Estados Unidos y Gran Bretaña en profecía
Por John H. Ogwyn
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Introducción: La llave maestra ha sido hallada 7 La sorprendente visión de Ezequiel 11 Las antiguas promesas 20 Cautiverio de Israel y pérdida de su
identidad 31 Cumplimiento de las
promesas de la primogenitura 41 ¿ Qué
les espera a los descendientes de Israel?
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¡Este folleto no es para la venta!
Es un servicio educativo gratuito que se ofrece en
beneficio del público.
Título original en inglés:
Whafs Ahead For
América and Brítain?
Director del Departamento Hispano: Mario Hernández
Traducción: Jorge Schaubeck
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Introducción:
La llave
maestra ha sido hallada
Qué les depara el
futuro a los pueblos anglosajones del mundo? ¿Qué se divisa realmente en el
horizonte para los Estados Unidos, Inglaterra, Canadá, Australia y Nueva
Zelanda? Los jefes de gobierno no lo saben. Los principales analistas de
asuntos internacionales tampoco lo saben. Ni la gran mayoría de los editores y
periodistas del mundo. ¡Sin embargo, usted lo puede saber!
¿Sorprendente?
¡Por supuesto, pero es la verdad!
¿Cómo se puede
llegar a saber? Las respuestas a los grandes interrogantes de la vida, de los
cuales uno es lo que nos depara el futuro, se encuentran en el libro de mayor
venta en la historia, la Biblia. Más de la cuarta parte de la Biblia es
profecía, principalmente para nuestros días y el porvenir.
Ahora bien, ¿cómo
podemos llegar a entender esas profecías? Quizás la llave más importante para
abrir los misterios de la profecía bíblica se encuentra revelada aquí, en las
páginas de este folleto.
Hay naciones como
Egipto y Etiopía que se mencionan directamente en la Biblia. Mas, ¿qué ocurre
con las naciones de mayor preponderancia en el mundo moderno? ¿Es posible acaso
que las profecías para el tiempo del fin no tomen en cuenta a los Estados
Unidos e Inglaterra, y a los demás países de la Mancomunidad Británica?
La llave
fundamental para poder abrir al entendimiento muchas profecías bíblicas es
conocer la verdadera identidad de los pueblos anglosajones; porque estos
pueblos se identifican en la Biblia por el nombre de su antiguo progenitor.
¿Quién es este antiguo progenitor? ¡Es posible demostrarlo!
¿Por qué razón
los pueblos anglosajones han llegado a poseer las regiones más ricas de la
Tierra? ¿Por qué han llegado a tener riquezas y poder sin parangón? Tras un
rápido surgimiento que comenzó en 1800, la Gran Bretaña y los Estados Unidos
alcanzaron la prominencia mundial, y juntos han dominado los siglos 19 y 20.
Mas, ¿qué sucederá en el siglo 21? ¿Seguirán desempeñando el mismo papel de
liderazgo, o todo cambiará? Es fundamental conocer lo que el futuro les depara.
Los acontecimientos de los próximos años confundirán por completo a los
expertos. Pero nosotros podremos entenderlos si utilizamos la llave maestra de
la profecía hasta este tiempo extraviada.
Aunque en años
recientes se ha escrito mucho acerca de la profecía bíblica, casi todas esas
obras están completamente equivocadas porque sus escritores no conocen la llave
maestra para descifrarla.
En términos
sencillos: la mayoría de las profecías del Antiguo Testamento están dirigidas a
la casa de Israel. Como suponen
erróneamente que esas referencias a Israel significan profecías para el pueblo
o el Estado judío en el Medio Oriente, la mayoría de los comentaristas bíblicos
tienen un enfoque equivocado. Desconocen la identidad actual de los
descendientes de la antigua Israel. Sin embargo podrían saberlo, porque los
registros tanto en la historia como en las Escrituras lo señalan claramente.
Si bien el estado
judío y la ciudad de Jerusalén desempeñan un papel muy importante en las
profecías para el tiempo del fin, no todos los israelitas son judíos. El
patriarca Jacob, cuyo nombre fue cambiado por el de Israel, fue padre de doce
hijos. Uno de sus hijos, Judá, es el progenitor del pueblo judío. Mas, ¿quiénes
son los descendientes de los otros hijos?
Cuando las doce
tribus llegaron a la tierra prometida después del cautiverio en Egipto, cada
una se estableció en una región diferente. Después de Salomón esas tribus se
dividieron en dos reinos. El reino del sur, llamado Judá, fue constituido por
las tribus de Judá, de Benjamín y la mayoría de los levitas. Las otras diez
tribus formaron el reino del norte llamado Israel.
Después de un
sitio de tres años, en el año 721 AC los asirlos conquistaron a Samaría,
capital de Israel. En forma sistemática, los asirlos iniciaron la deportación
de los israelitas hacia el norte del Río Eufrates, a la región comprendida
entre los mares Negro y Caspio (2 R. 17).
Después de
apoderarse de Israel, los asirios avanzaron hacia Judá, el reino del sur.
Exequias, en ese entonces rey de Judá, clamó con gran fervor a Dios; quien
intervino con el envío de un ángel para destruir al ejército asirio del Rey
Senaquerib en el año 701AC. Judá fue entonces protegida y pasaría casi un siglo
antes de que su libertad fuera de nuevo amenazada.
En el año 604AC,
los babilonios bajo el Rey Nabucodonosor invadieron a Judá y avanzaron sobre
Jerusalén. Judá fue entonces hecha tributaria del Imperio Babilónico. En el año 597AC, Nabucodonosor regresó y
llevó cautivo a Joaquín, rey de Judá; y dejó a Sedequías en el trono. Insatisfecho
con la conducta de Sedequías, Nabucodonosor volvió como a los diez años y
destruyó por completo a Jerusalén; incendió el templo y se llevó en cautiverio
a Babilonia a la mayor parte de los judíos.
Pasaron los años,
y en el otoño del 539AC Babilonia cayó ante los ejércitos de Ciro el Grande,
rey de Persia. Al poco tiempo, Ciro emitió un decreto por el cual se les
permitía a los judíos salir de Babilonia y regresar a reconstruir el templo de
Jerusalén bajo la dirección de Zorobabel.
Las diez tribus
"perdidas"
Es preciso
señalar un punto crucial que pasa desapercibido para la mayoría: ¡LAS DIEZ TRIBUS DEL NORTE JAMÁS REGRESARON
DE SU CAUTIVERIO! Establecidas en una región a cientos de kilómetros de donde
los judíos fueron tomados más de un siglo después, las diez tribus de Israel
permanecieron completamente aparte y separadas de los judíos.
¿Qué sucedió con
esas diez tribus de Israel? La historia las ha llamado "las diez tribus
perdidas". ¿Adonde fueron? La respuesta es uno de los episodios más
fascinantes de la historia. De hecho, ¡la respuesta a ese misterio es la llave
que nos abre el entendimiento a la mayoría de las profecías del Antiguo
Testamento!
Como es de
suponer, la identidad y ubicación de esas antiguas tribus nos revela quiénes
son los anglosajones de los Estados Unidos, Canadá, Inglaterra, Australia,
Nueva Zelandia y los descendientes de los británicos en Sudáfrica. Este
conocimiento nos explicará la razón de la supremacía de esas naciones y lo que
les ha de acontecer en un futuro cercano.
El conocimiento
de la identidad de los descendientes de la antigua Israel se obtiene mediante
un minucioso examen de la Escritura y de los anales de la historia secular. Los
dirigentes más instruidos de nuestro mundo moderno están ciegos ante los hechos
reales que nos presentan la Biblia y la historia. Han sido cegados por la
teoría de la evolución que descarta por completo el gran valor actual de la
Biblia. Como resultado, son incapaces de ver la sorprendente historia que se
encuentra en las Escrituras y su importancia para el futuro.
La mayoría de los
dirigentes religiosos se encuentra en esta misma situación. Incluso los que
afirman que en el conocimiento de la Biblia está su autoridad, están cegados
por los prejuicios de su tradición denominacional.
Sin embargo,
¡este no es un asunto de historia antigua! Nuestro futuro y el de nuestras
familias, así como el futuro de muchas naciones depende de la respuesta a la
pregunta: ¿Dónde se encuentran las "diez tribus perdidas de Israel"?
Como lo veremos, ¡la llave maestra que nos abre el entendimiento a las
profecías de la Biblia ha sido hallada!
En el sur de
Mesopotamia, cerca de la Ciudad de Babilonia, se encontraba un joven judío a la
orilla de un río. Este joven pertenecía a los miles de judíos que habían sido
traídos cautivos, hacía más de cuatro años, desde su tierra natal por los
ejércitos del Rey Nabucodonosor.
A la edad de 30
años, en el quinto año de su exilio, el sacerdote Ezequiel tuvo una
sorprendente visión. Al principio vio como un torbellino que se aproximaba
proveniente del norte. Pero observando atentamente, vio que no era una simple
tormenta que se acercaba. Poderosos relámpagos salían del "viento
tempestuoso". A medida que el torbellino se acercaba con un fuego
envolvente y un gran resplandor, Ezequiel empezó a ver detalles dentro de esta
sorprendente tempestad.
Primero vio
cuatro figuras angélicas con apariencia humana, pero cada una tenía cuatro
caras y cuatro alas. Al seguir observando, notó que bajo cada criatura giraba
una enorme rueda que se movía según lo hacía el extraño ser. Luego apareció una
gran expansión de cristal maravilloso sobre sus cabezas.
Cuando todo el
conjunto estuvo más cerca, Ezequiel pudo distinguir una luz brillante sobre la
expansión cristalina y dentro de esa luz pudo ver la figura de un trono y a un
glorioso Ser sentado en él. Entonces dijo: "Esta fue la visión de la
semejanza de la gloria del Eterno" (Ez. 1:28). Luego Ezequiel se postró
sobre su rostro.
Repentinamente
una voz salió del trono y le ordenó a Ezequiel que se levantara. El Dios de
Israel le dio entonces una comisión, Ezequiel fue nombrado
"centinela" para la casa de Israel (Ez. 2:3;
33:7, Biblia de
Jerusalén).
Este asombroso
despliegue de gloria y majestad dejó en Ezequiel una profunda impresión de la
importancia del encargo. Para que Dios se revelara en esa forma debía tener un
propósito verdaderamente importante.
La comisión de
Ezequiel
Observemos que la
comisión de Ezequiel no lo colocaba como centinela de su propio pueblo, la casa
de Judá, sino de las diez tribus del norte; ¡la casa de Israel! Judá estaba
solo parcialmente en cautiverio; la destrucción de Jerusalén ocurriría pocos
años después. Pero la casa de Israel había sido llevada a una tierra extraña, a
cientos de kilómetros de donde estaba Ezequiel y más de 120 años antes. ¿Qué
sentido tendría entonces advertirle a ese pueblo, ya cautivo, de una inminente
invasión y cautiverio?
