¿Conoce usted el verdadero evangelio?
¿Qué fue
lo que Jesucristo predicó?
¿Lo sabe usted?...
¿Está
seguro?
¿Qué
significa “el Reino de Dios”?
Entérese
de las buenas noticias:
¡El mundo
de mañana está a las puertas!
¡Este
folleto no es para la venta!
Es un
servicio educativo gratuito que se ofrece en beneficio del público.
Título
original en inglés:
Do You Believe the True Gospel?
Traducción: Margarita Cárdenas
Reservados
todos los derechos
© Living Church of God
Salvo
indicación contraria, los pasajes bíblicos que se citan en esta publicación han
sido
tomados de
la versión Reina Valera, revisión de 1960.
Página (tentativas)
1 Capítulo 1
¿Un
mensaje sobre el Mensajero?
13 Capítulo 2
¿Qué es el
Reino de Dios?
34 Capítulo
3
El único
nombre
¿Un mensaje sobre el Mensajero?
¡De
entender y creer lo que es el verdadero evangelio depende nuestra vida eterna!
El apóstol Pablo les advirtió a los cristianos de su
época: “Si viene alguno predicando a
otro Jesús que el que os hemos predicado, o si recibís otro espíritu que el que
habéis recibido, u OTRO EVANGELIO que el que habéis aceptado, bien lo toleráis”
(2 Co. 11:4). Millones de hombres y
mujeres, aunque muy sinceros, han tolerado un evangelio falso. Se han dejado engañar muy fácilmente. ¿Por qué?
Por no seguir el mandato divino que dice: “examinadlo todo” (1 Ts.
5:21). Jesucristo dijo: “El tiempo se ha cumplido, y el reino de
Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio” (Mr. 1:15). El evangelio que usted ha creído, ¿es acaso
el mismo que Jesús predicó?
¡Asegúrese! La gente predica
muchos “evangelios” diferentes. ¡Usted
debe discernir la verdad!
Por ejemplo, ¿ha oído este tipo de
mensaje?:
“Solo entrega tu corazón al Señor. Jesús nació en un pesebre como el Cristo, el Hijo de Dios, para salvar a
todas las almas que lo reciban en su corazón.
Cuando creció, anduvo haciendo milagros y perdonando a la gente. Guardó la dura ley de Dios por todos
nosotros, y murió clavado en la cruz junto con esa vieja ley. Resucitó al tercer día y se apareció ante
muchos testigos. Luego regresó al
cielo y comenzó a constituir su reino en los corazones de los hombres. Él perdonará tus pecados y entrará en tu
corazón, tal como eres. Solo tienes
que aceptarlo. ¡Jesús salva! Solamente cree en su persona y serás
salvo... nacido de nuevo. Y cuando
mueras, irás al cielo a estar con Él allí ¡para siempre!”
¿Acaso es este el evangelio que Jesucristo enseñó?
Si usted ha aceptado, sin cuestionar, la voz casi unánime de la cristiandad tradicional,
le conviene reflexionar en las siguientes
palabras del escritor norteamericano Mark Twain:
“En religión y en política, las
creencias y convicciones de la gente se reciben casi siempre de segunda mano y
sin examinar, de autoridades que a su vez tampoco han examinado las cuestiones
sino que las han recibido de segunda mano de otros no examinadores, cuyas
opiniones al respecto no valían ni un centavo de bronce” [Autobiografía de Mark Twain].
¡Sabe usted realmente qué constituye el evangelio
auténtico que Jesús y sus apóstoles predicaron? ¿O ha dado por sentado que lo sabe, recibiendo las ideas de
segunda mano, como dice Mark Twain?
Tal vez le enseñaron en su niñez algún “evangelio” del cristianismo
tradicional. Tal vez adquirió sus
conceptos en alguna de las revistas o teletransmisiones religiosas. En cualquiera de estos casos, quizá usted
no se ha detenido a cuestionar lo que cree.
Si tantas autoridades religiosas parecen estar de acuerdo sobre el
punto, ¿acaso pueden estar equivocadas?
¡Por supuesto que pueden!
En su famosa
profecía del Monte de los Olivos, Jesucristo advirtió: “Mirad que nadie os engañe. Porque vendrán muchos en mi nombre,
diciendo: Yo soy el Cristo; y a muchos
engañarán” (Mt. 24:4-5). Muchas
versiones modernas ponen “yo soy el Cristo” entre comillas, como si nuestro
Señor estuviese hablando de individuos que dirían que ellos eran el
Cristo. Pero no ha habido “MUCHOS” que
digan semejante cosa, y si lo han dicho, pocos los han tomado en serio o se han
dejado engañar. Otra interpretación es
que Jesús se refería a figuras de “salvadores” falsos, como Hitler o Mussolini,
pero esta sería una interpretación demasiado libre del texto. Recordemos que Cristo dijo: “Vendrán muchos EN MI NOMBRE”. Una traducción más clara sería: “Mirad que nadie os engañe. Porque vendrán muchos haciendo uso de mi
nombre, diciendo que yo soy el Cristo, y engañando a muchos”.
¡Qué asombrosa advertencia! Cristo dijo que MUCHOS predicadores falsos hablarían de Él, que
lo proclamarían como el Cristo. Pero
la profecía agrega que esas personas, aun reconociendo a Jesús como el Mesías,
engañarían a los incautos con sus conceptos falsos de lo que es el verdadero
evangelio de Jesús. ¿Estará usted
engañado también? ¡No se sienta muy
seguro de sí! Sepa cuál es la
verdad. Compruébela. Entonces sí sabrá de verdad y nadie lo
podrá engañar.
De ciertos maestros religiosos de su época, Jesús
dijo: “Este pueblo de labios me honra;
mas su corazón está lejos de mí. Pues
en vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres” (Mt.
15:8-9). Jesucristo dijo claramente
que uno podría estar adorándolo en vano, inútilmente, si esa adoración se basa
en doctrinas nacidas de ideas humanas erróneas, sobre cómo interpretar las
Escrituras, en vez de ceñirse a la Palabra de Dios clara y directa.
¿Cuál es el evangelio que Jesús predicó?
¿Que creyeran
en Él simplemente?
¿O había
mucho más?
La pregunta es muy importante. Si usted cree una mentira en vez de la
verdad, va a quedar frustrado en sus esperanzas y expectativas. En Lucas 13, Cristo habla de los que se
confían en falsas esperanzas: “Estando
fuera [empezaréis] a llamar a la puerta, diciendo: Señor, Señor, ábrenos, él respondiendo os dirá: No sé de dónde sois. Entonces comenzaréis a decir: Delante de ti hemos comido y bebido, y en
nuestras plazas enseñaste.
Pero os dirá: Os digo que no sé de dónde sois; apartaos de mí todos vosotros,
hacedores de maldad. Allí será el
llanto y el crujir de dientes, cuando veáis a Abraham, a Isaac, a Jacob y a
todos los profetas en el reino de Dios, y vosotros estéis excluidos” (vs. 25-28).
¿Le importa a Dios que nosotros acojamos exactamente el mismo
evangelio que Cristo y sus apóstoles predicaron?
POR LA AUTORIDAD DE JESUCRISTO ¡AFIRMO QUE LE IMPORTA MUCHÍSIMO!
Después de su crucifixión y resurrección, Jesús se
apareció a los apóstoles y les dejó esta comisión: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda
criatura. El que creyere y fuere
bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado” (Mr.
16:15-16). Más tarde el apóstol Pablo,
inspirado por Cristo, pronunció una doble maldición sobre todo el que se
atreviera a predicar un evangelio diferente.
“Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio
diferente del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio
del que habéis recibido, sea anatema” (Gá. 1:8-9).
