglesia de Dios, debe estar organizado con cada miembro
cumpliendo las funciones asignadas por la Iglesia; en la cual Jesucristo es la
CABEZA activa y viviente (Ef. 1:22-23) y el encargado de fijar tanto las
asignaciones como las metas. El Cristo
resucitado, antes de ascender al cielo dejó la siguiente ordenanza: “Id, y haced discípulos a todas las
naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu
Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo
estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt. 28:19-20).
Según estas instrucciones,
el trabajo primordial de la verdadera Iglesia es IR a todas las naciones y
predicar el mismo mensaje que Jesús predicó sobre el venidero Reino de
Dios. Luego la Iglesia se encargará de
enseñar a la gente TODAS LAS COSAS que Jesús enseñó a sus discípulos: El CAMINO de vida basado en la sincera
obediencia a la ley espiritual de Dios y la necesidad de SOMETERSE por completo
a Jesucristo, permitiendo que viva su vida en cada uno de los miembros del
pueblo de Dios.
Sabiendo que necesitamos
instrucción, enseñanza, ánimo y orientación para alcanzar el Reino; Dios nos
ordena lo siguiente: “Considerémonos
unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de
congregarnos, como algunos lo tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto
más, cuando veis que aquel día se acerca” (Heb. 10:24-25). Observemos que se nos exhorta a NO dejar de
congregarnos. Esto significa que
debemos reunirnos los sábados de Dios y durante sus Fiestas Santas conforme al
ejemplo de Jesucristo y los apóstoles (Lc. 4:16; Hch. 17:2).
A lo largo del libro de los
Hechos se habla de una Iglesia unificada que se congrega y trabaja unida en
todo lo posible. Todos necesitamos del
compañerismo, el amor, los buenos ejemplos y el apoyo de nuestros hermanos en
Cristo que se esfuerzan por vivir “de toda palabra que sale de la boca de
Dios”.
La verdadera Iglesia,
llamada doce veces en el Nuevo Testamento la “Iglesia de Dios”, nos brinda la
oportunidad de disfrutar del compañerismo cristiano, del crecimiento espiritual
y del servicio en Jesucristo.
Quien rehúse congregarse con
otros que están creciendo y llevando adelante la obra de Dios, hace todo lo
contrario de lo que Cristo y los apóstoles enseñaron y practicaron. Porque debemos aprender a AMARNOS unos a
otros, a PERDONARNOS y mediante el Espíritu Santo en nosotros, aprender a
CRECER en ese amor. Como leemos en la
Palabra de Dios: “Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es
mentiroso. Pues el que no ama a su
hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? Y nosotros tenemos este mandamiento de
él: El que ama a Dios, ame también a
su hermano” (1 Jn. 4:20-21).
Un pacto con el Creador
La Palabra de Dios es
absolutamente clara en que el bautismo cristiano es un asunto de adultos y que
la decisión al respecto debe hacerse luego de una profunda reflexión y de un
sincero arrepentimiento. Recordemos
que el bautismo simboliza la muerte y SEPULTURA de nuestro viejo ser
egocéntrico y que, al decidirnos, estamos haciendo un PACTO con nuestro CREADOR
mediante el cual aceptamos la sangre derramada de Jesucristo como pago por
nuestros pecados y además, le reconocemos como nuestro Señor y Maestro, Sumo
Sacerdote y REY venidero, a quien desde ahora vamos a rendir OBEDIENCIA.
En ese pacto, por parte de
Dios, se nos promete el regalo o “don del Espíritu Santo” (Hch. 2:38); tan
importante porque nos impregna con el carácter y la naturaleza espiritual del
mismo Dios. Como lo explica el apóstol
Pablo: “el AMOR de Dios ha sido
derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado” (Ro.
5:5). Y como leemos en Gálatas
5:22-23, los “frutos” o el efecto de la presencia del Espíritu Santo en nuestra
vida es “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre,
templanza.”
El Espíritu Santo nos da el
amor y la fuerza espiritual para obedecer a Dios, para contener nuestra
concupiscencia y seguir los diez mandamientos como camino de vida. “Este es el amor a Dios, que guardemos sus
mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos” (1 Jn. 5:3). De manera que no es por nuestra fuerza
humana que guardamos los mandamientos, sino que es el mismo JESUCRISTO quien lo
hace, viviendo su vida en nosotros mediante la presencia del Espíritu Santo.
En Mateo 24:13 dijo
Jesús: “El que persevere hasta el fin,
éste será salvo.” Si es que anhelamos
heredar el Reino que Dios ha preparado para los que le aman, debemos permanecer
fieles hasta el final, como está claramente establecido en Juan 15:4: “Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por
sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en
mí.” ¿Cómo podemos permanecer en
Cristo?
Dejemos que la misma Palabra
de Dios nos dé la respuesta: “En esto
sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos. El
que dice: Yo le conozco, y no guarda
sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él; pero el que
guarda su palabra, en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado;
por esto sabemos que estamos en él. El
que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo” (1 Jn. 2:3-6).
Permanecer significa vivir
firmemente estables en la Verdad de Dios.
Recordemos que la Biblia demuestra que la Verdad no es una simple lista
de doctrinas para comentar, sino que es un camino de vida que debemos transitar
y obedecer (Gá. 3:1; 2 P. 2:2, 21).