Evidentemente el
mensaje de Ezequiel no era para la casa de Israel de sus días. ¡Dios no les iba
a advertir sobre un castigo más de un siglo después de enviarlo! Esto no
tendría ningún sentido. Además, Ezequiel nunca tuvo la oportunidad de darle
personalmente el mensaje a la casa de Israel. De aquí podemos deducir que ese
mensaje era para el tiempo del fin, ¡y que fue escrito y preservado para que
fuera entregado por los actuales siervos de Dios!
Dios designó a
Ezequiel para que fuera un centinela. Ahora bien, ¿qué es exactamente un
centinela? Es alguien que en la antigüedad vigilaba desde una torre alta sobre
los muros de las ciudades para advertir sobre alguna amenaza o peligro. El
trabajo de centinela era estar alerta y vigilante, oteando el horizonte para
ver si se aproximaba algún enemigo. Cuando estaba seguro de que algún enemigo
se aproximaba, el centinela daba la alarma con el sonido de una trompeta.
Asimismo, Dios le
advirtió a Ezequiel que si no sonaba la alarma y las calamidades caían sobre el
pueblo inadvertido, demandaría la sangre de sus manos. Pero si él sonaba la
alarma y el pueblo no hacía caso, sufrirían las consecuencias pero Ezequiel
quedaría libre de culpa (Ez. 33:9).
La casa de Israel
durante los días de Ezequiel ya estaba en cautiverio. La generación que fue
llevada en cautiverio había recibido la última advertencia más de un siglo
antes por los emisarios del Rey Ezequías de Judá (2 Cr. 30:1-12). Muy pocos
hicieron caso; la nación toda se burló de las advertencias; entonces Israel fue
llevada en cautiverio. Luego, más de un siglo después, a Ezequiel le fue
encomendado un mensaje semejante de vital importancia.
Los sucesos que
habrían de ocurrir en Jerusalén y Judá serían una "señal" para la
casa de Israel (Ez. 4:3); pero las advertencias de Ezequiel serían para Israel
en el tiempo del fin. De hecho, la Escritura nos dice que esas advertencias
debían escucharse cerca del día del Eterno (Ez. 7:19; 13:5; 30:1-3); cuando
Dios intervenga al final de esta era. Otras profecías de Ezequiel se refieren a
la reunificación después de la venida del Mesías; cuando el Rey David sea
resucitado y coronado rey sempiterno (Ez. 37:21-25); evidentemente en la
resurrección de los santos, un momento que de acuerdo con las profecías será al
regreso de Jesucristo con poder y gloria (1 Co. 15:50-53; 1 Ts. 4:16).
La sorprendente
visión de Ezequiel cobra un gran significado en la actualidad; porque nos deja
ver la seriedad e importancia de esa comisión que Dios le dio. Con esto en
mente, es fundamental conocer el paradero de los actuales descendientes de la
antigua casa de Israel. Una vez que conozcamos su identidad, debemos entonces
llevarles el mensaje de advertencia de Ezequiel.
El mensaje de
Ezequiel es en realidad una reprensión por el pecado, un llamado al
arrepentimiento y una promesa de su futura liberación y restauración. Por un
lado es un mensaje de advertencia severa del inminente juicio de Dios, por el
otro es la esperanza de un futuro glorioso. De hecho, es la única esperanza en
el mundo. Las naciones anglosajonas han perdido su sentido de lo moral y parece
que también su rumbo en la Tierra; acosadas por graves problemas y retos tanto
internos como extemos, carecen de sabiduría y de voluntad para afrontarlos.
Habiendo
descendido desde la cumbre del poderío mundial al concluir la segunda guerra
mundial, los pueblos anglosajones afrontan problemas cada vez más graves. Sin
embargo, la decadencia moral interna es lo peor. En medio de la prosperidad
material, han caído en la pobreza moral. Con todo, las crisis que les esperan
en el futuro inmediato, ni los dirigentes ni el pueblo se las imaginan.
¿Cómo podemos
estar seguros de que las profecías de la Biblia dirigidas a Israel se refieren
primordialmente a los pueblos anglosajones? ¿Qué advierten esas profecías para
el futuro? ¡Más adelante veremos las asombrosas respuestas a estas y otras
preguntas!

Las antiguas promesas
A partir de
Génesis 11:26 la Biblia inicia la historia de Abram, cuyo nombre luego es
cambiado por Abraham. El resto de la Escritura es lo que surge de la relación
de Dios con Abraham y las promesas para él y sus descendientes. Esas promesas
son la base de casi todas las profecías de la Biblia para el futuro.
Abram nació en
una familia que vivía en Ur de los caldeos, ciudad cercana a la antigua
Babilonia en el sur de Mesopotamia. Después de la muerte de uno de sus
hermanos; Abram, su padre y varios de sus familiares se trasladaron a Harán,
ciudad a varios cientos de kilómetros hacia el noroeste, vecina del alto
Eufrates. Poco tiempo después murió Taré, padre de Abram/ y allí fue enterrado.
Entonces Dios le ordenó a Abram, cuya edad era de 75 años, que dejara al resto
de su familia y se fuera a una tierra que Él le mostraría. Dios le prometió
entonces a Abram que haría de él una gran nación.
La promesa que
aparece por primera vez en Génesis 12 es algo vaga. Simplemente se refiere a
una tierra indefinida que Abram y su familia heredarían en el futuro. Pero en
el resto del Génesis encontramos la extraordinaria historia del
desenvolvimiento de las promesas de Dios.
Revelación de las
promesas a Abraham
En Génesis 12:1-3
encontramos las primeras promesas que Dios le hizo a Abram. Dios le dijo que
haría de él "una nación grande", que lo bendeciría y que en él serían
benditas todas las naciones de la tierra. También le dijo: "Bendeciré a
los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré" (v. 3).
Después que
Abram, su esposa y su sobrino Lot llegaron a la tierra de Canaán; tras un
incidente Dios decidió aclarar mejor sus promesas. Abram y Lot tenían grandes
rebaños y surgió entonces una contienda entre sus pastores por los derechos de
pastoreo. Abram solucionó el asunto ofreciéndole a Lot que escogiera las
tierras de su preferencia. Lot se decidió por las llanuras al otro lado del
Jordán y se fue con sus rebaños cerca de las ciudades de Sodoma y Gomorra.
Después que los
dos se separaron. Dios confirmó sus promesas a Abram: "El Eterno dijo a
Abram, después que Lot se apartó de él:
Alza ahora tus
ojos, y mira desde el lugar donde estás hacia el norte y el sur, y al oriente y
al occidente. Porque toda la tierra que ves, la daré a ti y a tu descendencia
para siempre. Y haré tu descendencia como el polvo de la tierra; que si alguno
puede contar el polvo de la tierra, también tu descendencia será contada"
(13:14-16). En Génesis 15 esta promesa es todavía más amplia; porque Dios le
dijo que su descendencia sería como el número de las estrellas (v. 5). Además
le señaló los límites de su heredad en el Medio Oriente, cuando le explicó que
a sus descendientes les daría la tierra que se extendía desde el Río de Egipto
hasta el Eufrates, área que incluía los territorios de varios pueblos que en
ese momento ocupaban la tierra (vs. 18-21).
Padre de
muchedumbre de gentes
Abram y su esposa
Sarai eran ya de edad avanzada y no habían tenido hijos. Aun así Dios le dijo a
Abram que tendría descendientes que heredarían un territorio. Durante 24 años
después de que salieron de Harán, Abram y Sarai esperaron y pensaron en esas promesas.
Hasta que finalmente, cuando Abram tenía 99 años, Dios le apareció de nuevo.
En Génesis 17:6
Dios le prometió: "Te multiplicaré en gran manera, y haré naciones de ti,
y reyes saldrán de ti." En este momento Abram también comprendió que
vendría a ser "padre de muchedumbre de gentes" (v. 4), y Dios le dijo
que cambiaría su nombre porAbraham/ que significa "padre de
multitudes"; y a Sarai le cambió su nombre por Sara, que significa
"princesa". También le dijo a Abraham que dentro de un año Sara le daría
a luz un hijo (17:19; 18:14). Tal cosa parecía increíble, pero sucedió como
Dios lo dijo e Isaac nació en el momento señalado.
14 años antes del
nacimiento de Isaac, Abraham ya había tenido un hijo, pero este hijo, Ismael,
no era el hijo de la promesa. Después de diez años de esperar las promesas de
Dios, Sara le rogó a Abram que se llegara a su sierva, Agar, y tuvo un hijo de
ella. Con esta acción no solo engendró un hijo sino problemas y conflictos que
permanecen hasta nuestros días.
Después del nacimiento
de Isaac, Abraham despidió a Agar y a Ismael y los envió lejos (Génesis 21:14).
Finalmente Ismael se casó con una egipcia, de la tierra de donde provenía su
madre y tuvo muchos hijos; de quienes descienden las naciones árabes.
Años después.
Dios visitó a Abraham una vez más para someterlo a una prueba suprema de fe.
Dios, quien ya había tratado durante muchos años con Abraham, le dijo que
llevara a su hijo Isaac a las montañas de la tierra de Moriah y lo ofreciera en
sacrificio. Abraham demostró su fe e hizo conforme Dios le pidió, estaba a
punto de ofrecer a su único heredero cuando Dios intervino y lo detuvo;
entonces ofreció un camero que encontró trabado en un zarzal en lugar de su
hijo Isaac.
Ante la/e de
Abraham Dios volvió a confirmar sus promesas, esta vez en forma incondicional:
"Llamó el ángel del Eterno a Abraham por segunda vez desde el cielo, y
dijo: Por mí mismo he jurado, dice el Eterno, que por cuanto has hecho esto, y
no me has rehusado a tu hijo, tu único hijo; de cierto te bendeciré, y
multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que
está a la orilla del mar; y tu descendencia poseerá las puertas de sus
enemigos. En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra, por
cuanto obedeciste a mi voz" (22:15-18).
Hay dos cosas
interesantes que debemos notar. Las promesas ya no iban a depender de las obras
futuras de Abraham o sus descendientes; porque ya él había superado la mayor
prueba de obediencia, y Dios garantizó el cumplimiento incondicional de sus
promesas.
El otro asunto es
que los descendientes de Abraham llegarían a poseer "las puertas de sus
enemigos". Una puerta es un pasaje estrecho por donde se puede entrar o
salir. Esta promesa significa que los descendientes de Abraham no solo
llegarían a formar multitud de naciones, sino que iban a tener el control de
los puntos estratégicos por donde debían transitar sus enemigos. Más adelante
examinaremos el significado de esta promesa tan importante.
Alguien podría
preguntar: ¿No se cumplieron acaso las promesas a Abraham en Cristo? Esta es
una pregunta cuya respuesta viene directamente de la Biblia.
En Calatas
3:26-29 vemos claramente que todo verdadero cristiano es un hijo espiritual de
Abraham y heredero de la promesa. El cumplimiento final de las bendiciones de
Dios a Abraham incluye la promesa de que sus herederos espirituales heredarán
la tierra (Ro. 4:13; Mt. 5:5). Y también recibió la promesa de una herencia
perpetua (Gn. 17:8), lo cual implica el don de la vida eterna.