El mismo apóstol previno a los cristianos de Corinto
contra los falsos ministros que vendrían predicando “a otro Jesús” y
proclamando “otro evangelio” (2 Co. 11:4).
Por esto digo; como ministro de Jesucristo que enseña y cree las
doctrinas establecidas por los apóstoles originales según el testimonio de las
Escrituras; que es de trascendental importancia para usted y su salvación, que
reconozca al verdadero Jesucristo de la Biblia y compruebe cuál es el evangelio
auténtico que Él predicó.
Es fácil demostrar con la Biblia que el evangelio no
gira únicamente en torno a la personalidad de Jesús, el Hijo de Dios. Él es, desde luego, el Mesías que derramó
su sangre para el perdón de nuestros pecados.
Tenemos que comprender esta verdad, agradecerla y proclamarla. Pero ella no constituye la totalidad de
evangelio. Ciertamente, tenemos que
entender el sacrificio de Cristo. La
Biblia dice: “En ningún otro hay
salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que
podamos ser salvos” (Hch. 4:12). Por
tanto, el nombre de Jesucristo es absolutamente esencial. Pero resulta falso decir, como dicen
muchos, que Jesús es el evangelio, o que Él es el Reino de Dios. El verdadero mensaje del evangelio que
Jesucristo predicó encierra muchísimo más.
¿Evangelio “de” Cristo o “sobre”
Cristo?
Al final del Antiguo Testamento, Dios inspiró la
siguiente profecía: “He aquí, yo envío
mi mensajero, el cual preparará el camino delante de mí; y vendrá súbitamente a
su templo el Señor a quien vosotros buscáis, y el ángel del pacto, a quien
deseáis vosotros” (Mal 3:1). Según
Marcos 1:2-4, el primer mensajero mencionado aquí es Juan el Bautista, quien
preparó el camino para la primera venida de Jesús. Luego la profecía habla de Cristo como “Señor... y el ángel del
pacto”.
La palabra “ángel” es una traducción de la misma
palabra hebrea que significa “mensajero” [la Nueva Biblia Española dice: “Mirad, yo envío un mensajero a prepararme
el camino. De pronto entrará en el
santuario el Señor que buscáis; el mensajero de la alianza”]. Jesucristo, pues, fue enviado como
“Mensajero”. Un mensajero lleva un
mensaje de otra persona... y esto precisamente fue lo que Cristo hizo, como Él
mismo dice claramente en Juan 14:24:
“La palabra que habéis oído no es mía, sino del Padre que me envió”.
Dios Padre envió a Cristo a anunciar un mensaje suyo.
¿Cuál era ese mensaje?
El
evangelio, del griego euangelion, que significa “buenas noticias”.
¿De qué trataban estas buenas noticias?
Dejemos que la Palabra de Dios responda: “Después que Juan fue encarcelado, Jesús
vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de
Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio” (Mr. 1:14-15). Este es el evangelio. Hay uno solo, y su tema es el Reino de
Dios.
Algunos quieren negar la importancia del “Reino de
Dios” en el evangelio, señalando que Marcos 1:1 menciona “el evangelio de
Jesucristo” e interpretando esa frase como “el evangelio acerca de
Jesucristo”. Esta es una
interpretación totalmente errada. El evangelio
no es un mensaje acerca del Mensajero sino un mensaje del Mensajero acerca del
Reino de Dios.
La Biblia también habla del “evangelio de Dios” por
tratarse de un mensaje que proviene de Dios.
Dios el Padre ledio este mensaje a Jesús para que lo predicara. Pero la gran mayoría de las veces se llama
“el evangelio del reinode Dios” porque es la buena noticia sobre el Reino. Así lo confirma la obra erudita titulada
Oxford Companion to the Bible, 1993, pág. 408:
“Hay un claro acuerdo entre los Evangelios sinópticos
[Mateo, Marcos y Lucas] en el sentido de que el reino de Dios fue el TEMA
PRINCIPAL en el mensaje de Jesús...En conjunto, presentan unos 50 dichos y
parábolas de Jesús sobre el reino. Es,
pues, cuestión de consenso dentro del canon, de que el reino fue un PUNTO
PRINCIPAL en la teología de Jesús.”
No crea usted ciegamente lo que decimos nosotros... y
tampoco las palabras de los eruditos.
Crea a la Biblia. ¡Créale a
Dios! Muchos se han desviado
espiritualmente por confiar solo en los hombres. La Palabra de Dios nos manda “examinadlo todo” (1 Ts.
5:21). Lea y examine usted mismo. Deje en suspenso sus opiniones anteriores y
simplemente lea lo que Dios dice.
Pronto estará claro en su mente que el evangelio de Cristo es el mensaje
que Él trajo, proveniente del Padre, acerca del Reino de Dios.
Nuestro Señor mismo lo afirmó así después de enseñar
en la ciudad de Capernaum cuando dijo:
“Es necesario que también a otras ciudades anuncie el evangelio del
reino de Dios; porque para esto he sido enviado” (Lc. 4:43). Mateo 9:35 confirma que eso fue
precisamente lo que hizo: Recorría
Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, y
predicando el evangelio del reino”.
Y, ¿qué debe ser lo primordial a lo
largo de nuestra vida cristiana, según palabras del mismo Jesús?
“Mas buscad primeramente el reino de Dios y sus
justicia” (Mt. 6:33). Enseñándoles a
los discípulos a orar, Jesús dijo:
“Vosotros, pues, oraréis así:
Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino” (vs. 9-10). El Reino de Dios es la meta de todo
cristiano. El evangelio que Cristo
trajo ciertamente es la buena noticia de ese futuro Reino. Ese fue el mensaje que Jesús predicó. Mandó a sus discípulos a predicar ese mismo
mensaje. Y ellos pasaron el resto de
su vida predicándolo.
“Entonces [Jesús resucitado] les abrió el
entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras; y les dijo: Así está escrito, y así fue necesario que
el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se
predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las
naciones, comenzando desde Jerusalén.
Y vosotros sois testigos de estas cosas” (Lc. 24:45-48).
El nombre de Jesucristo--es decir, su verdadero
nombre--comprende quién es Él, lo que ha hecho por nosotros y todo lo que Él ha
enseñado, ordenado y representado.
Esta información esencial se añadió para que se enseñara junto con el
evangelio del Reino de Dios después de la muerte y resurrección de Jesús. ¿Es acaso esto una suposición nuestra? De ninguna manera. Basta ver la predicación de los primeros
evangelistas y apóstoles años después de la muerte de Cristo.
Veamos lo que predicó Felipe en Samaria. “Cuando creyeron a Felipe, que anunciaba
[1] el evangelio del reino de Dios y [2] el nombre de Jesucristo... (Hch.
8:12). El apóstol Pablo enseñó lo
mismo que Felipe: “Pablo permaneció
dos años enteros en una casa alquilada, y recibía a todos los que a él venían,
[1] predicando el reino de Dios y [2] enseñando acerca del Señor Jesucristo,
abiertamente y sin impedimento” (Hch. 28:30-31).
La
verdadera Iglesia debe predicar ambos elementos: PRIMERO el evangelio del Reino de Dios, y SEGUNDO, el nombre
verdadero de Jesucristo.
¿Qué es el Reino de Dios?
Hemos visto que el evangelio auténtico predicado por
Jesucristo y sus apóstoles era sobre el Reino de Dios. ¿Qué es ese reino? En tiempos de Cristo, los judíos pensaban
que se trataba de su nación física dirigida por un personaje mesiánico que
sometería a los demás gobiernos hasta llegar a reinar sobre todo el mundo. Más tarde, surgió la idea de que el reino
era la Iglesia. Otros han creído que
el Reino de Dios es un reino etéreo constituido en el corazón de los
hombres. Otros ven que el Evangelio de
Mateo menciona “el reino de los cielos” y creen que se refiere a la dicha
eterna en el cielo. Algunos llegan a
decir que Jesucristo mismo es el reino..