Muchos dentro de la
cristiandad tradicional piensan que la salvación se obtiene de repente. Sus maestros y autoridades religiosas, que
se dicen representantes de Dios, le han restado importancia a la verdadera
promesa y los propósitos del Creador, ofreciendo una “gracia” fácil, sin ningún
costo para el creyente. Prometen la
“libertad” enseñando que la ley de Dios es un yugo de esclavitud, algo relegado
a la historia y que no es necesario obedecer.
En realidad esa doctrina de la “gracia fácil”, en la que toman a Cristo
como alguien que ya lo hizo todo por nosotros, hace caer a sus seguidores en la
esclavitud del pecado y la corrupción.
“Les prometen libertad, y son ellos mismos esclavos de corrupción” (2 P.
2:19).
Por el contrario, Jesús dijo
que todo el que quiera seguirle debe ser capaz de perderlo todo, hasta su
propia vida (Mt 16:24-25). Y Él solo
se conforma con una total dedicación y un compromiso incondicional de quienes
lo acepten como Señor y Salvador.
“Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso
el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella... No
todo el que me dice: Señor, Señor,
entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que
está en los cielos” (Mt. 7:13; 21).
Este es el PACTO que firmamos con nuestro Creador en el bautismo.
Para toda persona que llegue
a recibir la salvación de Dios, la Biblia revela un maravilloso destino,
mostrándole que el mismo Dios se está reproduciendo en nosotros como sus
verdaderos hijos en un proceso que se inicia desde nuestra conversión. Pero recordemos siempre que la verdadera
conversión conlleva una entrega total de nuestra vida y voluntad al Dios
Todopoderoso.
Si nos entregamos a Dios en
esa forma, Él nos va a perdonar, luego a transformar y finalmente nos hará
entrar en el glorioso Reino como verdaderos hijos. Sin embargo, durante el proceso, vamos a encontrar muchas dificultados
y sufriremos persecuciones al tratar de vivir conforme a las instrucciones de
Dios en lugar de seguir las tradiciones y costumbres de los hombres. Pero jamás olvidemos las palabras del
apóstol Pablo: “Tengo por cierto que
las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera
que en nosotros ha de manifestarse” (Ro. 8:18).
Nuestro pacto personal con
el Creador al bautizarnos incluye un compromiso de cambiar a lo largo de
nuestra vida. Debemos cambiar en lo
que sentimos, en lo que hacemos, y primordialmente en lo que SOMOS
interiormente. La verdadera conversión
nos lleva a ser “hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el
primogénito entre muchos hermanos” (Ro. 8:29).
ACTÚE conforme a la verdad
Dios nos dice en Santiago 1:22-23: “Sed hacedores de la palabra y no tan
solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos.
Porque si alguno es oidor de
la palabra pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera
en un espejo su rostro natural”. En
otras palabras, no basta interesarnos en la verdad, sino que debemos ACTUAR
conforme a ella. La mayoría de las
personas que han llegado hasta este punto en su lectura, se estarán dando
cuenta de que Dios las ha puesto en contacto con su Iglesia. Posiblemente ya habrán llegado a comprender
el verdadero PROPÓSITO de la existencia humana y el CAMINO de vida revelado en
la ley de Dios.
Quizá han aprendido también
sintonizando los programas de radio y televisión de la Iglesia del Dios
Viviente y por medio de otras publicaciones.
Entonces, ¿por qué no ACTUAR conforme a esta preciosa verdad?
¡No lo tome a la
ligera! Si ha llegado a comprender el
propósito de Dios en la vida de cada uno de nosotros, ¿para qué esperar
más? No espere hasta que considere que
ya ha vencido o hasta que crea que ha alcanzado un “perfecto” entendimiento o
un “perfecto” arrepentimiento. Porque
no lograremos siquiera iniciar el camino hacia la perfección hasta DESPUÉS de
haber sido bautizados y haber recibido el Espíritu Santo que nos guía y
fortalece.
Si usted ha alcanzado el
arrepentimiento genuino, si ha valorado la responsabilidad del PACTO y se da
cuenta de que necesita ser bautizado, entonces póngase en contacto con
nosotros. La Iglesia del Dios Viviente
cuenta con ministros y personas preparadas en muchos lugares del mundo. Si usted lo solicita, estas personas se
pondrán en comunicación para formalizar una entrevista para hablar del
bautismo. NINGUNO tocará a su puerta
si usted no lo ha invitado. Antes
bien, esperarán el momento y lugar más convenientes para usted.
Es importante aclarar que
tampoco ejercemos presión alguna para que usted se “afilie” a ningún
grupo. De hecho, nuestros ministros
simplemente hablarán con usted, responderán a sus preguntas y le darán algún
material de lectura y estudio antes de que sea bautizado. Nosotros también necesitamos estar seguros
de que usted realmente está listo para
el bautismo. Una visita inicial le
dará la oportunidad, probablemente por primera vez en su vida, de consultar con
un ministro auténtico de Dios que entiende y enseña toda la VERDAD de Dios.
Siéntase en entera libertad
de llamarnos o escribirnos en cualquier momento. Nuestras direcciones y números de teléfono aparecen al final de
este folleto. Será un gusto para
nosotros escucharle y servirle en todo lo posible, porque usted estará en
contacto con la Iglesia del Dios Viviente.
¡Que Dios le conceda el entendimiento, el amor y sobre todo el VALOR
para actuar conforme a la preciosa verdad que ha recibido!
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