Evidentemente las
promesas que Dios le hizo a Abraham tienen un aspecto espiritual; porque la
gracia de Dios va a ser concedida a toda la humanidad mediante la simiente,
Jesucristo (Gá. 3:16). El Mesías, descendiente de Abraham, sería el único
mediante el cual la humanidad recibiría la gracia de Dios para alcanzar las
bendiciones de la salvación del pecado y la vida eterna.
Sin embargo,
también hay un aspecto material de las promesas a Abraham. La primogenitura
trae consigo promesas de poderío nacional al igual que riqueza mineral y
agrícola. En Génesis 13:16 Dios le dijo a Abram que su descendencia sería
"como el polvo de la tierra"; en una referencia muy clara a la gran
cantidad de descendientes físicos de Abraham que heredarían poderío como
naciones y poseerían las puertas de sus enemigos.
Las promesas a
Abraham tienen entonces aspectos espirituales y materiales; porque incluyen a
Jesús el Mesías, y las bendiciones de la primogenitura que les serían
concedidas a una muchedumbre de sus descendientes, quienes llegarían a formar
una gran nación y una "multitud de naciones" (Gn. 48:19). Esto no
significa que quienes reciben las bendiciones sean mejores que los que no las
reciben. De hecho, vemos que quienes recibieron las bendiciones materiales en
su mayor parte las han dilapidado y se han alejado de Dios, por lo que tendrán
que afrontar el juicio divino.
El inicio de
Israel
Muchos años
después de que Dios hizo las promesas a Abraham, las reafirmó a su hijo Isaac:
"Habita como forastero en esta tierra, y estaré contigo, y te bendeciré;
porque a ti y a tu descendencia daré todas estas tierras, y confirmaré el
juramento que hice a Abraham tu padre. Multiplicaré tu descendencia como las
estrellas del cielo, y daré a tu descendencia todas estas tierras; y todas las
naciones de la tierra serán benditas en tu simiente, por cuanto oyó Abraham mi
voz, y guardó mi precepto, mis mandamientos, mis estatutos y mis leyes"
(Gn. 26:3-5). Las promesas a Isaac fueron basadas entonces en la obediencia de
Abraham a Dios (v. 24).
Isaac y Rebeca su
esposa tuvieron dos hijos, Jacob y Esaú. Quienes a pesar de ser gemelos, desde
un principio mostraron tener carácter y temperamento completamente diferentes.
Desde antes de su nacimiento. Dios reveló que el mayor, Esaú, habría de
servirle al más joven, Jacob (25:23). Jacob, siendo muy avispado por
naturaleza, no pudo esperar a que Dios le concediera las bendiciones de la
primogenitura; entonces siguiendo el consejo de su madre engañó a su padre para
que le transmitiera esta bendición. Dios lo permitió porque su propósito era
que Jacob recibiera las promesas;
pero Jacob tuvo
que aprender por medio de la experiencia lecciones muy difíciles que lo
llevaron al arrepentimiento.
Veamos entonces
las bendiciones de la primogenitura que Isaac le confirió a Jacob: "Dios,
pues, te dé del rocío del cielo, y de las grosuras de la tierra, y abundancia
de trigo y mosto. Sírvante pueblos, y naciones se inclinen a ti; sé señor de
tus hermanos, y se inclinen ante ti los hijos de tu madre. Malditos los que te
maldijeren, y benditos los que te bendijeren" (27:28-29). Hay dos cosas
que se mencionan aquí por primera vez:
La primera es que los descendientes de Jacob habrían de poseer gran
riqueza agrícola; la otra es que llegarían a ejercer poder sobre otros pueblos
y naciones.
Después del
engaño de Jacob contra su hermano, Isaac y Rebeca lo enviaron a la región donde
vivía la familia de su madre. Allí debería encontrar una esposa y pasar algún
tiempo hasta que se acabara la ira de su hermano Esaú. Las palabras de
despedida de Isaac fueron: "El Dios omnipotente te bendiga, y te haga
fructificar y te multiplique, hasta llegar a ser multitud de pueblos; y te dé
la bendición de Abraham, y a tu descendencia contigo, para que heredes la tierra
en que moras, que Dios dio a Abraham" (28:3-4).
Poco tiempo
después. Dios se presentó a Jacob en un sueño y aumentó las promesas. En su
sueño vio una gran escalera que llegaba hasta el cielo y a los ángeles que
subían y bajaban por ella. "Y eh aquí, el Eterno estaba en lo alto de
ella, el cual dijo: Yo soy el Eterno, el Dios de Abraham tu padre, y el Dios de
Isaac; la tierra en que estás acostado te la daré a ti y a tu descendencia.
Será tu descendencia como el polvo de la tierra, y te extenderás al occidente,
al oriente, al norte y al sur; y todas las familias de la tierra serán benditas
en ti y en tu simiente" (13-14).
Vemos aquí por
primera vez, que las tierras prometidas por Dios a Abraham abarcaban más que el
Medio Oriente; y que los descendientes de Jacob habrían de esparcirse por el
mundo entero. Esta herencia los haría relacionarse con casi todos los pueblos
de la tierra.
Durante el tiempo
de su exilio lejos de Canaán, Jacob aprendió muchas lecciones; y finalmente,
cuando regresó a su tierra, tuvo un encuentro con Dios en un lugar que luego
fue llamado Peniel. Después que Jacob luchó toda la noche con el divino
mensajero, Dios le dijo: "No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel;
porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido" (32:28). Jacob
o Israel llegó a ser el padre de doce hijos, progenitores de las doce tribus de
Israel.
Las promesas
hechas a Abraham fueron pasando de padre a hijo y gradualmente se fueron
ampliando. ¡Pero aún falta mucho! Porque a Abraham se le dijo que llegaría a formar
"multitud de naciones" que alcanzarían gran poderío y también que
habría de suscitar un linaje real. Esta promesa sería repartida entre dos de
los doce hijos de Jacob. Veamos esta reveladora escritura: "Los hijos de
Rubén primogénito de Israel (porque él era el primogénito, mas como violó el
lecho de su padre, sus derechos de primogenitura fueron dados a los hijos de
José, hijo de Israel, y no fue contado por primogénito; bien que Judá llegó a
ser el mayor sobre sus hermanos, y el príncipe de ellos; mas el derecho de
primogenitura fue de José)" (1 Cr. 5:1-2).
A Judá se le dio
entonces la promesa del cetro, de un linaje real que culminaría con el Mesías
como Rey de reyes. Pero las promesas de la primogenitura, de poderío nacional
no fueron dadas a los judíos, sino a los descendientes de José. ¡Entender esto
es la llave maestra que nos abrirá el conocimiento de todo lo demás!

Veamos un poco más
sobre la forma en que fueron ampliadas las promesas de la primogenitura a los
descendientes de José. Parte importante de esta historia ocurrió poco antes de
la muerte de Jacob o Israel. En aquel entonces él y toda su familia estaban
viviendo en Egipto, donde José había llegado a ser primer ministro. José fue a
visitar a su padre anciano y enfermo junto con sus dos hijos, Efraín y Manases.
Una ceremonia poco comprendida ocurrió durante esta visita.
En Génesis 48:5
Israel le dijo a José que iba a adoptar a Efraín y a Manases como hijos, de
esta forma serían contados entre las tribus de Israel. Así José recibiría una
doble porción. Después que José acercó a sus hijos, Israel los abrazó y les
impuso las manos para darles una bendición muy especial.
Aquí sucedió algo
muy interesante. José, intencionalmente colocó a los muchachos de manera que el
mayor. Manases, quedara a la derecha de Israel y que el menor, Efraín, quedara
a su izquierda. Esto con el fin de que Israel pusiera su mano derecha que
significaba una mayor bendición, sobre Manases, y la izquierda sobre Efraín.
Sin embargo, Israel cruzó sus manos y puso la derecha sobre Efraín y la
izquierda sobre Manases. José, cuando vio lo que consideró un error de su padre
casi ciego, trató de corregirlo; pero Israel se resistió y le explicó que había
cruzado sus manos en forma deliberada.
Israel le dijo a
José que su hijo mayor. Manases, llegaría a ser un gran pueblo, pero que Efraín
llegaría a formar una "multitud de naciones" (v. 19). Vemos aquí que
de los descendientes de José habría de surgir una gran nación y una multitud de
naciones. Ellos recibirían las bendiciones de la primogenitura, de poderío
nacional. Lo que conlleva la posesión de los pasos estratégicos que utilizarían
sus enemigos, enormes riquezas agrícolas y minerales, y la condición de
potencias mundiales que dominarían a otras naciones. En vista de que Dios
prometió que en ellos serían benditas las demás naciones, es de esperar que su
dominio como potencias mundiales sería ejercido de manera benigna.
¿Existe alguna
prueba histórica del cumplimiento de esas promesas? Antes de examinar lo
anterior, veamos unos cuantos detalles más que se revelan en el libro del
Génesis. Poco tiempo después de adoptar a Efraín y a Manases y de concederles
las bendiciones de la primogenitura, Israel hizo venir todos sus hijos. Se
encontraba al final de su larga vida y quería darle a su familia los últimos
consejos y bendiciones.
Observemos cómo
empezó su admonición: "Juntaos, y os declararé lo que os ha de acontecer
en los días venideros" (49:1). La profecía de Israel que siguió no fue
para sus días ni para cuando sus descendientes salieran de Egipto y entraran en
la tierra prometida. ¡Era para el tiempo del fin! Lo que se deduce es que al
final de los tiempos los descendientes de Israel aún existirían y se podrían
identificar las diferentes tribus.
Veamos lo que le
fue dicho a José: "Rama fructífera es José, rama fructífera junto a una
fuente, cuyos vástagos se extienden sobre el muro" (v. 22). Esta es una
forma poética de referirse a un pueblo que se multiplicaría y se extendería por
todas partes. Al fin y al cabo a los hijos de José se les concedería llegar a
formar una gran nación y una multitud de naciones. Israel entonces previo que
serían un pueblo colonizador. También les legó las "bendiciones de los
cielos arriba" y las "bendiciones del abismo que está abajo" (v.
25). Esto significa gran riqueza mineral (bendiciones del abismo) así como
bendiciones de un clima apto para gran prosperidad agrícola (bendiciones de los
cielos).
Ahora bien, ¿se
cumplieron alguna vez estas fabulosas promesas en los descendientes de Efraín y
Manases? ¡Lo que está en juego aquí es la veracidad de la Biblia como Palabra
de Dios!
Después de salir
de Egipto, las tribus de Israel vivieron durante siglos en el Medio Oriente, en
el territorio que Dios les había prometido. Sin embargo, antes del cautiverio
de Israel, la historia consignada en la Biblia no indica que Efraín y Manases
hayan llegado a ser una gran nación ni multitud de naciones. Tampoco llegaron a
ser benditas en ellas las naciones de la tierra, antes de que fueran llevadas
en cautiverio por los asirlos en el siglo octavo antes de Cristo. Evidentemente
el cumplimiento de las promesas que Dios le hizo a Abraham y que fueron legadas
a sus descendientes NO ocurrió antes de que las diez tribus de Israel
desaparecieran de las páginas de la Biblia y de las páginas de la historia
secular.