Desde los tiempos de Agustín, el reino se ha
identificado con la iglesia visible.
Muchos teólogos católicos y protestantes dicen que el Reino de Dios se
va extendiendo por todo el mundo a medida que la iglesia va diseminando el
evangelio. Agregan que es misión de la
iglesia ganar a todo el mundo para que el mundo se convierta en el Reino de
Dios. ¿Cuál es la verdad sobre el
reino?
¿Qué es un reino?
Para entender
el Reino de Dios, comencemos por definir qué es un reino. El diccionario aclara que un reino es un
estado o gobierno encabezado por un monarca.
Pero también hay una definición bíblica. Para constituir un verdadero reino, hay que reunir cuatro
elementos: 1) un rey o monarca, 2) un
territorio, 3) súbditos o ciudadanos dentro de ese territorios y 4) un gobierno
con leyes. Si eliminamos alguno de
estos elementos, no tendremos un verdadero reino. Y si creemos en algún tipo de reino etéreo, NO estaremos
creyendo lo que dice el verdadero evangelio.
La verdad sobre el tema del reino se revela en la
Palabra de Dios. Lo que piensen los hombres
es interesante y llamativo desde el punto de vista intelectual, pero la verdad
está en las Sagradas Escrituras.
“Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad” (Jn. 17:17).
La Biblia revela que el mensaje de Jesús tenía que
ver con el tema del gobierno. Cristo
nació para ser Rey de la humanidad. De
Él escribió el profeta Isaías:
“Un niño nos
es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su
nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz. Lo dilatado de su imperio y la paz no
tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y
confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. El celo del Eterno de los ejércitos hará
esto” (Is. 9:6-7).
Poco antes de la concepción de Cristo, el arcángel
Gabriel le dijo a María: “Este será
grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de
David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no
tendrá fin” (Lc. 1:32.33). Durante el
juicio a Jesucristo, Poncio Pilato le preguntó: “¿Luego, eres tú rey?
Respondió Jesús: Tú dices que
yo soy rey. Yo para esto he nacido, y
para esto he venido al mundo” (Jn. 18:37).
En este mundo engañado, muchos piensan en Jesucristo como el “Niño Dios”
dormido en un pesebre o como una débil víctima clavada en una cruz. No ven en Él al futuro Gobernante y Rey
Omnipotente.
¿Cómo será aquel “principado” o gobierno que va a descansar “sobre su hombro”?
El mensaje de Dios y su plan para la humanidad están
claros en la Biblia, y hablan de algo mucho más grande que una simple devoción
a la figura del “dulce Jesús”. El
profeta Daniel escribió sobre el Reino de Dios casi 600 años antes del
nacimiento de Cristo.
En ese tiempo, los judíos eran cautivos del Imperio
Caldeo o Neobabilónico, y Daniel estaba al servicio del Emperador
Nabucodonosor. Este gobernante mundial
tuvo un vívido sueño que lo inquietó al punto de no poder dormir (Dn.
2:1). ¡Tenía que saber su
significado! Llamó, pues, a sus magos,
astrólogos y videntes para que le revelaran el sentido del sueño. Además Nabucodonosor astutamente se negó a
contar su sueño, incluso a sus consejeros de mayor confianza. Exigió que ellos le dijeran el sueño a él,
para estar seguro de que podría confiar en sus interpretaciones (vs. 2-9). Ninguno fue capaz (vs. 10-11).
Pero Daniel había recibido de Dios “entendimiento en
toda visión y sueños” (Dn. 1:17).
Cuando lo trajeron ante Nabucodonosor (2:25), explicó: “El misterio que el rey demanda, ni sabios,
ni astrólogos, ni magos ni adivinos lo pueden revelar al rey. Pero hay un Dios en los cielos, el cual
revela los misterios, y él ha hecho saber al rey Nabucodonosor lo que ha de
acontecer en los postreros días” (vs. 27-28).
Vemos que el propósito de Dios era revelar al monarca
pagano que hay un Dios verdadero sobre todo el universo, y mostrarle lo que iba
a suceder “en los postreros días”. Si
usted quiere entender las extraordinarias noticias sobre futuros sucesos (que
quizá culminen en vida suya) ¡abra la Biblia y lea este increíble capítulo de
Daniel!
“Tú, oh rey, veías, y he aquí una gran imagen. Esta imagen, que era muy grande, y cuya
gloria era muy sublime, estaba en pie delante de ti, y su aspecto era
terrible. La cabeza de esta imagen era
de oro fino; su pecho y sus brazos, de plata; su vientre y sus muslos, de
bronce; sus piernas, de hierro; sus pies, en parte de hierro y en parte de
barro cocido.
Estaba mirando, hasta que una piedra fue cortada, no
con mano, e hirió a la imagen en sus pies de hierro y de barro cocido, y los
desmenuzó. Entonces fueron
desmenuzados también el hierro, el barro cocido, el bronce, la plata y el oro,
y fueron como tamo de las eras del verano, y se los llevó el viento sin que de
ellos quedara rastro alguno. Mas la
piedra que hirió a la imagen fue hecha un gran monte que llenó toda la
tierra. Este es el sueño; también la
interpretación de él diremos en presencia del rey” (vs. 31-36).
¿Tenía este sueño algún
significado?
Sí, porque era un sueño profético enviado por
Dios. Hay quienes piensan que las
profecías bíblicas son pura poesía, incapaz de orientarnos ni de predecir el
futuro. Otros creen que las profecías
sí tienen algún significado, pero que es imposible descifrarlo... al menos
antes de que se cumplan. Y para otros,
el sentido profético es cuestión de interpretación personal.
Estas ideas rechazan o desvirtúan un aspecto
importante del mensaje de Cristo. Dios
nos dice que “toda la Escritura es ... útil” (2 Ti. 3:16). Y Apocalipsis 19:10 nos enseña que “el
testimonio de Jesús es el espíritu de la profecía”. El apóstol Pedro escribió que:
“Tenemos también la palabra profética más segura... entendiendo primero
esto, que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada, porque
nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres
de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 P. 1:19-21).
No pretendamos jamás interpretar la Biblia
mezclándole nuestras propias ideas. Y
NO creamos las interpretaciones personales de otros. Tenemos que estudiar la Biblia a profundidad, comparando un
pasaje con otro. Tenemos que dejar que
la Biblia se interprete a sí misma.
Daniel expuso la interpretación que Dios mismo le
había dado del sueño: “Tú, oh rey,
eres rey de reyes” (Dn. 2:37).
Nabucodonosor había subyugado otros reinos. Fue el primer gobernante que reinó sobre un imperio
mundial. Pero no lo había logrado por
sus propios medios. “El Dios del cielo
te ha dado reino, poder, fuerza y majestad” (v. 37). Dios estaba revelando su propia supremacía en los sucesos del
mundo. Y le reveló a
Nabucodonosor: “Tú eres aquella cabeza
de oro. Y después de ti se levantará
otro reino inferior al tuyo; y luego un tercer reino de bronce, el cual
dominará sobre toda la tierra” (vs. 38-39).
Es innegable que Dios está hablando de reinos
físicos, o sea una serie de gobiernos mundiales. No está hablando de conceptos abstractos ni sentimentales. ¡Dios aquí está exponiendo su verdad
claramente! El Imperio Caldeo de
Nabucodonosor, representado por la cabeza de oro, fue un reino verdadero.
Le seguiría otro imperio y luego otro. Repasando los libros de historia, vemos que
después del Imperio Caldeo vino el Imperio Persa, seguido del Imperio
Grecomacedonio de Alejandro Magno.