¡La manera en que
se cumplieron esas promesas, como veremos, constituye el resto de la historia!
Antes que los
hijos de Israel entraran en la tierra prometida, Dios inspiró a Moisés para que
les advirtiera sobre el futuro. Si bien las promesas de Dios estaban
aseguradas, el TIEMPO de su cumplimiento estaba
en las manos de
Dios y dependía de la conducta de Israel.
Por medio de
Moisés Dios les hizo la siguiente advertencia a los israelitas: "No haréis para vosotros ídolos, ni
escultura... Guardad mis días de reposo [sábados], y tened en reverencia mi
santuario. Yo el Eterno" (Lv. 26:1-2). Luego prosiguió: "Si anduviereis
en mis decretos y guardareis mis mandamientos, y los pusiereis por obra, yo
daré vuestra lluvia en su tiempo, y la tierra rendirá sus productos, y el árbol
del campo dará su fruto" (vs. 3-4). En los siguientes versículos. Dios
detalló las bendiciones agrícolas y la paz que disfrutarían si se mantenían
fieles. En el versículo 12 concluyó las bendiciones prometidas con esta
afirmación: "Andaré entre vosotros, y yo seré vuestro Dios, y vosotros
seréis mi pueblo."
Así como había
bendiciones por la obediencia, también habría graves consecuencias por
desobedecer. Si Israel se volvía a la idolatría y olvidaba los sábados de Dios,
sería entonces castigada por sus malas obras. En los versículos 16 y 17 Dios
señala como consecuencias enfermedades e incursiones enemigas. ¿Qué pasaría, si
después de repetidos castigos, Israel persistía en su rebeldía contra Dios y
sus leyes? "Y si aun con estas cosas no me oyereis, yo volveré a
castigaros siete veces más por vuestros pecados" (v. 18). La expresión hebrea
traducida como "siete veces" puede significar tanto extensión de
tiempo como intensidad de castigo. Esta expresión se vierte en algunos pasajes
como "siete tiempos".
En el capítulo 4
de Daniel, se relata un sueño que tuvo el Rey Nabucodonosor de Babilonia. En el
sueño escuchó que sería castigado por su orgullo con la pérdida del reino y de
la razón y que el castigo duraría "siete tiempos". En el cumplimiento
histórico del sueño en vida de Nabucodonosor, los siete tiempos fueron un
período de siete años.
¿Qué significan
las "siete veces" en el castigo que se anuncia en Levítico 26:18? Si
se trataba de un espacio de tiempo, ¿cuánto sería ese tiempo?
La comprensión de
este concepto nos brindará un conocimiento muchísimo más profundo de la
historia.
Busquemos primero
la respuesta a la pregunta sobre los "siete tiempos". ¿Cuántos días
vendrían a ser "siete tiempos"? En Apocalipsis 11 y 12 encontramos
claves para la respuesta.
En Apocalipsis 11:2-3
se equiparan dos períodos de tiempo:
42 meses y 1.260
días. Esto no presenta ninguna dificultad, porque 42 meses de 30 días son 1.260
días. En Apocalipsis 12:6 encontramos otra referencia a 1.260 días, pero esta
vez la cifra se equipara en el versículo 14 con la expresión: "un tiempo,
y tiempos, y la mitad de un tiempo". Ya vimos que 1.260 días equivale a 42
meses, exactamente tres años y medio. Nos queda claro entonces que en la Biblia
"un tiempo, y tiempos, y la mitad de un tiempo" equivale a tres años
y medio o a 1.260 días.
"Siete
tiempos" entonces, es el doble de "un tiempo, y tiempos y la mitad de
un tiempo" (tres años y medio). De aquí deducimos que siete tiempos
vendrían a ser 2.520 días (el doble de 1.260 días). Ahora bien, ¿cuánto tiempo
de castigo para Israel representan 2.520 días en la profecía bíblica? Para
facilitar la respuesta, veamos otro incidente relacionado con un castigo sobre
Israel. En Números 13 y 14 se relata cómo Moisés envió doce espías, uno de cada
tribu, para inspeccionar la tierra prometida. Diez de los espías trajeron un
mal informe que desanimó al pueblo e hizo que se negaran a entrar en la tierra.
Dios se indignó por la falta de fe del pueblo. Veamos cuáles fueron las
consecuencias: "Conforme al número de los días, de los cuarenta días en
que reconocisteis la tierra, llevaréis vuestras iniquidades cuarenta años, un
año por cada día; y conoceréis mi castigo" (Nm. 14:34).
La desobediencia
de Israel les causó un retraso de 40 años para entrar a la tierra prometida y
heredar las promesas que Dios les hizo a sus antepasados. Los 40 años de
castigo corresponden al principio de un año por cada día. En Ezequiel 4
encontramos un caso similar de castigo sobre Judá e Israel. En este relato al
profeta Ezequiel se le ordenó acostarse sobre su lado izquierdo todos los días
durante 390 días para representar el período del castigo sobre Israel. Luego se
le ordenó acostarse sobre su lado derecho cada día durante 40 días para
representar el castigo sobre Judá. Entonces el Eterno le dijo: "...día por
año, día por año te lo he dado" (v. 6). Vemos de nuevo entonces que un día
equivale a un año en el cumplimiento de ciertas profecías bíblicas.
Si cada día
representa un año en el cumplimiento de los castigos de Israel, siete tiempos
representarían 2.520 años. ¿Qué significa entonces todo este espacio de tiempo?
Pronto llegaremos a la sorprendente respuesta; pero, veamos primero las razones
por las que Israel fue llevada en cautiverio.
¿Por qué las diez
tribus fueron llevadas cautivas?
En Levítico 26
Dios señala claramente que si Israel empezaba a adorar ídolos y a transgredir
el sábado, utilizaría castigos para llamarle la atención. El cumplimiento de
esta advertencia se puede ver por todo el libro de los Jueces. A medida que
Israel caía en el pecado. Dios permitía incursiones terroristas provenientes de
las naciones vecinas para trastornar la paz y la economía. Algunas veces esas
naciones llegaron a gobernar a Israel durante años. Estos ciclos se repitieron
durante más de tres siglos hasta que se estableció la monarquía.
Como ya hemos
visto, después de la muerte de Salomón el reino de Israel se dividió en dos
naciones diferentes. Las diez tribus del norte escogieron a Jeroboam, hijo de
Nabat, como su rey; mientras que Judá permaneció fiel a Roboam, hijo de
Salomón. Poco después de la división del reino, Jeroboam tomó una decisión que
afectaría a las diez tribus de Israel por el resto de su historia.
En 1 Reyes 12 se
nos relata el suceso. Jeroboam empezó a temer que en el futuro las diez tribus
anhelarían reunirse con Judá. Pensó que si el pueblo iba a adorar a Dios en
Jerusalén durante las Fiestas anuales podría sentir nostalgia del pasado. Temió
que en un futuro podría añorar los tiempos en que había formado una sola nación
bajo la dinastía de David cuya sede fue Jerusalén; y que en algún momento esto
provocaría que lo eliminaran a él o a sus descendientes.
Analizado el
problema, Jeroboam llevó a cabo lo que consideró la solución. Reunió a todo el
pueblo y anunció algunos cambios. Para facilitar las cosas, les dijo que en
adelante contarían con dos lugares de adoración, de libre elección, en el norte
de Israel. De esta manera no tendrían que volver a Jerusalén. Los sitios de
adoración los estableció en Dan, al norte y en Bet-el, al sur; y en cada uno puso
un becerro de oro como objeto de culto. Además reemplazó al sacerdocio levítico
por hombres fieles a él y a su nueva religión. De hecho, Jeroboam
"estableció sacerdotes del común del pueblo" (v. 31, Biblia de
Jerusalén). Y como si no fuera suficiente, introdujo un cambio en la fecha de
las Fiestas anuales de Dios. La Fiesta de los Tabernáculos, que se celebra en
el séptimo mes del calendario sagrado, fue trasladada al octavo mes.
Durante los
siguientes 200 anos de existencia de la nación del norte de Israel, como país
independiente, hubo muchas dinastías. Quien quiera que fuera el rey, la Biblia
una y otra vez nos dice: "Se entregó a los pecados de Jeroboam hijo de
Nabat, que hizo pecar a Israel, y no se apartó de ellos" (1 R. 15:34;
16:19; 2 R. 3:3; 10:29; 13:2, 6,11; 14:24; 15:18, 24, 28; 17:22). Las diez
tribus se desentendieron por completo de las advertencias que Dios les hizo a
sus antepasados por medio de Moisés. Adoraron ídolos, transgredieron los
sábados y, en términos generales, abandonaron las leyes de Dios.
Las consecuencias
eran inevitables. Dios les había advertido siglos antes, por medio de Moisés/
que los castigaría "siete veces" más si persistían en su
desobediencia. Finalmente, a mediados del siglo octavo, los ejércitos del
poderoso Imperio Asirio invadieron Israel.
El Rey Manahem de
Israel, mediante una cuantiosa suma de dinero que le dio al Rey Pul de Asiría,
compró la tranquilidad por algún tiempo. Pocos años después, durante el reinado
de Peka, uno de los sucesores de Manahem, vino Tiglat-pileser rey de los
asirios y tomó gran parte del este y del norte del reino. Varias tribus, entre
ellas parte de Rubén, Gad y Neftalí; fueron llevadas cautivas a Asiría. Durante
el reinado de Oseas, sucesor de Peka, las cosas empeoraron. Los asirios regresaron
bajo un nuevo rey, Salmanasar; y le exigieron tributo al remanente de Israel.
Poco tiempo después regresaron y pusieron sitio a Samaría, que resistió tres
años antes de su caída. Entonces los asirios iniciaron la deportación masiva de
las diez tribus de Israel.
Esta deportación
tardó años en efectuarse. Antes de que empezara en forma masiva, un rey justo
subió al trono de Judá, el reino del sur. Este rey, Ezequías, asumió por
completo el mando después de la muerte de su padre, Acaz, en el año 714AC.
Habían gobernado juntos durante varios años, mas Ezequías solo obtuvo autoridad
independiente al morir su padre. Este, a diferencia de su padre, fue un hombre
que buscó de todo corazón a Dios. Desde que empezó a reinar solo, inició un
gran resurgimiento religioso en Judá.
Abrió el templo en Jerusalén y llamó al pueblo al arrepentimiento y a
que se dedicaran de nuevo a adorar al verdadero Dios.
Ezequías le dijo
al pueblo: "Nuestros padres se han rebelado, y han hecho lo malo ante los
ojos del Eterno nuestro Dios; porque le dejaron, y apartaron sus rostros del
tabernáculo del Eterno, y le volvieron las espaldas... Por tanto, la ira del
Eterno ha venido sobre Judá y Jerusalén, y los ha entregado a turbación, a execración
y a escarnio, como veis vosotros con vuestros ojos. Y he aquí nuestros padres
han caído a espada, y nuestros hijos, nuestras hijas y nuestras mujeres fueron
llevados cautivos por esto. Ahora, pues, yo he determinado hacer pacto con el
Eterno el Dios de Israel, para que aparte de nosotros el ardor de su ira"
(2 Cr. 29:6, 8-10).
El resurgimiento
durante el reinado de Ezequías no solo hizo que Judá escapara de la espada de
los asirlos que estaban destruyendo el reino de Israel, hacia el norte, sino
que fue la última oportunidad para las diez tribus del norte de evitar el
destierro total. Observemos lo que hizo Ezequías: "Envió después Ezequías
por todo Israel y Judá, y escribió cartas a Efraín y Manases, para que viniesen
a Jerusalén a la casa del Eterno para celebrar la pascua al Eterno Dios de
Israel... Y determinaron hacer pasar pregón por todo Israel, desde Beerseba
hasta Dan, para que viniesen a celebrar la pascua al Eterno Dios de Israel, en
Jerusalén; porque en mucho tiempo no la habían celebrado al modo que está
escrito" (2 Cr. 30:1, 5). Los mensajeros de Ezequías le dieron la
siguiente advertencia a los habitantes que todavía quedaban en el reino' del
norte: "No endurezcáis, pues, ahora vuestra cerviz como vuestros padres;
someteos al
Eterno... Porque si os volviereis al Eterno, vuestros hermanos y vuestros hijos
hallarán misericordia delante de los que los tienen cautivos, y volverán a esta
tierra..." (vs. 8-9).

¿Cuál fue la respuesta de
Israel? “Pasaron, pues, los correos de ciudad en ciudad
por la tierra de Efraín y
Manasés, hasta Zabulón; mas se reían y burlaban de ellos. Con
todo eso, algunos hombres de
Aser, de Manasés y de Zabulón se humillaron, y vinieron a
Jerusalén” (vs. 10-11). De una u
otra forma Israel desatendió las advertencias del Rey
Ezequías y su llamado al
arrepentimiento; la última advertencia que habrían de recibir. En
los años siguientes los asirios
desalojaron por completo el norte de Israel y trajeron gente
de entre los babilonios para
repoblarlo. Estos nuevos habitantes llegaron a ser conocidos
como los samaritanos, tomando el
nombre de la capital de Israel.
Israel comenzó entonces una
odisea que no terminaría en siglos. 2.520 años
tendrían que pasar antes de que
los descendientes de Israel empezaran a recibir las
bendiciones de la primogenitura
prometidas a sus padres. Durante 2.520 años, “un año por
cada día”, habrían de conocer el
“castigo” de Dios.
En Éxodo 31:12-17
Dios le dijo a Moisés que los sábados serían una señal entre Él e Israel para
siempre. Una señal es algo que identifica. El sábado es un recordatorio
perpetuo de quién es el verdadero Dios y cuál es su pueblo. Mientras los
israelitas guardaron el sábado, conservaron su identidad.
Hasta el día de
hoy, los judíos han mantenido su identidad en dondequiera que se encuentren.
Porque han conservado la señal del sábado nunca han perdido de vista quiénes
son.
En cambio Israel,
desde los días del Rey Jeroboam, abandonó los sábados de Dios sustituyéndolos
por sus propios días de adoración. Como resultado, cuando Israel fue en
cautiverio, no conservó su identidad entre las naciones que la rodeaban. Los
que los conocieron no los relacionaron con los judíos; y con el tiempo, los
mismos israelitas también olvidaron su verdadero origen.
Muchas de las
costumbres que acompañaron a los israelitas al cautiverio fueron tomadas de las
naciones paganas que los rodeaban. Mientras eran llevados cautivos por los
asirios, el profeta Miqueas estaba en Judá. Este le advirtió a Israel del
inminente castigo y por qué habría de venir: "Porque los mandamientos de
Omri se han guardado, y toda obra de la casa de Acab; y en los consejos de
ellos anduvisteis, para que yo te pusiese en asolamiento, y tus moradores para
burla. Llevaréis, por tanto, el oprobio de mi pueblo" (Mi. 6:16).
¿Quién era Omri y
cuáles fueron sus mandamientos? ¿Qué tuvo esto que ver con la pérdida de
identidad de Israel?
Los israelitas cautivos llegan a ser conocidos como cimerios
En cautiverio,
Israel llegó a perder hasta su nombre como nación. Dado que abandonaron la
señal de identidad que Dios estableció, la mayoría de los historiadores ya no
los reconocieron más como israelitas. Sin embargo. Dios sí sabe perfectamente
quiénes son. Veamos el mensaje que inspiró al profeta Amos antes del cautiverio
de Israel: "He aquí los ojos del Eterno el Señor están contra el reino
pecador, y yo lo asolaré de la faz de la tierra; mas no destruiré del todo la
casa de Jacob, dice el Eterno. Porque he aquí yo mandaré y haré que la casa de
Israel sea zarandeada entre todas las naciones, como se zarandea el grano en
una criba, y no cae un granito en tierra" (Am. 9:8-9).
En 1 Reyes 16 se
narra el ascenso de Omri al trono de Israel. Después de derrocar a su
predecesor Zimri, estableció una poderosa dinastía. Aunque solo reinó doce
años, estableció la capital en Samaria y dictó leyes que guiaron a la nación
por el resto de su historia. Su papel de legislador fue tan sólido, que 150
años después de su muerte y muchas dinastías después, el profeta Miqueas aún se
refirió a Israel como a quien guardaba "los mandamientos de Omri".
Obviamente porque la casa de Israel rechazó las leyes que Dios promulgó por
medio de Moisés y decidió guardar más bien las leyes de Omri. "Omri",
nos dice la Escritura, "hizo lo malo ante los ojos del Eterno, e hizo peor
que todos los que habían reinado antes de él" (v. 25).
Obviamente, los
mandamientos de Omri incluían prácticas religiosas paganas. Su hijo Acab se
casó con "Jezabel, hija de Et-baal rey de los sidonios, y fue y sirvió a
Baal, y lo adoró" (v. 31). Aunque tiempo después el Rey Jehú exterminó el
culto a Baal en Israel, lo cierto es que Israel jamás regresó al verdadero
Dios.
Veamos el
comentario de la Encyclopedia of Worid History de Langer, sobre el alcance de
la influencia de Omri: "Omri inició una larga dinastía. Construyó una
nueva capital en Samaría y restableció alianzas con Tiro... También reconquistó
a Moab, según se desprende de la inscripción de Mesa. Omri evidentemente fue un
rey poderoso. Los asirios se refirieron a Israel por su nombre: Bit Omri
(Kumri)" [Edición de 1968, pág. 44).
La historia del
mundo antiguo, aparte de lo que está consignado en las Escrituras, nos llega
por los escritos y monumentos de los grandes imperios de la antigüedad y por
los escritos de los historiadores griegos. Los asirios no utilizaron en sus
monumentos el nombre de "Israel", sino que utilizaron el nombre de
"Kumri"; y así fueron conocidos durante el cautiverio. Por este
nombre y algunas variantes según el idioma de los pueblos vecinos, es el nombre
con el que se identificó a Israel en la historia secular.
El pueblo
identificado en los monumentos asirlos como Kumri fue llamado en la lengua
babilónica como Gimirra (o Gimiri). Y los geógrafos griegos como Herodoto los
llamaron cimerios. Fue así como los israelitas en cautiverio fueron
identificados por la historia secular según el nombre que les dieron los demás;
nombres que variaron en escritura y pronunciación según el lenguaje del
escritor.
Migraciones de
Israel
¿Qué sucedió con
los israelitas que fueron llevados cautivos por los asirios? La Biblia nos dice
que fueron llevados a las ciudades de los medos; cerca del Río Gozan, afluente
del alto Eufrates. Las ciudades de los medos estaban en la región contigua al
sur de Armenia, entre el Mar Caspio y el Mar Negro.
El libro apócrifo
Segundo de Esdras, escrito como un siglo antes de Cristo, relata la tradición
que fue preservada entre los judíos:
"Aquellas
son las diez tribus, que fueron llevadas prisioneras lejos de su tierra... y
[Salmanasar] las llevó sobre las aguas, y de esta manera llegaron a otra
tierra. Pero se pusieron de acuerdo entre ellos en que se alejarían de la
multitud de paganos y se irían a un país lejano donde los hombres nunca habían
habitado... Y entonces ingresaron por pasajes estrechos del Río Eufrates"
(13:40-43).
Decir que los
israelitas emigraron siguiendo los "pasajes estrechos del Río",
simplemente significa que fueron hacia el norte por los pasos estrechos
montañosos del alto Eufrates. Esto los llevaría hacia las montañas del Caucase
y a la costa norte del Mar Negro. Allí es precisamente donde la historia ubica
a los cimerios, quienes luego siguieron hacia el noroeste de Europa por las
cuencas del Danubio y del Rin.
El Classical
Dictionary de Lempriere ubica a los cimerios "... cerca del Palus
Maeotis" (pág. 149). Palus Maeotis fue el nombre que le dieron los
antiguos griegos al gran lago del extremo norte del Mar Negro, conocido en la
actualidad como el Mar de Asof. Desde esta región algunos de los cimerios
emigraron directamente por el sistema fluvial hacia el noroeste de Europa;
mientras que otros invadieron el Asia Menor, y luego de ser repelidos se fueron
hacia el norte de Europa.
Con respecto a la
llegada de los cimerio-israelitas al noroeste de Europa, en The History of
France from Earliest Times to 1848, M. Guizot dice: "Entre los siglos
séptimo y cuarto antes de Cristo, una nueva población se esparció por la Galia;
no de una sola vez, sino en una serie de invasiones; de las cuales las dos
principales tuvieron lugar hacía el principio y el final de esa época. Estos se autodenominaban Kymrians o
Kimrians... nombre de un pueblo al cual los griegos ubicaron en la costa oeste
del Mar Negro y en la Península Cimeria, cuyo nombre actual es Crimea"
(pág. 16). Conocidos como galos o celtas por los romanos, estos pueblos se
esparcieron por lo que hoy es Francia y las Islas Británicas.
Los períodos de
mayor migración hacia el noroeste de Europa fueron, poco después de las
primeras invasiones asirías y unos 400 años después. En el año 331AC, Alejandro
el Grande derrotó a los medos y a los persas; entonces los israelitas que
todavía permanecían en la región de los medos quedaron en libertad de irse. Es
interesante notar que entre la caída de Samaría y la derrota de los medos
(721AC y 331AC) transcurrieron 390 anos; exactamente el tiempo que Ezequiel
profetizó para la casa de Israel en Ezequiel 4:5.
Otro antiguo
nombre por el que fueron conocidos los israelitas fue "escitas". De
una enorme región en las llanuras eurásicas de la actual Rusia, que en la
antigüedad se llamó Escitia. Muchos pueblos habitaron esta gran región, entre
ellos varias tribus de israelitas exiliados. Según con el historiador griego
Herodoto, "los persas los llamaron sacae, porque este fue el nombre que
ellos les dieron a todos los escitas" (The Persian Wars, VII, 64). La
palabra sacae o sakae viene del nombre de Isaac, antepasado de los israelitas.