Por último, habría un cuarto imperio representado por
las dos piernas de hierro de la imagen:
“El cuarto reino será fuerte como hierro; y como el hierro desmenuza y
rompe todas las cosas, desmenuzará y quebrantará todo” (v. 40). El Imperio Romano hizo precisamente
eso. Vemos que estaba dividido en dos
“piernas” que representaban el occidente y el oriente, con sus capitales en
Roma y Constantinopla respectivamente.
Comparando este pasaje con Daniel 7 y Apocalipsis 13
y 17, entendemos que el sistema del Imperio Romano resucitaría diez veces en
los siglos subsiguientes. Las últimas
siete de estas resurrecciones estarían controladas por una autoridad religiosa
falsa. La última de las diez
resurrecciones corresponde a los pies de la gran imagen de Daniel 2. Los diez dedos de los pies, hechos de
“hierro mezclado con barro” (v. 43), mezcla fuerte pero a la vez quebradiza (v.
42), son diez dirigentes políticos que darán poder a un gran caudillo y
gobernante (Ap. 17:12-13). Juntos,
estos “reyes” conformarán la última resurrección del cuarto imperio
mundial. Este último superestado
europeo ¡va a surgir ante nuestros ojos!
Recordemos lo que Daniel le dijo a Nabucodonosor: que esta visión revelaba sucesos para “los
postreros días” (v. 28).
Ahora llegamos al versículo 44, donde se explica el
significado de la “piedra” que fue cortada “no con mano” (v. 45) y que destrozó
a la imagen y luego se convirtió en un monte que llenaba toda la tierra. Esta es la revelación que hemos estado
buscando. Aquí, en palabras del Dios
Todopoderoso, está la explicación de lo que es el Reino de Dios. “En los días de estos reyes [la última resurrección
del Imperio Romano] el Dios del cielo levantará un reino que no será jamás
destruido, ni será el reino dejado a otro pueblo; desmenuzará y consumirá a
todos estos reinos, pero él permanecerá para siempre”.
No volverá a existir un “rey de reyes” humano como
Nabucodonosor, porque Jesucristo reinará sobre toda la tierra como “Rey de
reyes y Señor de señores” (Ap. 19:11-16).
Apocalipsis 11:15 confirma la profecía de Daniel. En la segunda venida de Cristo, grandes
voces desde el cielo proclamarán: “Los
reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará
por los siglos de los siglos”. ¡Así se
dará comienzo al mundo de mañana!
La profecía de Daniel, unida al libro del
Apocalipsis, muestra con toda claridad que el futuro Reino de Dios será un
gobierno real, como lo fueron los imperios mundiales ya mencionados. Como dice Daniel en conclusión: “El sueño es verdadero, y fiel su
interpretación” (Dn. 2:45). ¡Esta es
una noticia extraordinariamente buena!
Otros profetas del Antiguo Testamento también
muestran claramente que el Reino de Cristo será un gobierno divino con
autoridad administrativa sobre toda la tierra.
¿Acaso se ha establecido ya ese reino?
La respuesta es obvia cuando leemos
algunas profecías de la Palabra de Dios:
“Acontecerá en lo postrero de los tiempos, que será
confirmado el monte de la casa del Eterno como cabeza de los montes, y será
exaltado sobre los collados, y correrán a él todas las naciones. Y vendrán muchos pueblos, y dirán: Venid, y subamos al monte del Eterno, a la
casa del Dios de Jacob; y nos enseñará sus caminos, y caminaremos por sus
sendas. Porque de Sion saldrá la ley,
y de Jerusalén la palabra del Eterno.
Y juzgará entre las naciones, y reprenderá a muchos pueblos; y volverán
sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces; no alzará espada nación
contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra” (Is. 2:2-4; ver también
Mi. 4:1-3).
Miqueas agrega la siguiente información: “Se sentará cada uno debajo de su vid y
debajo de su higuera, y no habrá quien los amedrente; porque la boca del Eterno
de los ejércitos lo ha hablado” (Mi. 4:4).
¿Acaso ya se ha cumplido esta profecía?
Frente al edificio de las Naciones Unidas en la
ciudad de Nueva York, hay un monumento de un hombre convirtiendo su espada en
reja de arado. Pero una ojeada a las
noticias en la televisión o los diarios confirma que las Naciones Unidas no han
cumplido esta bella profecía según la cual las naciones dejarán de adiestrarse
para la guerra.
Otra profecía de Isaías desmiente a
quienes aseguran que el reino ya está aquí:
“[El Mesías] juzgará con justicia a los pobres, y
argüirá con equidad por los mansos de la tierra; y herirá la tierra con la vara
de su boca, y con el espíritu de sus labios matará al impío. Y será la justicia cinto de sus lomos, y la
fidelidad ceñidor de su cintura.
Morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará;
el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los
pastoreará. La vaca y la osa pacerán,
sus crías se echarán juntas; y el león como el buey comerá paja. Y el niño de pecho jugará sobre la cueva
del áspid, y el recién destetado extenderá su mano sobre la caverna de la
víbora. No harán mal ni dañarán en
todo mi santo monte; porque la tierra será llena del conocimiento del Eterno,
como las aguas cubren el mar.
Acontecerá en aquel tiempo que la raíz de Isaí, la cual estará puesta
por pendón a los pueblos, será buscada por las gentes; y su habitación será
gloriosa” (Is. 11:4-10).
Este panorama de paz mundial, que abarca también a la
naturaleza, ha inspirado a muchos que se han sacrificado y han laborado por la
obra de Dios. Jesucristo no cumplió
esta profecía en su primera venida.
¿Acaso los osos comen hierba o el león come paja? Su cumplimiento se verá en el futuro,
cuando Cristo regrese.
En el libro de Zacarías encontramos más profecías
sobre el Reino de Dios:
“Acontecerá
que en ese día no habrá luz clara, ni oscura.
Será un día, el cual es conocido del Eterno, que no será ni día ni
noche; pero sucederá que al caer la tarde habrá luz. Acontecerá también en aquel día, que saldrán de Jerusalén aguas
vivas, la mitad de ellas hacia el mar oriental, y la otra mitad hacia el mar
occidental, en verano y en invierno. Y
el Eterno será rey sobre toda la tierra... Y todos los que sobrevivieren de las
naciones que vinieron contra Jerusalén, subirán de año en año para adorar al
Rey , al Eterno de los ejércitos, y a celebrar la fiesta de los tabernáculos”
(Zac. 14:6-9, 16).
Lamentablemente, muchos no tienen la fe para creer
que Dios Todopoderoso habla en serio.
En estas profecías el Creador dice que va a darle un vuelco a la
civilización y que al final de los tiempos, Él va a GOBERNAR a las naciones
“...porque vino a juzgar la tierra.
Juzgará al mundo con justicia, y a los pueblos con su verdad” (Sal. 96:13). También declara que “vino a juzgar la
tierra. Juzgará al mundo con justicia,
y a los pueblos con rectitud” (Sal. 98:9).
¿Por qué no se oye este evangelio en el mundo?
Usted probablemente sabe la respuesta. Porque es un mensaje que no gusta a los
dirigentes políticos, religiosos ni sociales, empeñados en conservar su
poder. Esta fue una de las razones por
las cuales los sacerdotes y fariseos quisieron matar a Jesús (Jn.
11:47-53). Sin embargo, Jesucristo sí
va a establecer un “nuevo orden mundial” que transformará las instituciones
políticas y religiosas del mundo. ¿A
quién vamos a creerle: a Dios, o a los hombres que se han dejado engañar por
Satanás (“el dios de este mundo”)?
¿Vamos a creer la Palabra de Dios o las imaginaciones filosóficas de los
hombres? (2 Co. 4:4, Reina Valera, rev. de 1995).
¿No dijo Jesucristo que el reino
está cerca?
Hacia finales de los años veinte de nuestra era,
“comenzó Jesús a predicar, y a decir:
Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mt. 4:17). ¿De qué estaba hablando? ¡No estaría diciendo que estaba próximo el
milenio, cuando las espadas se convertirían en rejas de arado! Cuarenta años después de que Jesús dijo
estas palabras, los romanos masacraron a cientos de miles de judíos en su empeño
por sofocar la primera rebelión judía a finales de los años sesenta y comienzos
de los setenta (ver Lc. 23:28-31).
Y esta sangrienta opresión ejercida por hombres
codiciosos persistiría durante siglos.
¿Cómo era posible que el Reino de Dios se hubiera “acercado” en ese
momento?
En otro pasaje, los adversarios de Jesús lo acusaron
de echar fuera demonios por el poder de Satanás. Nuestro Señor respondió:
“Si yo echo fuera los demonios por Beelzebú, ¿por quién los echan
vuestros hijos? Por tanto, ellos serán
vuestros jueces. Pero si yo por el
Espíritu de Dios echo fuera demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el
reino de Dios” (Mt. 12:27-28). ¿Cómo
es posible que el Reino de Dios les haya llegado a ellos?
Respuesta: Por
la presencia del Rey, el Hijo de Dios, quien estaba proclamando el evangelio de
ese reino. ¡Ante ellos se encontraba
el Mesías en persona!
En ocasiones, la Biblia usa los términos “rey” y
“reino” de modo intercambiable (ver Daniel 7:7-18, 23). Estando en la tierra, Jesucristo ejerció
por medio del Espíritu Santo muchas de las funciones propias de su cargo como
Rey. Por ejemplo, sanaba enfermos,
abría los ojos de los ciegos, resucitaba muertos y mandaba a la naturaleza que
le obedeciera. Estas son muestras de
la intervención divina y milagrosa, que es característica del Reino de
Dios. La realidad de ese reino vino
como el refrescante rocío del amanecer, posándose un instante--mientras Cristo
estuvo en la tierra--sobre un mundo material que, desconcertado, intentaba
comprender la realidad espiritual del Dios Todopoderoso.
Cuando Jesús dijo que el Reino de Dios se había
acercado, se refería a sus propias acciones y repercusiones de ellas. No estaba transportando a sus oyentes al
reino ni estaba dando a entender que éste ya se hubiera establecido. Jesús simplemente estaba proclamando que el
Rey del futuro Reino de Dios ¡había llegado!
Este hecho en sí tendría repercusiones profundas. El reino estaba cerca porque en la primera
venida de Jesucristo su presencia y acciones tendrían consecuencias inmediatas
en la vida de algunas personas, mucho antes de que el Reino de Dios se
estableciera definitivamente en la tierra.
¿Un reino dentro de nosotros?
Pese a las claras referencias bíblicas, muchos siguen
aferrados a la idea de que el Reino de Dios es algo etéreo instituido “en el
corazón de los hombres”. Como prueba,
citan las palabras de Cristo en Lucas 17:21:
“He aquí el reino de Dios está entre vosotros”. ¿Acaso quería decir que el Reino de Dios
estaba entre ellos? De ninguna manera,
pues son palabras dirigidas a los fariseos.
Veamos el contexto: “Preguntado
por los fariseos, cuándo había de venir el reino de Dios, les respondió y
dijo: El reino de Dios no vendrá con
advertencia, ni dirán: Helo aquí, o
helo allí; porque he aquí el reino de Dios está entre vosotros” (Lc.
17:20-21). ¿Acaso el Reino de Dios
estaba dentro de los fariseos?
Los escribas y fariseos, siendo los jefes religiosos,
eran tenidos por justos en la sociedad judía de la época de Cristo. Se decían los “hijos de Abraham” y
practicaban una justicia a su manera, que en realidad era hipocresía. Jesús los describió así: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos,
hipócritas! porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la
verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos
y de toda inmundicia. Así también
vosotros por fuera, a la verdad, os mostráis justos a los hombres, pero por
dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad” (Mt. 23:27-28).
En Mateo 5:20, Jesucristo instruyó así al
pueblo: “Porque os digo que si vuestra
justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el
reino de los cielos”. ¡NO es posible
que los escribas y fariseos tuvieran el Reino de Dios DENTRO de sí! Sin embargo, se creían hijos del
reino. Discutiendo con Jesús, los
fariseos dijeron: “Nuestro padre es
Abraham, Jesús les dijo: Si fueseis
hijos de Abraham, las obras de Abraham haríais. Pero ahora procuráis matarme a mí, hombre que os he hablado la
verdad, la cual he oído de Dios; no hizo esto Abraham” (Jn. 8:39-40).
Ante esto, los fariseos se indignaron: “¿Eres tú acaso mayor que nuestro padre
Abraham, el cual murió? ¡Y los
profetas murieron! ¿Quién te haces a
ti mismo?” (v. 53).
La respuesta de Jesús fue: “Si yo me glorifico a mí mismo, mi gloria nada es; mi Padre es
el que me glorifica, el que vosotros decís que es vuestro Dios. Pero vosotros no le conocéis; mas yo le
conozco, y si dijere que no le conozco, sería mentiroso como vosotros; pero le
conozco, y guardo su palabra” (vs. 54-55).
Para rematar, Jesús les dijo a los fariseos
hipócritas: “Allí será el llanto y el
crujir de dientes, cuando veáis a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los
profetas en el reino de Dios, y vosotros estéis excluidos. Porque vendrán del oriente y del occidente,
del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios” (Lc.
13:28-29). Es perfectamente obvio que
el Reino de Dios no estaba “dentro” de esas personas.
Siendo así, ¿qué quería decir Jesús? La palabra “entre”, tanto en español como
en griego, se puede verter como “en medio de”. Quiere decir que estaba en medio de ellos. En Lucas 17:20-21, Jesús dice: “El reino de Dios no vendrá con
advertencia, ni dirán: Helo aquí, o helo
allí; porque he aquí el reino de Dios está entre vosotros”. La Es muy claro. Jesucristo, como Rey de su futuro reino, estaba en medio de los
fariseos en ese momento. Su reino no
vendría como ellos lo esperaban, encabezado por algún héroe militar reconocido,
sino que llegaría con tal poder y gloria que todo el mundo lo vería y
sabría. El reino no está en el corazón
de los hombres. Es algo en lo cual la
gente entrará... cuando los justos resuciten.
Abraham estará en él, como vimos, pero todavía no está allí (Heb. 11:8,
13, 39-40). ¡Ni nosotros tampoco!
¿Vino el reino en los tiempos
apostólicos?
Lucas nos cuenta que los discípulos de Cristo
“pensaban que el reino de Dios se manifestaría inmediatamente” (Lc. 19:11), por
lo cual Él les dijo en la parábola de las minas:
“Dijo, pues:
Un hombre noble su fue a un país lejano, para recibir un reino y
volver. Y llamando a diez siervos
suyos, les dio diez minas, y les dijo:
Negociad entre tanto que vengo.
Pero sus conciudadanos le aborrecían, y enviaron tras él una embajada,
diciendo: No queremos que éste reine
sobre nosotros. Aconteció que vuelto
él, después de recibir el reino, mandó llamar ante él a aquellos siervos a los
cuales había dado el dinero, para saber lo que había negociado cada uno” (vs.
12-15).
Cristo era el noble de la parábola. Se fue a un “país lejano” (el cielo, donde
está el trono de Dios) para recibir el Reino de Dios. Luego regresaría con él.