El nombre de Isaac dio origen a los nombres de Escocia, Sajonia y Escandiría vía.
Los escoceses
conservan la historia de su origen escita en el documento más famoso de la
historia escocesa, la Declaración de Arbroath. Esta declaración fue escrita en
1320 y firmada por Robert de Bruce y sus nobles. En ella está la afirmación de
que los escoceses "...viajaron desde la Gran Escitia por el Mar Tirreno...
y que llegaron mil doscientos años después de que el pueblo de Israel cruzó el
Mar Rojo [aprox. 250ACJ, hasta su patria en el oeste donde viven
actualmente." El original de esta antigua carta, conocida por muchos como
"la más preciosa posesión de Escocia" se exhibe en una urna de
cristal en la Casa de Registro de Edimburgo. Al pergamino se le adjuntan los
sellos de los 25 nobles que lo suscriben.
Vemos entonces
que las diez tribus del norte de Israel fueron desterradas en el siglo ocho
antes de Cristo, y llevadas a diferentes regiones por sus captores. Como
perdieron su identidad, han figurado en la historia con diferentes nombres:
como curíenos, celtas y escitas; para citar unos pocos. Hoy en día, guiados por
antiguos registros, podemos trazar las migraciones de esos pueblos desde el Mar
Negro hasta las Islas Británicas y el noroeste de Europa.
¿Qué tiene todo
esto que ver con las profecías de la Biblia? Más adelante encontrará las
sorprendentes respuestas.
En la antigüedad.
Dios hizo grandes promesas a Abraham y a sus descendientes. Hemos visto ya que
las diez tribus del norte fueron desterradas de su patria y finalmente emigraron
hacia el noroeste de Europa. ¿Cómo habrían de cumplirse las promesas hechas a
Abraham?
Veamos cómo Dios
ha intervenido asombrosamente en la historia para realizar sus propósitos y
cumplir con su palabra.
Siete tiempos
profetices, 2.520 años; debían transcurrir a partir de la caída de Samaría y el
cautiverio de Israel en el 721AC, hasta que empezaran a cumplirse las promesas
incondicionales hechas a Abraham (Gn. 22:15-18). Esto nos lleva al año ISOOoc,
cuando de acuerdo con las Escrituras, los descendientes de Abraham comenzarían
a recibir las promesas de la primogenitura. El increíble desarrollo de los
pueblos de habla inglesa a partir de 1800 es sorprendente.
Para comprender
lo sucedido y tener un mejor panorama, veamos brevemente la historia de Europa:
A finales del siglo once después de Cristo, la mayoría de las migraciones hacia
Europa habían terminado y las naciones ya estaban en las regiones en que se
encuentran actualmente. Los israelitas habían llegado, en oleadas migratorias
durante siglos, a las nuevas tierras que habrían de heredar. Cabe recordar que
Dios le había dicho a Jacob que sus descendientes serían esparcidos hacia el
norte, el sur, el este y el oeste (Gn. 28:14).
Durante los diez
siglos transcurridos desde la caída de Roma hasta el siglo 15, Europa estaba
totalmente dominada por la Iglesia Católica y se debatía en la pobreza, la
ignorancia y la guerra. La mayor parte de ese período ha sido llamado por los
historiadores la "era del oscurantismo".
En la segunda
mitad del siglo 15 hubo tres acontecimientos decisivos en la historia. El
primero fue la caída de Constantinopla a manos de los turcos en 1453. Esto
trajo la influencia de los eruditos y los manuscritos griegos del Nuevo
Testamento a Europa Occidental. El segundo fue en 1456, cuando Johannes
Gutenberg perfeccionó el uso de los tipos intercambiables y nació la imprenta.
Esto hizo posible una amplia difusión del conocimiento. En 1492, Cristóbal
Colón avistó tierra; y se inició una relación ininterrumpida entre Europa y el
nuevo continente de América.
Durante ese
tiempo, Inglaterra salió finalmente de su lucha interna o guerra de las dos
rosas; y emergió entonces un gobierno estable bajo la dinastía de los Tudor con
Enrique VII. Durante el siglo siguiente, una notable transformación empezó a
efectuarse en Inglaterra. La alfabetización se extendió, el dominio católico
cesó y la pequeña nación insular empezó a convertirse en una potencia marítima.
El año 1588
señala un hito en la historia de Inglaterra. España decidió conquistar Inglaterra
y llevarla de nuevo al seno de la Iglesia Católica. Para lograrlo, la famosa
Armada Invencible izó velas desde España. Pero sacudida por las tormentas, la
armada fue destruida y la débil Inglaterra quedó a salvo.
Veamos lo que
escribió Sir Winston Churchill en su History of the English-Speaking Peoples:
"Mas para el pueblo inglés en general, la destrucción de la armada fue un
milagro. Durante 30 años la sombra del poder español había oscurecido la arena
política. Una oleada de emoción religiosa llenó la mente de los hombres. Una de
las medallas conmemorativas de la victoria lleva la inscripción:
'Affiavit Deus et
dissipantur' [Dios sopló y los dispersó]. Isabel y sus marinos entendieron esta
verdad" (vol. II, pág. 131).
La milagrosa
victoria le permitió a Inglaterra no estar más bajo el dominio del papado y
preparó el camino para la futura libertad religiosa. La conciencia de la
intervención de Dios en la historia de Inglaterra suscitó un nuevo interés en
la Biblia. Este interés condujo a la traducción y amplia difusión de la Biblia
durante el remado del sucesor de la Reina Isabel I, el Rey Jacobo I.
Durante los
siglos 16 y 17 los marinos y exploradores ingleses recorrieron el mundo. Esto
señaló el inicio de la preponderancia de Inglaterra en los mares y preparó el
camino hacia la futura grandeza financiera y comercial.
Cuando llegó el
año 1800, Inglaterra y sus excolonias americanas, los incipientes Estados
Unidos, solo tenían una pequeña parte de los territorios y la riqueza del
mundo. En Europa, Napoleón se proponía formar un enorme imperio continental con
Francia como cabeza. Pero en lugar de ver sus esfuerzos coronados por el éxito,
algo completamente diferente sucedió.
En los años
subsiguientes, Inglaterra surgió como cabeza del inmenso Imperio Británico; el
más grande que la humanidad había conocido. Hacia finales del siglo 19, más de
la cuarta parte del territorio y la población mundial se encontraban bajo la
bandera británica. Los Estados Unidos, que en 1800 apenas contaban con la costa
este; en menos de medio siglo se expandieron a todo lo ancho del Continente
Norteamericano. El Imperio Británico, la más poderosa mancomunidad de naciones;
y la mayor nación, los Estados Unidos, surgieron conforme a lo predicho. El año
1800 señaló el momento en que se cumplirían los 2.520 años de retención de las
promesas de la primogenitura.
"¿Cómo lo
lograron los británicos? En primero lugar, ¿cómo hizo una isla marginal para
levantarse de la miseria y el atraso hasta el dominio mundial? Y, ¿cómo
hicieron, para mantener unido entre las dos guerras [mundiales] a su
tambaleante imperio al parecer con poco esfuerzo?" (The Europeans,
pág. 47). Estas fueron
preguntas que planteó el escritor Luigi Barzini y que han sido secundadas por
muchos.
Mientras que
otras naciones trazan planes con el propósito de conquistar grandes extensiones
territoriales y construir un imperio; los británicos, se ha dicho, sin darse
cuenta, resultaron con un imperio.
¿Cómo llegó a efectuarse tan extraordinaria transformación?
Canadá, gran
reserva de riqueza agrícola y mineral; llegó casi sin haber sido solicitada al
Imperio Británico. Después de la victoria inglesa sobre Francia en la guerra de
los siete años (1756-63), en el Parlamento muchos se oponían a aceptar de
Francia el Canadá;
advirtiendo que
"...el pequeño negocio en pieles de castor no compensaría los costos en
defensa y administración..." (A History of England and the British Empire,
por Hall & Albion, pág. 463). De hecho, "Halifax [Nueva Escocia] fue la única comunidad en
América fundada directamente por el gobierno británico" (pág. 456).
Australia y Nueva
Zelanda llegaron casi de igual manera a formar parte del Imperio Británico. Se
ha dicho sobre Australia que el descubrimiento de oro en 1851 "convirtió
una colonia en una nación" (pág. 664). La población saltó de 250.000 a
casi un millón en poco más de diez años. Y en cuanto a Nueva Zelanda "el
gobierno inglés se opuso durante largo tiempo a la iniciativa de poner a Nueva
Zelanda bajo la bandera británica... Entonces Nueva Zelanda se mantuvo sin ley
hasta que el establecimiento de colonos ingleses permanentes hizo necesario un
control más definido" (pág. 664).
Durante el curso
del siglo 19 el Imperio Británico llegó a tener posesiones hasta en el último
rincón de la Tierra; y entre esas posesiones estaban prácticamente todas las
puertas marítimas estratégicas. "Tu descendencia poseerá las puertas de
sus enemigos" (Gn. 22:17), fue una de las bendiciones que Dios le prometió
a Abraham. Esos pasajes estrechos por donde tenía que pasar el tráfico marítimo
fue de inestimable valor para los británicos, tanto para efectos comerciales
como para propósitos de seguridad durante las dos guerras mundiales del siglo
20. El control británico del Canal de Suez y del Estrecho de Gibraltar, así
como de la estratégica Isla de Malta, resultaron fundamentales para el dominio
aliado en el Mediterráneo durante la segunda guerra mundial.
Con Australia,
Nueva Zelanda y Canadá; los británicos llegaron a poseer buena parte de la mayor
riqueza agrícola de la Tierra. Los enormes campos de cereales e innumerables
rebaños de ovejas y ganado significaron el cumplimiento de las antiguas
promesas de Dios a Abraham. Además, contaron con las enormes riquezas minerales
de Canadá, Australia y Sudáfrica. La misma Inglaterra llegó a tener control de
la mayoría de las reservas petroleras del Medio Oriente; cuyas posesiones y
oleoductos significaron una enorme ayuda para proveer de petróleo a los aliados
durante la segunda guerra mundial.
En general, la
influencia británica resultó ser benéfica para el mundo entero, exactamente
como Dios lo predijo desde la antigüedad (v. 18). Precisamente fue la Marina
Británica la que acabó con el tráfico internacional de esclavos a principios
del siglo 19. La British ana Foreing Bible Society, con sede en Londres, se
hizo cargo de que la Biblia fuera traducida a casi todos los idiomas y que por
primera vez estuviera al alcance de todos los pueblos de la Tierra.
En todo el
imperio el gobierno británico no se impuso por enormes ejércitos de ocupación.