Pero todavía no ha regresado; aún está en el cielo. El resto de la parábola muestra que los que
aprovechen con celo sus aptitudes y capacidades (representadas por las minas)
para servir a Dios, recibirán facultad de reinar sobre ciudades. A aquel cuya mina había producido diez
minas más, le dijo Jesús: “Está bien,
buen siervo; por cuanto en lo poco has sido fiel, tendrás autoridad sobre diez
ciudades. Vino otro diciendo: Señor, tu mina ha producido cinco minas. Y también a éste dijo: Tú también sé sobre cinco ciudades” (vs.
17-19). Los que venzan en la vida
cristiana recibirán autoridad y mando en el Reino de Dios. ¡Es la gran oportunidad de servir a otros y
de enseñar los caminos de Dios!
Esta extraordinaria noticia aparece en otros pasajes
de las Escrituras. Ciertamente, el
Reino de Dios no es la iglesia de nuestro tiempo. Tampoco es una vida de ocio en el cielo. El libro de Mateo habla del reino DE los
cielos, no del reino EN los cielos. El
apóstol Pedro nos asegura que nuestra herencia (el Reino) está “reservada en
los cielos” para nosotros (1 P. 1:4) y que Cristo la traerá a su regreso, ¡pero
no antes! Los que tienen a Cristo
morando en sí, son embajadores de ese reino que está reservado ahora en los
cielos (2 Co. 5:20). Como dijo
Pablo: “Nuestra ciudadanía está en los
cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo” (Fil.
3:20). Pero no iremos allí a vivir
(Ver Jn. 3:13; Hch. 2:29, 34), sino que el Reino de Dios bajará a nosotros
cuando Cristo regrese.
Jesús habló de un tiempo de juicio, cuando Él vendrá
y “se sentará en su trono de gloria” (Mt. 25:31). “Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el
reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo” (v. 34).
Esto se refiere a un tiempo futuro, cuando Cristo
vendrá con gloria y los justos recibirán la herencia del Reino. Ahora somos herederos pero todavía no hemos
recibido la herencia.
El Reino de Dios no es la iglesia. Los “hermanos” de la iglesia deberán entrar
en el reino en un futuro: “Por lo
cual, hermanos, tanto más procurad hacer firme vuestra vocación y elección;
porque haciendo estas cosas, no caeréis jamás. Porque de esta manera os será otorgada amplia y generosa entrada
en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 P. 1:10-11).
Hacia el final de su ministerio, Jesús
se dirigió a sus discípulos diciendo:
“Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas, y
los que sobre ellas tienen autoridad son llamados bienhechores; mas no así
vosotros, sino sea el mayor entre vosotros como el más joven, y el que dirige,
como el que sirve. Porque, ¿cuál es
mayor, el que se sienta a la mesa, o el que sirve? ¿No es el que se sienta a la mesa? Mas yo estoy entre vosotros como el que sirve. Pero vosotros sois los que habéis
permanecido conmigo en mis pruebas.
Yo, pues, os asigno un reino, como mi Padre me lo asignó a mí” (Lc.
22:25-29).
Luego Jesús les dio una idea más clara de sus
recompensas y obligaciones futuras:
“Para que comáis y bebáis a mi mesa en mi reino, y os sentéis en tronos
juzgando a las doce tribus de Israel” (v. 30). Jesús está hablando de un tiempo futuro en el cual ellos
juzgarán a las doce tribus de Israel.
Definitivamente no se estaba refiriendo al ministerio inmediato de
ellos.
Si Jesús quería decir que su reino estaba en la
tierra en ese momento, ¿por qué le dijo más tarde a Pilato: “Mi reino NO es de este mundo; si mi reino
fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a
los judíos; pero mi reino no es de aquí” (Jn. 18:36)?
Aun después de su muerte y resurrección, Jesús siguió
“hablándoles acerca del reino de Dios” (Hch. 1:3). Escogía sus palabras deliberadamente, sabiendo que sus
discípulos conocían las profecías de Isaías, Daniel y Zacarías. Estos profetas habían predicho que en la
tierra se establecería un gobierno divino encabezado por el Mesías. Los apóstoles preguntaron: “Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en
este tiempo?” Y les respondió: “No os toca a vosotros saber los tiempos o
las sazones, que el Padre puso en su sola potestad” (Hch. 1:6-7). Jesús NO corrigió lo que ellos
dijeron: que se iba a establecer un
verdadero reino en la tierra, sobre las naciones. Solamente aclaró que aún no era tiempo.
Daniel había predicho cómo se
establecería el Reino de Dios:
“Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí con
las nubes del cielo venía uno como hijo de hombre [Cristo], que vino hasta el
Anciano de días [Dios Padre], y le hicieron acercarse delante de él. Y le fue dado dominio, gloria, reino, para
que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio
eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido” (Dn. 7:13-14).
¿Dónde estará ese reino?
Notemos que le van a servir “todos los pueblos,
naciones y lenguas”. Por lo tanto, ese
reino estará sobre la tierra.
En Daniel 7, el profeta judío exiliado soñó con
cuatro bestias que simbolizan los mismos reinos mundiales que aparecieron antes
en el sueño de Nabucodonosor (capítulo 2).
Ahora, vemos que: “Estas cuatro
grandes bestias son cuatro reyes que se levantarán en la tierra. Después recibirán el reino los santos del
Altísimo, y poseerán el reino hasta el siglo, eternamente y para siempre”
(7:17-18). El versículo 22 revela que
“se dio el juicio a los santos del Altísimo; y llegó el tiempo, y los santos
recibieron el reino”. Los santos de
Dios poseerán el reino CUANDO sean glorificados, inmortales, divinos.
El futuro que espera a los santos de Dios ¡es algo
increíble! Estarán facultados para
ayudar a traer paz y alegría a este mundo doliente y triste. No habrá más soluciones a medias. Los santos inmortales le ayudarán a Cristo
a imponer soluciones reales y reformas definitivas para toda la humanidad. Estarán con Cristo GOBERNANDO al mundo y
corrigiendo los problemas allí donde están esos problemas: en la tierra. Por eso Jesús dijo que “los mansos... recibirán
la tierra por heredad” (Mt. 5:5).
El apóstol Juan escribió en el libro del Apocalipsis
que Cristo nos hará “para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre
la tierra” (5:10). En el mismo libro,
Cristo declara: “Al que venciere y
guardare mis obras hasta el fin, yo le daré autoridad sobre las naciones, y las
regirá con vara de hierro... como yo también la he recibido de mi Padre”
(2:26-27). “Al que venciere, le daré
que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con
mi Padre en su trono” (3:21). El trono
del Padre está en el cielo y allí se encuentra Cristo ahora, a su mano
derecha. Pero el trono de Cristo,
desde donde los santos reinarán con Él, será “el trono de David” en Jerusalén
(Lc. 1:32).
Nosotros podremos estar allí cuando suene la última
trompeta de la profecía y Cristo regrese como Rey de reyes. “He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos
transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final
trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados
incorruptibles, y nosotros seremos transformados” (1 Co. 15:51-52). Cuando ese último toque de trompeta resuene
por el aire y un terremoto sacuda al mundo hasta sus cimientos (Ap. 11:13-15;
16:18), los fieles en Cristo sentirán una emoción indescriptible al levantarse
en el aire para reunirse allí con Cristo (1 Ts. 4:13-18).
Luego descenderán con Él al Monte de los Olivos (Hch.
1:11-12; Zac. 14:3-4) para dar comienzo a la obra de traer PAZ a un mundo
rebelde.
Bajo la autoridad de Jesucristo, muchos de nosotros
estaremos ayudando a David, rey de Israel resucitado, quien recibirá su antiguo
cargo a la cabeza de las doce tribus de las naciones de Israel (Jer. 30:9; Ez.
37:24). Conoceremos a Moisés, Abraham,
Isaac y Jacob y a todos los fieles santos y siervos de Dios de todas las
generaciones. Porque entonces sí
naceremos de Dios. Naceremos de la
resurrección al Reino o Familia de Dios.
Los santos de Dios--los “vencedores”--tendrán la
oportunidad, bajo el liderazgo de Cristo, de disponer del tirano que habrá
llevado a la humanidad al borde de la aniquilación. “Regocíjense los santos por su gloria, y canten aun sobre sus
camas. Exalten a Dios con sus
gargantas, y espadas de dos filos en sus manos, para ejecutar venganza entre
las naciones, y castigo entre los pueblos; para aprisionar a sus reyes con
grillos, y a sus nobles con cadenas de hierro; para ejecutar en ellos el juicio
decretado; gloria será esto para todos los santos. Aleluya” (Sal. 149:5-9).
En el Nuevo Testamento, el apóstol Juan escribió bajo
inspiración: “Bienaventurado y santo
el que tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene
potestad sobre éstos, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán
con él mil años” (Ap. 20:6). Los
apóstoles y la Iglesia de Dios primitiva entendían y enseñaban que el Reino de
Dios se establecería al final de esta era como un auténtico gobierno sobre la
tierra, encabezado por Cristo y los santos resucitados. Este extraordinario mundo futuro se llama
también “el milenio”, que significa simplemente un período de mil años.
El conocido historiador Edward Gibbon habla de la
creencia en el milenio. En su libro
The Decline and Fall of the Roman Empire, escribió lo siguiente acerca del
cristianismo primitivo:
“La antigua y popular doctrina del milenio estaba
íntimamente relacionada con la segunda venida de Cristo.
Así como las obras de la creación se completaron en
seis días, su duración en su estado actual, según tradición atribuida al
profeta Elías, estaba determinada en seis mil años [ver Sal. 90:4; 2 P.
3:8]. Siguiendo la misma analogía, se
infería que a este largo período de trabajo y conflicto que estaba por
terminarse, le seguiría un sábado feliz de mil años [ver Heb. 3-4; Ap. 20:6]; y
que Cristo, con las huestes triunfantes de los santos y los elegidos que habían
escapado de la muerte, o que habían revivido milagrosamente, reinaría sobre la
tierra hasta el momento dispuesto para la resurrección final y general.”
Se le han concedido al hombre 6000 años para que
quede plasmado en la historia que es incapaz de gobernarse a sí mismo sin
Dios. El profeta Jeremías señala que
“el hombre no es señor de su camino, ni del hombre que camina es el ordenar sus
pasos” (Jer. 10:23).
George Washington, primer presidente de los Estados
Unidos, expresó el mismo sentir en una carta fechada el 31 de octubre de
1786: “La humanidad, dejada a sus
propios medios, es inepta para gobernarse a sí misma”. La terrible crisis final de esta era
acabará por llevar al hombre al borde de la autoaniquilación. Solo entonces verá la absoluta inutilidad
de su propio gobierno y quedará lo bastante humillado como para buscar el mando
absoluto de Dios sobre su vida. ¡Y
Dios intervendrá!
El cristianismo apostólico--el de la Biblia--enseña
que al final de esta era se establecerá el Reino de Dios como un verdadero
gobierno sobre la tierra y que traerá por fin la PAZ MUNDIAL. ¡Es una noticia maravillosa,
extraordinaria! El Reino de Dios es la
Familia de Dios gobernando, de la cual podremos formar parte en la futura
resurrección. ¡El auténtico evangelio
es asombroso!
Para tener verdadero éxito, se necesita ante todo una
meta u objetivo. Dios le ha dado al
cristiano la más extraordinaria de todas las metas: la vida eterna en el Reino
de Dios. Luego hay que saber cómo alcanzar
esa meta. ¿Cómo pueden los santos
humanos de Dios entrar en su reino? ¿Qué nos dice la Palabra de Dios sobre el “camino” para llegar
allí? Nuestro Señor Jesucristo
dijo: “YO SOY el camino, y la verdad,
y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Jn. 14:6).
Más tarde el apóstol Pedro dijo: “En ningún otro hay salvación; porque no
hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”
(Hch. 4:12). El nombre de Jesucristo
es esencial. Recordemos que los
primeros apóstoles y evangelistas lo predicaron junto con el mensaje sobre el
venidero Reino de Dios. Nosotros
tenemos que concentrarnos en lo mismo... pero seguros de que estamos hablando
del Cristo verdadero.
Muchos adoran a un Jesús falso, que supuestamente
abolió los mandamientos de su Padre.
Lo representan como un debilucho afeminado de pelo largo y mirada
perdida en la nada. Lo alaban y
expresan lindos sentimientos hacia él.
¿Acaso
esto es predicar el NOMBRE de Jesús?
¡No! La obra The Interpreter’s
Dictionary of the Bible explica:
“NOMBRE: En el pensamiento
bíblico un nombre no es un simple rótulo de identificación, sino una expresión
de la naturaleza esencial de quien lo lleva.
El nombre de un individuo revela su carácter... Este era un concepto
común entre los pueblos de la antigüedad.
Por lo tanto, saber el nombre de Dios es conocer a Dios tal como Él se
ha revelado (Sal. 9:10). La revelación
total de su naturaleza y carácter se dan en Jesucristo, quien ha dado a conocer
su nombre (Jn. 17:6, 26).”
El nombre de Jesucristo incluye no solamente quién
era Él y qué hizo, sino también todo lo que enseñó y defendió.
¿Y qué era
eso?
¿Cuál es el camino o modo de vida que
Jesucristo vino a revelar?
Recordemos que un elemento imprescindible en un reino
es un código de LEYES. En el Reino de
Dios la ley suprema será el decálogo, aquella gran ley espiritual de Dios
Todopoderoso. Cristo dijo a los
fariseos que “la ley y los profetas [el Antiguo Testamento] eran hasta Juan [el
Bautista]; desde entonces el reino de Dios es anunciado, y todos se esfuerzan
por entrar en él” (Lc. 16:16).
Pero esto no significa que el mensaje del Reino de Dios haya DESPLAZADO
a “la ley y los profetas”. Lo que ha
hecho es darle su expresión más completa.
Al comienzo del ministerio de Cristo, dice Mateo que “recorrió Jesús
toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio
del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo” (Mt.
4:23). Como sabemos, Cristo predicaba
“el evangelio del reino”.
Al “esforzarnos” por entrar en el reino, ¿qué debemos
estar haciendo? En los tres capítulos
siguientes, Mateo 5-7, Jesús expuso todo un camino de vida en lo que se llama
el sermón del monte. Su exhortación a
obedecer celosamente toda la Biblia y su profunda dimensión espiritual resulta
sorprendente para muchos formados dentro del cristianismo tradicional. Nuestro Señor dijo: “No penséis que he venido para abrogar
[abolir] la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir”
(Mt. 5:17).
La palabra “cumplir” no quiere decir “eliminar”...
¡como muchos enseñan! Jesús enseñó el
pleno significado de la ley de Dios, mostrando cómo guardarla en su dimensión
espiritual además de la letra. Mostró
que la ley de Dios no solo rige nuestros actos sino también nuestros
pensamientos (2 Co. 10:5). Por
ejemplo, enseñó que el verdadero cristiano no solamente se abstiene de matar
sino de toda actitud de odio y violencia (Mt. 5:21-22).
Jesús dijo:
“Oísteis que fue dicho: No
cometerás adulterio. Pero yo os digo
que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su
corazón” (vs. 27-28). Jesucristo
enseñó todo un camino de vida cuyo fundamento son los diez mandamientos.