De hecho, durante el siglo 19, el ejército británico era realmente pequeño; y
fue conocido como "la delgada columna roja". En la India gigantesca,
que en el siglo 19 ya estaba habitada por muchos millones, el gobierno lo
ejercía el servicio civil británico, el cual lo constituían apenas varios
centenares de miembros. Administraron justicia, cobraron impuestos y aplicaron
las leyes. "Ellos solos entraron en contacto directo con la población
nativa... trabajaron ardua y eficientemente... entre ellos nunca se conoció la
corrupción y mantuvieron con éxito la justicia, la paz y el orden durante
decenios" (pág. 738).
La pequeña
Inglaterra surgió, prácticamente de la noche a la mañana, para gobernar el mayor
y el más extenso de los imperios que el mundo ha conocido. Ese imperio se
convirtió en una gran mancomunidad de naciones unidas por la lealtad a una
corona. ¿Dónde más podríamos encontrar el cumplimiento de la antigua promesa
que Jacob pronunció para su nieto Efraín? (Gn. 48:19). ¡Efectivamente Dios
cumplió su palabra con respecto a lo dicho a Abraham!
Posesiones territoriales de Estados Unidos y Gran
Bretaña durante su período de mayor influencia

El trono de David
Por medio del profeta
Natán, Dios le hizo una grandiosa promesa al Rey David: Cuando tus días sean
cumplidos, y duermas con tus padres, yo levantaré después de ti a uno de tu
linaje, el cual procederá de tus entrañas, y afirmaré su reino. Él edificará
casa a mi nombre, y yo afirmaré para siempre el trono de su reino. Yo le seré a
él padre, y él me será a mí hijo. Y si él hiciere mal, yo le castigaré con vara
de hombres, y con azotes de hijos de hombres;
pero mi
misericordia no se apartará de él como la aparté de Saúl, al cual quité de
delante de ti. Y será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante de tu
rostro, y tu trono será estable eternamente" (2 S. 7:12-16).
Dios le explicó a
David que aunque castigaría a sus descendientes por sus pecados, no quitaría el
reino de su linaje como lo hizo con Saúl. Ahora bien, ¿qué sucedió con ese
linaje real? La historia dice que el Rey Sedequías, descendiente de David, fue
el último rey que ocupó el trono de Judá en Jerusalén. En el año 586AC,
Nabucodonosor llevó cautivo a Sedequías a Babilonia, incendió el templo y
destruyó Jerusalén. "Degollaron a los hijos de Sedequías en presencia
suya, y a Sedequías le sacaron los ojos, y atado con cadenas lo llevaron a
Babilonia" (2 R. 25:7).
¿Qué sucedió
entonces con la promesa de Dios a David?
Para continuar
con la historia, veamos la profecía que Dios inspiró en Ezequiel 17. Esta
comienza con una adivinanza según la cual una gran águila llega a un cedro y
arranca "el principal de sus renuevos"; luego lo lleva a "una
ciudad de comerciantes" (v. 4). ¿Cuál es el significado de esta
adivinanza? En el versículo 12 está la respuesta: "Di ahora a la casa
rebelde: ¿No habéis entendido qué significan estas cosas? Diles: He aquí que el
rey de Babilonia vino a Jerusalén, y tomó a tu rey y a sus príncipes, y los
llevó consigo a Babilonia."
Pero aquí no
termina la historia, porque Dios continúa en los versículos 22 y 23:
"Tomaré yo del cogollo de aquel alto cedro, y lo plantaré; del principal
de sus renuevos cortaré un tallo [un retoño tierno dice la Versión Popular], y
lo plantaré sobre el monte alto y sublime. En el monte alto de Israel lo
plantaré, y alzará ramas, y dará fruto, y se hará magnífico cedro; y habitarán
debajo de él todas las aves de toda especie; a la sombra de sus ramas
habitarán."
Hemos visto que
"el principal" de los renuevos del cedro representa al último rey de
Judá, Sedequías. Un "tallo" del "principal de sus renuevos
vendría a ser uno de sus hijos. Mas vimos que sus hijos fueron degollados.
Entonces, este tallo o "retoño tierno" se refiere a una de sus hijas.
Dios dice que lo plantará en un monte alto (en profecía bíblica un monte
significa una nación) donde llegará a ser un gran árbol. Esto indica que ella se casaría y en su
descendencia continuaría la dinastía. Téngase en cuenta ahora algo muy
importante: El linaje de David había estado reinando sobre Judá, pero este
"retoño tierno" sería plantado ahora para reinar sobre Israel (v.
23).
En los antiguos
anales irlandeses encontramos el resto de esta historia. Nos hablan de la llegada
del profeta Jeremías y su secretario Baruc a Irlanda después de la caída del
Reino de Judá. Venían acompañados de una joven princesa y traían la liafail
como se llamó en gaéiico a la piedra de la coronación. Según los antiguos
anales la princesa se llamaba Tea Tefi y se casó con el hijo del rey de
Irlanda. Sus descendientes durante muchos siglos mantuvieron el trono en
Irlanda. Luego, en los días de Kenneth McAlpine, lo trasladaron y gobernaron
desde Scone en Escocia. Esta misma dinastía ha continuado hasta el día de hoy
en la persona de la Reina Isabel II, descendiente directa de Tea Tefi y su
esposo. ¡Dios ha cumplido la promesa que hizo al Rey David!
Los Estados Unidos y las promesas de Manases
¿Qué sucedió con
los Estados Unidos de América? ¿Es el pueblo norteamericano también
descendiente de la antigua Israel? Démosle un vistazo a la historia.
La primera
colonia permanente en lo que ahora son los Estados Unidos fue Jamestown,
Virginia, en 1607. Pocos años después arribaron los peregrinos a la Roca de
Piymouth en Massachusetts. Durante los siglos 17 y 18 muchos colonos de las
Islas Británicas se trasladaban a lo que llegó a convertirse en los Estados
Unidos. Según dice el profesor David Fisher en su obra titulada Albion s Seed,
durante esos dos siglos cuatro grandes oleadas de inmigrantes llegaron a los
futuros Estados Unidos. Estas oleadas migratorias tuvieron su origen en lugares
específicos de las Islas Británicas y se establecieron en regiones también
específicas de las colonias americanas.
Nueva Inglaterra,
por ejemplo, fue colonizada principalmente por inmigrantes de Anglia del este.
Ciertas parroquias del sudeste de Inglaterra quedaron prácticamente despobladas
entre los años 1629 y 1641, debido a que los grupos familiares emigraban en masa.
"Actualmente, Anglia del este luce muy rural en comparación con otras
regiones de Inglaterra. Pero a principios del siglo diecisiete era la parte más
densamente poblada y urbanizada de Inglaterra, y así había sido durante muchos
siglos"
(Albion's Seed, pág. 43).
En su gran
mayoría, los inmigrantes que colonizaron los Estados Unidos antes de la guerra
civil llegaron del noroeste de Europa; principalmente de las Islas Británicas o
de algunas regiones del norte de Alemania. Estos inmigrantes aportaron el carácter
de la gran nación de Norteamérica y de ellos han salido la mayoría de los
líderes hasta el día de hoy. Aun aquellos que llegaron después provenientes de
otras partes de Europa, con toda posibilidad son de origen israelita. Porque la
profecía de Amos dice que la casa de Israel sería "zarandeada entre todas
las naciones, como se zarandea el grano en una criba, y no cae un granito en
tierra" (Am. 9:9).
Con la compra de
Luisiana en 1803, los Estados Unidos inician una rápida expansión territorial,
que en una generación los lleva a todo lo ancho del continente. En el
territorio comprado a Napoleón, por menos de doce centavos la hectárea, estaba
incluida la región agrícola más fértil del mundo, el Medio Oeste Americano.
Gracias a esa
combinación de riqueza agrícola y mineral, los Estados Unidos estaban
destinados a tener el mayor ingreso per cápita del mundo. En cuestión de
producción de cereales, de ganado, carbón, hierro o petróleo; los Estados
Unidos han gozado de una abundancia sin igual. Por ejemplo, durante la segunda
guerra mundial, los campos petrolíferos del este de Texas produjeron más que
todas las potencias del eje juntas. La profecía del anciano Israel a su nieto
Manases, de que sus descendientes habrían de constituir una gran nación (Gn.
48:19); sin lugar a dudas se ha cumplido en los Estados Unidos de América.
Además, con la
adquisición del Canal de Panamá y de varias posesiones insulares adquiridas a
finales del siglo 19, los Estados Unidos también llegaron a poseer "las
puertas de sus enemigos" (Gn. 22:17; 24:60). Conjuntamente con la Gran
Bretaña, mantuvieron el control de casi todo paso estratégico de la Tierra
durante la mayor parte de los siglos 19 y 20.
Durante su
apogeo, las naciones anglosajonas poseyeron o controlaron gran parte de la riqueza
del mundo. Simplemente no ha habido otra nación que pueda compararse con la
riqueza y el poder que han tenido los pueblos de habla inglesa.

Sin embargo, las
grandes bendiciones acarrean grandes deberes acerca de los cuales se les
advierte. Hay peligros específicos que se ciernen sobre dichas naciones en ese
libro que se difundió a lo largo y ancho del mundo de habla inglesa, la Biblia.
Dios inspiró a
Moisés desde la antigüedad para que consignara una advertencia dirigida a estos
pueblos en medio de su fabulosa riqueza y abundancia: "El Eterno tu Dios
te introduce en la buena tierra... tierra en la cual no comerás el pan con
escasez, ni te faltará nada en ella... Cuídate de no olvidarte del Eterno tu
Dios, para cumplir sus mandamientos... no suceda que comas y te sacies, y
edifiques buenas casas en que habites... y se enorgullezca tu corazón... y
digas en tu corazón: Mi poder y la fuerza de mi mano me ha traído esta
riqueza" (Dt. 8:7-17). Luego les advierte: "Sino acuérdate del Eterno
tu Dios, porque él te da el poder para hacer las riquezas, a fin de confirmar
su pacto que juró a tus padres, como en este día" (v. 18).
Uno de los
grandes peligros de la riqueza y la abundancia es el egocentrismo y el
materialismo que pueden generar. En vez de llegar a ser los más agradecidos de
los pueblos, estas naciones se han dejado llevar por la soberbia.
Su grandeza
nacional no es el resultado de una superioridad innata; sino que la posesión de
las mejores porciones de la tierra es el resultado de la fe y la obediencia de
Abraham y de las promesas que Dios le hizo. Moisés les dijo a sus antepasados:
"No por ser vosotros más que todos los pueblos os ha querido el Eterno y
os ha escogido, pues vosotros erais el más insignificante de todos los pueblos;
sino por cuanto el Eterno os amó, y quiso guardar el juramento que juró a
vuestros padres..." (Dt. 7:7-8). Dios llamó a Israel para que fuese un
pueblo santo. Hoy más que nunca tienen acceso directo a la Palabra de Dios. Con
todo, la conducta de estos pueblos y de sus dirigentes está lejos de lo que
Dios manda. En medio de la abundancia son desagradecidos y desobedientes con el
Dios que los bendijo. Así como Dios tuvo que castigar a sus antepasados, tendrá
que hacerlo con estas naciones en la actualidad.
¡Los Estados
Unidos y las naciones británicas tienen una cita con el juicio de Dios!
¿Qué les espera a los descendientes de Israel?
En 1897, año del jubileo
de diamante de la Reina Victoria, uno de los más estimados poetas británicos
expresó un sombrío presentimiento. El Imperio Británico estaba en
el cénit de su
gloria; y en ese contexto, Rudyard Kipling escribió su Himno de fin de oficio,
el cual resultó ser notablemente profetice: "Dios de nuestros padres, por
siempre conocido / Señor que peleas nuestras grandes batallas / Por cuya
poderosa mano nos mantenemos / Soberano de las palmas y los pinos / Señor Dios
de los ejércitos, quédate con nosotros, no sea que te olvidemos; ¡no sea que te
olvidemos!" Y prosiguió: "Señor, ¡toda nuestra pompa de antaño ha
quedado como Nínive y Tiro! Juez de las naciones, ten misericordia de nosotros
/ No sea que te olvidemos; ¡no sea que te olvidemos!"
Un siglo después,
los pueblos anglosajones se han olvidado de Dios. La poderosa advertencia de
Dios a su pueblo olvidadizo retumba a lo largo de los siglos: "Mas si
llegares a olvidarte del Eterno tu Dios y anduvieres en pos de dioses ajenos, y
les sirvieres y a ellos te inclinares, yo lo afirmo hoy contra vosotros, que de
cierto pereceréis" (Dt. 8:19).
¿De qué manera se
han olvidado estas naciones de Dios y de sus leyes? La base fundamental de la
sociedad, la unidad familiar, está hecha añicos por los divorcios y las uniones
ilegítimas. Los homosexuales desfilan orgullosos por las calles de las grandes
ciudades desde San Francisco hasta Sidney. El aborto es el holocausto
silencioso que acaba con la vida de millones de bebés. La escalada de violencia
es tal que la gente teme caminar por las calles de las ciudades después del
atardecer. La codicia, el materialismo y la inmoralidad se han entretejido en
la urdimbre de la sociedad.
Los mensajes de
los profetas describen tan claramente la situación de estas naciones como el
mejor de los noticiarios: "¡Oh gente pecadora, pueblo cargado de maldad,
generación de malignos, hijos depravados! Dejaron al Eterno, provocaron a ira
al Santo de Israel, se volvieron atrás" (Is. 1:4). Y el cinismo es su
mejor patrón de conducta: "La apariencia de sus rostros testifica contra
ellos;
porque como
Sodoma publican su pecado, no lo disimulan. ¡Ay del alma de ellos! porque
amontonan mal para sí" (Is. 3:9).
Como vimos al
inicio de este folleto, Dios comisionó al profeta Ezequiel como centinela de la
casa de Israel: "A tí, también, hijo de hombre, te he hecho yo centinela
de la casa de Israel. Cuando oigas una palabra de mi boca, les advertirás de mi
parte" (Ez. 33:7, Biblia de Jerusalén). ¿Cuál es el mensaje para la Israel
actual, preservado hasta nuestros días por los escritos del profeta Ezequiel?
"Tú, hijo de
hombre, ¿no juzgarás tú, no juzgarás tú a la ciudad derramadora de sangre, y le
mostrarás todas sus abominaciones?... En tu sangre que derramaste has pecado, y
te has contaminado en tus ídolos que hiciste..." (Ez. 22:2, 4). Además de
la violencia y la idolatría. Dios inspiró a Ezequiel para que inculpara a
Israel por la inmoralidad; como el adulterio y el incesto (vs. 9-11). También
se refiere a la desintegración de la estructura familiar y al maltrato de los
necesitados e indefensos (v. 7). Como con voz de trueno les dice: "No
tienes respeto a mis cosas sagradas, profanas mis sábados" (v. 8, Biblia
de Jerusalén).
En el libro de
Ezequiel encontramos una inculpación por los pecados de esas naciones, un
llamado al arrepentimiento y la advertencia del inminente juicio de Dios. Y va
más allá de ese juicio, predice un tiempo de arrepentimiento y restauración
nacional después del regreso de Cristo.
Todas esas
naciones, en forma colectiva, se han ido alejando cada vez más de Dios; aunque
se consideren a sí mismas como "naciones cristianas"; sus pecados son
una afrenta contra el Dios Todopoderoso, quien ha derramado sobre ellas las más
selectas bendiciones de los cielos.
Sobre las
naciones de habla inglesa, la actual casa de Israel, y sobre el resto del
mundo, se cierne una tribulación indescriptible. El mismo Dios les dice:
"Quebrantaré el sustento del pan" (Ez. 4:16). Aquí se refiere a un
tiempo de hambre y desolación, cuando las ciudades queden desiertas (12:20).
Aunque les parezca imposible a los estadounidenses, canadienses y británicos,
el Todopoderoso dice que estos males se avecinan.
Una gran unión de
naciones en Europa, en este momento en formación, llegará a convertirse en la
séptima y última restauración del Imperio Romano Germánico. De acuerdo con
Apocalipsis 13 y 17, este poderoso imperio llegará a dominar al mundo entero
durante breve tiempo. Se trata de una superpotencia europea que atacará y
subyugará a los pueblos anglosajones; y también se encargará de ocupar al
estado judío, actualmente llamado Israel, en el Medio Oriente.
La gente se ha
vuelto concupiscente y materialista; se ha olvidado de su Hacedor y hace caso
omiso de su libro de instrucciones, la Santa Biblia. La hora de rendir cuentas
se acerca, la mayoría de nuestros lectores vivirá para ver aquel tiempo.
Para cada uno de
nosotros y nuestras familias hay una forma de librarse, pero hay condiciones:
"¿Quiero yo la muerte del impío? dice el Eterno el Señor. ¿No vivirá, si
se apartare de sus caminos?... Por tanto, yo juzgaré a cada uno según sus
caminos, oh casa de Israel, dice el Eterno el Señor. Convertios, y apartaos de
todas vuestras transgresiones, y no os será la iniquidad causa de ruina. Echad
de vosotros todas vuestras transgresiones con que habéis pecado, y haceos un
corazón nuevo y un espíritu nuevo. ¿Por qué moriréis, casa de Israel? Porque no
quiero la muerte del que muere, dice el Eterno el Señor; convertios, pues, y
viviréis? (Ez. 18:23, 30-32).
Lo que Dios desea
es el arrepentimiento, no el castigo; mas la única forma en que muchos atienden
es mediante el castigo. Muchos simplemente no prestarán atención al mensaje de
advertencia hasta que el mundo se les venga encima. ¿Está usted dispuesto a escuchar
y a arrepentirse?
La Iglesia de
Dios está proclamando el mensaje de advertencia y de esperanza de Ezequiel a
las naciones de Israel y al mundo entero. Es esencial que comprendamos lo que
la Palabra de Dios nos dice;
¡y que actuemos
conforme a ese entendimiento!
De acuerdo con la
profecía bíblica, la amenaza de catástrofes financieras y derrumbe social
preparará el terreno para los próximos acontecimientos. Como respuesta a los temores crecientes,
repentinamente surgirá ante el mundo un poderoso y carismático líder en Europa;
aliado con un líder religioso que suscitará una histeria colectiva mediante lo
que en términos bíblicos se conoce como "señales y prodigios
mentirosos" (2 Ts. 2:9). Ese líder político y militar se servirá del
engaño para alcanzar gran poder y será el dirigente de un restaurado Sacro
Imperio Romano Germánico, al que la Biblia llama "BABILONIA LA
GRANDE" (Ap. 17,18).
Esa unión europea
de iglesia y estado prometerá prosperidad universal y durante breve tiempo
ejercerá dominio económico a escala mundial. En Ezequiel 27, valiéndose de la
figura de la antigua ciudad comercial de Tiro, el profeta nos habla de ese
poderío económico mundial que incluirá a las naciones de Europa, África,
Latinoamérica y Asia; así como a Israel y Judá (vs. 1-17). Partes de Ezequiel
27 son parafraseadas o citadas en Apocalipsis 18, cuando se refiere a ese
sistema del tiempo del fin llamado Babilonia la Grande.
Las naciones de
habla inglesa, sin embargo, no prosperarán mucho en asocio con ese sistema. De
hecho, terminarán sojuzgadas y destruidas militarmente por él. Pero antes del
ataque militar y la ocupación, habrá devastadores problemas climatológicos que
sumados a contiendas civiles internas ("violencias cometidas en su
medio" Am. 3:9) llevarán a estas naciones al borde del descalabro interno.
Por inspiración
de Dios el profeta Oseas escribió: "Mi pueblo fue destruido, porque le
faltó conocimiento" (4:6). Esos pueblos han rechazado el conocimiento y
los caminos de Dios. A medida que prosperaron materialmente, también aumentaron
sus pecados:
"Conforme a
su grandeza, así pecaron contra mí" (v. 7). La inmoralidad y la drogadicción se han encargado de socavar y
destruir el espíritu nacional (v. 11).
El profeta Amos
también fue inspirado por Dios para advertir sobre gravísimas sequías y
racionamientos de agua, además de enormes pérdidas en la agricultura y
enfermedades epidémicas (4:7-10). "Por tanto, de esta manera de haré a ti,
oh Israel; y porque te he de hacer esto, prepárate para venir al encuentro de
tu Dios, oh Israel. Porque he aquí, el que forma los montes, y crea el viento,
y anuncia al hombre su pensamiento; el que hace de las tinieblas mañana, y pasa
sobre las alturas de la tierra; el Eterno Dios de los ejércitos es su
nombre" (vs. 12-13).
A ese tiempo de
grandes calamidades el profeta Jeremías lo llama "tiempo de angustia para
Jacob" (30:7). Y dice que ese será el peor tiempo en toda la historia de
la humanidad. Jesucristo, hablando de ese mismo período de tiempo, dijo:
"Habrá entonces gran tribulación, cual no la ha habido desde el principio
del mundo hasta ahora, ni la habrá" (Mt. 24:21). Obviamente no pueden
ocurrir dos tiempos de calamidades que sean peores que todos los demás, de
manera que es muy claro entonces que la gran tribulación es un tiempo de
angustia y castigo para Israel. Sin embargo, ¡el castigo no es el final de la
historia!
El profeta
Ezequiel habla de un tiempo en el futuro cuando Israel será reunificado después
del retomo del Mesías con poder y gloria: "Sabrán las naciones que la casa
de Israel fue llevada cautiva por su pecado, por cuanto se rebelaron contra
mí... Conforme a su inmundicia y conforme a sus rebeliones hice con ellos, y de
ellos escondí mi rostro. Por tanto, así ha dicho el Eterno el Señor: Ahora
volveré la cautividad de Jacob, y tendré misericordia de toda la casa de
Israel... Y sabrán que yo soy el Eterno su Dios, cuando después de haberlos
llevado al cautiverio entre las naciones, los reúna sobre su tierra, sin dejar
allí a ninguno de ellos" (39:23-25, 28).
Isaías también se refirió a ese tiempo en el futuro cuando Dios recogerá a Israe