Lo que vale no es creer sentimentalmente en la
persona de Cristo, sino entregarse totalmente a Él y al Padre como Amos y
Señores. Jesús JAMÁS dijo: “Por favor acéptame; ¿no me darás tu
corazón?” Antes bien, dijo: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los
cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos [predicamos]
en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos
muchos milagros? Y entonces les
declararé: Nunca os conocí; apartaos
de mí, hacedores de maldad” (Mt. 7:21-23).
Es muy importante tener en cuenta, que la palabra maldad en el texto
inspirado griego es anomia que significa literalmente: transgresión de la
ley. ¡Estas son palabras que
Jesucristo les dirá a quienes predican que Él vino a abolir la ley!
Si todo el mundo se rigiera por el perfecto código
legal de Dios, no existiría el menor problema. Tendríamos una sociedad perfecta. Actualmente, todos los problemas del hombre surgen por la
transgresión de las leyes divinas.
Esto es lo que la Biblia llama pecado:
“El pecado es infracción de la ley” (1 Jn. 3:4).
Lamentablemente, la humanidad continúa ciega ante
esta verdad, aun después de 6000 años de seguir su propio rumbo. “Hay camino que al hombre le parece
derecho; pero su fin es camino de muerte” (Pr. 14:12; 16:25). El hombre lleva siglos buscando paz y
armonía, pero éstas lo evaden: “No
conocieron camino de paz”, dice Isaías 59:8.
Por mucho que el hombre legisle, todavía no ha diseñado un sistema de
gobierno que funcione, aparte de la ley de Dios.
La ley de Dios señala el camino que traerá felicidad,
abundancia, paz y alegría perfectas y duraderas. Por lo tanto, la ley es un aspecto fundamental del
evangelio. ¡Es una gran noticia saber
que ese camino existe! Al pueblo de la
antigua Israel se le explicó ese camino por medio de la ley de Dios, pero no
fue de provecho duradero porque ellos no tenían la fe viviente para seguir el
camino de Dios. “También a nosotros se
nos ha anunciado la buena nueva como a ellos [los israelitas en tiempos de
Moisés]; pero no les aprovechó el oír la palabra, por no ir acompañada de fe en
los que la oyeron” (Heb. 4:2). A
ellos, pues, se les dio en parte la buena noticia pero les faltó comprensión y
fe para recibirla.
Hoy sabemos que la realización de nuestro potencial
humano depende de Jesucristo. Fue Él
quien nos señaló el camino.
Presentando el tema del Reino de Dios, Jesús dijo a sus oyentes: “Arrepentíos, y creed en el evangelio” (Mr.
1:15). Tenemos que arrepentirnos y
creer (tener fe). Pablo predicó el
mismo mensaje: “... he pasado
predicando el reino de Dios” (Hch. 20:25).
Al hacerlo, también estaba “testificando a judíos y a gentiles acerca
del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo” (v.
21).
Tenemos que acudir a Dios buscando perdón. Para que Él nos acepte, nuestra primera
acción tiene que ser arrepentirnos de infringir la ley espiritual, resumida en
los diez mandamientos.
“Arrepentirse” significa estar verdaderamente
compungido, hasta el punto de dar media vuelta y comenzar a obedecer la ley de
Dios, cambiando para siempre nuestro modo de vivir. También tenemos que tener “fe en nuestro Señor Jesucristo”, Rey
del futuro Reino de Dios. Esto implica
creer y aceptar a Jesús como nuestro Salvador personal, como nuestro actual
Sumo Sacerdote en el cielo, y como nuestro Rey venidero.
Cuando la Iglesia del Nuevo Testamento se estableció
el día de Pentecostés, el apóstol Pedro anunció el camino de salvación para la
humanidad, diciendo: “Arrepentíos, y
bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados;
y recibiréis el don del Espíritu Santo.
Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos
los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare” (Hch.
2:38-39). Pedro está diciendo que son
necesarios el arrepentimiento y el bautismo para que nos sean perdonados los
pecados.
En Juan 3:16, Jesús dijo: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo
unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida
eterna”. Al tener fe sincera en
Jesucristo y en su muerte en nuestro lugar, se retira de nosotros la pena de
muerte por haber transgredido la ley de Dios.
Al convertirse genuinamente, los cristianos son “justificados en su sangre”
(Ro. 5:9). La persona justificada ha
quedado absuelta. Recibe el perdón
incondicional, salvándose de la espantosa pena que es la muerte eterna. ¡Esto también es una buena noticia!
Debemos estar hondamente agradecidos con Dios porque
la muerte de su Hijo hizo posible el perdón de nuestros pecados. Ahora , hay que preguntar si al ser
justificados, quedamos en libertad de volver atrás y seguir quebrantando la ley
espiritual de Dios. ¡De ninguna
manera! La pura verdad, que muchos no
quieren entender, es que al convertirse, el cristiano auténtico se ha
arrepentido verdaderamente de transgredir la ley de Dios. En ese momento hace, de hecho, un pacto con
su Creador ¡comprometiéndose a dejar de pecar! Durante el bautismo, expresando su fe en la promesa de que
recibirá el Espíritu Santo, conviene con Dios en que dejará de pecar y
entregará su mente, su voluntad y su vida a Dios; a fin de que Cristo viviente
pueda facultarlo para llevar una vida de obediencia a la ley y la voluntad
divinas.
Pablo lo explica así en Gálatas 2:20: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y
ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo
en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí”. Cuando Jesucristo literalmente vive su vida
en nosotros, nos transmite el poder para cumplir los diez mandamientos como
camino de vida. ¿Guardamos los
mandamientos perfectamente? No. ¡No hacemos nada perfectamente! Pero sí nos entregamos a Cristo para dejar
que Él guarde la ley de Dios en nosotros por el poder del Espíritu Santo.
Y en la medida en que nos entreguemos a Cristo,
podremos cumplir mejor la ley divina.
La Biblia nos dice: “CRECED en
la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 P.
3:18). Al ir creciendo espiritualmente
en la vida cristiana, estaremos guardando la ley de Dios con fe y celo
crecientes.
¿Cómo podremos obedecer la ley espiritual de Dios procurando imitar y
seguir a nuestro Salvador?
Jesucristo
prometió darnos el don del Espíritu Santo.
Este es el amor y la naturaleza misma de Dios. Al darnos su Espíritu, Dios nos “engendra”, poniendo dentro de
nosotros el poder de su propia naturaleza.
Mediante su naturaleza divina, nosotros podemos crecer
espiritualmente. El Espíritu Santo es
el Espíritu “de poder, de amor y de dominio propio” (2 Ti. 1:7).
El apóstol Pablo escribió: “La esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido
derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado” (Ro.
5:5). ¿Cómo obra el amor de Dios? ¿De qué manera nos guía? “Este es el amor a Dios, que guardemos sus
mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos” (1 Jn. 5:3). El amor de Dios, impartido por su Espíritu,
nos lleva directamente a obedecer los diez mandamientos como camino de
vida. Esta también es buena
noticia. Es una parte esencial del
evangelio.
Al darnos su Espíritu (su naturaleza divina), Dios
nos ayuda a superar el pecado y crecer en lo espiritual. Dios mismo nos hace “aptos” para recibir la
vida eterna al librarnos espiritualmente del pecado y de los caminos de
Satanás. Mediante el Espíritu Santo,
nos engendra como miembros de su Familia.
Pero todavía no tenemos todo en la mano. Tenemos que proseguir “a
la meta” para finalmente nacer en el Reino de Dios cuando resucitemos (Fil.
3:13-14).
Saber que Cristo nos libra del pecado ¡es una noticia extraordinaria!